Warnings de éste capítulo; es importante resaltar que el Distrito 9 , originalmente y en la vida real 'real' estaba localizado en Chiwelo, Soweto, una localidad al sur de JoBurg; tuve que movilizarme por algunas calles y como podéis imaginar, jamás he estado ahí (algunos fanfickers sí han tenido esa genial oportunidad).Por desgracia, es donde se encuentran las oficinas centrales de MNU. Nombres coloquiales de Johannesburgo; Joburg, Igoli (en zulú, ciudad de oro). Capi de veras técnico.

Por desgracia NINGUN LINK FUNCIONA EN ESTA PÁGINA DE MIERDA, de modo que si queréis ver como es la Maniobra Hormiga o el aspecto de las hembras Poleepkwa, así como el aspecto de Jim, tendréis que ir a mi ao3.

Kilos de africanismos; comida, modismos, idioma y demás. Sí, un montón de investigación previa. Disculpadme por atosigarles.

OOC de algunos personajes. Y, necesariamente, varios personajes originales. Como seguramente habéis notado, mi beta no está disponible desde que comencé a reescribir. Todos los errores, son míos.

8, Terra 1; Joburg.

Rooibos caliente y lechoso, sin una gota de cafeína y un frío húmedo que se te mete hasta los huesos, entre el olor a llantas quemadas y el aullar de perros…

Jim se frotó los ojos, alisando sus cejas, sorbiendo el té dulce, reconfortante; la humvee saltaba en los baches, entre las calles cercanas a Soweto; conforme avanzaban hacia el WestRand, entrando a la zona financiera de la ciudad.

Aprender a conducir la antigua humvee había sido un juego de niños para Uhura. Meterse en el conflictivo tráfico de Joburg, era otra cosa. Geoffrey, Kraal y Christopher dormían en la parte trasera, acumulando energía para lo que se viniera en las próximas horas. El Capitán del Enterprise sintió un pinchazo de envidia.

Jim se terminó el té de un sorbo, calándose la gorra militar contra los rayos del sol rojizo del amanecer. Frunció el ceño, dado el lento tráfico.

—¿De quién fue la genial idea de que viniéramos a Johannesburgo, Nyota?

Ésta hizo ojos de espiral.

—¿Consenso, Capitán? Las oficinas centrales de Multi Nacional Unida están aquí. Necesitamos la localización del Distrito 10 para poder triangular con la plataforma en Durban…

Jim se guardó la idea de que podían haber usado uno de sus minisatélites, sacó su PADD y checó los datos.

567 kilómetros entre JoBurg y Durban, en el Océano Índico. El Distrito 10 estaba a 200 kilómetros de distancia de la ciudad y podría ser cualquier punto que rodeara Joburg, dentro de ese límite. Habían quedado un millón 800,000 Poleepkwa en el D9, el día que Chris escapó. Esa cifra había aumentado, con toda seguridad. De acuerdo a las fechas estelares y terranas, habían pasado 2 años y medio…y no los tres que Chris había supuesto (y prometido a su amigo, Wikus).

La estrategia ideada por los expertos en rescate del Comando General de la Flota y los científicos comisionados por el Real Parlamento Poleepkwa –apoyados por los datos de Christopher Johnson y los cálculos básicos de Sch'n T'Gai Spock- tenía que ser sencilla, silenciosa y rápida.

No debía interferir con la Primera Directiva y en caso necesario, habría que borrar la memoria de los terranos involucrados. Los Vulcanos que vigilaban el cuadrante de Terra, en esta Alternatividad Temporal, no habían sido advertidos tampoco y otro grupo de expertos en comunicación subespacial de la Flota había diseñado tres frecuencias para poder saltar cualquier encuentro con ellos.

McCoy había coordinado, junto con Tafari, al personal médico de ataque en las naves que recogerían a los refugiados, desde la plataforma en el Índico, convenientemente camuflada dentro de un campo magnético especial, indetectable por los satélites terranos.

El esquema era muy sencillo.

