Nueve meses


Albert Wesker & Claire Redfield


Capítulo IV: Aceptación

Now I know she'll never leave me

Even as she runs away

She will still torment me, calm me, hurt me

Move me, come what may

Wasting in my lonely tower

Waiting by an open door

I'll fool myself, she'll walk right in

And be with me forevermore

Evermore — Beauty and the Beast movie


Descargo de responsabilidad: Los personajes de Resident Evil son propiedad de sus respectivos autores. Yo no recibo ninguna remuneración económica por escribir esta historia. Sólo me divierto y mucho.

Nota de la autora: Perdonen el retraso. No había tenido energía ni inspiración suficiente para escribir ya que la escuela es una verdadera sanguijuela que se te pega al cuerpo y consume tus fuerzas. Hago lo humanamente posible con cinco horas de sueño diaras.

Dedicatoria especial: A la buena y a Polatrixu por haber revisado la historia desde siempre. Y claro, a Addie Redfield y al sobrino de la mafia.

Sin más, volvemos a lo que nos truje.

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— ¡Albert! —escuchó exclamar a su esposa por encima del golpetear de la lluvia en las marquesinas.

El hombre de abrigo se volteó y encaró a la antes desaparecida; su piel era pálida por el frío, sus cabellos flamantes habían perdido brillo gracias a las gotas; de llamas quemantes, pasaron a ser meras brasas moribundas. Tenía los labios temblorosos y la voz quebrada, como si hubiera dudado en llamarlo y se hubiera convencido en el último segundo de que era lo correcto.

—Claire… —dijo él. Un instante de estatismo le cruzó la anatomía. De pronto, y como había sido años antes, no supo cómo abordarla, como si el mero vistazo de esas prendas femeninas y esos ojos aguamarina atentara contra sus creencias más sólidas. O tal vez era un temor negado a su rechazo. No iba a admitirlo, ni ese día ni nunca, pero la idea de haberse ganado su odio o su repudio lo asustaba, porque no había forma en que Wesker aceptara volver a antigua vida, a su vida antes de Claire, a su soledad. Finalmente, e inspirado en los impulsos que lo habían hecho deambular en su búsqueda, se acercó a su esposa, la tomó del antebrazo y la condujo al resguardo de una estructura de piedra.

— ¿Qué haces aquí? —la cuestionó al recuperar la voz de huracán.

—Debería hacerte la misma pregunta, ¡estás empapado! —respondió ella observando al estropajo negro en que se había convertido su esposo; el abrigo escurrido por la cantidad de agua absorbida, el cabello relamido hacia atrás cortesía de la llovizna y un sospechoso paquete cuyo papel amarillo estaba destrozado, revelando parte de su interior. El tirano lo apartó de su vista en cuanto ella lo notó y recordó su molestia e indignación ante sus imprudencias.

— ¿En qué estabas pensando, Redfield? ¿Acaso te parece un clima adecuado para salir a dar un paseo? ¡Maldita sea, ¿por qué tiene usted que hacer todo tan difícil?! —. Wesker solía no percatarse de ello, pero en los albores de la cólera le hablaba de usted, como lo hizo en los tiempos antes de amarla. A Claire le parecía al mismo tiempo extraño y adorable, y era lo mismo que hacía ella cuando estaba enojada o indignada. Así, marcaba distancia dentro de una esfera íntima donde ya eran el mismo ser.

Ella bajó la mirada. Una ventisca le atravesó el pecho, estremeciéndola sin pena. El viento cruzó la totalidad de la plaza; volaron paraguas, bufandas, y cientos de miles de hojas tapizaron la piedra y se diluyeron en los caminos de agua. Wesker la vio palpitar ante el clima y blasfemó contra su impaciencia de no transportarse en un automóvil en el interior del cual ampararla.

—No te pedí que vinieras a buscarme —contestó la joven dejando entrever los pormenores de su carácter. Sin embargo, había dejado a la indignación y el berrinche enfriarse en un extenso periodo de reflexión. Restaban cenizas de su anterior ímpetu de lacerar.

— ¿Y qué esperaba que hiciera? ¡Ilústreme! —. El mayor se percató de que estaba levantando la voz y enseguida dio una profunda inhalación.

—Lo que haces siempre… —. Claire hizo una pausa, revelando en la opacidad de sus ojos la herida imperante en su corazón—. actuar indiferente.

