Sinceramente, no se si subir este capítulo, no termina de gustarme, pero no quiero retrasarme más porque es pa' pegarme con un corchopan hasta que salga sangre. ¿Cuánto llevo sin actualizar? Buf... bueno, no tengo tiempo si sirve de escusa. He escrito esto en los huecos libres del curro, así que si no se entiende es comprensible. Muchas gracias por los comentarios y... no digo nada más. Aquí dejo el capítulo 20.


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Capítulo 20

Dolor era una palabra demasiado suave para expresar lo que sentía en ese momento. Los pinchazos que sufría se agravaron en cuestión de minutos y ahora padecía un dolor intenso, constante, que no le dejaba abrir los ojos.

―¿Mejor? ―preguntó Johanna poniendo un par de cojines debajo de la pierna ahora hinchada de Kate. La aludida asintió comprimiendo un ojo, intentando ponerse cómoda. Estaba tumbada en la cama de la niña. Necesitó la ayuda de su madre y Martha para levantarse y cuando lo hizo no pudo dar más de dos pasos, no llegó más lejos. Así que la acostaron allí mismo, en la cama de la pequeña.

―Sí, gracias mamá.

―Quizás deberíamos ir al médico. ―continuó Johanna, sentada en el borde de la cama mientras analizaba la pierna de su hija con cuidado―. Se ve muy hinchada.

Pero Kate no atinó a decir nada, lo único que hacía era mirar a la pequeña pelirroja. Alexis dormitaba en los brazos de su abuela, quien la mecía levemente. Aún tenía rastros de lágrimas y temblaba ligeramente, quizás tenía frío. Sin pensarlo, Kate alzó los brazos hacia Martha. La actriz elevó sus cejas hacia arriba e intentó sugerir que era una mala idea, que necesitaba descansar, pero Kate insistió.

―Alexis. ―dijo tras una mueca de dolor―. Por favor.

Martha obedeció y colocó a su nieta a la izquierda de la joven, lejos de la pierna hinchada de Kate. La policía arropó a la niña y la atrajo hacia ella, dejando su cabecita sobre su hombro.

―Querida, debería verte un médico. ―intentó mediar Martha suavemente.

Kate se limitó a mirar a la pequeña, pasando sus dedos por las mejillas de la pelirroja.

―¿Querida?

―No hace falta Martha. No duele mucho ―mintió―, solo tengo que tomarme las pastillas y descansar un poco.

Siguió acariciando a la niña, besando su frente de vez en cuando.

Johanna resopló y miró a la actriz, negando con la cabeza antes de que esta intentara seguir insistiendo. ―Es demasiado cabezota ―informó Johanna a la actriz―, no la convencerás.

―Pero, su pierna...

―Lo mejor es hacer que coma algo y darle las pastillas. ―improvisó Johanna sobre la marcha―. Con un poco de suerte le bajará algo la inflamación.

Y mientras decían esto, Kate se quedó dormida con Alexis abrazada a su cintura.


Martha bajó las escaleras con el rostro serio. Su objetivo era hacer algo de cena para la policía y su nieta, aunque también estaba dispuesta a cantarle las cuarenta a su hijo en cuanto lo viera. Pero cuando bajó el último escalón se encontró con un espejismo. O un milagro en toda regla.

Sentado en un taburete de la mesa americana, Jim Beckett troceaba unas zanahorias cerca de Rick, quien movía el contenido de la olla con un delantal de "super papá".

―¿Qué hacéis?

―La cena. ―dijo su hijo levantando el cazo.

Martha miró a Rick y a Jim alternativamente, sin cerrar la boca del todo. Cuando la cerró, fulminó a su hijo con la mirada y se dio la vuelta, caminando hacia las escaleras.

―Sube la cena para Kate y Alexis. ―informó sin dejar de caminar. Pero cuando estaba por pisar el segundo escalón de las escaleras, paró mirando a su hijo por encima del hombro―. Espero que tengas algo más que una cena para disculparte, hijo.

Y dicho esto, Martha desapareció escaleras arriba.


Disculparse. Ese era el objetivo que Rick tenía en mente mientras subía las escaleras con dos bandejas de comida. Disculparse con Kate y Alexis. Hacerle ver a Kate que lo sentía y, si ella lo dejaba, hablar. Hablar sobre la gran estupidez que cometió alejándose de ella pensando que era lo mejor. Porque él pensó eso. Pensó que ganarse a su padre era importante para no perderla. Tenía que entenderlo, ¿no?

