Nota: Bueno, ha tardado un poco, pero aquí está el capítulo 2. Esta historia ha recibido más atención de la esperada. Me alegro. No sé que expectativas tiene la gente respecto a ella. La historia es tan simple como las vivencias de Edward y cómo le afectó ser hijo de Emma Frost. También hay una subtrama que inicié en el capítulo anterior y otras dos subtramas que añadiré en el siguiente. Pero que nadie se espere grandes emociones al principio. El desarrollo será más lento que en "Genus".
Para aclarar ciertas cosas, diré que Everett sigue vivo en mi universo y que la Policía de Prevención es el antecedente de la Policía Anti-Mutante. Errr… la "World Care Web" pretendía ser una organización inventada, pero al mirar en Internet he descubierto que existe otra con el mismo nombre. La mía no tiene nada que ver con la ya existente, sólo que me gusta tanto el nombre que he decidido no cambiarlo.
"Siempre se dijo que una madre es todo, lo que no se dijo es todo lo todo que puede llegar a ser una madre."
"Mafalda", de Quino
Es costumbre que la vida de una mujer cambie cuando tiene un hijo. Pero esas deben de ser las demás mujeres, porque mi madre no modificó para nada la suya. No dejó de ir a todos los sitios que le placían, ni de realizar las actividades que solía ni siquiera se abstuvo de acudir a las reuniones de junta de sus empresas. Lo que hizo fue incorporarme a su vida, como un accesorio, junto con el bolso y el mal carácter.
De hecho, la fotografía más divertida que tengo representa a mi madre en una junta de accionistas, de píe, explicando algo junto a una pizarra blanca, conmigo en una de esas sillas de tela sujeta a su pecho, mientras los socios mayoritarios nos miran de hito en hito. En serio, es de una hilaridad aplastante.
Todo esto viene a cuento para explicar que fui consciente de ciertas cosas mucho antes que la mayoría. Dominaba el índice Dow Jones, el cambio del dólar al euro o el significado de una cuenta anual a la tierna edad de cuatro años. Eso, claro, en lo que respecta al lado "profesional" de la vida, porque el emotivo era ese enorme espacio por donde me movía a tientas.
Lo cual también se lo debo a mi madre.
Aunque tengo que dejar clara una cosa: es mentira que mi madre fuera poco afectuosa. Lo que era es poco demostrativa de sus afectos. Como he dicho, mi madre me llevaba a todos sitios, no me abandonaba nunca. Por eso no teníamos niñera (si exceptuamos a mi padrino Sean). Era mi madre quien me daba de comer, me cambiaba de ropa, me bañaba, me acostaba y me leía cuentos. Sí, habéis leído bien: Emma Frost le contaba cuentos a su hijo. Tradicionalmente, cuando digo esto, la gente me mira con la misma cara de estupefacción que si les dijera que hablo por teléfono con Dios. Bueno, volviendo a lo de antes, mi madre hacía todas esas cosas, el problema era que las realizaba con la misma diligencia y desapasionamiento con la que vendía acciones o dirigía sus empresas, en general. En otras palabras: como si fuera un empleo. No había carantoñas, ni muecas, ni ese estúpido sinsentido de lenguaje monosilábico que suele utilizarse con los bebés. Mi madre siempre me trató como un adulto.
Antes de que las personas leyendo este texto se pongan sentimentales y lamenten mi infancia, debo advertirles de que no lo hagan. Tuve una niñez muy feliz. Adoraba a mi madre y nunca me faltó de nada. Sí, mi madre era fría y poco cariñosa, pero eso sólo se trataba de una fachada. En el fondo, yo sabía que me quería. Y lo sabía por la simple razón de que yo era un telépata latente, mi madre una telépata en activo y, sobre todo, que era mi madre. Yo la conocía mejor que nadie. Tal vez no me abrazara mucho (de hecho, puedo contar las ocasiones con los dedos de una mano), pero su mente irradiaba amor. Y para un telépata (incluso uno latente) los pensamientos son tan reales como los gestos.