Albert Wesker no negaría que ella poseía la habilidad especial de despertar su emoción y lastimarlo. El tirano era una bestia que luchaba contra su naturaleza con el mismo fervor con el que combatía a sus enemigos. Pero de vez en cuando no podía contenerse lo suficiente y dañaba a su único tesoro, sembrando en su núcleo un sentimiento de culpa capaz de absorberlo en un círculo vicioso de oscuridad en el cual dañaba, se compadecía de sí mismo, hervía de impotencia y volvía a destrozar con su brutalidad. El ciclo se repetía at infinitum.

—Esa forma de pensar de usted sobre mí es precisamente lo que nos llevó a este punto —inició Wesker su argumento con calma, dispuesto a convertirse en el hombre que ella necesitaba en ese instante; no porque en los demás no lo fuera, sino porque ante su mujer su personalidad e impulsos se encontraban en constante disputa y muy difícilmente era capaz de expresar lo significaba tenerla, besarla, que fuera suya en cuerpo, palabra y pensamiento. ¿Pero cómo podía un tirano colocarse en tal estado de vulnerabilidad y admitir su debilidad, entregarle un puñal y ponerse de pecho abierto? ¿Cómo decirle de frente y sin rodeos que ella era su vida y no había rincón libre de su hechizo —lo había infectado todo— y que por ella mataría y moriría sin arrepentimientos? ¿Con qué palabras explicarle que tenía puerta abierta a convertirse en su perdición, pero que él lo aceptaba porque no se imaginaba un día despertando en una cama vacía, sin esos rulos rojos bañándolo en su olor a jazmín? ¿Cómo confesarle que si actuaba indiferente, a momentos frío e insensible, no era porque ella fuese incapaz de despertar en él las más profundas y vibrantes sensaciones humanas, sino porque estuvo más de cincuenta años en punga con su humanidad, repudiándola, y negado a cualquier contacto cálido capaz de convencerlo de que en aislamiento nadie puede vivir para siempre?

—Si piensa que habría dejado su sentir y el tema de esta discusión pasar desapercibidos, entonces no es la mujer que ha vivido conmigo estos meses. Y si es así, si piensa fervientemente que actuaría con indiferencia ante su salida, entonces… no conoce en absoluto quién es el hombre que le juró amarla durante lo que le queda de vida, fuese un día o una eternidad, de la manera en que merece. ¿O es que le falla la memoria acerca de mis promesas y sólo puede recordar y juzgar mis arranques?

Aquellas palabras fueron suficientes para silenciar a Claire de una manera inesperada. Jamás creyó que él invocaría sus votos matrimoniales —nunca antes rememorados de manera explícita— para hacerla despertar de ese interminable intercambio de reproches e inconformidades, y serenar su corazón.

—Cuando me casé con usted supe que algún día atravesaría la puerta y amenazaría con no volver. Y contemplé la posibilidad no porque deseara que sucediera, sino porque estoy condenado a ser así como usted me conoció, y usted no dejaría de ser esa joven caprichosa, altanera, valiente, inquebrantable cuya terquedad me atormentó durante tantos días… Lo que nunca pasó por mi mente fue quedarme sentado y verla partir. Y no por usted, sino por mí. No te confundas, Claire, sigo siendo un hombre egoísta, y no estoy dispuesto a comprarme la muerte dejándote ir.

Claire no negaría que aquellas palabras habían perforado hondo, porque aunque muy sutil, eran la confesión más sincera que obtendría de él; ya no poder vivir sin ella.

—Y también prometí jamás permitir que te hicieran daño. Tú sabes quién soy, Claire, o… al menos eso es lo que estoy esperando; que me conozcas más que otro ser en este planeta. Y que sepas no es mi intención dañarte… pero necesitas dejar de actuar guiada por la suposición y darme la oportunidad de demostrarlo. Bajo estas circunstancias debes confiar en mí como otras veces en el pasado…

—Tenía miedo —admitió Claire —de tu reacción, de lo que fueras a pedirme que hiciera…

Wesker desvió la mirada mientras dejaba escapar de sus pulmones el aire en un suspiro imperceptible.

—Y predisponerte a mi respuesta fue la mejor actitud que pudiste adoptar, ¿no es así? —cuestionó el rubio de manera retórica.

