Nueve meses


Albert Wesker & Claire Redfield


Capítulo III: Respetar los semáforos

She's watching the taxi driver, he pulls away

She's been locked up inside her apartment a hundred days

She says, "Yeah, he's still coming, just a little bit late.

He got stuck at the laundromat washing his cape."

Waiting for Superman — Chris Daughtry


Descargo de responsabilidad: Ninguno de los personajes de Resident Evil me pertenece. Todos son propiedad de Capcom. Diviértanse con la infinidad de posibilidades de la imaginación.

Resumen: Nueve meses. 270 días. ¿Qué podría salir mal? Claire Redfield afronta los pormenores y alegrías del embarazo mientras comprueba la naturaleza de su relación con Albert Wesker. El matrimonio era un reto, una burbuja… el embarazo del hijo de un tirano, será un pequeño caos. Debemos sonreírle a las dificultades, ¿no es así, Claire?

Dedicatoria: Especialmente en honor a Addie Redfield. La mafia y yo te apoyamos, queremos y admiramos. res la mejor.

A mis betas Polatrixu y Frozenheart7. Muchas gracias por estar al pendiente de esta dulce locura (sí, como la canción).


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El parque central de Praga era el sitio preferido de Claire Redfield. No la atraía como mosca a la miel solamente por tratarse de la primera ubicación que había visitado junto a Wesker por mero placer; o por la panorámica artística conformada por las candelas azuladas que adornaban las jacarandas y flores de durazno; ni tampoco por las deliciosas crepas, pasteles de limón, chocolates e infusiones de sabores que preparaban en los cafés de las cercanías. Era la esencia; el espíritu veraniego que parecía flotar sobre las calles empedradas. La serenidad estaba incluída en la decoración. Claire no podía sentarse en las bancas con detalles del art nouveau sin sentirse plácida y sosegada.

Y era exactamente lo que necesitaba en ese momento.

La joven pelirroja compró un chocolate en termo en uno de sus locales preferidos. Además, ordenó su postre favorito: crepa de queso philadelphia y chocolate derretido, con cortes de fresa y plátano para acompañar. Tomó asiento en una de las mesas exteriores del establecimiento, debajo de una de esas enormes sombrillas que parecían tomadas de un cuento de fantasía. Soplaba el viento húmedo que anticipa la visita de la lluvia; suerte que había cogido su abrigo blanco y una bufanda tejida antes de partir. A pesar del triste clima y del sentimiento albergado por su corazón, planeaba celebrar; una mujer no recibe a diario la noticia de que se convertirá en madre.

Observó las hojas castañas cayendo de los árboles, empujadas por el ventarrón. Suspiró hondamente, tarareando una canción desconocida, cuyo único propósito era alejar su mente de los pensamientos mortificantes, de la nostalgia y de las malditas ganas de tomar el teléfono y llamar a su marido sólo para confesarle que se sentía terriblemente sola.

Irremediablemente, y aún lejos de la residencia, sus reflexiones volvieron a él.

¿Qué más había esperando? ¿Acaso olvidaba que la persona que portaba el otro anillo era Albert Wesker? ¿En serio esperó el ramo de rosas, el abrazo de felicitación, la confesión de que lo estaba transformando en el hombre más feliz del mundo?

Pecaba de ilusa y su corazón pagaba las consecuencias.

Nunca había pedido más de lo que un hombre con su historial era capaz de darle. Aprendió a hacer caso omiso de sus fallas, luego a aceptarlas, y más tarde, a amarlas casi tanto como amaba sus virtudes. No tenía valor ni descaro suficiente como para decirse a sí misma que su relación con Albert Wesker había sido fácil y feliz. No obstante, aprendió a leer entre líneas, a quererlo a pesar del sarcasmo, la altanería, la poca capacidad de admitir que estaba programado para sentir algo más allá de la ira. Dejó de idealizarlo con el tiempo y aceptó al dictador de hielo, al jugador de cartas, al hombre de las mil máscaras. ¿Por qué titubeaba ahora? ¿Por qué rompía la confianza tan conflictivamente construida entre ambos, reemplazandola de inmediato con resentimientos y dudas? ¿Por qué anhelaba una reacción impropia de un calculador militar?

