Capítulo 2. – Erdia

Los relámpagos inclementes se desdibujaban en el cielo obscuro. Los trozos de lluvia irrumpían la tranquilidad del pueblo. Pero adentro de una cabaña el llanto era más ruidoso que cualquier trueno rompiendo los nubarrones grisáceos.

- Lo hemos buscado por cada perímetro pero no hemos hallado rastro de él – dijo el Comandante Smith. Quien estaba a cargo de Armin.

- Mi nieto, mi niño… - se lamentaba el anciano. Erwin no podía sentir más pena por él.

Fue un error que pagó caro. Perdió al mejor estratega de su Legión por la impulsividad de sus acciones. Si ahora mismo el muchacho yacía en el estómago del titán que lo hurtó era culpa suya y de sus inútiles intentos de probar que los titanes no eran más que bestias hambrientas.

- Si le sirve de algo – la voz del Capitán Levi Ackerman surgió de la nada, tan repentino que el abuelo de Armin se asustó de sólo oírla – su chico tenia potencial, era en verdad un buen elemento.

Levi no quería ser cruel pero darle esperanzas a un hombre mayor le parecía aberrante. Prefería dar por muerto al chico antes de que el viejo se alimentara de mentiras. El soldado había perecido en la misión. El primero en realidad a manos de un titán.

Si tenían bajas, mas no eran causadas por titanes. Los soldados eran idiotas, se embriagaban y andaban a caballo sin control alguno. Las muertes por caídas de caballo llenaban las hojas de registro de Hanji.

Estaba sorprendido de que un titán tuviera interés por un humano como alimento. Normalmente los titanes los perseguían y los ahuyentaban de no sé qué. Levi seguía preguntándose si era cierto que el mar existía, que había otro mundo cruzando esa extraña tierra azul que todavía no tenía el placer de conocer pero que por boca de Armin era un sueño viviente.

- Como puede ser tan insensible – proclamó el hombre cansado de llorar mientras el diluvio allá afuera repartía sus propias lágrimas en los vidrios de las ventanas.

La ausencia de Armin entonces se hizo más presente que nunca.

.

.

.

Armin es un chico de fe.

No tiene recuerdos de sus padres, si de su abuelo cortando tomate y limpiando uvas en la cocina. El aroma a madera vieja y leña quemada se le mete en las fosas nasales. Es uno de sus recuerdos más apreciados.

El anciano solía recordarle con cierto ímpetu el aniversario de sus padres. Armin entonces se bañaba a conciencia y usaba sus mejores ropas para visitar el cementerio.

Dejaba narcisos y lirios. Su abuelo solía decir que las flores tenían su propio idioma y que dejaban un mensaje a quienes eran entregadas.

El narciso es un nuevo comienzo o la vida eterna. Los lirios son la pureza, la castidad.

Armin sabía mucho de flores gracias a su abuelo y también sabía mucho de la tristeza. Cada que su abuelo se enfrascaba en sus recuerdos las lágrimas florecían de sus ojos cansados y Armin compartía su sentir aunque no supiera de qué.

- ¿Dónde estoy? – preguntó con su voz raspada. Las cuerdas vocales dolían de tanto gritar.

El silencio es sordo y no le gusta como lo recibe.

Inquieto se remueve en el pedazo de madera que había utilizado para dormitar. Es duro y frío, huele a humedad, a miedo, a ansiedad.

- ¡Hola! – gritó esperando una respuesta.

Nadie contestó.

La rabia se acumula en sus facciones. No puede ver nada, la obscuridad domina cada recoveco existente. Le duelen los brazos y la espalda. No tiene recuerdos de lo sucedido previamente.

Sólo se escucha a si mismo pedir ayuda y luego unos ojos brillantes y dorados como el sol que lo miran seriamente antes de caer en un sueño que le pareció sempiterno.

- ¿Hola? – murmuró.