Una vez localizado el D10, 4 Lanzaderas rociarían el terreno con la mezcla de feromonas de activación neuronal –una transfusión de parte de sus majestades Niara y Zunduri, cultivada en un tanque de glucosa y diluida hasta 50 metros cúbicos— cubriendo a la población que ahí se encontrase. En 12 horas, la poción haría su efecto y recuperaría los instintos de fraternización de los pobladores.

Después, vendría la asombrosa maniobra Hormiga…

-0-

—¿Hormigas?

—Así es, Comandante Spock. Hormigas…

Tafari tecleó ágilmente en la superficie de cristal y la pantalla central en el laboratorio de la Bahía Médica desplegó una imagen netamente terrana; unas diez mil hormigas deslizándose por un tubo, como si se trataran de líquido, reagrupándose después en la superficie del río, formando una isla de hormigas del tamaño de una pizza mediana. Perfectamente aglutinadas.

Geoffrey soltó la risa.

—¡Hey! ¡Eso lo vi una vez, en un viaje al Amazonas!

Spock pestañeó.

—Fascinante. Piensa usted entonces en utilizar la capacidad de sus connacionales para este tipo de maniobra, doctor Tafari.

El médico Poleepkwa asintió con entusiasmo.

— Nosotros tenemos en brazos y piernas el mismo tipo de aguijones con micropelos, que las hormigas terranas y podemos hacer el mismo tipo de movilización, señor Spock. En vez de una teleportación de grupos pequeños, podemos utilizar la versión transwarp, como si se tratase de un cuerpo voluminoso y no de grupos de 100 en 100 de los nuestros. Podríamos subir de 10 mil en 10 mil. Serían 200 ciclos. Teniendo en cuenta el gasto de energía, el número de naves y el uso de los teleportadores, hablamos de…digamos unas 28 horas.

Spock casi sonrió.

—Veintiocho horas y cincuenta y tres minutos, con diez a quince segundos de margen, doctor. Mis felicitaciones. Ignoraba que un médico de su raza dedicara tanto tiempo al cálculo…

McCoy frunció el ceño.

—¿Qué tratas de insinuar? ¡Soy un médico, no un contador!

—Doctor McCoy, no estoy sugiriendo nada. Simplemente aludo a la pericia de su contraparte.

—¡También podrías decir que es ilógico que un médico haga cálculos, con un demonio!

Spock no hizo ojos de espiral.

—Con su permiso, doctores. Tengo que reportarme con el señor Scott, para ver el progreso de nuestra plataforma de reembarque.

Tan pronto Spock salió de Ciencias, Tafari soltó la carcajada y golpeó la espalda de McCoy, con afecto.

—¡Por los faldones de la reina, Leonard! Vaya que es todo un show este Vulcano!

Leonard gruñó. Fue turno de Adanna para intervenir; junto con Geoffrey, traía una charola de rooibos caliente para todos y un platón de bunny-chows recién fabricados en el replicador.

McCoy negó con la cabeza, frente al surrealismo de la escena… que se había convertido en su pan de cada día, en esta nave de locos, llena de especies de toda la galaxia; Adanna Nyanga, esposa de Tafari Nyanga era hembra de su especie, una médica con una empatía similar a la de Geoffrey y una simpatía digna del alférez Chékov, por decir lo menos.

Ante el silencio interrogativo de Jim Kirk, al serle presentada —y besar su mano— Adanna simplemente respondió "No se asombre, Capitán. No todas las mujeres de nuestro mundo nos dedicamos a la política", seguida de una sonrisa encantadora y un guiñar de sus enormes ojos dorados.

En realidad, eso aclaraba muchas cosas, como por ejemplo, la prevención de la endogamia en las colmenas.

Cualquier macho poleepkwa, así fuera de la más humilde clase, podía solicitar una transfusión de feromonas de su reina, a fin de tener una hija en su familia.

Alrededor del 60% de estas hijas, formaban familias tan comunes como las humanas. Y sus proles no solían ser distintas. Y el 40 % restante, eran quienes entraban en las competiciones y estudios del gobierno de su pueblo, el semillero de futuras regidoras.

