Nota: Bueno, tras una eternidad, aquí está el capítulo 3. Más vale tarde que nunca. Espero no dejar a la gente con demasiada intriga, porque tengo problemas con pulir el siguiente capítulo y puede que tarde un poco. También me impresiona la cantidad de "spoilers" que estoy dejando en esta historia. En "Genus" también lo hice, pero es que aquí ni siquiera disimulo.
Por cierto, lo puntillosos que es Edward con su nombre no es ninguna censura hacia ciertos lectores. En serio. Es que el muchacho es así.
"El pasado nos tienta, el presente nos confunde y el futuro nos aterra."
El Emperador Turhan en "Babylon 5".
Es curioso cómo funciona la mente humana. Puede operar a la perfección sin preocuparse lo más mínimo por cierto problema o detalle, hasta que un día te despiertas sin podértelo quitar de la cabeza. De la misma manera, puede obviar la más clara de las verdades como un barco de vela surca los mares, hasta el momento en el que o bien te la revelan o bien caes en ella y entonces te das cuenta de cómo encajan todas las piezas y te sientes imbécil por no haberlo averiguado antes.
Ambas cosas, en cierta manera, ocurrieron en la fecha de mi cuarto cumpleaños.
Si bien su antecedente y germen se encuentra en la semana anterior a tal día.
Lo cierto es que no recuerdo con exactitud la pesadilla que me despertó a la madrugada, sólo el vacío en mi estómago y la sensación de estar huérfano y desamparado en este mundo, mientras la oscuridad crece a tu alrededor. Y por un momento es tan real que casi llegas a llorar de pura desesperación.
Me mantuve varios minutos en la cama, sudoroso y recuperando el resuello, sin saber muy bien qué hacer a continuación. Me avergüenza un poco confesarlo, pero en otras ocasiones como aquella, mi madre solía acudir a mi habitación para calmarme. Ventajas de ser telépata.
Ese día, sin embargo, nadie asomaba la cabeza.
Yo me encontré en la disyuntiva de aparentar firmeza y no pegar ojo (y luego quedarme dormido sobre los cereales del desayuno y recibir la charla de mi madre por no acudir a ella) o comportarme como un crío pequeño y buscarla. Al fin y al cabo, ya tenía cuatro años…
Un búho ululó en la noche.
Qué demonios, aún no los había cumplido. Me puse la bata, perdí varios minutos buscando la zapatilla izquierda, y me apresuré hacia la habitación de mi madre. Caminé por los corredores en penumbra, sin necesidad de encender las luces, pues conocía el edificio a la perfección. A través de las ventanas vi que no era noche cerrada, sino que se vislumbraba una claridad grisácea ganando terreno en el horizonte.
Mientras avanzaba, iba elaborando el discurso que le soltaría a mi madre. Algo con dolores de cabeza y sospechas de intrusión psíquica; nada de pesadillas y miedos de bebé. En el fondo me sentía satisfecho, pues estaba logrando todo aquello sin alertar a mi madre. El entrenamiento para fortalecer mis escudos psíquicos estaba dando sus frutos.
Unos pasos antes de llegar al cuarto, noté que la puerta se entreabría. Pasaron unos segundos y una sombra salió, tratando de hacer el menor ruido posible. No era mi madre.
Un pánico horrible, que atenazó mi estómago, me envolvió de repente. Mi madre no había acudido a mi cuarto. Tal vez porque no podía. Tal vez porque le habían hecho algo. Tal vez porque…
Me tragué los sollozos mientras mis ojos iban llenándose de lágrimas. No lloraría. No. Aguantaría firme y haría frente al extraño. Lucharía con todas mis fuerzas, aunque no tuviera posibilidades de ganar. Me comportaría como un hombre. Yo…
La luz del alba aclaró el rostro del desconocido. Era Bobby Drake.
— Bobby, ¿qué haces aquí? – exclamé, patidifuso.
Él hizo honor a su nombre clave, quedándose helado en medio del pasillo.
— ¿Edward? – preguntó al fin, con un hilo de voz.
Yo me acerqué a él, para que me viera mejor. Sacudí la mano de lado, como saludo.
— Diosloquemefaltaba –murmuró Bobby-. Qué… qué sorpresa verte… ¿Qué haces aquí?
— Yo pregunté primero. –Me fijé en su aspecto. Tenía el cabello del lado izquierdo tieso, como si se acabara de levantar, no estaba afeitado, tampoco había abotonado bien su camisa, ni abrochado el cinturón-. ¿Por qué llevas los zapatos en la mano?
