No he tenido mucho tiempo últimamente, y aunque no dejaré el fic, ya no actualizaré tan a menudo. Gracias por los comentarios, me animáis a seguir. Bueno, aquí os dejo otro capítulo, perdonad la tardanza y... espero que os guste. Tengo la sensación de que la he cagado. Un saludo!
CAPÍTULO 16
Johanna observó desde el sillón como su hija miraba el televisor en un extremo del sofá. Estaba sola, cruzada de brazos y fruncía el ceño. Desde que se sentaron para desayunar Kate no había dicho ni una palabra, solo a Alexis de vez en cuando, pero, básicamente, se había limitado a mirar su desayuno como si disfrutara cortándolo en rodajitas finas. Johanna nunca había visto a alguien comerse una tostada con cuchillo y tenedor, en veinte rodajas iguales, casi simétricas. Pero prefirió no decir nada.
"La hiena rayada es primordialmente carroñera, a veces puede atacar y matar algún animal que sea inferior a tamaño, y complementa su dieta con frutos."
Y para colmo estaba viendo eso. Las imágenes de un hiena intentando sobrevivir invadían la pantalla desde que Richard había subido con su hija al cuarto de ésta."Para vestir y peinar a mi calabaza", dijo en su momento mientras ellos aun desayunaban, y Johanna pudo ver a su hija mordiéndose el labio con fuerza.
Si no la conociera como la conocía aquél gesto hubiera caído en la ignorancia, pero ella le había criado, así que entender sus facciones era como leer un libro abierto: Kate quería correr hacía arriba, tirar las muletas por la ventana y ayudar a la niña ella misma.
Con una mano en la boca, Johanna tuvo que contener una sonrisa ante el instinto maternal de su hija, mientras Martha intentaba entablar una conversación que acabó siendo un monólogo.
Por su parte, Kate esperó a que subieran y, sin la ayuda de nadie, dejó su desayuno a medio comer; se tomó su medicación; se sentó en el sofá y cogió el mando, pasando canal por canal hasta encontrar a una hiena rayada comiéndose los restos de algún pobre animal.
-¡Ya estamos aquí! -avisó Rick minutos después, bajando la escalera con su hija en brazos.
Inmediatamente, Kate quitó el canal poniéndolo en el primero que vio con dibujos animados.
Johanna sonrió nuevamente ante su gesto maternal y giró la cabeza hacia la cocina, donde Martha recogía lo que quedaba de desayuno. Jim seguía al lado de la mesa, leyendo un periódico en su silla de ruedas. Rick pasó a su lado y se acercó a la actriz con Alexis en brazos, peinada, arreglada y vestida para salir, como él. El escritor también se había arreglado.
-¡Vamos a comprar un árbol abuela!
Kate giró su cabeza hacia ellos.
-¿De verdad querida? -dijo Martha acariciando la mejilla de su nieta. -¿Un árbol?
-Sí. -respondió Castle con la jovialidad de Alexis. -Ya es hora de ir poniendo la decoración navideña. Pensé en poner el árbol sintético del artillo, pero está roto. -gimió el escritor. -Así que iremos un momento al centro comercial.
-¿Al centro comercial, eh? -siseó Martha con cierto reproche, pero con una sonrisa de lado a lado. -¿Vosotros dos?
Ahora Alexis asintió con menos entusiasmo.
-Kate no puede venir por las muletas, abuela. -le recordó la niña como si fuera obvio. -Puede empeorar. Lo dijo el médico.
Kate rebufó dando un manotazo a sus muletas, que por suerte solo vio Johanna.
-Bueno, entonces comprar un árbol bonito queridos. -asintió su abuela con voz resuelta. -Yo estaré por aquí.
-Gracias madre. -dijo Rick acercándose al sofá con su niña aun en brazos.
Cuando llegó se puso en frente de Kate, pero esta no levantó la vista. Rick dejó que la niña se desplazara en el regazo de Kate con cuidado, y ésta se abrazo a la morena inmediatamente.
-Quiero que vengas Kate... -susurró la pelirroja enterrando su cara en el cuello de la policía. -Y preguntarte eso... -siseó solo para la morena.