Aunque la telepatía también tiene sus desventajas. El poder de mi madre le servía para calmarme en lo momentos de angustia, para saber si algo me dolía y dónde o para hablarme dentro de mi cabeza cuando no podía hacerlo por otros medios. Pero también valía para encontrarme si me había escondido, para saber si mentía y, sobre todo, para conocer mis sentimientos. Cosas muy poco oportunas cuando te has refugiado en el desván, presa de una culpabilidad nerviosa, tras romper uno de los jarrones favoritos de tu madre.
Ello me obligó a formar unos recios escudos psíquicos, si no quería permanecer castigado el resto de mis días. Estas barreras mentales, sin embargo, me costaron años. Hasta entonces, lo intenté, fallando estrepitosamente.
Por ejemplo, meses después del funeral por la "Jornada del Dolor", cuando yo contaba tres años y pico, alguien llamó a la puerta de la Escuela de Massachusetts (y mi hogar por entonces) ya muy entrada la noche. Lo cual provocó un pequeño escándalo entre el restringido grupo de inquilinos. Siendo ésta una de las razones que me hizo despertar. La otra fue el extraño zumbido en mi cabeza, producido por una especie de melodía amortiguada, como música gregoriana, y la característica psique de mi madre, preñada de un manto preocupado.
Como todo el mundo comprenderá, tuve que salir a investigar.
No me resultó difícil llegar al origen del problema. Un cuarto de intuición, una mitad de oído y el resto de sentido común me llevaron al pasillo que daba al salón principal. Escondida, espiando por la esquina de la pared, se hallaba tía Júbilo. Cuando tiré de la manga izquierda de su bata para llamar mi atención, giró de repente, con los ojos muy abiertos y la cara pálida como la de Casper.
— Edward, ¿qué haces aquí? – logró susurrar, intentando hacer el menor ruido posible.
— Igual que tú.
— Lo mismo que yo – corrigió al instante. Vivir tanto tiempo con mi madre le dejó secuelas.
Yo me encogí de hombros y me escurrí por debajo suyo, con intención de echar un vistazo hacia el salón.
En la estancia tenuemente iluminada vi a mi madre, con un camisón de seda y cara de pocos amigos, y a Jean Grey, demacrada y triste como jamás he vuelto a verla. Ni siquiera durante la guerra.
—…no son horas – estaba diciendo mi madre, en el tono de voz que reservaba para los socios inútiles y mis (escasas) rabietas.
— Hubiera venido en otro momento más… civilizado, pero si le llegó a dar más vueltas al asunto, me habría quedado en casa.
— Lo cual sería un drama para todos nosotros – ironizó mi madre.
Jean no contraatacó, optando por buscar un asiento y dejarse caer en él. Pasó una mano por su rostro y cabellos. Parecía a punto del colapso.
— ¿A qué has venido? –exigió mi madre-. ¿A dar pena?
— ¿No podrías ser amable una puñetera vez en tu vida?
— Te recuerdo que has sido tú quien me ha despertado en mitad de la noche. No pidas privilegios sólo porque ahora te las des de reina de los mutantes.
— Ésta es una de las malditas razones por las que no quería venir.
— Y entonces, a riesgo de repetirme, ¿por qué lo has hecho?
Una réplica mordaz bailó en los ojos de Jean. Pude verlo tan claro como podía ver mi propia mano.
La sensatez, o la necesidad, le hizo morderse la lengua. En vez de eso, trató de explicarse, sin éxito alguno.
— ¿Y bien? Estoy esperando, Grey.
— Summers-Grey.
Mi madre esbozó una sonrisa perversa.
— Oh, sí. Eso es lo que tú dices. Supongo que para respaldar tus reclamaciones al liderato mutante. Y como tu maridito ya no está aquí para rebatirte…
La provocación era obvia. Yo me sorprendí un poco, porque mi madre solía utilizar métodos más sutiles y cierta distancia diplomática. Luego he ido comprendiendo que cuando utilizaba esa clase de actitud, sólo se trataba de una estratagema para poder averiguar la verdad más rápidamente.