— Para no hacer ruido – explicó él, como si fuera lo más normal del mundo.
— ¿Y por qué llevas esa pinta?
— Porque… me he vestido a oscuras.
— ¿Y por qué te has vestido a oscuras?
— Porque no quería encender la luz.
— ¿Por qué no?
— Porque no quería molestar.
A pesar de que las explicaciones, dadas cada vez en un tono más ahogado, parecían lógicas y sensatas, había algo que no me cuadraba del todo.
— Bobby, ¿por qué sales del cuarto de mi madre?
Bobby puso la cara de alguien que estuviera planteándose muy en serio el llevar una vida ascética en el Tibet.
— Porque… ¿he dormido aquí?
— ¿Por qué?
— Porque ya era tarde.
— ¿Pero por qué en la habitación de mamá?
— Porque… ya estaba allí y… y se ha hecho tarde y… en el pasillo hacía frío y… a tu madre le ha parecido mejor que… me quedara.
— ¿Y qué hacías allí?
— Dormir.
— No. Antes.
— ¿Qué?
— Antes de que se hiciera tarde. ¿Por qué estabas allí?
— Porque… ¿le estaba leyendo un cuento a tu madre? – probó a decir Bobby, en ese tono extremadamente agudo que sólo se consigue en medio de una sorpresiva ducha fría.
Sabía que me estaba escondiendo algo, pero por esa época tenía cuatro años (ni siquiera) y mi imaginación no daba para tanto. Así que acepté la explicación.
Eh, para todos aquellos que en estos momentos tengan una sonrisita de superioridad, dos palabras: Papá Noel.
— ¿Y qué haces tú aquí? – preguntó él, viendo su oportunidad de salir del atolladero.
Sentí el impulso repentino de estudiar mis zapatillas. Eran las típicas pantuflas a cuadros, más sosas que las galletas dietéticas. Cualquier cosa para no mirar a Bobby a la cara.
— Oh… bueno… me he despertado y… no podía dormir.
— ¿Por qué te has despertado?
Yo no me moví. Notaba mi rostro ardiendo. Tras unos segundos, Bobby puso una mano en mi cabeza y me acarició el cabello.
— ¿Has tenido una pesadilla? – preguntó con voz tierna.
Iba a negarlo, pero entonces mi cuello me traicionó y decidió sacudir mi cabeza de arriba abajo. En contra absoluta de mi voluntad, que conste.
Bobby soltó una suave carcajada. A mí no me parecía nada divertido.
— Bueno, no te preocupes, ya ha pasado. –Se quedó un momento callado, mirando a su alrededor-. Si quieres… ¿por qué no vamos a la cocina y tomamos unos cereales? Ya está amaneciendo y pronto será hora de desayunar, de todas formas. Vamos y charlamos un rato, sobre cosas de hombres, ¿quieres?
Levanté la cabeza y asentí, ésta vez sin ningún reparo.
Y así fue cómo Bobby y yo terminamos en la cocina de uso exclusivamente familiar comiendo cereales. Y así fue como mi madre nos encontró.
La percibí antes de verla. Cuando vivías con mi madre era bueno (y necesario para conservar la vida) poder notar en qué momento había acumulado tanta ira que sólo le faltaba una gota para dejarla reventar. Lo que me pareció curioso es que su enfado, esta vez, no iba dirigido contra mí.
— Robert… ¿qué haces tú aquí? – siseó, como único saludo.
Bobby tragó saliva, pero como tenía la boca llena de cereales, acabó atragantándose y escupiendo leche sobre la mesa.
— M'ma nfó tfe'ía 'ido 'ntrá
— ¿Qué?
Bobby hizo un esfuerzo sobrehumano para engullir los cereales restantes.
— Emma, no te había oído entrar – repitió, ya más calmado.
— Evidentemente tampoco escuchaste a tu madre cuando te dijo que no hablaras con la boca llena. –Me miró-. Menudo ejemplo le estás dando.
Yo me encogí de hombros, indicando que me daba igual. Aquello empeoró la situación, por supuesto.
— ¿Se puede saber que hacéis los dos aquí tan temprano? – gritó mi madre.
— Edward ha tenido una pesadilla y me ha parecido lo mejor tenerlo entretenido un rato – explicó Bobby, menos intimidado de lo que cabría esperar.
La expresión de mi madre sufrió una sutil alteración hacia la preocupación. No le agradaba que algo así se le hubiera escapado.