Quizá… quizá era porque estaba aterrada y lo que necesitaba en ese instante no era a un hombre controlador quien expusiera ante ella todas las variables y escenarios posibles, sino uno que la rodeara con sus amplios brazos y la protegiera de las dudas. Un esposo que dijera cualquier tontería, un balbuceo, una señal de desconcierto; que le proporcionara un beso en la mejilla y su rostro se adornara con un gesto tranquilizador capaz de elevarla de nuevo al paraíso. Wesker no era esa clase de hombre, ella lo sabía de antemano, ¿por qué seguía decepcionándose entonces? Encontró la respuesta en un parpadeo: porque, por ella, el CEO de Umbrella había retado a lo imposible, impresionándola y a sí mismo. Él le demostró que no temía convertirse en humano para volverla divina; que la deseaba carnal, pasional, desnuda; juró que la mantendría a salvo del mundo. Ella disfrutó de esa seguridad, a pesar de tratarse de una jaula de oro y cristal. Continuaba pensándolo capaz de eso y mucho más, sólo por ella. Como la inspiración del poeta… o del asesino. Por eso sufría; por imaginarse la estrella sagrada en el universo del tirano.

Un hombre no cambia por una mujer. No al menos que él también así lo desee. Un hombre no cambia por la fuerza; esas eran mentiras que repetían los viejos matrimonios. Borrachos, mujeriegos, jugadores, celosos, posesivos, inexpresivos… No importa el defecto, éste no desaparece con los votos y las promesas vacías. Necesita de una poderosa fuerza o una encrucijada que libre sus ojos de la venda negra.

Wesker no modificaría su personalidad, si él no lo disponía así. Tal vez ella sí estaba equivocada al pedir, entre berrinche y favor, que él actuara como un tipo cualquiera.

Y pese a que Claire Redfield y su orgullo devorador estaban dispuestos a aceptar ese error, también pensaban que el antiguo líder de los STARS pudo tener una mejor actuación en aquella tragicomedia. Y, sin duda, era él quien debería dar el primer paso para solucionar el conflicto marital. Ella no iba a buscarlo, por más que los dedos le quemaran de deseo por teclear su nombre en el móvil, así tardara dos años en darse cuenta de que era un reverendo imbécil insensible, no lo buscaría. Allá él y su pose de chulo.

El mesero la abordó con el ansiado postre entre manos. Ahogar las penas en chocolate glaseado, harina dulce y fruta probablemente no era la mejor idea, ni estaba cerca de significar una solución. Pero… ahora comía por dos, ¿no es cierto?

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—Voy a matar a alguien —amenazó Wesker al aire.

— ¿Es en serio la amenaza, señor? —cuestionó la vendedora con la oración en la boca. El capitán ya estaba pagando con la tarjeta de débito, pero llevaba tanto tiempo expuesto a las curiosidades maternales y las piezas infantiles que estaba a punto de liberar su instinto homicida.

—No, por supuesto que no. Sólo me gusta verla temblar como un ratón.

—Si me lo pregunta, parecía muy en serio.

—No le pregunté, sólo termine de envolver el maldito regalo.

La mujer, de traje sastre negro y pañoleta azul cielo, apuró los dedos. Ese hombre de gafas oscuras la alteraba de sobremanera. Sus cabellos estaban erizados debajo de sus ropas de trabajo. Vaya que compadecía a la valiente esposa de ese sujeto…

Después de unos minutos de pelear con la caja plástica y el moño amarillo, la mujer dijo, por cortesía más que de ganas: —Muchas gracias por su compra, señor. No dude en volver si necesita algo más para su bebé. Estamos a su servicio.

Albert le arrebató el paquete plástico sin agradecer, escapando del olor a talco y aromatizante de margarita. Regresó a su automóvil, sin creerse a los extremos que era empujado por la chica rizos de fuego y lagrimillas fáciles.

Encendió la poderosa máquina de su maserati, trazando en el localizador la ruta más veloz a la mansión Wesker, donde su esposa estaría, muy probablemente, lanzando fuego de las orejas, metida en su cuarto flotando en la laguna de sus lágrimas, o… no quería imaginar nada peor, pero con ella cualquier incidente resultaba posible. Condujo rápido y furioso por las venidas bañadas, hasta que recordó su obligación de no estrellarse. Su mujer enloquecería, a pesar de que era incapaz de sufrir lesiones significativas gracias al virus milagroso.