De ahí era de donde nacía la máxima Poleepkwa "Todas las Reinas son hijas de obreros y todos los obreros, son hijos de la Reina" y con ello, su democracia misma.

Adanna era una de esas chicas que había elegido un futuro diferente al de la clase gobernante de su pueblo, y al mirarla cantar y bailar con Geoffrey cosas tan tradicionales como Shosholoza, McCoy tuvo que admitir dos cosas; su admiración y vergüenza.

Porque el trato que se había dado a los Poleepkwa en la Tierra era, por lo menos espantoso y McCoy no tenía que recurrir a sus lecturas en historia para subrayar el asunto; los terranos habían tenido épocas horribles de racismo y xenofobia, en los que se ensañaban con propios y extraños y que habían culminado en fracasos tan estrepitosos como el de Khan, de triste memoria.

Y Adanna cantaba y bailaba con el mismo encanto glorioso de Nyota o de cualquier otra chica –alien o terrana- que Leonard hubiera conocido.

Pensar que su especie había sido tratada como retrasados mentales, circunscrita a un campo de concentración, con condiciones de vida muy inferiores a lo necesario y usada como animales de laboratorio, era algo que enfurecía y enrojecía de pena a la vez, al médico de Georgia.

Leonard tenía en cuenta el tristísimo pasado de su propio lugar de nacimiento y, pese a lo mucho que molestaba a Spock por ser un Vulcano —más por los modos condescendientes de éste que por su especie— no podía menos que sentir náuseas frente a cualquier manifestación de racismo verdadero.

Adanna le alargó una taza de rooibos caliente a Leonard y se dirigió a su marido, acariciándole las antenas con las suyas.

—Querido, te agradecería que no fueras excesivamente vulgar al hablar de la Reina.

—Exageras, mujer.

—Dije 'excesivamente', amor…

Geoffrey silbó y se aplicó a comer el pan con curry caliente. McCoy no se aguantó la curiosidad.

—Adanna…de dónde sacaste todo esto?

Ella alzó una plumosa antena, sonriendo diligente.

—Leonard, leí todo sobre Terra y su Sudáfrica de éste tiempo, en el viaje desde Tellycan. Le solicité al alférez Vega, uno de los chicos que trabaja con el Señor Scott, si sería tan amable de programarme algunos platos sudafricanos en el replicador.

—Hum..dfeliciossoh…

McCoy puso cara de asco y Adanna le dio un leve golpe en la muñeca a Geoffrey.

—Oh bárbaro! ¡No hables con la boca llena!

McCoy dio un sorbo al té y un codazo a Tafari.

—Veo, estimado colega, que es tu esposa la que lleva los pantalones en esta relación.

Adanna se recargó en el hombro de McCoy.

—Len, ya deberías haberte dado cuenta que nuestra especie, no usa pantalones…

La risa de los cuatro llenó la Bahía Médica.

Todavía quedaba trabajo por hacer…

—0-

Uhura estacionó con un chirrido la humvee, frente a las oficinas de MNU y Jim se volvió hacia los tripulantes dormidos, despertándolos a gritos.

—Hey! ¡Arriba, bellos durmientes! ¡Ya estamos en casa!

Los bostezos y protestas no se hicieron esperar. Chris se restregó los ojos y Nyota sonrió, al verlo por el retrovisor; el insectoide estaba molesto. El maquillaje anaranjado con que los médicos lo cubrieran —McCoy y Tafari "es por tu bien, es mejor que nadie pueda reconocerte"— le picaba entre las junturas. Y la ansiedad lo ponía nervioso. Geoffrey en cambio, estaba encantado de visitar su ciudad natal, así fuera en un pasado alternativo y Kraal le guiñó un ojo a Nyota. Aunque no hubieran vuelto a hablar de una futura o posible relación, el embajador daba por hecho el asunto y protegía a la Oficial de Comunicaciones como si fuese su sombra.

Jim checó bien su actuación. Entrarían en las oficinas, Nyota como trabajadora de MNU, Geoffrey con su tarjetón de Médico Sin Fronteras y los dos poleepkwa, como prisioneros de Jim, quien los había encontrado vagando en Soweto.