— Tus escudos telepáticos han mejorado considerablemente – dijo al fin.
— Cuando iba a tu cuarto he visto a Bobby.
Ambos adultos se miraron, con esa clase de comunicación silenciosa que creen no ser advertida por los niños.
— ¿Te gustó el cuento? – pregunté.
— ¿Perdón?
— Bobby me dijo que se quedó para contarte un cuento.
Mi madre puso la cara de alguien dividido entre dos grandes emociones. Por una parte, parecía aliviada, pero por otra, daba la impresión de que le anonadaban mis palabras.
— ¿De qué iba? – inquirí.
— ¿El qué?
— El cuento.
— De un niño que hacía demasiadas preguntas –respondió ella, con voz seca-. ¿Y cuál era vuestro tema de conversación?
— Hablábamos de su próximo cumpleaños – explicó Bobby. Sonrió y se metió una gran cucharada de cereales en la boca.
— Queda menos de una semana – concedió mi madre, dirigiéndole una mirada reprobadora.
— ¿No estás nervioso? –preguntó Bobby, haciendo caso omiso a mi madre-. Son tus primeros cuatro años.
Yo volví a encogerme de hombros. Lo cierto es que no me inquietaba mucho aquella fecha. Al menos no por mí mismo. Lo encontraba más preocupante por el resto de invitados a mi fiesta de cumpleaños.
Porque tenía que haber una fiesta.
Mi madre lo dejó bien claro. Le parecía que no me prestaba la suficiente atención, con todos esos viajes y la organización de la escuela. Además, cualquier acontecimiento que incumbiese a un Frost, era un acontecimiento social por antonomasia. Y una vez lo fue voceando a los cuatro vientos, la gente comenzó a apuntarse a la celebración, pensando que les haría bien alejar su mente de los problemas por un momento, aunque sólo fueran unas horas. Sobre todo tras el rescate de Wanda Maximoff.
Por lo tanto, una semana después del desayuno con Bobby, me encontraba en mi cuarto, sentado frente al espejo, mientras mi madre me peinaba mis bucles castaños. Trataba de esconder mis orejas de soplillo bajo él. El pelo y las orejas eran lo único que no había heredado de mi madre. El resto parecía una copia en pequeño. De hecho, cuanto más mayor me hiciera, más me parecería a ella; pues a esa edad, mis rasgos aún tenían esa indefinición aniñada. Pero, con los años, se formaría mi rostro ovalado y la nariz aquilina de los Frost crecería sobre él. Mi madre estaba muy orgullosa de nuestras semejanzas, y no tanto de las diferencias. Sobre todo de las orejas de soplillo. Siempre me peinaba de forma que se disimularan lo más posible.
Mi madre era así.
— Ya está – sentenció en cierto momento. Me levantó la barbilla con una mano y me hizo girar la cara de un lado a otro, muy despacio, para estudiar el resultado-. Perfecto – sentenció.
Se agachó de tal forma que su cabeza descansara sobre mi hombro y nuestros ojos claros se encontraran a la misma altura en el espejo.
— Estás muy guapo.
— No sé, yo me veo raro.
— Eso es porque, para variar, no estás despeinado.
Me giré en el banco, para incorporarme. Mi madre me paró y se arrodilló frente a mí.
— Antes de que bajes… Quería desearte feliz cumpleaños. –Su mirada adquirió una cualidad brumosa-. Muchos te lo dirán, haciendo grandes aspavientos, además. Es posible que algunos tengan la horrible idea de tirarte de las orejas. –Mi madre reprimió un escalofrío-. Pero lo cierto es que tu cumpleaños es importante. No porque lo digan ellos, sino porque lo es. Y quería recordártelo y felicitarte por ello.
Asentí en silencio, como ha de hacerse cuando eres testigo de un momento relevante.
Pese a que me había preparado, la cantidad de invitados me sorprendió. Todos los mutantes conocidos atestaban el gran salón. Mentiría si dijera que no me envanecí un poco por el despliegue de recursos.
Mi madre, como siempre, tuvo razón. La gente me felicitó a cada momento. Personas como Logan o Bestia me alborotaron el cabello, y Bobby me tiró de las dos orejas, para desesperación de mi madre. Júbilo hizo honor a su nombre, con brazo en cabestrillo y todo. Siempre ha sido una mujer entusiasta, pero me pareció que exageraba su buen humor. No me equivocaba, trataba por todos los medios de entretenerse a sí misma, para evitar pensar en el fallecido Angelo.