Pero Jean dejó pasar el envite.
— ¿Y cómo está Bobby? – preguntó, en un tono que destilaba socarronería.
Mi madre disimuló su sorpresa muy rápido. No tanto como para que yo no me diera cuenta, sin embargo.
— ¿Por qué me lo preguntas a mí?
— Porque estoy segura que tu has tenido más… contacto con él que yo.
— No le he visto en semanas – informó mi madre, sin poder disimular cierto filo defensivo en su voz.
Yo miré a Júbilo, estupefacto. Bobby había estado aquella misma tarde en casa y me había enseñado a hacer sombras chinescas. Júbilo se encogió de hombros, intentando comunicarme que no le diera importancia a esa mentira monumental.
Mi madre giró sobre sus talones y se dirigió al mueble-bar; una arruga vertical surcaba su entrecejo.
— ¿Quieres una copa de jerez? – ofreció. "Sé educado siempre, sobre todo con tu peores enemigos" solía decir.
— Sí. –Hubo dos latidos de silencio-. Por favor.
Mi madre le acercó la bebida y luego se sentó frente a ella, cruzando sus largas piernas en esa pose que yo suelo definir como "de leona al acecho". Jean bebió de su copa, con cierto aire abatido.
— ¿No ha venido tu guardaespaldas? – preguntó mi madre, en un intento de mantener un diálogo distendido.
— Logan se ha quedado en el coche. No le apetecía mucho entrar. Te manda disculpas por ello.
— Lo dudo, pero no me refería a él. Hablaba de tu verdadera guardaespaldas.
Jean parpadeó, procesando la información.
— Ororo está de viaje. De nuevo. –Jean hizo una pausa consciente-. Trata de comunicar la nueva situación a los mutantes que no pudieron estar en la reunión.
— Qué sacrificada…
Jean le lanzó una mirada vitriólica.
— Desde el "Día de la Catástrofe" se ha tomado como un deber personal el organizar la resistencia mutante a lo largo y ancho del mundo.
— Bien por ella –ironizó mi madre-. Que pene.
— No seas injusta.
— ¿Moi?
— Sabes que lo hace por Erich, ¿verdad? –Jean hizo chirriar sus dientes-. Se siente culpable.
— Como de costumbre.
— Cree que pudo haber hecho algo… Que pudo haber hecho algo para evitar… la tragedia. – A Jean se le atragantó la última palabra con un gemido involuntario.
— Un pensamiento de lo más absurdo.
— Erich nos habló de la Antártida. Nos advirtió que algún día los telépatas tendríamos que ir allí para trastocar la mente de las personas. ¡Incluso nos dio planos del mecanismo que utilizamos para amplificar nuestra señal!
— Gracias por este resumen de la historia reciente. ¿Y?
— Si sabía lo de la Antártida, también sabría todo lo demás. Conocería los planes de las fuerzas antimutantes y su intención de matarnos o encerrarnos en guetos. –Jean dio un sorbo agitado a su jerez-. Ororo era su amante y cree… cree…
— Cree que Erich la engañó. Que, o bien no la quería, o bien no la amaba lo suficiente para confiar en ella – concluyó mi madre, en un tono que hacía evocar una barra metálica congelada.
El rostro de Jean reflejó una genuina comprensión.
— ¿No lo crees tú también?
— ¿El qué? –espetó mi madre-. Si te refieres a que Erich sabía más de lo que nos contó, estoy segura de ello. Es propio de ese enigma humano.
— Creí que era tu amigo.