Picó la puerta de la habitación de su hija con el codo, haciendo malabarismos para no tirar las bandejas. ¿Su recompensa? Martha le abrió negando con la cabeza. Rick bajó la la mirada, como años atrás, cuando volvía del colegio después de hacer una trastada y su madre le pedía explicaciones en la puerta con uno de sus sermones. Pero esta vez lo dejó pasar haciéndose a un lado. Al parecer no era ella quien le iba a dar el sermón.

Tragando saliva, el escritor dio dos pasos con las bandejas en las manos. Pero frenó de golpe tercer paso.

Tumbada en la cama, en cima de la colcha de estrellitas rosas. Kate abrazaba a Alexis con sus labios en la coronilla de la pequeña, haciendo círculos en la espalda de la niña. Ella se susurraba cosas dulces a la pequeña, haciéndola sonreír de vez en cuando, totalmente ajena a la presencia de cierto escritor.

Rick tragó saliva, un gesto seguramente audible porque Kate y Alexis desviaron su cabeza hacia él. Por un segundo, unas décimas tal vez, él pensó que no sería tan difícil ser perdonado. Pero cuando vio sus sonrisas desaparecer desestimó la idea.

Kate alejó su mirada contemplando el techo; su pequeña calabaza hundió la cabeza en el cuello de la policía. Y Rick sintió una opresión en el pecho.

―Calabaza...

La niña se apretó más a Kate, temblando.

―Calabaza. ―repitió avanzando un paso, retrocediéndolo cuando escuchó a su hija sollozar.

Por el rabillo del ojo, Kate vio a Rick estático, con las bandejas en ambas manos y la mirada aguada. Suspiró y volvió a mirar a la pequeña.

―Pequeña chef... ¿recuerdas lo que hablamos antes?

La niña asintió. Kate siguió pasando su mano por la espalda de la pequeña hasta que Alexis elevó su cabecita ligeramente, topando con los ojos de su padre. Pero volvió a esconderse en el abrazo de la policía.

―Lo siento calabaza, no lo hice a propósito. ―intentó Rick―. Me encantaron los muñequitos y al señor Beckett también.

Alexis levantó su cabeza. Tenía el flequillo despeinado y algunos mechones rebeldes se le pegaban en las mejillas por culpa de las lágrimas. Pero sus ojos brillaban.

―¿De verdad? ¿Al señor Beckett le gustó? ―ronroneó.

―Le encantó. Lo colgó en el árbol de navidad y me ayudó a hacer la cena. ―bajó la bandeja para que viera el plato de pasta con salsa carbonara―. ¿Ves? Tu plato preferido. Hecho por los dos, para agradecerte los muñecos.

La barriga de la niña rugió y Alexis se mordió el labio inferior ante los macarrones. Kate sonrió, colocándole un par de mechones pelirrojos detrás de la oreja.

―¿Quieres? ―preguntó el escritor, acercándose un par de pasos.

Alexis asintió barias veces con la cabeza, incorporándose de un brinco.

Rick sonrió acercándose a ellas, parando de golpe al ver la pierna de Kate. Estaba hinchada, muy hinchada. Los dedos que sobresalían del vendaje se intuían inflamados debajo del calcetín, como mini globos de agua a punto de estallar.

―¿Pasta? ―escuchó la voz de su hija.

Parpadeando, Rick desvió su vista del vendaje y observó a su hija. La pequeña se encontraba sentada como los indios al lado de una Kate tumbada. La policía estaba más centrada en comprobar si las manos de la niña estaban limpias, que en su propia pierna.

―Sí, sí... ya voy. ―carraspeó Castle sentándose en el borde de la cama, en el lado de Kate.

Alexis elevó sus manitas para coger la bandeja, impulsándose hacia adelante como si fuera a tirarse a una piscina. Fue Kate quien la calmó diciéndole que si no tenía cuidado la pasta caería sobre la cama. Usó una voz tan calmada y relajada, tan diferente a la que usaría cualquiera con la pierna hinchada como un globo, que Rick se quedó embobado.

Sin pedir ayuda, la policía se intentó incorporar, apretando los dientes. Rick dejó una bandeja en la mesita de noche para alargar su mano hacia Kate. Pero ella esquivó la mano poniendo la espalda en el cabecero.

