Capítulo 15
Kate bajó las escaleras con lentitud, haciendo malabarismos para no caerse. Usaba muletas. El doctor se lo había aconsejado nada más darle el alta, muletas para ella y su madre; y silla de ruedas para su padre. Así que Rick solo tardó un día en ir a la farmacia más cercana para comprarlas. No dijo precios, y se encogió de hombros cuando Kate le preguntó por la silla de ruedas visiblemente cómoda que compró para Jim. Estaba segura de que habían sillas más apropiadas e económicas para su padre, pero Castle no dejaba de sonreír restándole importancia.
Castle…
Llevaba tres días en el loft y parecía que la huía, como si su aliento oliera a ajo o algo por el estilo. Podía contar con una mano los besos que le había dado desde que llegaron al loft, y le sobrarían dedos. Así que estaba empezando a hartarse.
Bajó el último escalón a tientas, balanceándose antes de encontrar cierto equilibrio. Luego miró a su alrededor. Todo estaba oscuro.
Era normal.
No tenía ni idea de la hora que era. Cuando despertó en aquella cama individual no hizo el intento de mirar el reloj, ni de volver a dormirse. Simplemente, se levantó, cogió sus muletas y caminó por el pasillo sin despertar a nadie. Y ahora estaba allí, caminando hacia la cocina a ciegas.
Al llegar a su objetivo, encendió las luces de la cocina americana y medio comedor se iluminó.
Sin hacer mucho ruido, Kate abrió uno de los armarios para coger un vaso de agua, luego la nevera, cogió el envase de leche y vertió un poco de líquido en el recipiente. Todo ello sin soltar las muletas. Y bebió medio baso casi de golpe, como si quisiera ahogar sus penas.
Entonces lo escuchó.
Fue leve, un resoplido acompañado de un ronquido sonoro. Kate casi tira el vaso.
Con su instinto policial puesto en marcha, Kate dejó el vaso en el mármol, caminó hacia el sofá y levantó la muleta, dispuesta a defenderse de aquél intruso. Pero no le hizo falta.
El intruso era cierto escritor que roncaba en una posición bastante incómoda, con la boca completamente abierta y una pierna fuera del sofá.
-¿Castle? -siseó casi sin voz, y el escritor murmuró algo en sueños.
Para Kate, aquello fue la gota que colmó el vaso.
Alexis abrió los ojos sobre las ocho de la mañana y lo primero que hizo, además de frotarse los ojos, fue mirar a su lado buscando a su padre. Pero al parecer esa mañana también se había levantado antes.
Abriendo los ojos como si hubiera recordado algo, se levantó de la cama de un salto, tirando las sábanas al suelo sin pensárselo. Correteó por el pasillo con los pies descalzos y se dirigió al final de este, a la puerta de la habitación de invitados.
Allí golpeó un par de veces la madera.
Inmediatamente, el sonido de las muletas se escuchó al otro lado de la puerta. Se acercaban cada vez más, hasta que la puerta se abrió y una Kate en pijama, con una coleta en el pelo, miró hacia abajo.
La sonrisa que le dedicó la niña le alegró la mañana.
-¡Pequeña chef! -la saludó y una sensación extraña invadió su corazón. Por un momento, Kate deseó no tener que depender de las muletas para poder alzarla en sus brazos, llevarla hasta su habitación, ponerle sus zapatillas rosas de andar por casa y peinarle ese pelo alborotado entre besos.
-Buenos días Kate.
La pequeña levantó sus piernas alternativamente, restregando la planta de los pies en el pantalón del pijama.
Kate maldijo las estúpidas muletas.
-¿Qué haces descalza?
Ella no lo notó, pero en su voz hubo un tono suave de reproche, que pronto cambió por uno dulce.
-Te puedes resfriar.
-Quería verte... y decirte algo... -siseó Alexis juntando sus manitas para luego mirar al suelo. Kate le tocó la cabeza con suavidad y la niña levantó la mirada.
-Anda, vamos a tu habitación. Allí te pondrás las zapatillas y podremos hablar tranquilas. -le sonrió. -¿Vale?
Alexis no tardó en asentir y un rato después, Kate se sentó en la cama de la niña, invitando a la pequeña a que hiciera lo mismo a su lado. La pelirroja cogió sus zapatillas, se las puso y corrió a sentarse al lado de la policía. Kate no tuvo que decir nada para que Alexis la abrazara. La pequeña la rodeó con sus brazos por la cintura, hundiendo su nariz en el hombro de Kate.
Con un suspiro de alivio, Kate correspondió el abrazo, dejando las muletas en un lado de la cama casi sin cuidado.
Acarició la cabeza de la niña con cuidado, deslizando sus dedos por el pelo como si la peinara, y besó la coronilla de la pequeña. Por un momento, Kate ponderó la posibilidad de levantarse e ir a por el cepillo de Alexis para hacerle una coleta, quizás una trenza.