— Y lo era, por eso lo digo. –Mi madre se encogió de hombros, como si aquello lo explicara todo-. Si a lo que te referías antes era a que Ororo pudo averiguar la verdad y evitar la tragedia, lo dudo mucho. Erich podía ser muchas cosas, pero jamás hubiera traicionado a su amada Ororo. –Jean abrió la boca, pero mi madre la cortó-. Recuerda que dio su vida por ella, en el sentido literal del término. Si no dijo nada significa que el confesárnoslo hubiera empeorado la situación. Aunque también cabe la posibilidad de que, habiéndonoslo contado, la única perjudicada hubiera sido Tormenta y todos los demás nos hubiéramos librado. –Mi madre bebió de su copa, sin esconder su sonrisita maliciosa-. Si fuera así, entonces sí que debería sentirse culpable.
— No había pensado en esa posibilidad – susurró Jean, con los ojos desorbitados por la sorpresa-. Pero ni siquiera Erich hubiera sido capaz de algo así sólo para salvarla a ella, ¿verdad?
— Cuatro palabras, Grey: torturado-hasta-la-muerte.
Yo volví a mirar a Júbilo. No entendía nada. Ella se llevó un dedo índice a los labios y luego hizo varios gestos con las manos, llevando las palmas hacia el suelo varias veces, para indicarme silencio.
— Cuando creía que la situación no podía empeorar más… -murmuró Jean-. Sabes las últimas noticias, ¿no?
La sonrisa de mi madre fue ácida como el cilantro.
— Oh, sí, esa reunión mundial de mutantes donde te has erigido como nuestra jefa absoluta. Mi más sentida enhorabuena por haberte sacado de la manga un emotivo discurso que ha levantado nuestros ánimos y nos ha unido en una sola voluntad y en un solo ser. Gracias a ti, vislumbramos un horizonte de esperanza. Gracias a ti, creemos en un mañana mejor.
— No hice más que encauzar la situación. Nuestra posición es precaria y nuestras opciones, mínimas.
— Pero tú nos dirigirás a la victoria.
— Lo haremos todos –afirmó Jean, con terquedad-. Yo no soy la jefa de nadie.
— Ah, pero es así como te consideran.
Jean se frotó un lado del cuello, evidentemente molesta.
— Sólo hago lo que puedo… Creen que soy capaz de levantar una comunidad, un ejército, un imperio. Y ni siquiera puedo recaudar suficiente dinero para montar una red de escuelas.
La pelirroja miró a mi madre con evidente intención. Mi madre le devolvió la mirada con una creciente incredulidad.
— Si no me equivoco, Charles Xavier dejó una estimable herencia.
— Sí, pero jamás he manejado tanto dinero –confesó Jean, un poco avergonzada-. Y luego está todo ese embrollo burocrático… Todos esos papeles y permisos… Yo no tengo ni los conocimientos ni los contactos necesarios.
La aprensión de mi madre se transformó en obvio estupor.
— Quieres mi ayuda…
— "Querer" no es la palabra.
— Necesitar, más bien.
Mi madre frunció los labios en una mueca contenida.
— Estoy segura de que puedes recavar otros apoyos. Tu padre, Warren Worthington—
— Estaba pensando que me vendría mejor alguien con más experiencia en la administración de establecimientos educativos. Sobre todo alguien con unas instalaciones ya construidas que pudiéramos aprovechar.
— ¿Quieres mi escuela?
Por si no lo he comentado, mi madre era muy posesiva con ciertas cosas.
Jean encogió los hombros e hizo un gesto con la mano, como si tratara de agarrar algo minúsculo entre el pulgar y el índice.
— De nuevo, "querer" no es la palabra…
— Debes estar de broma.
— Emma, ¿crees que si tuviera cualquier otra alternativa estaría aquí? Pero no queda tiempo. Hay cientos de huérfanos sin un sitio a dónde ir, bajo nuestro cargo. Es imperativo que los recojamos, les demos un techo y educación, y los preparemos para el futuro. Porque el futuro, Emma, no pinta nada bien.
— Podrías haberlo pensado antes de coronarte como nuestra reina.
— El asunto no era tan urgente hace una semana.
— ¿Y ahora sí?