Estaba claro que necesitaba algo más que una cena para disculparse.

Alexis se acercó a la policía y la imitó posando su espalda en el cabecero. Kate puso un cojín en las piernas de la niña, cogió la bandeja de la mesita y la situó sobre el cojín. La pequeña cogió el tenedor, pinchó un macarrón y cuando estaba acercándoselo a la boca miró a Kate.

El trozo de pasta soltaba una hilera blanca de humo.

Acercándose al tenedor, Kate sopló hacia el macarrón, comprobó que no soltaba humo y sonrió a la pequeña.

―Ten cuidado, quema un poco.

La niña engulló el macarrón sin miramientos, cerrando los ojos con un suspiro dramático. Martha y Johanna rieron desde una esquina de la habitación, rebelando que seguían ahí, en silencio. Y así estuvieron un buen rato, observando desde lejos como la pequeña comía al lado de Kate, atacando los macarrones como si no hubiera comido en días.

Hasta que paró sin aviso alguno.

Alexis dejó el tenedor sobre la bandeja, ladeó la cabeza y miró a la policía. Un mechón volvió a colarse en su cara por el movimiento, topando con la salsa roja de su mejilla derecha.

―¿No comes? ―preguntó la niña.

Kate entre abrió la boca, notando la pierna palpitar cada vez más fuerte.

―No tengo hambre cariño. ―se excusó esbozando un símil de sonrisa. Alexis asintió apartando el plato a un extremo de la bandeja rosa―. ¿Qué haces?

La niña bajó la mirada encogiéndose de hombros.

―No tengo hambre.

Pero sus tripas le llevaron la contraria.

Con un suspiró hacia el techo, y sin mirar a Castle en ningún momento, Kate alargó su mano derecha hacia su novio.

―Dame la bandeja.

Obedeciendo sin rechistar, Rick extendió la bandeja hacia su novia y esta la puso sobre su regazo. Cogió el tenedor, pinchó un macarrón, inspiró aire y se metió el trozo de pasta en la boca. Luego repitió el proceso, lo volvió a repetir, luego otra vez, y otra. Alexis levantó la cabecita poco a poco, retomando el tenedor para volver a engullir la pasta con una sonrisa.

―Despacio cariño, no te atragantes pequeña chef. ―le susurró Kate alargando su mano izquierda para retirar un par de mechones de las mejillas de la niña―. Te vas a comer el pelo. ―sonrió quitándole un poco de salsa de la barbilla

La boca de Rick estaba medio abierta desde hacía rato. Apenas podía parpadear y sus ojos se notaban aguados. Su hija sonreía mientras engullía y Kate simulaba no sentir dolor para que la pequeña comiera. Por un momento, el escritor recordó cuando él le había dicho a su pequeña que ni él ni la abuela podrían ir el día de los padres a la escuela, y como Alexis le había preguntado, con la cabeza gacha y tocándose las mangas de su abrigo, si Kate podía asistir, si podía preguntarle. Y ahora él se preguntaba por qué le había dicho que no. ¿Por qué no había visto lo que tenía delante de sus ojos?

Pero quizás eso sí podía arreglarlo.

Carraspenado, Rick alzó la voz ligeramente la voz.

―Calabaza, ¿preguntaste eso a Kate?

Tras esa pregunta, notó a Kate tensarse oprimiendo el tenedor con fuerza. Martha se llevó las manos a la cabeza y Johanna la miró sin comprender.

―Sí papá... ―reconoció la niña mirando a su padre por debajo de sus pestañas. ―. ¿Hice mal? Se que dijiste que no es su obligación pero...

Bien, lo acababa de fastidiar más.

Kate masticó un macarrón con fuerza, repetidas veces

―No cariño, no hiciste mal...

―¿Entonces puede venir Kate?

Rick se tomó su tiempo para responder. Intentó hacer contacto visual con su novia, pero ésta asesinaba los macarrones con la mirada. Tragando saliva, miró hacia la pierna hinchada y cerró los ojos antes de decir lo que iba a decir.

―Claro cariño ―intentó sonreír a su hija―, pero con una condición.

Y ahí, cuando Kate rayó la cerámica del plato con el tenedor, supo que ella no lo perdonaría hasta el año nuevo. O el siguiente.

Continuará