CATORCE

La noche había avanzado y ahora las estrellas brillaban con fuerza en el cielo. Rin seguía tumbada en la cueva. Después de los dolores y de vomitar repetidamente supo que ya había pasado lo peor. Kaede tenía razón. No sentía ya ni manos ni pies, era curioso... tampoco podía moverse y la cabeza le pesaba como si hubiera esatdo días sin dormir. Con todo, se negaba a cerrar los ojos.

En sus entrañas hasta el niño estaba tranquilo. Vivía, estaba segura, pero estaba tan débil como ella. Su mano reposaba en su vientre, aunque ya no notaba nada.

Ni siquiera se alteró cuando apareció Naraku de vuelta. El engendro se acercó a ella y, como en un sueño, pudo contemplar cómo sus facciones cambiaban a la sorpresa y luego a la rabia. Le gritaba algo aunque no sabía qué. La sacudió y la abofeteó pero fue como hacerlo a una muñeca. Rin no sentía nada. Lo único que conservaba era la vista... cada vez más débil.

De pronto el Kohaku poseído la dejó caer al suelo y salió corriendo hacia el exterior. Rin distinguió a Inuysha, espada en mano, y luego a Sango, Miroku y Shippo. La lucha había empezado.

-Ya estáis aquí...- gruñó Naraku, se le veía alterado, nervioso.

-¡Maldito!¡Este va a ser tu final! ¿Dónde está Rin?-

Dijo Inuyasha. El hayou había logrado dar con Naraku y ya llevaba la espada desenvainada. Habían estado buscándole sin pausa durtante todo el día y parte de la noche y por fin habían dado con él. El olfato del hanyou todavía era excelente y había detectado el olor de la muchacha en una zona boscosa.

-Bueno yo no me preocuparía más por ella..- respondió misteriosamente Naraku. Sango miró de reojo a Miroku, que se encogió de hombros, sin comprender. – Esa muchacha estúpida se ha envenenado. Ha preferido morir de cederme a su bástago...- dijo burlonamente.

-¡¿Qué?- el chillido estrangulado de Jaken llenó el silencio.- ¡NO! ¡Rin!- el fiel servidor de Sesshomaru se sentía desfallecer. Buscó con la mirada en la oscuridad de la cueva pero no pudo distinguir nada. Era demasiado cobarde para acercarse a Naraku pero no para ordenar desesperado:

-¿¡A qué esperáis?¡Matadle! Rin está viva! Aún lo siento...quizás no sea demasiado tarde...- lloriqueó.

-¡No hace falta que me lo digas dos veces!- exclamó Inuyasha. Se lanzó a por Naraku ferozmente, como hacia años había ocurrido.

El monstruo a pesar de estar muy débil no estaba indefenso. Las avispas venenosas volvieron a zumbar y amenazar a Miroku, Sango dudaba al ver el cadáver desfigurado de su hermano y Shippo intentó pensar algún plan.

Finalmente el zorro gritó a la mujer:

-Sango! A por Rin! Debemos sacarla de ahí! Quizás ..- pero no pudo acabar la frase. La exterminadora ya había corrido en dirección a la cueva y con un moviemitno diestro lanzó el boomeran para apartar de su camino las avispas.

Jaken la siguió, Shippo y Miroku guardaban la retaguardia, con Karaku no se podían permitir ni una sola distracción. Cuando Jaken vio a la joven gritó espantado:

-¡RIN!... por todos los youkais... ¿porqué..? niña tonta...- pero Rin no respondía. Estaba totalmente relajada, flácida... su cuerpo parecía desmadejado como el de una muñeca. Sólo se le movían levemente los ojos. No tenía brillo en la mirada y parpadeaba ligeramente como si cada parpadeo le supusiera esfuerzo.

-Ha tomado setas venenosas- dijo Sango.- Está en las últimas... no puedo hacer nada por ella Jaken...-

-¡No!¡No!- el youkai empezó a llorar amargamente, sosteniendo la mano de la chica con la que había pasado tantas cosas, que incluso le había salvado la vida. – Rin...no te mueras... Sesshomaru-sama vendrá... Sesshomaru-sama...- murmuró entre sollozos.

En el exterior la lucha seguía. Naraku había invocado a más demonios y a pesar de ser débiles eran muy numerosos. Lo suficiente como para incordiar y no centrar todos los esfuerzos en él.

Miroku y Shippo luchaban contra ellos e Inuysha perseguía al demonio que no hacía otra cosa que hacerles perder el tiempo. Era muy rápido, Inuyasha debía prestarle toda su atención para no perderle.

-¡Naraku! ¿qué pretendes? ¡Ya no te queda nada! No conseguirás lo que quieres... ya no.- Le gritaba Inuyasha.

-Todavía me quedan fuerzas suficientes, Inusyaha. Siempre has sido un perro estupido!.-

Sango acariciaba los cabellos de Rin y Jaken lloraba.

-Jaken... Sesshomaru?...- iba a preguntar pero el pequeño demonio parecía tan desolado que dejó la pregunta en el aire. Aquel youkai era del todo imprevisible, quién sabía si vendría a buscarla.

El alba llegaba, el cielo ya no era azul sino gris cuando un fuerte viento sacudió las copas de los árboles. Jaken se levantó de pronto y corrió a la entrada de la cueva donde se puso a saltar y a gritar:

-¡Sesshomaru-sama!¡Sesshomaru-sama!- en medio del claro estaba el youkai. Su aspecto parecía haber mejorado desde la última vez y en su mirada sólo se veía rabia, con una transformación a medias.

-Inuyasha, eres tan inútil que no piuedes ni contra una sombra...- gruñó. Se lanzó a la lucha y, por primera vez en mucho tiempo, los dos hermanos lucharon codo con codo.