Jean abrió la boca. Luego la cerró y retrasó el cuerpo para mirar a mi madre. Volvió a despegar los labios. Los juntó de nuevo. Parpadeó, extrañada. Hasta que, al final, se decidió a hablar:
— ¿Acaso no has oído las últimas noticias?
— ¿Tu ascenso al trono?
— ¡No! Las últimas, últimas noticias.
Mi madre apenas meneó la cabeza, en un intento de confirmar su ignorancia sin que su ego se enterara.
— Ha habido un atentado en Dallas –informó Jean, su voz áspera como papel de estraza-. Por suerte no ha habido víctimas, pero han capturado a Mercurio.
— ¿Qué han hecho qué?
— No conocemos todos los datos, pero, por lo que parece, Mercurio era el autor y lo han detenido en el mismo lugar de los hechos.
— Qué idiota.
— No sabemos si ha sido él –se apresuró a recalcar Jean-. La Policía de Prevención no es el paradigma de la sinceridad, que digamos.
— ¿Y Los Vengadores?
— Luchando con una desquiciada Wanda. Hasta que no tenga más información, no sabré a quién ayudar.
Mi madre se frotó el muslo izquierdo y luego se levantó con una celeridad impropia en una dama. Dio varios pasos por la estancia, como si no tuviera claro hacia dónde ir. Dejó la copa de jerez en un aparador. Se giró hacia Jean. Su rostro estaba tan pálido que daba la sensación de ser translúcido.
— Tenemos que coordinarnos –presionó Jean-. Las fuerzas antimutantes van a ir a por todo lo que huela a raro, aunque sea de refilón. Esos niños necesitan protección. –Los ojos de Jean lanzaron un destello desafiante-. Necesitan nuestra ayuda.
Mi madre no contestó.
— Si ellos te dan igual, hazlo al menos por Edward. La escuela te servirá como tapadera perfecta.
— Usar a mi hijo, qué vulgar añagaza.
— Pero efectiva.
Mi madre apretó los dientes: Jean tenía razón.
Júbilo me dio un tranquilizador apretón en el hombro.
— Si te ayudo, y enfaticemos el "si", ¿de cuántos niños estamos hablando?
— Muchos. Trataremos de repartirlos entre Nueva York, Londres, Quebec, Madripur, Amritsar y tu escuela. Aún así te tocarán bastantes.
Mi madre asintió en silencio.
— No tengo mucha opción, ¿verdad? – articuló, al fin.
— No.
Un encogimiento de hombros.
Siempre me parecerá gracioso que los cimientos de lo que sería la mayor estructura de apoyo para el pueblo mutante se asentaran con un simple encogimiento de hombros.
Tras ese acuerdo tácito, la atmósfera en la sala pareció aligerarse.
— Por cierto, a todo esto –saltó de pronto Jean-, se me ha olvidado preguntar: ¿qué tal está Edward?
Mi madre echó un rápido vistazo hacia el recodo del pasillo donde Júbilo y yo nos escondíamos.
— Edward se encuentra perfectamente. Es un chico bueno y obediente y está aprendiendo mucho.
'¿No es cierto, cariño?' sonó su burlona pregunta, dentro de mi cabeza.
Como es de suponer, me cayó un castigo de los que hacen historia.
Por esa época, yo acudía a una exclusiva escuela de Boston. Uno de esos centros donde te obligan a vestir uniforme, a hablar con corrección, a cuidar de tus libros y a dar unas cinco horas diarias de actividades extracurriculares. Y estoy hablando de preescolar.
Mi madre solía ir a recogerme en la limusina todos los días, me quitaba la mochila, me preguntaba cómo había ido la jornada de camino a casa y, una vez allí, solía hacer los deberes (sí, con tres años tenía deberes) en el salón, mientras ella se sentaba en el sillón a revisar sus papeles. Luego yo me acurrucaba a su lado y leía o veía la tele, hasta la hora de cenar.