Agacha la cabeza, pensándose derrotado. El sonido de unas pisadas fuertes y voces haciéndose eco lo ponen en alerta. Es ahí cuando Armin descubre que está encadenado a una tubería incrustada en la pared. Sus muñecas duelen cuando intenta moverlas, forcejea con el duro amarre, serpentea su cuerpo y débilmente maldice.

Pero es demasiado tarde. El acero cruje y la puerta se abre. Por fin la luz se digna a iluminar el hoyo donde se encuentra.

- Es él – señaló una voz masculina. Armin parpadea intentando ver a través del manto de luz a quienes se encuentran en el umbral.

Es difícil cuando dos mastodontes se le ponen en frente. Las sombras se acercan a su menudo cuerpo, Armin grita muy fuerte y eso le hace acreedor a una bofetada que lo deja fuera de combate.

- Qué chiquillo tan escandaloso.

- No era necesario que lo golpearás, Reiner.

- Oh, calla Eren. no lastimaremos a tu princesa. Luego de que lo vea la corte podrás follartelo.

El tipo llamado Eren quiere rechistar mas no lo hace.

- Sabes que tengo razón. Tú quieres metérsela a este chico, si no, porque tanto interés en protegerlo. – Picó Reiner, un hombre de metro noventa con los cabellos de oro.

Eren chasqueó la lengua.

- Llévatelo.

[3]

Zeke Jaeger se convirtió en el gobernante de Erdia hace cinco años. Luego de la muerte de la última Reiss. Él se ganó el puesto gracias a su línea consanguínea por parte de su madre, Dina Fritz, una frívola mujer con el don de irritar a cualquiera.

- Paciencia hijo, Eren no es tan idiota después de todo. No mató al muchachito, luego de hacerle las pruebas pertinentes, podrás verlo. – Dina acarició sus hombros tensos y le susurró al oído: - Lo viste ¿no es así?, un chico lindo.

El temperamental Jaeger aleja a su madre bruscamente.

- Qué cosas dices. Un crío de Paradis jamás podría atraerme.

- Pues a Eren sí.

- Eren tiene malos gustos.

- Hizo muy bien su misión. ¿Qué debemos hacer con el chico de Paradis? ¿Matarlo?

Zeke se pasea una mano por el pelo rubio y rizado.

- No, quiero saber todo de los Muros. Quiero saber cómo viven, qué son esas malditas cosas que utilizan para matar a mis titanes y por encima de todo; quiero saber con qué mentiras los han engañado durante estos años.

Dina exhala un suspiro cansino.

- No dirá nada. A este paso el soldado está amaestrado para no revelar ninguna verdad. Podemos torturarlo todo lo que queramos y no soltará nada.

- Tal vez no. O tal vez sí.

- ¿Entonces que sugieres?

- Por ahora nada, sólo llévenlo a la sala de pruebas.

Justo antes de que Dina haga una observación acerca de la resolución de su hijo, un llamado los interrumpe para luego dar paso a la presencia de Eren Jaeger, medio hermano de Zeke y el hijo de Grisha que Dina odia.

- Tardes, señora – Eren y Dina se miran con verdadero odio, ella no se inmuta en contestar, es Zeke quien interviene por su madre.

- Buenas tardes Eren. Espero que me traigas buenas noticias.

Eren frunce el ceño. Odiaba que le dieran órdenes, sobre todo viniendo de Zeke.

- Eren…- llamó Dina en advertencia.

- Por supuesto. El chico ya despertó.

Zeke suspira de alivio.

- ¿Cómo se llama?

- Armin. Aún no hemos hablado pero alguien de su escuadrón le gritó eso cuando lo tomé en mi mano.

- Inteligente deducción, Eren – dijo Zeke con reproche. – Como sea, quiero que lo interrogues, el chico tiene que decirte todo lo que sabe y si no lo hace entonces lo golpearás o algo.

Eren no dice más y Zeke tampoco. Las palabras sobran entre ellos, lo único que Eren sabe es que si quiere a su madre con vida tiene que jugar las mismas cartas que Zeke y que Armin probablemente terminará peor que como llegó.