Kate sonrió genuinamente apretándola con suavidad para besar su cabeza, pasando sus dedos por su pelo. Aquella pregunta no había parado de rondar por la cabeza de Kate. La pequeña confiaba lo suficiente como para querer hablar con ella y no con su abuela, o su padre. Y eso le hizo sentir un extraño regocijo. Aunque aún no sabía de que se trataba, la niña quería decirle eso a solas y ella no tenía intención de revelar nada delante de Rick. Así que dándole un beso en la frente para que notara que no se había olvidado, contestó su primer comentario en voz alta.
-Ojalá pudiera ir, pequeña chef.
Lo decía en serio, quería ir. A pesar de que eso no era lo suyo, que odiaba los centros comerciales y las compras navideñas, Kate quería ir. Quería ver la ilusión de Alexis, llevarla de la mano o en brazos, ver su reacción al contemplar los enormes árboles de navidad y, quizás, hacer cola para ver a Santa.
Una sonrisa más grande que la anterior se instaló en el rostro de Kate al imaginarse la escena.
-Bueno calabaza, tenemos que irnos.
La sonrisa de Kate desapareció.
-¿Ya? -siseó la niña mirando de reojo a su padre, totalmente acomodada en el regazo de la morena. Ni si quiera se molestó en apratar su cabecita del hombro de la policía. -¿No puedo quedarme un poco más?
Kate miró hacia arriba, a los ojos de su novio, implorando en silencio que dijera que sí. Solo un rato más, solo...
-Si queremos ver a Santa tendremos que ir ya. -insistió él, sin darse cuenta de los ojos acuosos de su novia.
-¡Santa!
Como si fuera una palabra mágica, Alexis alzó los brazos hacia su padre y este volvió a alzarla con una sonrisa.
-¿Podré ver a Santa?
Rick asintió enérgicamente.
-Y sentarte en su regazo y pedirle muchas cosas. -su tono parecía más infantil que el de su hija. -¿Vamos?
-¡Sí!
Con una carcajada, Rick llevó a su niña al recibidor, cogió sus abrigos y puso a la pequeña en el suelo, dándole el abrigo, un par de guantes rosas y una bufanda a juego que guardaban en el perchero.
Cuando terminó de ayudarle a ponerse todas esas capas de ropa, se puso su propio abrigo y se dirigió hacia su novia.
-Volveremos en un par de horas. -le sonrió. Ella no quitaba ojo de la pantalla.
-Vale.
-Descansa. -Rick se agachó, y cuando Kate notó el aliento de su novio sobre sus labios, Rick se desvió, besando su mejilla.
Kate se mantuvo inmóvil.
-Hasta luego. -dijo antes de salir de allí con Alexis dando saltitos a su alrededor.
Cuando la puerta del loft se cerró, Kate cogió el mando nuevamente y puso las hienas carroñeras.
Johanna miró hacia atrás y pudo ver a su marido mirando la puerta del loft por encima del periódico con aire de satisfacción; y a Martha negando con la cabeza hacia el cielo.
Alexis miraba el trono de Santa con la boca abierta en una sonrisa. El hombre barrigudo y de espesa barba, decía "Ho, ho, ho" y se frotaba la barriga cuando no había ningún niño en su regazo.
-¿Vas a pedirle muchas cosas? -escuchó a su padre, y levantó la mirada para verlo.
Castle parecía igual o más ilusionado que su propia hija.
-No he traído carta... -se dio cuenta la pelirroja.
-No hace falta cariño, los elfos de Santa lo recuerdan todo.
Alexis lo miró por debajo de sus pestañas, dubitativa. Al final asintió. -Vale. -se fijó nuevamente en Santa.
En ese momento, la cola volvió a moverse y el niño que había delante avanzó acompañado de sus padres. Era visiblemente más pequeño y caminaba torpemente de la mano de su madre mientras su padre hacía fotos. El niño se aferró a la mano de su madre incluso en el regazo de Santa, la mujer no pareció importarle los comentarios despectivos de algunos padres detrás de la cola, e incluso besó a su niño para animarle a hablar.
Alexis miró la escena embobada.
-Ya queda poco calabaza.
Rick acarició la cabeza de su hija, dándole seguridad. Esperándose algún comentario inseguro cuando anunciaran el siguiente turno. Alexis siempre se emocionaba por ver a Santa, pero estar en su regazo le daba inseguridad durante unos minutos. Como la última vez, que tardó cerca de seis minutos en sisear "Quiero una muñeca".
