Este capítulo y el siguiente (que no lo tengo terminado), los escribí en el hospital. Era lo poco que podía hacer, leer, escribir, ver la tele... Bueno, oficialmente estoy casi al cien por cien y con vida casi normal, eso significa que he vuelto al trabajo y no he terminado el siguiente capítulo ni podré hacerlo en unos meses. Pero terminaré el fic.

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Capítulo 25

Tras revisar por décimo quinta vez su maleta, Kate gritó:

― ¡Me estoy volviendo loca! ¿Rick, has visto mis sudaderas? Juraría que estaban en la maleta cuando he ido a buscar las zapatillas.

El escritor se asomó por la puerta de la habitación principal, esa que habían empezado a compartir cuando Johanna y Jim se fueron tras recuperarse del todo. Kate necesitaba más tiempo de recuperación, así que se quedó un mes más. Pero ya podía caminar sin muletas y no necesitaba ningún tipo de ayuda.

Salvo para hacer su maleta al parecer.

― ¿Tan difícil es hacer una maleta? ―se mofó Rick entrando a la habitación con una gran sonrisa.

Kate lo miró, rebufó soplando un mechón rebelde sobre su cara y volvió a fijarse en su maleta, que reposaba abierta sobre la cama de matrimonio.

―No lo entiendo, cada vez que entro con una cosa desaparece otra. Las zapatillas estaban cuando fui a por mis guantes; los guantes estaban cuando puse los dibujos que me hizo Alexis y... ¡Oh!

― ¿Qué ocurre?

― ¡El álbum de fotos de Alexis! ―en un rápido movimiento ella se giró para mirarlo a la cara, puso sus manos en las mejillas de él y, con su mejor cara de cachorro abandonado, dijo―: ¿Puedo llevármelo?

Rick no pudo contener la risa ante eso. Aquella mujer adorable y cabezota se desvivía tanto por Alexis que, a veces, se volvía tan paranoicamente orgullosa como él. Solo esperaba que ella se diera cuenta de su modo madre pronto. Porque le resultaba difícil contener sus ganas de abrazarla y rogarle entre besos que se olvidara de Meredith.

Con una sonrisa suave, Rick apartó el mechón rebelde que aún cubría la cara de ella, lo puso detrás de su oreja y le besó la frente con amor.

―Kate, es tú regalo. Puedes llevártelo si quieres ―le aseguró, y ella le premió con una sonrisa y un beso rápido.

―Entonces voy a buscarlo ―se separó de él para dar tres zancadas rápidas hacia la puerta, pero justo antes de cruzarla, se giró y miró a su novio―. Mientras tanto... ¿puedes asegurarte de que los dibujos de Alexis no desaparecen? No tardaré mucho.

―Claro... ―pero antes de que pudiera terminar la frase ella ya se había ido―, lo haré.

Con una sonrisa divertida, Rick se sentó en el borde de la cama, junto a la maleta abierta. Extendió una mano hacia las cosas de Kate y cogió una carpeta azul, esa que tenía los famosos dibujos que Alexis había hecho para ella. Poco después de pasar las navidades juntos, Alexis se obstinó en regalarle un dibujo cada pocos días a Kate, y esta los guardaba como si fueran un tesoro.

Rick abrió la carpeta y observó los dibujos guardados en fundas de plástico. Sonrió de nuevo. Sí que los guardaba como si fueran tesoros.

Pasó uno por uno los dibujos, sonriendo como un tonto por el talento de su hija. Hasta que una mancha pelirroja ocupó la parte derecha de su campo de visión, de forma tan rápida, que desapareció segundos después.

Con el ceño fruncido, Rick volvió a mirar los dibujos levantando uno de ellos para tapar su cara. Esperó unos segundos así, ocultando su rostro, y pronto escuchó la corcha de la cama estirándose como si se agarraran a ella. Al retirar el dibujo de su campo de visión vio a Alexis inclinada sobre la maleta, con las zapatillas de Kate en la mano.

―Alexis, ¿qué estás haciendo?

La niña dio un salto hacia atrás con las zapatillas entre sus brazos.

― ¿Qué haces? ―volvió a preguntar con más sorpresa que reproche, de hecho no había nada de reproche en su tono de voz. Pero aun así asustó un poco a la niña, que agachó la cabeza contorneando su vestido rosa―. ¿Eres tú la que esconde las cosas de Kate?