80 km/hr: a eso se había reducido el poderoso emperador mundial. Y a respetar los semáforos.

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Irse habría sido la decisión más prudente e inteligente. Irse le habría evitado el baño de agua de lluvia y el frío incrustado entre los huesos. Pero irse no era la decisión de una Redfield, por supuesto que no. La motociclista retirada atestiguó el clima empeorar, escuchó los primeros avisos de catástrofe —los truenos y relámpagos—, y contempló desde la comodidad su asiento en el café a las personas huyendo desamparadas hasta sus chimeneas. No obstante, ella permaneció, dispuesta a terminar su segunda crepa y un pay de limón después de ésta. Después de todo, no era como si su marido estuviera esperándola en casa...

Cuando tuvo suficiente glucosa circulando por su torrente sanguíneo, la joven mujer pensó que era momento de regresar a su triste realidad, esa donde Wesker llegaría como si nada hubiera ocurrido a someterla, juzgarla, o peor aún, ignorarla. La iba a escuchar y ella no permitiría que de aquel encuentro saliera ileso.

Cuando quiso escapar de la torrencial llamando al taxi de conveniencia, se encontró con la grata sorpresa de que el chofer había dejado de circular dado el mal clima y ya estaba refugiado en la calidez de su hogar. Trató de llamar a otra compañía privada, pero resultó inútil; andar por las calles de Praga con el pavimento resbaladizo no era atractivo hasta para el más necesitado de los conductores. Así que tuvo que resignarse a quedarse allí a ver disminuir la alocada precipitación, solicitando más café, enrollándose en su abrigo, pidiendo una gelatina de durazno y evitando pensar en cierto rubio pretencioso. Iba a bloquear su imagen como se encierra a un perro con rabia. Al menos hasta que le pidiera una disculpa o… la destruyera de adentro hacia afuera con su rechazo.

En el peor de los escenarios, se veía a sí misma recogiendo ropa, vestidos y zapatos en una maleta de mano y desapareciendo tan lejos como la cartera lo permitiera, lejos del padre de su "bastardo", y además, lejos de su hermano, quien jamás aceptaría como sobrino al fruto de lo prohibido. En realidad, toda proyección de su mente era igual de incierta.

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Albert apagó el automóvil al interior de su garaje, recogió el regalo que ostentaba un enorme moño amarillo como yema de huevo y miró su imagen descompuesta en el espejo retrovisor. Hora de lidiar con la futura madre. Era consciente de que las últimas palabras dedicadas a su persona aún calaban en su memoria, pero estaba dispuesto a hacerlas a un lado, junto con su orgullo, para recuperar esa sonrisa de mona lisa y su ternura. Ya había repasado la conversación que estaban por sostener y sus posibles variantes, aunque era firme creyente de que hay cosas que las palabras no pueden decir… Y allí entraba su pequeño regalo sorpresa.

Subió una corta escalinata y entró a la casa por la puerta del garaje. Por un instante imaginó que su esposa estaría en la sala, liberando su furia en un lienzo predominantemente rojo y morado, pero rechazó la idea cuando ante sus ojos apareció una estancia intacta, sin la menor gota de pintura sobre los muebles. Tampoco estaba en la cocina o el comedor, aunque eso era normal; Claire, cuando molesta, deprimida o colérica, no era fanática del arte gourmet. Y luego de su discusión dudaba que estuviera dispuesta a prepararle una cena de celebración…

— ¿Claire? —preguntó elevando la ronca voz.

Silencio.

— ¿Claire? ¿Dónde te encuentras? —cuestionó nuevamente. Tal vez no quería dirigirle la palabra.

Vacío.

No quiso admitirlo, pero en ese instante cruzó por su estómago un río de mercurio, característico de los malos presentimientos. Subió las escaleras con pasos amplios, pasando de dos en dos.

— ¿Dearheart? —. Ni molesto e indignado renunciaba a ese mote; al llamarla así sentía que en verdad formaba parte de él y que, a pesar de las dificultades, ninguno de los dos renunciaría a su universo.