No eran raros los poleepkwa que escapaban del Distrito 10, para regresar a Chiwelo, a buscar restos de tecnología caídos de la nave.

Habían sido Teixeira y Martínez, dos agentes de Primer Contacto, los encargados de hacer la investigación [1]. Y, de no haber sido porque necesitaban ubicar a Wikus Van der Merwe, todo el rescate habría sido mucho más fácil.

Jim esperaba que todo saliera bien... aunque no era esa su experiencia. Nyota recogió su portafolio, algunas carpetas y se encaró al resto.

—¿Listos?

-0-

—Es una estupidez. Todo esto no es más que una enorme estupidez ¡Perderemos mucho tiempo!

Spock suspiró, haciéndose de paciencia. Coincidía con Jim, pero el compromiso de la Flota era ayudar a los poleepkwa y no sólo en el rescate. Las cosas habrían salido de otra manera, de no mediar el rescate de uno solo de ellos, entre dos millones y medio.

Ashayam, querría que te pusieras en el lugar del señor Van der Merwe, por un momento.

—¡Ja! No trates de entramparme, Spock. Sabes que yo JAMÁS habría hecho tal cantidad de tonterías…

—Sé que el señor Wikus es un terrano que no había tratado con aliens en su vida y que no tenía idea de cómo podía afectarle el uso de su tecnología. Y, pese a eso, con un número indefinido de diferencias, errores y temores de por medio, logró rescatar al ingeniero Xyrella, a Christopher Johnson y éste lo considera… un amigo. Si no es que algo más.

Jim le guiñó un ojo a su esposo.

—O sea que tu también lo notaste.

Spock elevó una ceja.

—Creo que el modismo correcto sería 'habría que ser ciego para no verlo', Jim.

El Capitán se acercó al Primer Oficial, tomándolo de los hombros; la intimidad de la Sala de Juntas no era lo que Jim habría querido, estaban en horas de trabajo y no podría permitirse mucho, de cualquier manera. El terrano sonrió, coquetamente.

—¿Eso harías por mi? ¿Movilizar a todos los expertos de la Flota, para ir a rescatarme?

Spock lo rodeó con sus brazos, acercándose al otro hasta rozar las narices de ambos. Habló en voz baja.

—De haber un fin en el universo y de estar tu ahí, prisionero, iría por ti, tahluk.

El beso no duró más de unos instantes y ambos lo detuvieron, Jim soltando a Spock y frotándose el rostro con ambas manos, como si despertase de un sueño a la realidad que exigía acción. No pudo evitar la enorme sonrisa, atrapado en los brazos de su esposo.

—Tienes buenos argumentos para convencerme, ¿lo sabías?

Spock apenas si elevó la comisura izquierda de sus labios y Jim se contuvo a besarlo de nuevo.

—Mi trabajo como Primer Oficial exige que los argumentos que presente a mi Capitán sean…contundentes, Jim.

Jim asintió.

—Es sólo que detesto la idea y no me agrada bajar a una Tierra racista y de ideas limitadas.

Sí, Spock había notado eso; la extraña reluctancia de Jim a enfrentar un rescate hasta cierto punto común. Ese no era el James T. Kirk que él conocía.

—Capitán… Jim, nos hemos encontrado con civilizaciones y pueblos similares, en otras expediciones.

Éste asintió.

—Sí, lo sé perfectamente. Pero una cosa es encontrarse con gente falta de visión, en otros mundos y otra, toparse con tus propios compatriotas, viendo cómo maltratan gente inocente, sólo porque no tienen el mismo color de piel o la misma estructura de ésta. La verdad es que… me avergüenzo de lo que ha pasado con los poleepkwa. No encuentro una forma de disculparnos. A todos los terranos.

La mirada de Spock pareció derretirse de ternura. Alzó la mano, extendiendo sus dedos medio e índice y acarició la mejilla de Jim. Éste tomó su mano. El Vulcano le guiñó un ojo.