La niña se mordió el labio en un gesto que había aprendido de Kate, miró hacia la puerta, luego a su padre y volvió a morderse el labio.

Rick quiso sonreír, de hecho las comisuras de su boca se inclinaron hacia arriba por la similitud de los gestos de su hija con su novia, pero logró mantener su sonrisa a raya. Aunque cuando quiso hablar, decir algo para entender el comportamiento de su hija, no tuvo tiempo.

―Cariño, no encuentro el álbum de fotos...

La voz de su novia se apagó en cuanto entró a la habitación. Rick la miró desde su asiento en el borde de la cama, incapaz de decir nada cuando vio la reacción de Kate.

Fue algo gradual, primero sonrió al ver a Alexis, después abrió la boca en una enorme "o" cuando vio sus zapatillas y, por último, colocó sus manos sobre su cadera en una pose imponente que hizo tragar saliva a Rick.

― Alexis Harper, ¿se puede saber qué estás haciendo?

Vaya, nombre y apellido con tono de reproche, eso era nuevo.

Alexis bajó la cabeza aún más, moviendo la trenza pelirroja que le había hecho Kate horas atrás. Gesto que habría sacado una sonrisa adorable en la cara de su novia en otro momento, pero que no pareció importarle en ese instante.

―Dame eso ―exigió Kate con la mano extendida.

La niña retrocedió.

―Alexis, tengo que hacer la maleta.

Kate avanzó un par de pasos hacia ella con intención de coger las zapatillas ella misma si hacía falta. Pero la pequeña, en un movimiento que impresionó hasta a su padre, se deslizó por debajo de las piernas de Kate y salió corriendo de la habitación.

― ¡Alexis!

Por el hueco de la puerta abierta, Rick pudo ver a su novia persiguiendo a la niña por todo el comedor. Kate era rápida, pero Alexis era huidiza y correteaba sorteando los muebles con los brazos alzados mientras movía las zapatillas al aire.

― ¡Maldita sea! ¡Alexis! ―gruñó Kate cuando la niña saltó por encima del sofá para esquivarla, aterrizando de milagro sobre los dos pies―. ¡Estate quieta o te harás da...! ―la niña volvió a saltar por encima de un sillón para escapar de ella―. ¡Alexis!

Rick no pudo evitar reír. Se levantó y miró la escena desde la puerta de la habitación, con una sonrisa en sus labios. No sabía si Kate se había dado cuenta ya de la causa de la rebeldía de la niña, aunque para él estaba claro: Alexis no quería que Kate se fuera.

Pero la sonrisa se le borró en el mismo instante en el que "algo" estiró de la carpeta que aún tenía entre sus manos. Bajó la mirada y vio a Alexis de puntillas, con las zapatillas en una mano y la otra en el borde de la carpeta.

― ¡Rick no dejes que coja los dibujos! ―gritó su novia desde el comedor, pero cuando él quiso darse cuenta Alexis ya estaba corriendo escaleras arriba, con la carpeta azul en una mano y las zapatillas en la otra―. ¡Rick!

El pobre levantó las manos con los ojos muy abiertos y tartamudeó un:

― ¿Lo siento?

Pero Kate ya estaba corriendo escaleras arriba.

― ¡ALEXIS HARPER CASTLE!

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― ¿Así que tu hija se ha encerrado en su habitación desde que Kate se fue?

La pregunta de Martha se escuchó hasta en el sofá, a pesar de que la actriz se estaba llenando una copa de vino en la cocina.

―Ese es un buen resumen, sí ―suspiró Rick―. Se ha encerrado con las zapatillas, los dibujos y el álbum de fotos de Kate.

Martha se echó a reír.

―Kate intentó entrar en la habitación y recuperar sus cosas, pero Alexis bloqueó la puerta con algo. Madre, deberías de haber estado allí, Kate parecía querer derribar la puerta cual policía cada vez que escuchaba algún mueble arrastrándose hacia la puerta ―Rick gimió revolviéndose el pelo con una mano―. Era de locos. Al final llamaron a Kate para adelantar su turno de trabajo y se tuvo que ir, pero no se fue contenta.

― ¿Y Alexis sigue encerrada desde entonces? ―preguntó entre risas la actriz, claramente divertida con la situación.