Echó un vistazo en el baño, la alcoba principal y el cuarto donde tenían una caminadora, cuadros, roperos, plancha y otros muchos cachibaches. Tampoco en el estudio ni en el cuarto de jacuzzi. La biblioteca estaba, al igual que el resto de habitaciones, desierta.

Wesker pasó una mano a través de su cabello. ¿Dónde pudo haberse metido? No la mantenía prisionera, por supuesto, pues la pelirroja estaba a su lado por convicción y más que eso, por amor, pero siempre le recalcaba que debía regresar a casa a una hora prudente o mantenerse en contacto por medio del celular. No podía evitarlo; celoso, posesivo, de costumbres militares, creyente y practicante de la puntualidad y la disciplina, aquellos comportamientos impulsivos por parte de su rebelde mujer lo exacerbaban de sobremanera.

Luego recordó no haber ajustado los sistemas de seguridad al abandonar la residencia. ¿Sería posible que tuvieran tan mala suerte y sus férreos enemigos personales hubieran dado con su paradero, y por tanto, con el de Claire? ¿Habría abandonado la casa no por voluntad sino forzada?

Posiblemente pecaba de paranóico, pero la suerte de su pelirroja era caminar sobre hielo delgado cuando el verano está próximo… Rapto, secuestro, asesinato… El tirano maldijo entre dientes su descuido. No se perdonaría si su despreocupación por restablecer el circuito de vigilancia tuviera consecuencias en la integridad de su esposa. Las probabilidades jugaban a su favor, pero nunca fue un hombre de altas apuestas en los juegos de azar, mucho menos tratándose de ella. Era muy prudente en sus operaciones; no hablaba de la existencia de su artista más de lo necesario, encriptaba toda comunicación riesgosa, mantenía a raya a cualquier socio que tratara de inmiscuir sus narices en su vida privada, todo con el objetivo de evitar que cualquiera pudiera alcanzarla y vengarse de él. Si no tenía a medio ejército y a francotiradores a sueldo custodiando la mansión era gracias a las súplicas prenupciales de Claire por un cierto nivel de normalidad, ampliamente negociado y discutido.

Estuvo dispuesto a desposar a Claire no sólo por cumplir sus ideales románticos, sino además porque eso le proveía de otros mecanismos para mantenerla a salvo, por ejemplo el derecho de incluirla en un seguro de vida y un testamento. Me he vuelto un mortal, razonó el rubio no sin un deje de amargura. No podía concebir que, por unos minutos de ira, corriera el riesgo de perderla…

Tomó su teléfono satelital y marcó su número. Y como era de esperarse en una tarde-noche de tormenta, la joven carecía de la señal necesaria para que la llamada resultara exitosa. Demonios, anotaría en la agenda conseguirle un teléfono igualmente satelital. Volvió a marcar. Nada, ni siquiera daba línea. Maldijo nuevamente. Discernía en esos momentos de "crisis" la necesidad de contar con un canal de comunicación constante. Debía buscarla y pronto. Primero en sus sitios predilectos, donde él sabía la chica apaciguaba su síndrome premenstrual; después en restaurantes, plazas y lugares públicos. Luego, de no haberla encontrado para medianoche, llamaría al sargento de su seguridad privada para establecer un radio de búsqueda.

Esperaba no tener que llegar a eso. Aunque su mente racional ya balanceaba la estadística y su intuición le dictaba que lo más probable era que Claire, en su enojo, hubiera bajado al centro de la ciudad para distraerse.

No obstante, su naturaleza no le permitía echarse en el diván y consolarse a sí mismo diciendo que ya tendría que volver, ya fuera a dormir o a juntar sus trastos. Porque la amaba, aunque esas sílabas pesaran demasiado para pronunciarlas constantemente, no se atrevía a dejar a su esposa embarazada expuesta a la intemperie.

No tenía tiempo para respetar semáforos y límites de velocidad urbanos, así que salió de la casa, sin dejar de lado el obsequio cuya envoltura arruinaría en la precipitación. Albert Wesker bajó de la zona residencial periférica para llegar al corazón de Praga, corriendo cual demonio de Tasmania gracias a las habilidades ocultas en su sangre. No había transeúntes y los automóviles circulaban a baja velocidad o se encontraban atascados en la demencia del tráfico nocturno.