Ella negó lentamente, con ojos de cachorro puestos en el asfalto, y con una expresión tímida que era por sí misma enternecedora.

—Es una mala costumbre femenina acusa, juzgar, sentenciar y ejecutar sin que el acusado tenga la oportunidad de intervenir y defenderse.

—Lamento lo que dije. No quería… —Claire volvió a bajar el rostro y mirar sus zapatos avergonzada.

—No dijiste ninguna mentira. Sin embargo… —No. El orgullo no iba a permitirle decir que ella y sus dulzuras, ella y sus cuidados y valores, en sus sueños y esperanzas, le había alentado a limitar sus movimientos de negocios a espacios de trabajo donde no implicara tantos riesgos, y las vidas sacrificadas no fuesen las de inocentes, sino la de sus enemigos. —tu vida es invaluable para mí.

Ella no aguantó más el cúmulo de emociones que le oprimían el pecho y finalmente rompió la distancia, hundiendo el rostro en el cuerpo de su esposo, percibiendo la humedad de sus ropas y el olor a lluvia impregnado en su abrigo y mezclado con su loción de romero y eucalipto.

Wesker, antes de responder la expresión de afecto, permitió que ella lo apretara con ansia, inspirada en la necesidad que tenía de él, de su cuidado, amor y protección. Para el mayor no era una situación cómoda —mucho menos estando en público—, pero terminaba por aceptarla porque para ella el contacto era esencial. Claire solía abrazarlo, acurrucarse contra él o simplemente tocarlo de la mano o el hombro porque esos pequeños contactos eran pilar en la construcción de su sensación de seguridad, de hogar, de matrimonio. Así, Wesker había tenido que acostumbrarse a, por ejemplo, estar leyendo algún libro y de pronto sentir el calor de un par de brazos delgados invadiendo su burbuja personal. Desdichado de mí, pensaba con sarcasmo.

Él estaba allí, había ido a buscarla y no la dejaría, y se aseguraría de que ella lo asimilara a la perfección. Wesker le colocó una mano detrás de la espalda, entre la masa espesa de cabello, presionándola con suavidad, y la otra la mantuvo oculta detrás de su espalda para resguardar el regalo de ojos indiscretos. Entre sus brazos su joven mujer sufrió un escalofrío profundo.

—Perdóname… —murmuró ella con un tono bajito y arrepentido.

—No hay por qué, dearheart. Todo está bien. Debí ser más precavido y contemplar las interpretaciones y consecuencias de mis reacciones a esta noticia. En mi defensa diré que no son devoto de la inmediatez. No puedo actuar por estímulo, sin haber analizado la situación.

Claire se separó de él. El mayor le buscó la mano para aprisionarla entre la propia, que era más de lo que se había permitido alguna vez delante de los mirones.

—Tengo frío —admitió ella consciente de su temblor de labios y después de cuerpo entero.

—Será mejor que nos vayamos. En tu estado no podemos arriesgarnos a que te resfríes.

—Respecto a eso…

Wesker alzó la mano, en un gesto que claramente solicitaba silencio.

—Dearheart… primero hay que abrigarte.

Pocos segundos después una enorme limusina de oscuras ventanas se estacionó delante de ellos. Wesker abrió la puerta sin muchos miramientos y la ayudó a subir con cuidado, imitando la acción justo detrás de la artista. El matrimonio tomó asiento en el fondo. Claire, contemplando la elegancia del vehículo, no pudo evitar pensar que su esposo tenía lo que necesitaba al momento, sin preguntas, y con velocidad y eficiencia. En ese sentido, más que en cualquier otro, era realmente un dictador.

Él se acomodó sobre el asiento, permitiendo a su espalda relajarse por primera vez en varias horas. La tensión en sus músculos, luego de la misión de búsqueda y rescate, era evidente y tardaría varios minutos en regresar a su normalidad. Pero saberla a su lado, ilesa, con sus saludables labios rosados llamándolo, su perfecto cabello de tentadora longitud desprendiendo aroma a flores, y hermosa, irremediablemente hermosa en el desastre de su maquillaje a causa de la lluvia, eso regresaba a su ser una serenidad única. No estaba hundida en una zanja, ni secuestrada por los más crueles asesinos, ni lo había abandonado como a otra memoria más; estaba con él, con sus bellos ojos aguamarina clavados hacia enfrente, tratando de no mirarlo porque a kilómetros de distancia cualquiera sabría que la consumía la vergüenza.