―Sí. Menos mal que hoy no tenía clases.

Martha Rogers soltó una carcajada a todo volumen.

― ¡Madre, esto es serio!

Con la copa de vino bien llena, Martha caminó hasta el sofá para sentarse al lado de su hijo. Dio un sorbo al líquido oscuro y volvió a dar su opinión, como siempre hacía. ―Lo siento querido, pero se veía venir. En estos dos meses en los que Kate ha estado aquí, ella ha utilizado y desarrollado tanto su modo-madre, que Alexis se ha vuelto adicta a él. Katherine es una auténtica madre osa. Puede que tú estés asombrado por el arrebato de Alexis, pero a mí lo que me sorprende es que tu hija no la haya llamado mamá aún.

Rick miró a su madre sin ningún rastro de sorpresa en su rostro. Porque él sabía de lo que hablaba, tenía consciencia del modo-madre de Kate y la necesidad de Alexis de cariño maternal. En esos dos meses había visto a su novia acostar cada noche a Alexis. La había visto acunar a la niña, cantarle, peinarla todos los días... Maldita sea, si incluso la había ayudado con los deberes.

Alexis era la niña más feliz del mundo cuando Kate estaba con ella.

―No pareces sorprendido ―susurró Martha.

―Kate ha hecho más de lo que nunca antes ninguna mujer ha hecho por Alexis ―se encogió de hombros Rick―. Ni siquiera Meredith.

―Exacto, por eso tú hija ha reaccionado así. Alexis no quiere perder el afecto diario que Kate le brinda estando en el loft ―bebió otro sorbo de su copa―. Si prácticamente se pega a Katherine cómo una lapa ―rio Martha―. No creo que el enfado de Alexis dure demasiado.

―Pero Kate se enfadó bastante ―gimió Rick.

Martha volvió a reír, pero esta vez con unos golpecitos a la rodilla de su hijo.

―Solo ten paciencia Richard, esa es la clave.

Rick hizo una mueca justo en el mismo momento en el que escuchó a Alexis bajar las escaleras. Tanto él como Martha miraron hacia la niña que, en vez de ir hacia ellos, corrió hacia la habitación de Rick.

Ambos se miraron con las cejas levantadas, hasta que Rick recordó de un pequeño detalle.

― ¡Maldita sea! ¡Kate se ha dejado la maleta abierta en la cama!

Y acto seguido, se levantó para correr hacia la habitación mientras su madre reía a carcajada limpia.

― ¡Recuerda hijo, paciencia! ―gritó entre risas Martha, pero Rick ya había desaparecido del salón.

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Kate quitó las llaves del contacto del coche patrulla. Bufó y miró a su compañero, que no tuvo reparo alguno en salir antes que ella. Era increíble, cuando tenían una alerta o una llamada de algún altercado, su compañero era el último en salir del coche. ¿Pero para ir a comer? En eso era el más rápido de todos.

Con un suspiro, se colocó la gorra del uniforme de oficial y salió del coche. Su compañero ya estaba sentado en una mesa pidiendo su habitual plato de patatas con carne cuando ella entró al bar-cafetería.

― ¿Beckett qué quieres comer? ―preguntó su compañero haciendo gestos con la mano hacia ella. Él era un hombre de unos cuarenta años, barrigudo y demasiado simpático incluso cuando ella estaba de mal humor. Como en ese día, por ejemplo.

―Una hamburguesa con patatas y un batido de fresa ―dijo con voz áspera Kate mirando a la pobre camarera, que asintió no muy conforme con los modales de la oficial de policía.

Afortunadamente, la mujer hizo su trabajo y no se enfrentó a Kate.

―Sabes, deberías relajarte un poco ―le dijo su compañero cuando ella se sentó―. María no tiene la culpa de que tengas un mal día ―le sonrió―. Ni yo tampoco.

―No tengo un mal día ―apretó los dientes Kate.

―Oh, ¿le ha pasado algo a Alexis?

Kate se tensó y en un movimiento inconsciente, cogió la carta del menú y se puso a leerlo.

―Le ha pasado algo a Alexis ―afirmó él sin inmutar su sonrisa.

―Yo no me meto en tu vida Robbins, no te metas en la mía.

La camarera vino con un par de platos de patatas, los dejó en la mesa y miró a Kate antes de posar su mirada en Robbins.