Una de las muchas víctimas en el rescate de la Bruja Escarlata. Uno de los muchos muertos que pendían de los rincones oscuros de la sala, amenazando con estropear la celebración. Aunque no si mi madre podía evitarlo. Como prometiera, no lloró sobre la tumba del muchacho; ni siquiera fuimos al funeral. Mi madre continuó con su vida sin volver a nombrarlo. No fue la única, otros como Jono tampoco volvieron a decir su nombre; pero eso se debió a que Jono no volvió a estar sobrio ni por unas horas, hasta el día que lo capturaron.
¿Y todo para qué? Para que Wanda fuera escondida en un rincón incógnito, encerrada en un campo de éxtasis sin posibilidad de salir. No, al menos, si no se quería destruir la Tierra. Mientras a su hermano lo ejecutaban…
Así pues, es comprensible el grado de esfuerzo en los invitados, desesperados por recuperar un rastro de normalidad.
Cuando tío Sean trajo la enorme (en serio, gigantesca) tarta, Coloso tuvo que subirme sobre sus hombros para que soplara las velas. Elegidas por Bobby. Es decir, que por mucho que las soplé, no se apagaron. Mi madre juró que sería la última vez que encargara nada a ese hombre. La tarta fue cortada y repartida entre los asistentes, que se empujaron para coger un trozo, como si fueran jubilados. Hubo un monumental caos hasta que todo el mundo tuvo su pedazo.
Después, vino el momento de los regalos. Mi madre había hecho una lista, así que no hubo muchas sorpresas. Se repartían entre los aburridísimos, como una bata nueva o un estuche de cuero para guardar los lápices, y los más aburridos aún, como los juegos educativos. Bobby se descolgó con el "Twister" y Júbilo me regaló un marco electrónico, con varias fotos de Generación X, Bobby, mi madre y yo todos juntos, en nuestra última excursión, que iban pasando en un agridulce visionado.
Por último, estuvo el regalo de Coloso. Se había mantenido apartado todo el rato, como si necesitara tiempo para acumular energía. Al final se acercó con un caballo de madera decorado con una cinta roja. Era precioso, tallado y pintado a mano, sobre dos tablones arqueados que le permitían mecerse y dos asideros a los lados de la cabeza. Yo lo acaricié, con gran reverencia.
— ¿Te gusta? – preguntó él.
— Sí, es maravilloso.
— Tal vez sea un poco pequeño para ti –alegó, con ojo crítico. Luego suspiró-. Lo comencé a tallar cuando Katya me dijo que estaba embarazada.
Aquello me paró en seco. Kitty Pryde había fallecido en la Jornada del Dolor.
— Iba a ser para nuestro hijo – prosiguió él, su mente muy lejos de allí.
¿Qué se podía responder a eso? ¿Siento que tu mujer se muriera embarazada? ¿Siento que muriera justo en la que iba a ser su última misión antes de retirarse para cuidar su embarazo? ¿Siento que perdieras así a dos seres queridos? Lo único que dije fue:
— Muchas gracias, Coloso, me gusta mucho.
Él asintió y se marchó en silencio; a llorar, supongo. Vi a Tormenta dudar un momento, pero lo dejó ir. Yo me quedé acariciando el caballo. Aún lo conservo. Me recuerda que todo, hasta lo más hermoso, acaba alguna vez. También me recuerda a Kitty. Siempre me he preguntado qué sería lo último que pensó, justo cuando aquel soldado le rajó el cuello, antes de morir en su propia sangre.
El ambiente se había vuelto tenso y pesado, así que Júbilo y mi madre se esforzaron por volver a animarlo. Con más pastel y champagne. Mi madre también había encargado varios juegos (¡nada de payasos!) como los dardos, una piscina con bolas o uno de esos parques infantiles hinchables, pero muy pronto me aburrí de ellos. Y terminé por sentarme en la escalinata que daba al segundo piso.
— ¿Te aburres? – preguntó una voz, no sé cuánto tiempo después.
Parpadeé para salir de mi ensueño y dirigí mi atención al recién llegado. Era Aisha Munroe. Una extraña calidez me invadió el estómago. Ella me miraba con sus impresionantes ojos claros, esos que tanto intimidaban, porque parecían ver no sólo todo lo que estuvieras pensando, sino más allá, incluso.
— ¿Oh? – atiné a decir.
— Preguntaba si te aburres.
— Un poco.
— Deberías disimular, sólo para los demás – argumentó, muy seria.
