Capítulo 19

El árbol seguía tumbado sobre la mesa café del cómedor. Las figuritas que Alexis había hecho continuaban sepultadas bajo el enorme abeto, seguramente chafadas o rotas. Nadie pronunció palabra. Las canciones navideñas seguían sonando de fondo, pero la alegría se había esfumado en un momento, en el mismo instante en que su padre y Rick decidieron echarlo todo por la borda. Todo había pasado tan rápido.

Aún en el suelo, Rick miraba en dirección a las escaleras. Decidió levantarse para ir detrás de su hija. Pero algo le hizo pararse, o más bien bien alguien.

Cuando miró hacia arriba Kate estaba de pié delante de él, con la muleta derecha levantada hacia él, impidiéndole el paso. Pero no se fijó mucho en la cara de asesina que llevaba en ese momento. De hecho desivió su vista hacia las escaleras sin prestarle demasiada antención.

―Kate, déjame levantarme tengo...

Intentó incorporarse apartando la muleta, pero ella la presionó contra su pecho, sentándolo de golpe.

―¡Ah! Eso duele. No ves que...―gimió Castle, mirándola por primera vez a la cara―. Huy.

―¿Duele? ¿De verdad duele? ―replicó Kate golpeándolo en el hombro con un toque sin demasiada fuerza, pero el gesto ya valió como para hacer que Rick se tocara el hombro sin querer levantarse de nuevo.

A unos pasos de la pareja, Jim Beckett intentó arrastrarse hacia la silla para apartarse de su hija. Pero Kate desvió la muleta hacia él, apuntándolo.

―Ni te muevas. ―le advirtió la morena apretando los dientes y Jim obedeció.

―Kate, por favor... ―empezó Rick señalando hacia las escaleras. Pero Kate volvió a darle un golpecito en el hombro y él retrocedió―. Vale, vale.

―Estoy harta de vuestras tonterías. Os portáis como dos críos cabezotas que no pueden ver más allá de sus narices.

―Eso no es...

Rick calló cuando Kate achicó los ojos hacia él.

―Habéis hecho llorar a Alexis. ―Rick abrió la boca para replicar pero Kate lo interrumpió señalando hacia el árbol―. Ella hizo figuritas para vosotros con toda su ilusión, para animaros, y vosotros habéis chafado sus intenciones. Enhorabuena.

Desde arriba, un sonido similar a un sollozo agudo llegó a la planta baja y Kate se giró rapidamente, desplazando sus muletas por el suelo para poder llegar a las escaleras.

―Ni se os ocurra subir. ―les advirtió antes de desaparecer completamente por la planta superior.

Martha, que había presenciado todo en silencio entre la sorpresa y la admiración por la reacción de Kate, lanzó una mirada de desaprobación a su hijo y se dirigió hacia las escaleras instantes después, seguida por Johanna, que logró resistir la tentación de decir un par de cosas a su marido en voz alta.

Sentado aún en el suelo, Rick esperó a que el ruido de los pasos desapareciera para levantarse. Lo hizo pesadamente, sin mirar al hombre que seguía tirado en el suelo. Caminó hacia el reproductor de música y quitó el CD navideño, poniéndolo sobre el aparato boca arriba. Luego, con la misma lentitud que utilizó para levantarse, caminó hacia el árbol y se quedó quieto, observando el desastre que había causado sin darse cuenta.

―Soy un imbécil. ―suspiró.

Jim miró al escritor desde el suelo. No se había movido de allí aún, no podía con las palabras de su hija revoloteando por su cabeza. Así que se limitó a observar como el escritor levantaba el árbol para luego dejarlo al lado del sofá. Lo vio agacharse delante de la mesa, coger lo que parecían dos figuritas arrugadas y dejarlas en la palma de su mano, como si fuera un tesoro.

―La he cagado. ―susurró acariciando una de las figuritas con lágrimas amenazando por salir. Luego, se acercó a Jim y le tendió su figurita.

Cogiendo el muñeco con sus manos Jim abrió la boca en una media sonrisa. Era una figura de él, con gorra y guante de béisbol y su cara dibujada en una sonrisa que no había mostrado desde que había entrado a aquél loft.

―Vaya... ―siseó pasando sus dedos por la gorra de béisbol―. Es perfecto.

―Sí. ―estuvo de acuerdo Rick.

Jim levantó la vista para toparse con la del escritor, que seguía de pié frente a él pero, esta vez, con la mano extendida hacia el abogado. Jim miró la mano y al muñeco con gorra antes de levantar su propia mano, aceptando la ayuda del novio de su hija. Ninguno de los dos habló, pero mientras Rick ayudaba a Jim a sentarse en la silla, ambos supieron que habían hecho una especie de pacto.

XXX

Kate desplazó la puerta entre abierta de la habitación con suavidad. La luz estaba apagada, pero la claridad que entraba por la ventana aún era lo suficientemente útil como para ver el dormitorio. Entró con cuidado, cerrando la puerta mientras escuchaba pasos por el pasillo. Estuvo a punto de salir y cantarle las cuarenta al escritor, pero escuchó unas muletas y a Martha susurrando un "Querida, entremos a mi habitación. Creo que deberíamos hablar..." que en vez de alertar a la policía, la hizo suspirar. Al menos Castle seguía abajo. Ya tendría tiempo de preocuparse de esa charla luego, cuando los sollozos agudos que escuchaba atenuaran.

Dirigiendo una mirada a la cama, Kate apreció que estaba vacía. Pero la niña debía de estar cerca, porque los sollozos se escampaban por la habitación como un murmullo. Caminando hacia el armario, la policía inspiró con fuerza y puso su mano en la puerta, abriéndola lentamente.