Al llegar a la plaza Wesker moderó su carrera. Lo que menos necesitaba era ver su fotografía en el periódico local como una especie de fenómeno de circo. Recordó la sección del centro que a ella más le gustaba recorrer: tenía una iglesia, un parque con bancas metálicas, varios locales de café y postres, y algunas tiendas de ropa de coctel. Si tenía suerte y la conocía lo suficiente, asertaría en su primera hipótesis. Sentirse más imbécil no era posible; Albert Wesker persiguiendo a una mujer en medio de la lluvia, sonaba de cuento.

No aguantaba las reacciones impulsivas de Claire, y tampoco entendía por qué no la olvidaba y se iba a descansar. Ella se había buscado el catarro. Salir así, con el clima agresivo y bipolar de julio, sin automóvil en el cual desplazarse por su cuenta, y en su estado, vulnerable a las complicaciones del resfriado… La odiaba, cuánto detestaba que la gobernara el sentimiento y no la razón. La joven mujer exponía su integridad y la del fruto de su vientre con tal de darle un susto a su esposo, con tal de recordarle que, pese estar casados, no la tenía de garantía como a un electrodoméstico más.

El rubio no quería admitirlo, pero la culpa y la preocupación eran sensaciones que poco a poco había aprendido a sentir de nuevo. Y, a falta de costumbre de sentirlas, se volvía cuanto más vulnerable a ellas. Comenzó a caminar por los establecimientos, alerta ante la posible aparición de la intensa melena de hoguera. Pasó por fuera de una tienda de vestidos, la de joyas y una de antigüedades, y no hubo señal de ella. El mayor se detuvo para acomodar las hebras rubias que caían sobre su frente; el pulcro peinado había desaparecido desde que abandonó la mansión. Puso la mirada en el parque y sus callejuelas; encharcadas, las gotas parecían caer de abajo hacia arriba, en contra del orden natural. A ese ritmo daría con Claire a altas horas de la madrugada...

Estaba a punto de volver a llamarla, cuando la melodía de una voz temblorosa lo hizo levantar la vista de la pantalla.

Era Claire Redfield, vestida con sus vaqueros blancos manchados y su abrigo beige, con el cabello empezando a escurrirse en líneas de carbón apagado.

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Hola, querido, buenas noches.

Disculpen la tardanza y el evidente retraso en la actualización, pero como he vuelto a la escuela se me dificulta más cumplir con plazos y horarios estipulados.

Esta historia se me hace muy amena de escribir y diseñar, a diferencia de Cuerpo cautivo, a la que no sólo hay que dedicarle más sesos sino también resulta más emocional, menos sencilla de controlar. No sé cómo explicarlo. En fin, espero que estén disfrutando de Nueve meses, una historia que pretende darle cotidianidad a la relación Weskerfield (algo poco común) y ser romántica más que trágica.

La respuesta a sus mensajes:

Elizabeth Abernathy: La vendedora volverá a hacer su aparición cuando vayan a surtirse para la llegada de su bebé.

Wesker va a tener muchos problemas para adaptarse al bebé, desde el lenguaje hasta sus nacientes sentimientos. Y sí, habrá muchas situaciones con las que no se sentirá precisamente cómodo.

Me alegro de que nuestras conversaciones te inspiren, ja, ja. A mí también me caen muy bien, me despiertan los deseos de continuar escribiendo.

Muchas gracias por el halago a mi forma de escritura, en verdad, querida, haces que me sonroje. Jamás lo he pensado como un extraordinario, pero siempre intento que salga lo mejor posible, a lo máximo de mis conocimientos y capacidades.

El relato de la boda íntima tiene su capítulo especial; prometo darle el énfasis merecido.

La idea es relatar desde el primer mes hasta un mes después del parto. Supongo que haré otra historia que hable de la infancia de la criatura, no lo sé, aún no lo he pensado.

Muchas gracias por leer y dejar el comentario. Me alientas de sobremanera y me encanta leerte en verdad. Eres una gran persona y amiga de oficio.