El castigo consistió en prohibirme esos momentos de lectura o de esparcimiento frente al televisor y no quitarme nunca ojo de encima. Con el agravante de que, para poder montar todo el engranaje de escuelas, mi madre estaba ausente la mayor parte del tiempo. Así que el encargado de recogerme y vigilarme era mi padrino Sean. Yo quería mucho a tío Sean, porque era cariñoso y comprensivo. Por desgracia para mí, le tenía mucho respeto a mi madre, y, pese a mis ruegos, no suavizó el castigo.
A veces, observaba cómo se le iba la vista hacia alguno de los pubs que pasaban frente a las ventanillas de la limusina, y en más de una ocasión estuve tentado de pedirle parar y entrar en alguno, pero al final lo pensaba mejor. Mi madre me había comentado que no debía hablar de bebidas alcohólicas y temas relacionados frente a él. Yo no entendía la razón, ni la causa por la que, cuando él iba en la limusina, el mini-bar del auto iba vacío. Luego, con los años, lo he comprendido, por supuesto.
El único capaz de romper la cadena perpetua impuesta por mi madre era Bobby. Ni siquiera le pedía permiso; sólo venía, me cogía en volandas y me sacaba a jugar. Más tarde, cuando mi madre se enteraba, le bastaba con ponerle ojos de cachorrillo para cortar su retahíla furiosa.
Yo adoraba a Bobby.
Tía Júbilo también intentó rescatarme de aquella condena, pero tuvo mucha menor fortuna. Si Júbilo trataba de poner cara de pena, mi madre elevaba sus gritos. Aquello, sin embargo, no aminoraba sus ansias de rebeldía. Creo que esas riñas esporádicas eran su forma de relacionarse y que, en el fondo, escondían el gran cariño que se tenían la una a la otra.
La gente cree que exagero o que maquillo la realidad si digo esto. Nada más lejos de la verdad. Sólo hay que ver cómo se tomó mi madre la marcha de Júbilo.
Fue en una comida. Las noticias se habían sucedido en un imparable torbellino, mostrando a un Mercurio sospechoso, luego imputado y, al fin, culpable. En medio de la encrucijada que marcaría su existencia, Los Vengadores tomaron posiciones. La mayoría optó por permanecer al lado del Gobierno y servirle. Otros, como el Capitán América, tuvieron la desgracia de rebelarse. Wanda, encerrada en un campo de éxtasis, fue entregada a las fuerzas antimutantes como ofrenda a la nueva situación. Entre la resistencia mutante fue tomando forma la idea de un rescate heroico.
Era una de esas ocurrencias descabelladas que suelen atraer a muchachos en la edad de tía Júbilo y sus compañeros en esa época.
Yo comencé a sospechar algo raro en la semana previa, y creo que mi madre lo dedujo bastante antes, pero la confirmación oficial se produjo en aquella comida. Generación X la había propuesto, como un intento de juntarnos todos y hablar en un ambiente de intimidad, separados del resto de niños que ya inundaban la escuela de Massachussets.
Había ternera a la jardinera. Yo odiaba ese plato. Y utilizo el pretérito imperfecto porque ese día cambiaría mi apreciación de aquel manjar para siempre.
Mientras, los chicos se echaban significativas miradas por encima de la mesa. Si hasta yo lo noté, es de suponer que mi madre también lo hizo. Por supuesto, no abrió la boca, esperando que ellos dieran el primer paso.
Cosa que hizo Júbilo tras diez minutos masticando el mismo trozo de carne.
— Frost, he… hemos estado pensando…
— Esto se pone interesante – murmuró mi madre.
— Ahora la escuela está repleta de gente –continuó Júbilo- y… y nosotros ya somos mayores. Creemos que es el momento de… dejar el nido.
— ¿Te refieres a ir a la Universidad?
No era ningún secreto que las notas de tía Júbilo bordeaban la mediocridad. Extraño, teniendo en cuenta lo inteligente que es.
— Bueno, yo sí que voy a ingresar – intervino Paige.
Cierto, en Harvard. Gracias a una beca concedida por mi madre. La World Care Web le debe, por lo tanto, mucho a Emma Frost, pues fue quien pagó los estudios de su creadora y jefa.