Alexis lloraba en un rincón, encogida, abrazando sus piernas.

―Cariño... ―casi gimió Kate. Alexis elevó su cabecita un poco, lo suficiente como para que el borde de los vestidos acariciaran su coronilla. Kate pudo apreciar sus ojitos rojos y la nariz mocosa de la pequeña. ―Cariño, ya está...

La niña se enroscó aun más, sollozando.

Con una mirada a las muletas, Kate maldijo sus heridas. Si estuviera bien, podría coger a la niña y abrazarla, pero el vendaje de su pierna le impedía agacharse. Y entrar con las muletas era misión imposible, para salir necesitaría una grúa, además de que empeoraría su dolor si...

―¿Kate? ―siseó agudamente la pequeña entre sollozos―. ¿Kate?

A la mierda las muletas. Pensó Kate antes de dejarlas aparatosamente en el suelo, entrando en el armario a pata coja para después agacharse. Se sentó con la espalda en la pared, con un fuerte dolor el la pierna al que no hizo caso. Dejó la pierna mala saliendo hacia fuera del armario, demasiado estrecho, y pasó un brazo por los hombros de Alexis, acercándola a ella. La niña levantó la mirada y se apresuró a subirse en el regazo de la policía.

Kate la abrazó hundiendo su nariz en la coronilla de la niña.

―Ya está, ya está... ―pasó una mano por su pelo, acariciándolo―. Ya está pequeña, tranquila.

Entre palabras dulces, Kate fue meciendo lentamente a la pequeña, colisionando su frente con la punta de los abrigos cada vez que se movía de un lado a otro. Pero no le importó. Lo único que importaba era que Alexis parecía calmarse ante el movimiento, sollozando a intervalos cada vez más largos.

No supo cuanto tiempo se quedó allí, abrazando a la niña en su regazo con la pierna palpitando, pero cuando la niña habló la habitación parecía un poco más oscura.

―¿Kate?

La niña seguía con la cabeza escondida en en pecho de la policía, por lo que sus palabras sonaron amortiguadas, más bajas que un susurro normal.

―Dime pequeña. ―siseó sobre su pelo. Pero la niña no contestó, es más, pareció volver a caer en el silencio―. Alexis...

―¿Tu papá no nos quiere?

Las cejas de Kate se arquearon hacia arriba.

―¿Qué?

―No habla a papá, ni a mí...

―¿Qué?

―No le caigo bien.

Vale, definitivamente, iba a matar a esos dos. Si en algún rincón de su mente mantenía la esperanza de que se excusaran debidamente para perdonarlos, ahora no tenía intención de hacerlo. Al menos no tan facilmente.

―No cariño, no es eso. Es solo que mi papá se encuentra mal y está de mal humor, pero le caes bien.

La niña sollozó sin responder y Kate le acarició la espalda con suavidad.

―Y lo del árbol fue un accidente. Estoy segura de que les habría encantado las figuritas cariño.

Alexis elevó la cabecita.

―¿De verdad?

Con una sonrisa, Kate elevó una de sus manos y limpió los mocos de la niña con su manga del jersey. Fue un movimiento instintivo que no llegó a pensar, pero se sentía bien.

―De verdad. Mi papá se parecía mucho y tenía un guante de béisbol. Le gusta mucho el béisbol.

Por primera vez desde que entró en el armario, Alexis arqueó sus labios hacia arriba.

―A mí también me gusta.

―¿Los guantes?

Alexis negó con la cabeza, volviendo a acurrucarse entre los brazos de Kate.

―El béisbol. ―rió por lo bajo―. Es divertido.

Kate la acomodó dejando la cabeza de ella sobre su hombro y besó su pelo.

―Es lento y aburrido.

―No, no lo es...

La niña bostezó y Kate inclinó un poco la cabeza para ver los ojitos de la pequeña cerrados. Pasó una mano por sus mejillas y le limpió las lágrimas con suavidad.

―Kate... ―ronroneó la niña.

―Dime cariño.

―Me alegro de pasar las navidades contigo. ―susurró, antes de que su respiración se hiciera más acompasada y lenta.

Kate besó su coronilla y juntó su mejilla contra la cabeza de la niña.

―Yo también cariño.

XXX

Un suave carraspeo le obligó a abrir los ojos. Cuando lo hizo la luz de la habitación estaba encendida. Cerró los ojos de nuevo, frotándolos con una mano para adaptarse a la nueva claridad.

―Querida...

Kate abrió los ojos de golpe, visualizando a Martha a un lado de la puerta del armario, mirándola entre preocupada y algo que no pudo descifrar. ¿Agradecimiento?

―¿Qué haces ahí? ―preguntó la mujer con un tono suave y aterciopelado que Kate nunca había escuchado en la actriz.

La policía se tomó su tiempo para mirar hacia su regazo, donde Alexis seguía dormida entre sus brazos pegada como una lapa. Luego levantó la vista y, alzando la mano derecha, apartó un vestido rosa que tenía sobre la cabeza a modo sombrero, cubriendo parte de su visión. Cuando lo hizo, el flanco derecho quedo libre y pudo ver a Johanna detrás de Martha, mirándola con los ojos brillantes y una sonrisa suave.

―¿Querida? ―repitió Martha. ―¿Qué haces en el armario?

Desviando su vista hacia la actriz, Kate se encogió de hombros.

―Alexis no se movía, yo no podía levantarla y... no lo pensé.

Eso no era lo único que no había pensado, tampoco reflexionó su respuesta y surgió demasiado sincera para su gusto. Pero Martha pareció apreciar su sinceridad; sonrió, se agachó, y colocó una mano sobre su hombro.

―Gracias querida.

Continuará