El mayor tirano de todos los tiempos percibió la tibieza que desprendía la tímida humanidad de Claire, cuya piel vibraba a cada respiración en un intento por regular el frío. Al menos la calefacción del automóvil estaba encendida y no tardaría en ayudarles a recuperar calor. Wesker escaneó a su esposa por el rabillo del ojo. No parecía dispuesta a romper el silencio incómodo que se había formado entre los dos. Imaginó el torrente que debía estar circulando a través de esa cabecita loca; los pensamientos arrepentidos, el anhelo insuperable de seguridad y confianza, la pregunta callada que barnizaba sus labios y los volvía incluso más apetitosos.

El rubio giró el rostro e inspeccionó ese cuello delicioso que tantas noches amargas le había servido de refugio; esas mejillas pálidas cuyo arrebol únicamente él era capaz de revivir. Eran suyas, le pertenecían. Desvió los ojos hacia su escote; dos círculos perfectos, encrespados por la visita de la lluvia, con una redondez sedosa que lo conducía a una perdición diferente, una perdición que aceptaba. Y no pudo evitar detenerse, en descarada revisión, en aquel vientre fecundado que ya había empezado a causar problemas incluso antes de crecer —¿lo habría heredado de su madre o de su padre? Ya saben, lo busca pleitos—. El tirano intentó dibujarla en su imaginación redondeada por el embarazo, cargando en su interior al hijo que nunca planeó tener, frágil en su estado pero fuerte ante los cambios que la naturaleza guardara para ella. Soñó por un instante con el producto de nueve meses de desvelos, incomodidades y modificaciones drásticas en su vida marital; y si ese bebé era mínimamente parecido a su madre —con su valentía, sus trepidantes pasiones, su fortaleza— entonces él en su papel de padre haría lo imposible, lo impensable, por verlo crecer.

Y entonces comprendió —no que fuera a confesarlo en un futuro cercano— lo equivocado que había estado al ponerle cualquier pero a esa posibilidad de conocer a lo que resultara de la mezcla genética exacta de los dos. Porque la amaba, maldita sea, cada parte de ella, desde su pequeño dedo meñique hasta esa cabellera de helecho que le significaba la vida entera, incluso la impulsividad sentimental que tanto chocaba con su lógica objetividad.

—Te traje un obsequio —mencionó él con el tono autoritario que lo caracterizaba.

Ella volteó la mirada iluminaba por un brillo especial. Él sonrió. A pesar de que ya había visto el descompuesto empaque, todavía le era posible externar sinceridad en su sorpresa.

—Tal vez… el empaque se arruinó un poco dado… no esperaba tener que ir a buscarla en medio de la tormenta—. El capitán de sus propias fuerzas armadas le extendió un rectángulo de plástico deslavado. El papel amarillo pastel estaba enjuagado y perdía poco a poco su brillo infantil.

Ella sonrió al tiempo que tomaba la caja de unos ochenta centímetros de largo entre sus manos. Lo acarició con ternura y paciencia, y aceptó estar más emocional que otros días —quizá más hormonal que esos días—. No era afecta a las demostraciones materiales de —¿podría llamarle afecto?— que le hacía Wesker después de haberla jodido; en otras palabras, su esposo no tenía dinero suficiente —y miren que era millonario— para comprar su perdón. Sin embargo, en esas circunstancias, Claire estaba buscando cualquier señal de que él hubiera estudiado sus sentimientos lo suficiente y tomado una decisión sobre cómo enfrentaría el embarazo; si sería en flanco unido o cada uno por su lado.

El papel se desprendió con facilidad y prácticamente se deshizo entre los dedos de la joven Redfield. La cáscara húmeda terminó olvidada al revelarse ante sus ojos de mar una caja de plástico grueso y transparente; en su interior reposaba tranquilo un colgante de cuna con las figuras de varios caballos y hojas silvestres tallados en cristal. El acabado era fino y tenía detalles en plata, turquesa y ópalo, más otros detalles en oro blanco. Ella destapó el plástico con manos temblorosas y contempló cómo las figuras, antes inertes, se balanceaban encantadoramente en una armonía casi musical al momento en que alzaba el colgante. Albert Wesker contempló con una media sonrisa los ojos de la chica ensancharse de lágrimas que no quería derramar porque una Redfield no revela debilidad —pero sí, pero no, pero en un delicado equilibrio—.