T'hy'la… ¿Por qué habrías de cargar tu con la culpa completa de los errores de una especie?

Jim soltó la risa.

—Ya sé que es ilógico, Spock. No me hagas caso. Vamos, tengo que hablar con Kraal y con Uhura.

—Se hallan en la Sala de Juntas del Nivel 6, Capitán. Cotejando los resultados de los oficiales Teixeira y Martínez.

Jim tomó su PADD.

—Y hacia allá vamos, Comandante. Imagino que Teixeira todavía se está quitando los espejos [2]

Spock se limitó a asentir.

-0-

Las contó, de nuevo. Anaranjadas, rojas, verdes, azules, moradas. Hechas con latas de refresco. De mora, de naranja, de cola, de limón. Un centenar de rosas de aluminio, cortadas primorosamente, moldeadas con cuidado, lijados los bordes para que su filo no fuera peligroso. Llenaban la canasta que Sandra, su suegra, le había llevado con ese fin.

Ambas habían rezado juntas, a escondidas de Piet su padre, por Wikus porque siguiera vivo.

Y, en el fondo de su corazón, Tanya sabía que efectivamente, su esposo estaba vivo de alguna forma. Es decir, bajo la forma de un poleepkwa.

Furtivamente, ayudada por Fundiswa y otro amigo de Wikus, Tanya había obtenido más información de la que Piet Smit habría querido que jamás supiera.

Las torturas en el sótano de las oficinas, le era conocida. La reclusión, el tormento y el uso de las armas alien a que habían sometido y obligado al buen Wikus, era algo que ahora sabía todo el mundo. Aunado a los malos manejos de MNU; la institución era responsable de canalizar los recursos para que los poleepkwa pudiesen vivir de forma decente, en el Distrito 9. Ahora, se sabía que la mayoría de la inversión recibida como ayuda por parte de la ONU y de varias naciones por su cuenta, se utilizaba en investigación genética, para poder utilizar el armamento alien.

Y Tanya podía parecer lo que los periodistas y las televisoras habían visto; una rubita tonta, de clase alta, mimada e ignorante.

Sin embargo, a su modo dulce y manipulando la situación, se había resistido a la ola de galanes introducidos por su padre, aduciendo estar casada y esperando 'el regreso de su marido'.

Y, dado que contaba con el apoyo de su suegra y los dos amigos de Wikus (Fundiswa Mlanga, en la cárcel y Leslie Trent, desaparecido…o eso creía la gente), Tanya confiaba en lo que los rumores le habían dicho; Wikus había ayudado al líder de los extraterrestres a volver a su mundo. Y a cambio, ése líder le daría una cura para su brazo, cuando regresara por todos los suyos. Tanya esperaba con toda la fe posible, que solamente fuera el brazo lo que Wikus tenía deforme. Los rumores (venían de las monjas de la Misión de la Misericordia, los Médicos Sin Frontera y el montón de chicos de las ONG que trabajaban ahora en el D10) también hablaban de un poleepkwa de baja estatura, de caparazón blanco y gris y con ojos de color distinto; uno amarillo. El otro, azul.

Las rosas llegaban con una semana de diferencia. A veces tardaban un poco más. Otras veces, llegaban en sólo tres días. Pero siempre estaban al amanecer, cuando Tanya salía al patio a recoger el periódico, terca en su costumbre del desayuno/periódico/café.

Nadie iba a hacerle cambiar de opinión y como fuera, lo que quedaba de MNU la había provisto de una pensión adecuada a su estatus, de modo que no le faltaba nada. A la vez, la prensa la trataba con el romántico respeto de una viuda que no lo era en realidad, esperando el regreso de su marido, la vieja historia de Penélope y Ulises.

Acarició las rosas, conteniendo el llanto y se mordió el labio, aguantándose la doble sensación de angustia y alivio. Miró hacia el espejo del tocador; el sonograma pegado en éste mostraba un feto de dos meses de edad.

Quizá era lo único que no había logrado sobrellevar, en su larga espera; la pérdida del bebé se había dado a las dos semanas de la desaparición de Wikus.