Un enorme abrazo y espero leernos muy pronto. Saludos y espero nos leamos pronto.

Cerceidany7: ¡Hola, cómo estás! Muchas gracias por pasar a dejar tu mensaje que son motor de las historias que escribo. Espero que esta entrega también sea de tu agrado. Cualquier duda o comentario, házmela saber. Un enorme abrazo.

Light of Moon 12: ¡Querida! Sabes que te extraño, ¿verdad? Espero que podamos hablar más seguido muy pronto, aunque sea en unas vacaciones cortitas. Creo que la historia es bastante diferente, pero también quiero pensar que no se me da tan mal, ya sabes, la alegría, los colores…

Los siguientes meses del embarazo me parecen mucho más interesantes, con un contenido más… cómico y romántico (espero no caer fuera de carácter, pero haré mi mejor esfuerzo). Y tienes razón, el personaje más interesante a analizar será Wesker, pues lo introducimos a un contexto totalmente distinto al que se acostumbra en el fandom. Y tienes mucha razón: la magia de la historia está en la cotidianidad, a diferencia de Cuerpo cautivo que tiene como objetivo describir una travesía un tanto épica. Muchas gracias por leerme, linda. Sabes que conocer tu opinión es todo un placer.

Saludos, un enorme abrazo y beso, y mis mejores deseos en todos tus proyectos.

Frozenheart7: ¡Querida! Te echo tanto, tanto de menos. Ya quiero que regreses de tu viaje, en verdad, para volver a conversar más seguido.

La habilidad de manipular los sentimientos… gracias a Dios que no soy así de malvada (¿?). Ja, ja. Es un gusto confiar en ti, aunque a veces me siento mal de darte tantos spoilers.

Muchas gracias por tu apoyo. Sabes que sin ti esto no sería posible. Nos leemos pronto. Un besote y abrazote para ti.

Juliana Kennedy: ¡Hola! ¿Cómo andas? Wesker cambiará paulatinamente, aunque nunca podrá desprenderse del todo de su verdadera esencia. Muchas gracias por pasarte a Nueve meses y estaré encantada de recibir todas tus retroalimentaciones. Nos leemos en la siguiente entrega, que ya sería la cuarta, no puedo creerlo. Saludos.

Mia-wesker: ¡Hola! ¿Cómo estás? Creo que es difícil imaginar a Wesker en un sitio así, pero hice mi mejor esfuerzo para describirlo fielmente. Ja, ja. Todos tenemos a ese hermanito demoniaco que nos pone mal. Muchas gracias por leerme y compartirme tu opinión, la cual siempre es gratamente recibida. Saludos y que estés muy bien. Con suerte, nos leemos muy pronto.

Addie Redfield: ¡Querida, mamá Lupis! Es un placer leerte. Ya te extraño. Pienso que tocaste un punto vertebral de la historia: lo humano. Otro eje es la cotidianidad. En combinación, los dos forman la historia. Wesker pasará un conflicto interno durante varios capítulos. Y sí, el tirano está roto pero no por eso es tan insensible (a diferencia de CC). Muchas gracias, he intentado mejor mucho, día a día, capítulo a capítulo, historia a historia. Cuidate mucho y al bebé de la mafia también.

Marlu Collins: ¡Hola! ¡Qué tal! Un verdadero gusto saludarte. El detalle de la narración es algo que he trabajado a lo largo de todas mis historias; el crear imágenes es esencial para la concepción de las tramas, al menos a mi juicio.

Gran parte del humor vendrá de Wesker, de sus reacciones y atrofiadas emociones.

Muchas gracias por leer y estar al pendiente. Espero puedas extenderme tus comentarios. Un enorme saludo y mis mejores deseos.


Eso ha sido todo por esta ocasión. Espero saludarlos muy pronto. Escribo poco, pero intento ser constante. Esta historia me parece más ligera, como ya les compartí. Entre clases, en el metro, cuando el discurso del profesor se torna aburrido, intento dilucidar una viñeta, una pequeña escena, o la concepción de algún diálogo.

Aún no tengo fecha ni título de la siguiente entrega así que eso sería todo de mi parte.

Muy sinceramente,

Adriana.