Pero lo que pronunció la niña no fue lo que él se esperó.
-¿Y Kate?
Castle abrió la boca como un porta aviones. Su hija tenía la cabeza agachada y jugueteaba con las mangas de su abrigo color caqui.
-¿Qué?
-Kate.
La realidad chocó con Castle en el mismo momento en el que el niño que estaba en el regazo de Santa rió junto a su madre. Rick cerró los ojos antes de agacharse para ponerse al mismo nivel que su hija.
-Calabaza, Kate no puede salir de casa hasta que se encuentre mejor. Necesita descansar. -respondió suavemente, acariciando las manitas de su niña.
Alexis asintió levemente sin alzar su cabeza aún y Rick llevó una mano al mentón de su niña, elevándolo. Su niña tenía lágrimas recorriendo sus mejillas sonrojadas.
-O cariño...
Por un momento, Rick consideró la idea de volver al loft, poner a Kate en la silla de ruedas de su padre y arrastrarla hasta el centro comercial. Pero en vez de eso, abrazó a su hija con fuerza.
-Estoy seguro de que a ella le gustaría estar aquí.
Ahora Alexis levantó su cabecita por voluntad propia, sorbiendo sus mocos.
-¿Sí? -sollozó.
Oh Dios, Alexis empezaba a dudar de eso. Rick besó su frente y se separó sonriéndole.
-Sí calabaza. Estás hablando de la persona que no me vendió tu dibujo ni por mil dolares.
-Ni por un Ferrari. -sonrió ella.
-Ni por un Ferrari. -repitió él, riendo cuando Alexis soltó una carcajada. -Así que... se me ocurre una idea. -le limpió las lágrimas con los pulgares. -¿Por qué no le dices lo que quieres a Santa, volvemos a las tiendas y compramos algo para Kate para el día de navidad? Luego elegimos un árbol y volvemos a casa como si nada.
Alexis miró a su padre con ojitos ilusionados. No tardó en asentir repetidas veces y abrazarlo en respuesta. Y cuando llegó su turno, corrió hacia Santa, le susurró algo al oído y se fue hacia su padre, agarrándolo de la mano sin parar de dar saltitos.
Rick se dejó arrastrar literalmente por su hija hacia las escalera mecánicas, mientras el hombre que hacía de Santa mantenía la boca abierta y los ojos desorbitadamente perplejos. -¿Calabaza, que le has dicho? -preguntó el escritor sin quitar ojo de como los elfos daban golpecitos al hombro de Santa, intentando recobrar su atención.
Pero su hija tan solo se encogió de hombros, sonriendo.
Johanna entró a la habitación provisionalmente suya, encontrándose a su marido en un rincón, con el portátil que el escritor le había ofrecido el segundo día de su estancia y que el abogado había rechazado sin mirarlo si quiera.
-¿Qué haces?
Jim se sobresaltó, sujetando el portátil antes de que se cayera al suelo.
-Dios Johanna, no me des estos sustos.
Con los ojos achicados, la aludida cerró la puerta. El sonido de las costumbres de las hienas bajó en el proceso, haciéndose casi inaudible.
-¿Se puede saber qué estás haciendo? -repitió, sosteniéndose en sus muletas sin esfuerzo aparente.
-Mirar mi correo. -carraspeó ante la mirada Beckett que su mujer le estaba lanzando. -Rick me ofreció su portátil cuando...
-Y tú lo rechazaste. -le recordó. Jim se encogió de hombros; Johanna contuvo las ganas de atizarle con la muleta. -Ese hombre se desvive por conseguir tu aprobación, Jim. Y tú lo único que haces es ignorarlo y portarte como un crío.
-Ese hombre no se merece a Katie, Johanna.
Johanna levantó la ceja en un gesto muy típico suyo, y que Kate solía imitar sin querer.
-¿En serio te crees eso?
El silencio invadió la habitación. Lo único que se escuchaba amortiguado por la puerta era el sonido del televisor.
-Dale una tregua a ese hombre Jim, o tu hija no será feliz.
Y dicho esto, Johanna salió de la habitación, dejando la puerta abierta en su camino.
Continuará