La pena había sido repentina y desastrosa, como esas cosas que uno lee en los periódicos, que le suceden a otra gente y jamás a uno mismo.

El pobre de su marido no llegó a enterarse que esperaban un hijo o hija. Tanya pensaba por momentos que había sido mejor así, aunque quizá un bebé le habría hecho más llevadera la ausencia.

Se alisó el cabello y se recompuso el maquillaje; Wikus la amaba y la llamaba su ángel y ella se portaría digna de ese título. Y, cuando los alien regresaran por su gente y se lo devolvieran, ella podría mostrarle las rosas guardadas, como prueba de su amor, de su fidelidad, de su espera.

Por ahora, debía alistarse; Leslie Trent le tenía noticias y sería buena idea hacer un pay de camote dulce, para recibirlo por la tarde.

Trent era un misterio y a la vez, un auxilio para Tanya; el camarógrafo había seguido a Wikus durante todo ese día horrendo, cuando el desalojo del Distrito 9, desde la toma inicial en su escritorio, hasta la edición final, cuando había mostrado la foto de Tanya.

Y, pese a que Wikus le había pedido que editara y borrara muchas de las tomas (cuando Koobus le gritó; cuando se roció el líquido negro sobre el rostro: cuando comenzó a vomitar, fuera de la casucha) Leslie las había guardado clandestinamente y no las había entregado a sus superiores en MNU.

Él y Tanya habían revisado, cuadro por cuadro, cada toma del accidente de Wikus. Y, en la persecución posterior, en el hospital y en la filmación en los sótanos, también Leslie había estado presente. Y ¿Adivinen quién fue el camarógrafo desde el helicóptero, que tomó la última fotografía de Van der Merwe? Acertaron; fue Leslie Trent.

Y no había un por qué claro a la actuación del joven camarógrafo. Bien podría haber vendido su historia a las principales cadenas de noticias en la Tierra, en no poco dinero. Y no lo había hecho y Tanya no quería saber sus razones.

De modo que Tanya tenía la casi certeza de la mutación de su marido –y de ahí sus desesperadas oraciones. Así como estaba cierta de que, de poner un pie en el Distrito 10 para buscarlo, su propio padre y lo que quedaba de MNU irían a por ella, con la misma esperanza de Tanya; encontrar a Wikus. Aunque con unos fines muy diferentes; ella sólo quería reconstruír su familia y olvidarse del pasado. Piet Smit en cambio no iba a darse el lujo de perder dinero y reputación, nuevamente. Aunque tuviera que pasar por encima de su hija, cosa que ya había hecho una vez; el engaño había sido muy simple, dado que el brazo de Wikus presentaba una herida por demás aparatosa. El problema fue que el infeliz se comunicó con Tanya y ella podía dudar de lo que fuese, menos del amor que Wikus le tenía.

Y, después de que la nave se fue, cuando el escándalo cayó sobre MNU y Fundiswa fue a dar a la cárcel –más que nada, por negarse a declarar en contra de Wikus—Leslie apareció un buen día, a la semana de los hechos, con una rosa de aluminio en la mano.

Fue la primera vez que ambos se dieron cuenta que Wikus estaba vivo y que lo mejor para todos, era no buscarlo.

Leslie se dio a rastrear los rumores y Tanya, a dar la imagen que la prensa y la familia veían. Y una vez por semana, se reunían para cotejar filmaciones y hallazgos.

No, Tanya Smit no era una rubita tonta e ignorante.

Y, si los rumores entre los alien eran verdaderos, entonces Christopher Johnson regresaría de su mundo más temprano que tarde y en pago por la salvación de su gente, le devolvería a Wikus. Su buen Wikus.

Tanya se espabiló y fue al refrigerador; había que tener la mantequilla en su punto o el pay no quedaría bien hecho.

El destello de dos diminutos espejos, en el borde de la ventana, no llamó su atención en lo absoluto.