Alexis levantó la cabecita y miró a Kate.
-Kate...
-¿De que querías hablar? -murmuró sin dejar de acariciarla, alentándola con una sonrisa.
Pero Alexis no pudo contestar, antes de pronunciar si quiera una vocal, la voz de Martha desde las escaleras la interrumpió.
-¡Queridas, el desayuno está listo!
Alexis miró hacia la puerta y a Kate alternativamente, debatiéndose. Hasta que Kate besó su cabeza con una sonrisa.
-Anda, vamos a desayunar. Luego hablamos. -le sonrió.
-¿Segura?
-Sí.
-¿A solas?
Aquello comenzó a intrigar a la detective.
-Alexis, ¿pasa algo? -preguntó con sutileza, rezando mentalmente porque no fuera otro tema de escuela. Como ese tal Jhon hubiese dicho algo...
-Solo quiero preguntar... -lo ojos de Alexis brillaban a juego con sus sonrisa. -Algo. -terminó con una pequeña risotada sutil.
Bueno, al menos no era nada malo, pensó Kate.
-Pues entonces bajemos a desayunar. -dijo la detective dando un último beso a la cabecita de Alexis. -Luego hablaremos, a solas. -le guiñó un ojo y la niña rió.
Rick terminaba las últimas tostadas ante la atenta mirada de su madre, que no le había quitado ojo desde que esta bajó a "ayudarle". O eso dijo ella, porque lo único que hizo fue avisar a tods de que el desayuno estaba casi listo. Por lo demás hizo lo que mejor se le daba, molestar.
-Estás siendo un tonto.
Rick suspiró, no le hacía falta girarse para ver a su madre cruzada de brazos con el ceño fruncido. Notaba su mirada clavada en la nuca.
-Madre, es lo mejor.
-Lo mejor es que mimes a esa chica Richard. -le rogó por decimoquinta vez en esos tres días. -Contenerte, esquivarla y dormir en el sofá no es lo que necesita.
Como si hubiera tocado un tema clave, Castle se giró olvidando las tostadas, abriendo la boca al máximo para luego cerrarla. Luego volvió a darse la vuelta, centrándose en las tostadas.
-Yo duermo con Alexis, madre. Y no esquivo a Kate, solo me controlo.
Martha se llevó las manos a la cabeza.
-¿Sabes? Haz lo que quieras. -giró sobre sus talones, resoplando. -Pero Katerine no tardará en darse cuenta.
Rick miró de reojo a su madre mientras ella ponía algunos vasos sobre la mesa.
Pero no le dio tiempo a pensar si lo que le dijo su madre era cierto o no, porque Alexis gritó su nombre. Su calabaza corría hacia él. Rick no se lo pensó, dejó las últimas tostadas sobre un plato y se agachó extendiendo sus brazos, abrazando a su pequeña calabaza. Luego la alzó en brazos, besando su mejilla.
-¿Dormiste bien?
La niña asintió. -No roncaste mucho. -rió.
En medio del comedor, mirando la escena con los dientes apretados, Kate se contenía para no volver arriba y encerrarse en su habitación. Pero antes de que pudiera decidirse, Martha se acercó a ella, abrazándola con un buenos días. Kate solo atinó a sonreír levemente, volviendo a mirar hacia la cocina para apretar los dientes con más fuerza. Rick seguía con su niña en brazos, acariciando su pelo.
-Qué pelo más desordenado. Luego te peinaré.
Ahora Kate se mordió el labio.
-¿Querida, tienes hambre?
La aludida miró a la actriz con otra sonrisa auto impuesta. Martha la observaba con una sonrisa suave.
-¿Eh? Sí, sí. Tengo que tomar la medicación después... -siseó esto último, moviendo sus muletas hacia la mesa. Cuando llegó, Rick ya había puesto a Alexis en uno de los taburetes altos.
-Buenos días Kate. -le saludó el escritor, acercándose a ella con una sonrisa de lado a lado. Y Kate pudo notar como la miraba de arriba a bajo, tomándose su tiempo cuando llego a sus ojos. Alzando una mano, el escritor acarició su mejilla con suavidad. -¿Cómo te encuentras?
Kate perdió la habilidad de formar palabras cuando la mano de él se trasladó a su cintura, acariciándola. Y el enfado se esfumó de su mente.
-Bien... -consiguió contestar con una sonrisa tonta.
Y entonces, cuando la respiración de Castle rozaba sus labios, la voz de Jim se escuchó a lo lejos, y Castle desvió su beso hacia la mejilla de Kate.
-Buenos días Jim, Johana.
Johana le respondió animadamente, acercándose con sus muletas al taburete más cercano; Jim giró las ruedas de su silla sin soltar palabra.
Castle se giró para ayudar a Kate a sentarse, pero ella ya había apartado un taburete al lado de Alexis y Martha, dejando las muletas apoyadas en un extremo de la mesa.
El enfado había vuelto.