—Albert, yo…

—Nunca podré ser un esposo como otros. Y probablemente no será la última vez que sienta que necesita más normalidad de la que soy capaz de brindarle, pero… —. La manzana de Adán se movió violentamente debajo de su mentón— no vuelva a insinuar que preferiría estar con otro hombre… un hombre que no soy yo.

Claire no replicó nada en defensa. Lo había lastimado, aunque él no pudiera aceptarlo, y contradecirlo no lo convencería de que en su mente y corazón no admitían otro amor más que el de ese arrogante militar; a Wesker se le convencía con acciones, no con palabras.

La joven intentó tocar la punta de una de esas figuras y se detuvo al advertir el brazo de su marido posarse detrás de su espalda. Ella guardó el precioso objeto que transmitía lo que los orgulla voz de Albert Wesker era incapaz de articular; la felicidad, la esperanza, el deseo que él pudiera llegar a experimentar con la llegada de un heredero, todo se materializaban en esa pequeño regalo. El primer regalo para su futuro hijo o hija. El primer regalo proveniente de su padre. Las lágrimas se apoderaron de sus ojos, de sus pestañas, de sus mejillas y culminaron en su estrecho mentón. La muchacha se arrojó contra el cuello de su esposo con renovadas fuerzas; sus hombros se endurecieron de inmediato ante el contacto, más por costumbre que por el disgusto que la efusividad de su mujer pudiera generarle. Él aceptó la estrechez, atesorando de manera inconsciente cada uno de esos arranques que lo despertaban del estupor causado por la insensibilidad; esas muestras de amor y admiración cuya espontaneidad era una cualidad única para llegarle al alma. Un alma podrida, pero alma al fin y al cabo.

—Tendremos un bebé —masculló ella casi a la altura de su oído.

—Así es, dearheart.

Y que los cielos ampararan al tirano.

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¿Y bien? ¿Demasiada miel para ser verdad? Seamos sinceros, todos merecemos algo de amor en nuestras vidas de vez en cuando, incluso en piezas de ficción. Además, estoy escribiendo Cuerpo cautivo y les aseguro que no está ni cerca de ser así de dulce. Experimenté un placer inmenso y una alegría quizá aún más grande al escribir este capítulo de Nueve meses, y espero que ustedes lo hayan disfrutado igual. O más. Lamentablemente las vacaciones de Semana Santa no me bastaron para concluir el capítulo de CC, pero aquí les traigo un premio de consolación y la certeza de que no he muerto ni tampoco me he rendido con mis tantos proyectos e historia. It's just that university is a bitch with me. And with people.

Pienso que el capítulo habla por sí mismo, pero… yo comentaría que la vida marital está llena de malos entendidos e inseguridades, y el de la pelirroja y el tirano no podía ser la excepción. Sin embargo, ya aceptaron lo que cada uno sentía y necesitaba, y al final del día eso es lo más importante en las relaciones, sean de la especie que sean.

Aquí las respuestas a sus amables mensajes:


GeishaPax: Hola, querida. Sí, siempre me demoro. No es personal, ni tampoco es por todo lo que tengo que hacer. Simplemente… me tomo un tiempo porque la musa es muy… especial. Necesita que esté bien dormida, bien comida y con buena música para poder funcionar. Y a veces, con las actividades diarias, no estoy en ese estado ideal. Ja, ja, es triste, pero es cierto. De otra manera siento que lo que escribo no está, ya sabes, a la altura de mi estandar personal. No sé, quizá es mi ego.

La vendedora seguro volverá a aparecer. Claire necesitará comprar más cosas. Y llevará a Wesker, seguramente, arrastrando.

Ja, ja, justo es lo que Wesker le expresa en este capítulo, tú sabes, sus temores de abandono. ¿Quién diría que el de lentes oscuros tendría problemas de confianza?

Bueno, espero que este capítulo valga la espera. Nos leemos, si hay oportunidad, muy pronto.

