Día 4: free day — cumpleaños de Eijun.
Palabras: 400.
BOTÓN.
El día de su graduación, Eijun le dio un obsequio: el segundo botón de la camisa de su uniforme. Su expresión determinada intentaba ocultar el nerviosismo que hacía que su corazón palpitase a una velocidad desmesurada. Por el contrario, la expresión de Kazuya pasaba de la confusión a la inseguridad y la incredulidad.
—¿¡Tienes algún problema, Miyuki Kazuya!? —inquirió el pitcher de segundo año, con impaciencia y viéndose por primera vez en ese día avergonzado.
—No. Bueno… en realidad, sí.
Miyuki vio ante sus ojos cómo Eijun comenzaba a erizarse luego de oír su dubitativa respuesta; a lo que el ex-capitán de Seidou intentó calmarlo, con una sonrisa nerviosa instalándose sobre sus labios.
—Verás, Sawamura… La tradición dice que esbel senpai quien debe obsequiar el botón, no al revés.
—¿¡Qué!? ¡No es cierto!
—Oi, oi… —Una gota de sudor se deslizó por el rostro del más alto, todavía a esas alturas preguntándose cómo alguien podía ser tan idiota—, ¿me estás llamando mentiroso?
—¡Por supuesto!, ¿o esperas que crea que tú, el hombre sin alma y con la personalidad más retorcida que jamás haya conocido, conozca esa tradición? ¡No me vas a engañar, Miyuki Kazuya! —aulló Sawamura mientras agarraba al mayor del cuello de su uniforme para zarandearlo sin misericordia.
—Oi, que todavía soy tu senpai.
Y mientras Miyuki intentaba liberarse del agarre, el pitcher zurdo dejó de gruñir, sin liberarlo pero con su rostro oculto bajo los mechones castaños, mirando a los pies del catcher.
—¿… es así?
—¿Sawamura?
—¿Es verdad lo que dijiste?
Kazuya desvió su mirada hacia el cielo.
—Bueno…, sí —respondió en un tono más bajo de lo normal, rascando su mejilla en aquel familiar gesto que usaba cuando se sentía avergonzado.
Y por varios segundos Eijun no se movió, hasta que:
—¡Entonces dámelo, rufián! ¡Es mío! —exigió, volviendo a atacar a Kazuya con sus ojos adoptando su forma gatuna mientras continuaba gruñendo, tratando de hacerse con aquel preciado segundo botón.
Al final, ambos acabaron intercambiando sus botones como promesa de que cuando volviesen a estar juntos los devolverían. Y a pesar de que Eijun lloraba como si fuese su último día con el catcher, los dos sabían que ese no era el final. Su relación había evolucionado a un punto en el que no eran simplemente una batería compuesta por dos idiotas del béisbol. Tal vez sí, seguirían siendo unos idiotas, pero eran ahora unos idiotas enamorados.