— ¿Y no vas a quedarte aquí? –se extrañó mi madre-. Creí que así habíamos quedado la última vez.
Paige mostró un interés extraordinario por su plato. Yo, por otra parte, miraba el mío con una mezcla de asco y fastidio.
— Es mejor que nos alejemos de este sitio… y de ti – habló Júbilo, muy lento, como si tuviera que buscar las palabras y el tono adecuado.
— Oh, ya veo. ¿Os creéis lo suficientemente mayorcitos?
— Somos mayores de edad, sí – afirmó Monet.
Una media sonrisa afloró a los labios de mi madre, mientras cogía su copa de vino. Miró su contenido y lo removió un par de veces. Yo, a su lado, observaba angustiado la ternera. Juraría que los pedazos tenían el poder mutante de multiplicarse.
— Adultos para hacer cosas de adultos – supuso mi madre, en un volumen apenas más alto que un susurro.
— Así es – declaró Everett.
— Incluso si eso supone llevar a cabo misiones suicidas.
Hubo una especie de reacción molesta en los chicos. Yo decidí agrupar los guisantes en mi plato.
— ¿Y si así fuera? – quiso saber Monet, a la defensiva.
— Yo no eduqué a unos estúpidos.
— Pero sí a unos idealistas – intercedió Júbilo.
— Unos idealistas estúpidos.
'Es nuestra vida.' Sonó la voz de Jono dentro de nuestras cabezas. Pese a criarme junto a una telépata, el contacto psiónico de Jono conseguía ponerme los pelos de punta. Más adelante, claro está, mi miedo estuvo totalmente justificado. Es curioso cómo siempre me produjo aprensión, fuera cual fuese la razón.
— No será "vida" por mucho tiempo, si seguís con vuestras intenciones – remarcó mi madre.
— La Bruja Escarlata debe ser rescatada – adujo Monet, y pareció casi mascullar.
— Dicen que la ignorancia es atrevida, pero nada es más imprudente que la juventud. Tal vez por el complemento de inexperiencia que presupone.
Los muchachos le dirigieron una ruda mirada, heridos en su orgullo. Yo me dediqué a intentar escribir mi nombre con los trozos de zanahoria.
'No nos trates como niños.'
— Entonces no actuéis como tales.
— El plan para liberar a Wanda ha sido propuesto por gente como Logan – argumentó Everett.
— Por favor, si tratáis de convencerme, utilizad como ejemplo a alguien que considere maduro.
— No necesitamos convencerte – aclaró Júbilo, con el mismo ritmo lento pero terminante de alguien clavando la tapa de un ataúd.
El ambiente se llenó de una cantidad de energía negativa capaz de llenar dos estadios de fútbol. Angelo, quien se había mantenido en un asombroso y testarudo silencio, me hizo una mueca, utilizando el poder de alargar la piel de su rostro, en un intento de que yo no sufriera por aquella tensa situación.
Yo, la verdad, estaba más angustiado por la idea de comer ternera que por aquel mutismo forzado.
Mi madre me acarició el cabello. Luego me arrebató el tenedor, pinchó un pedazo de carne y me lo metió en la boca.
— Así que esas tenemos… - dijo en alto.
— Han pedido toda la ayuda posible –explicó Monet-, y nosotros estamos dispuestos a concedérsela.
— ¿Y luego?
— Luego no volverás a vernos el pelo –respondió Júbilo-. No queremos fastidiarte la tapadera. Ni poner en peligro a Edward.
— ¿A dónde iréis?
Júbilo miró a sus compañeros, esperando confirmación. Ellos afirmaron con la cabeza.
— Ev y M viajarán a Europa, para ayudar por allí. Jono piensa volver a Inglaterra y echar una mano en su hogar. Paige irá a la universidad y alquilará un piso en Boston con otras estudiantes. En cuanto a Angelo y a mí… bueno, algo se nos ocurrirá. Pero nos largaremos de aquí, eso fijo.