-¡Sesshomaru-sama! ¡Rin! ¡Se muere!-gritó Jaken desesperado al ver que aquella lucha podía ser fatal para Rin.

Naraku rió grotescamente y dirigiéndose a Sesshomaru le dijo:

-Sesshomaru... quizás por esta vez deberías prestar atención a tu sirviente... a esa humana apenas le quedan tres suspiros.-rió. Quería distraerle para que sus ataques fueran erráticos, buscando quizás una oportunidad para escapar.

El youkai por respuesta lanzó un rugido lleno de rabia e impotencia.

Inuyasha sintió la duda de su hermano. Nunca había sido alguien muy despierto en cuanto a sentimientos pero en aquel instante supo que su hermano estaba atrapado entre su orgullo y el amor por esa humana. Así que hizo lo único que pudo hacer:

-¡Sesshomaru!¡Ayúdala! si realmente la quieres... ayúdala. Naraku no escapará. Te lo juro.-

El youkai dudó dos segundos. Dos segundos en los que determinó que la vida Rin valía mil veces que el placer de acabar con Naraku.

Inmediatamente se retiró del combate y se lanzó hacia la cueva. El grito de rabia de Naraku llenó el claro.

-Maldito!¡Es demasiado tarde! ¿Acaso eres un cobarde? ¿Acaso es que me tienes miedo?- siguió pinchándole el monstruo mientras esquivaba los ataques de Inuyasha. Pero no funcionó nada de lo que le dijo. Cuando Sesshomaru tomaba una decisión no había poder humano, youkai o divino que le impidiera llevarlo a cabo.

En la entrada estaba el cuerpo de Rin. Sango sostenía su cabeza sobre sus rodillas y acariciaba su frente con lágrimas en los ojos. No había podido hacer nada por su hermano pero al menos ahora era libre... y la vida de la joven se le escaba como arena entre los dedos.

Jaken sollozaba junto a la muchacha, cuando vio a Sesshomaru le imploró:

-¡Señor!¡Ayudadla!-

Rin tenía los ojos entornados, apenas una rendija; su respiración era tan leve que apenas se notaba.

Sesshomaru sintió en las entrañas aquel extraño sentimiento que ya había sufrido anteriormente. Cuando se reencontró con su madre y debió sacrificar a Rin para obtener el poder de la espada... fue igual. ¿Cómo lo llamaban los humanos? ¿Desesperación? ¿Impotencia? Daba igual... no iba a permitir que se llevaran a Rin de nuevo. No ahora... no cuando podía oler perfectamente a su hijo en su vientre, no ahora que sabía lo que quería de ella.

La había liberado de él para que fuera libre y decidiera, no para que acabara así. Desde el instante en que se alejó de ella supo que la quería como pareja, no como seguidora ni como sierva... no... quería a una pareja.

Sesshomaru se inclinó sobre Rin, acarició su mejilla como tantas veces había hecho y la oyó gemir; quizás diciendo algo. El youkai recordó las palabras que una vez dijo Rin cuando era niña:

-Cuando muera... ¿podeis prometerme algo, Sesshomaru-sama? ¿Podéis prometerme que no me olvidaréis?- Él la había mirado perplejo unos segundos, cayendo en la cuenta de su mortalidad pero era demasiado pronto para pensar en eso... apartando el pensamiento le respondió:

-No seas tonta...-

Pero tenía razón y el temor a que ella muriera se instaló en su corazón y no le abandonó nunca. Hasta que no supo que le iba a dar un hijo no hizo nada... y ahora era demasiado tarde.

-Rin...- murmuró. Sango salió de la cueva y Jaken se alejó, dándoles intimidad.- Has preferido morir antes que darle a Naraku lo que quería.- Su voz era totalmente carente de tono, neutra, pero sus ojos refulgían.

Ella pareció comprender porque sus ojos se abrieron y unas lágrimas resbalaron por sus mejillas.

-Sabías que no podría volver a resucitarte...y aún así...- susurró el youkai. Sus ojos amarillos no se apartaban de ella, como intentando grabar esa imagen. Su rostro no podía expresar sentimientos pero la mano que sujetaba la de la chica se cerraba con fuerza sobre ella, intentando retener la vida se escapaba por segundos.

-Quiero preguntarte algo...- musitó cada vez más bajo, sosteniendo a la moribunda.

Rin, en su interior, sólo veía el amado rostro de su Señor. Podía ver lo más hermoso justo antes de morir... ¡qué afortunada era!

Sabía que le hablaba, le estaba diciendo algo muy importante. Lo sabía. Pero no podía escucharle. Su cabeza ya no pensaba con claridad sólo escuchaba un latido muy leve, el suyo...mientras se apagaba.

Con un esfuerzo sobrehumano Rin logró exhalar un suspiro, intenando decirle que lo amaba, que era lo más hermoso que había visto, que le daba las gracias por todo cuanto había hecho por ella, que la perdonara por llevarse a su hijo...¡Tantas cosas quería decirle y no podía...!

Pero no hacía falta. Siempre había sido así. Un amor del que no se hablaba pero estaba claro que existía. Sesshomaru sabía lo que ella sentía y ella ahora lo veía en sus ojos. Las palabras sobraban.

El youkai acarició una vez más su mejilla y le dijo algo mientras metía su mano entre los pliegues de su ropa y sacó un pedazo de carne blanquecina, con destellos brillantes. Parecían escamas de pez. Mordió un buen pedazo, lo masticó cuidadosamente y luego se inclinó hacia ella. Rin sintió que la boca se le llenaba con algo. No conocía su sabor pero en cuanto aquello empezó a escurrírsele por la garganta algo milagroso ocurrió: oyó un segundo latido muy veloz.

El niño vivía.