― ¿Es sobre Alexis, verdad? ―preguntó la mujer al compañero de Kate.

―Seguramente, la última vez que vino así fue cuando un niño del colegió se metió con Alexis. ¿Recuerdas? Estuvo rebufando durante todo el día, y eso que la niña ya estaba bien, pero Beckett no dejaba de pensar en el niño ese. Se puso un poco paranoica.

―Ese niño podría haberse metido con ella otra vez ―replicó Kate llamando la atención de ellos dos. Dejó el menú a un lado y comió una patata―. No estaba paranoica, solo me preocupaba que la profesora no tuviera una conversación con ese niño.

―Así que se trata de Alexis, ¿verdad? ―preguntó Robbins con una sonrisa. El hombre puso los codos sobre la mesa, colocó las manos en su mentón y dijo―: Cuéntanos.

―Sois unos cotillas.

―Nos gusta cuando hablas de esa niña ―se encogió de hombros María―, te ves... diferente.

―Muy diferente ―corroboró Robbins con los codos aún sobre la mesa.

Kate hizo caso omiso de los dos y continuó comiendo sus patatas.

―No ha pasado nada.

Ellos continuaron mirándola, en silencio, durante más de dos minutos, hasta que Kate estalló.

―Alexis ha tenido una rabieta ―gimió Kate comiendo otra patata.

― ¿Una rabieta? ―rio Robbins―. ¿Qué pasó?

―Estaba haciendo la maleta para volver a mi apartamento y Alexis... ―Kate tuvo que dejar de comer para encontrar las palabras adecuadas―. Alexis iba escondiendo lo que yo ponía en la maleta.

Ambos soltaron una gran carcajada.

―No es gracioso ―Kate los fulminó con la mirada.

―Oh, no. No lo es... ¿Y qué pasó luego? ―preguntó María.

―Cuando me di cuenta Alexis se encerró en su habitación con las cosas que robó. Debió bloquear la puerta con algo porque ni si quiera pude... ¡No os riais!

―Lo siento muchacha, pero esto es gracioso ―rio Robbins con una mano en la barriga―. Esa niña es lo más bueno que conozco y que haga algo así... es único.

―Yo no le veo la gracia, al final tuve que venir a trabajar y dejé la maleta allí.

―Estás cabreada ―sonrió la camarera con algo parecido a entendimiento en su mirada.

―Alexis no suele hacer cosas así ―rebufó Kate―. Intenté explicarle la situación, que necesitaba hacer mi maleta para volver al apartamento, pero Alexis no lo entendió.

―O lo entendió perfectamente ―sugirió María. Kate levantó una ceja al mirarla―. Venga, es algo obvio. Alexis no quería que hicieras la maleta. No quería que te fueras.

Kate abrió la boca al máximo.

― ¿Qué?

―Esa niña te quiere en casa Beckett ―dijo Robbins un poco más calmado―. Supongo que pensó que si secuestraba tu maleta tú te quedarías ―volvió a reír.

―No lo entiendo, ¿por qué...?

― ¿La madre de Alexis no hizo lo mismo que tú? ―le cortó María―. Es decir, ¿no se fue tras unos años de casados con tu novio? Quizás Alexis piense que, como con su madre, tú te alejaras de ella poco a poco. No es algo descabellado de pensar.

Con la boca entre abierta, Kate pestañeo un par de veces.

No, no podía ser. ¿Alexis pensaba que ella podría salir de su vida cómo lo hizo su madre?

―Yo no soy Meredith ―susurró Kate apretando los dientes―. Yo nunca, nunca me alejaría de Alexis. Aunque lo mío con Rick no funcionara, yo seguiría estando ahí para ella. Rick lo sabe.

―Ya, pero quizás Alexis no lo sepa ―se encogió de hombros María―. Tienes que hablar con ella, hacerle entender que vas a estar ahí.

Y antes de que ella pudiera decir nada, el móvil de Kate sonó. Ella miró el número que salía en pantalla y atendió al ver que era Rick. Cuando contestó al teléfono y su novio le dijo que, para resumir, Alexis había arrastrado gran parte del contenido de su maleta hacia la habitación de la niña, Kate se tapó la cara con una mano y suspiró una gran bocanada de aire.

Tenía la impresión de que hablar con la niña solamente, no iba a terminar de convencer a Alexis.