— Es un suicidio – murmuró mi madre, meneando la cabeza.
— Jono lo ha dicho, es nuestra vida.
— No iré a vuestro entierro.
Hasta yo me di cuenta que ese comentario bordeaba la irracionalidad pura.
— No me lamentaré frente a las sepulturas de más alumnos – declaró mi madre, su vista fija en algún punto de la mesa.
Júbilo observó a mi madre con sus ojos oscuros derretidos en lástima. Luego hizo un gesto a los demás para que se marcharan. Algunos de ellos se resistieron al principio, pero desistieron al ver el aplomo de Júbilo. Todos me hicieron un gesto de despedida (excepto Jono). Angelo, antes de salir de la sala, estiró su brazo para revolverme el pelo.
Júbilo esperó un minuto entero antes de rodear la mesa hacia nosotros. Mi madre se negó a mirarla. La chica cogió una silla y se sentó junto a la de ella.
— Frost… Frosty…
Mi madre decidió girar la cabeza hacia ella.
— Es una locura. ¿Cuántas posibilidades tenéis de salir vivos?
— ¿Cuántas posibilidades tendremos los mutantes si utilizan a Wanda contra nosotros? ¿Cuántas tendrá Edward si lo consiguen?
Yo tragué saliva, acongojado, y con ello también engullí la ternera.
— Tenemos que hacerlo. –Júbilo esbozó una pequeña sonrisa que resultó tal vez demasiado amarga-. Somos mayorcitos y lo haremos quieras o no. Pero nos gustaría que nos apoyaras. Porque aunque no necesitamos tu permiso, lo cierto es que nos gustaría saber que confías en nosotros.
Mi madre tardó un rato en contestar. Sus hombros temblaban levemente.
— Haced lo que os plazca.
— Frosty no seas—
— Hacedlo… y volved vivos.
Júbilo asintió; una corta sacudida de cabeza apenas suficiente para revolver su flequillo.
Y entonces hizo algo que nunca antes había hecho: se inclinó hacia mi madre y le besó en la mejilla.
— Cuídate, Fr— Emma.
Después, se incorporó, se acercó a mí y me tomó en brazos.
— Y tú, peque, no te metas en líos, ¿vale? Que ahora ya no estaré aquí para cubrirte.
A pesar de mis intentos, empecé a llorar.
— N-no… n-no t-te vayas…
Júbilo me estrechó muy fuerte entre sus brazos. No contestó.
— ¿V-volverás? – conseguí preguntar.
Ella asintió en silencio. No creo que pudiera hablar. Tenía los ojos cubiertos de lágrimas. Volvió a dejarme en mi sitio, me besó en la frente y se marchó. Se giró un par de veces más antes de desaparecer por la puerta.
Yo me quedé a solas, hipando, con mi madre.
Tras un largo tiempo, sentí la mano de mi madre en la mejilla. Me giré y ella me obsequió con una sonrisa trémula.
— Es la vida – susurró.
Yo no me sentía con fuerzas para asentir, pero intenté adoptar mi mejor aspecto resuelto.
— Los niños crecen, se hacen mayores y se marchan.
Como parecía que esas palabras servían más para sí misma que para mí, me levanté y le puse una mano en el hombro, como a veces había visto a tío Sean hacer.
Y en ese instante, en ese preciso momento, mi madre, en un apresurado movimiento, me abrazó. Sus manos vacilaron un poco en el contacto, como si no estuviera acostumbrada a este gesto.
— Tú no me dejarás, ¿verdad? – suspiró contra mi cuello.
Me apretó con ímpetu, como si quisiera introducirme en su pecho.
— Prométeme que tú no me abandonarás nunca.
— L-lo prometo, mamá.
No sé durante cuánto más me retuvo entre sus brazos hasta soltarme al fin.
Aquel fue el primer abrazo que mi madre me daba en la vida.
Desde entonces me encanta la ternera a la jardinera.