AClaire. Wesker: ¡Linda! ¡Amiga mía! ¿Cómo te encuentras? Ja, ja, los bebés son un asco. Me hiciste reír mucho con eso. Creo que Wesker podría estar muy de acuerdo.

Lo bueno del asunto es que Claire recibió el abrazo que tanto estaba necesitando. Y tienes toda la razón: yo también pienso que Wesker se va a ablandar terriblemente con la llegada de su heredero o heredera.

Yo también me imaginé a Wesker apareciendo en la portada de los periódicos amarillistas, ya sabes, algo así como pie grande.

Muchas gracias, hermanita, tu opinión es de suma importancia para mí y agradezco enormemente que la expresas, y sobre todo, que estas historias adquieran algún significado para ti.

Un enorme abrazo. Estaré esperando leerte con ansia.

Mia-wesker: ¡Hola! ¿Cómo te encuentras? Ja, ja, yo también como por cuatrillizos, así que no tienes de qué preocuparte. Claire no debería hacer muchas cosas, pero es experta actuando porque así se le da la gana, incluso a costa de su salud. Yo pienso que debe empezar a ser más precavida debido a su estado. Bueno, querida, espero que este capítulo sea de tu agrado. Estaré esperando cualquier mensajito. Un beso.

Cerceidany7: ¡Qué tal! Un gusto volver a leerte. Me alegro que esta historia sea de tu agrado. Sí, Chris sabe que Claire escapó con Wesker. Pronto hará su aparición, aunque su dilema no es el tema central de Nueve meses. Gracias por los cumplidos. Me hace inmensamente feliz saber que a pesar del tiempo me sigas leyendo.

Juliana Kennedy: Hola, hola, ¿cómo estamos? Muchas gracias por leer mis piezas de ficción. Creo que esa es una de las mejores recompensas al esfuerzo invertido en cada una de ellas. Lo cierto es que como prefieras dejar los reviews por mí está perfecto, ya sean juntos o separados, o a medida de que vayas leyendo. Me encanta recibir todas las opiniones, comentarios y sugerencias, en verdad. Un enorme gusto saludarte, y espero que nos estemos leyendo muy, muy pronto.

belrodriguez-20: ¡Hola! ¡Síp, ya seguí! Espero que sea de tu total agrado. Un enorme saludo y abrazo.

Marlu Collins: ¡Hola, ¿cómo estás?! Vuelvo a escribir *sonrisa*. Los detalles son siempre lo más importante en una historia, definitivamente y la fluidez puede conseguir también un efecto poético: el de nunca perder la palabra precisa. Supongo que la maravilla del Weskerfield es que, al ser una pareja de opuesto, siempre está presente el elemento del contraste, del conflicto, de la dialéctica y la culminación. Infinitas gracias por los buenos deseos y las vibras positivas. Trataré de escribir más seguido, aunque a veces se me complica, pero lo intentaré por la garrita. Nos leemos en la siguiente ocasión. Un cálido abrazo.

ZimxD254: ¡Hola, qué tal! Siempre es genial encontrarse con mensajes nuevos. Es una sensación muy linda y reconfortante. Agradezco tus palabras; es muy satisfactorio saber que alguien está conectando con la historia. Yo preferiría que fuera niña. Creo que la dinámica entre Wesker y su hija sería muy interesante. En fin. Muchas gracias por leer y espero no haber demorado demasiado. Nos leemos, con suerte, muy pronto.

Laleshka hernand: ¡Hola, cómo estás! Je, je, perdón por el retraso. Espero que el capítulo compense la demora. Muchas gracias por visitar tanto Cuerpo cautivo como Nueve meses. Son historias sumamente especiales para mí. Un saludo enorme. Nos leemos.


Y… esos son todos.

Muy bien. Por ahora creo que no tengo mayores informaciones. Se viene la parte más pesada del semestre. Ya tengo seis mil palabras del capítulo de Cuerpo cautivo. Lamentablemente, y pese al avance, la entrega continua incompleta. Espero que esté completa en verano. Un capítulo que le haga justicia a la situación, a la historia, al amor de esos dos personajes tan dispares.

Si les gusta esta historia y cualquier otra de mi autoría, siéntanse en plena libertad de expresar opiniones, disgustos, sugerencias y demás. No olviden agregar a favoritos y dar follow para estar al pendiente de las actualizaciones.

Un beso, y nos leemos muy pronto.