-0-

La credencial de Uhura se deslizó fácilmente en el identificador de la puerta. Como fuera, los sistemas de MNU no habían cambiado gran cosa y de acuerdo a lo recolectado por Teixeira y Martínez, no les sería muy difícil entrar. Quizá la salida fuese algo más complicada. El guardia de la entrada en cambio, sí que se sacó un buen susto; una empleada de traje sastre blanco, la insignia azul de MNU en la solapa izquierda y los altísimos tacones, del mismo tono, acompañada por un médico (MSF, de acuerdo a su chaleco blanco, cubriendo la camisa floreada), un militar y dos crustáceos esposados. Fugitivos del Distrito 10, obviamente. ¡Pobres desgraciados! Si las condiciones en el 9 dejaban que desear, el Distrito 10 tenía muchos menos recursos. Situado en Ngubo, al oeste del Rio Tugela, a 220 kilómetros de Johannesburgo y con acceso sólo por un camino vecinal, sin cercanía a ciudad alguna, dependía de los envíos de comida de las ONG y de la ayuda de las asociaciones de voluntarios. Aunque el clima era agradable, el viento del Índico soplaba hacia las planicies, chocando contra las Drakensberg y generando constante lluvia, a la que los alien no estaban acostumbrados. Uhura se aproximó al escritorio, donde el burócrata canoso y de corbatín la miró con cara de pocos amigos. Ella correspondió con un gesto que habría puesto a temblar a la tripulación entera del Enterprise y a unos cuantos klingon. Leyó la identificación del hombre del escritorio.

—Buenos días, Ernst.

—Buenos días, señora…

—Penda. Sekai Penda. Relaciones Públicas. La abogada NdiBon me está esperando.

Ernst sabía reconocer la autoridad de alguien; consultó su computador. TShidi NdiBon era de las poquísimas empleadas que habían sobrevivido la 'limpia' después de la partida de la nave; el hacking desde la Enterprise había sido efectivo y Ernst vió en su pantalla que efectivamente, la abogada estaba en sus oficinas…por más que él no la hubiese visto tomar los elevadores. Bueno, podría haber subido desde el sótano. El militar rubio que venía con Penda rezongó.

—Con un puto carajo, granjero ¿Vas a tenernos aquí todo el puto día, por un estúpido traslado de crustáceos?

Ernst tragó saliva; el escudo de gacela y la bandera denotaban que no se trataba de las antiguas Fuerzas Especiales que la MNU tenía a su cargo, como sus mercenarios particulares. Este era un chico de las Recce, del Ejército. Y el Médico Sin Fronteras que venía con ellos implicaba todavía más la seriedad del asunto. Ernst asintió rápidamente, dirigiéndose a Uhura.

—Mis disculpas, señora Penda. Piso 12, oficina 3.

Uhura le alargó la credencial como si el hombre fuese un apestado y se dirigió al elevador. Jim le sonrió y le guiñó un ojo. Era cuestión de esperar unos minutos.

Ernst miró a los recién llegados, pero el militar a cargo lo taladró con los ojos más azules que hubiera visto nunca y el boer prefirió volver a su periódico y a su rooibos mañanero. Ni siquiera se atrevió a ponerle mala cara a los crustáceos; a dios gracias los alien ya no vivían en su ciudad y si por él fuera, lo mejor habría sido matarlos a todos. Es lo que se hace con las cucarachas y con cualquier plaga; bonita traición les había hecho el jefe de todos ellos al regresarse a su mundo él solo, en una nave tan grande, dejándolos aquí, estancados. Ernst no terminaba de comprender para qué diablos se había establecido el Distrito 10…pero por algo estaba en el escritorio de la entrada y no en los de las oficinas, adentro…

[1] Os sugiero leer el otro fic sobre este asunto; "Prime Directive; North Sentinel Island"

[2] Jim se refiere a las cámaras del scramble suit o 'espejeador'. Nuevamente, es buena idea leer el fic que os mencioné. O esperar más adelante, donde habrá una breve explicación del asunto.

Abajo; lo que pasó con el Distrito 9, en la realidad, si os interesa leerlo;... sí, id al ao3

Música de este capi; el OST completo de D9