Siempre me maravillará cómo una niña de ocho años podía ser tan profunda. Al fondo de la sala, observé a Tessa posicionarse para vigilar mejor a Aisha. Desde que había cambiado su nombre por el de Sabia (aunque mi madre jamás la llamó así), era la sombra de Tormenta y actuaba como guardaespaldas de sus hijos. El mayor de los dos, Niklaus, también acabó por acercarse a mí. Niklaus siempre me infundió un profundo respeto, porque es unos ocho o nueve años mayor que yo y eso, sobre todo en aquella época, se notaba muchísimo.
— ¿Ocurre algo? – preguntó, más preocupado que receloso.
Nunca nos llevamos mal. Tampoco puedo decir que nos llevemos bien. Aunque siempre es correcto y educado, hay algo en Niklaus, una cualidad de frío distanciamiento, que impide acercarse a él. Muy pocas personas lo han logrado alguna vez. Su mujer, por supuesto. Sus hijos. Y también, mientras vivió, su hermana.
— Edward se aburre – explicó Aisha.
Niklaus asintió, comprensivo. Las celebraciones masivas tampoco eran de su agrado.
— Son unos juegos estúpidos – me quejé.
Niklaus volvió a asentir. Él no podía participar en la mayoría de diversiones, dada su hemofilia, pero eso era lo de menos; los consideraba estúpidos de todas formas.
— Yo le he dicho que debería disimular un poco de entusiasmo. Por los demás invitados. Para que no se preocupen.
— ¿Quién no se preocupe? – preguntó Sarah Summers-Grey, apareciendo de repente.
— Los invitados – aclaró Aisha.
— ¿Por qué se iban a preocupar? – preguntó la pelirroja.
— Edward se aburre – reveló una vez más Aisha.
Sarah me miró con el desdén contenido que su familia reservaba para la mía.
— Hay muchos juegos – dijo, como si eso lo resolviera todo.
— Son una tontería. No me gustan nada.
— No seas mimado.
— Yo opino lo mismo – secundó Niklaus.
Sarah se quedó muda por dos segundos. Luego se giró hacia el niño rubio, con una ternura desarmante en sus ojos verdes.
— Sí, pero eso es distinto. Tú no puedes jugar.
Sarah Summers-Grey tenía una forma muy dulce de menospreciar a la gente, sobre todo al pobre Niklaus. Lo peor de ella es que lo hacía sin ninguna maldad. Lo cierto es que era amable y bondadosa la mayor parte del tiempo. Es sólo que no lo podía evitar.
Aisha manoteó el hombro de su hermano, para animarlo. Desde las profundidades de la sala, vi a Daniel Philip Summers-Grey (entonces de seis años) correr hacia nosotros, con la cara enrojecida y la mitad de la camisa desabrochada y fuera de los pantalones. Ahora, al escribirlo, me doy cuenta de que Daniel siempre parece estar corriendo desde o hacia algo.
— Hola, chicos. Hola, Edward – saludó, cortés pese a su agitado aspecto.
Es impresionante lo bien que enseñó mi madre al resto de la gran Familia-X. Como ella me llamaba Edward y no soportaba el uso de los diminutivos, consiguió imponer esa costumbre en todos los demás. Incluidos los niños. Nadie me llamaba Eddie, por ejemplo.
— Hola, Eddie.
Nadie excepto el cortito de Gabriel Worthington, quien se sentó a mi lado, sin atender mi mirada heladora.
— ¿Qué hacéis aquí? – quiso saber Daniel, mientras tanto, en pleno subidón de azúcar.
— Edward se aburre – informó Aisha en voz monocorde.
Daniel me miró con el mismo desdén de Sarah en sus ojos verdes.
— ¿Y a mí qué? – dijo.
Aunque parezca mentira, es esta sinceridad lo que más me ha gustado siempre en Daniel. Sarah trató de hacerle ver su poco tacto con una expresión circunspecta.
— Danny, tienes la sensibilidad de un ladrillo – declaró Aisha.
— Si quiere fastidiarse la fiesta, allá él.
Sarah lo dio por imposible. En vez de rebatirle, miró a su alrededor, un poco extrañada.
— ¿Dónde está Aurora?
— Oh, no sé, la última vez que la vi no podía salir de la piscina de bolas – explicó Daniel, sin darle mucha importancia.
Los chicos se miraron horrorizados y corrieron hacia aquel lugar.
— ¡Eh, ¿a dónde vais?! – llamó Daniel y corrió tras ellos.
Yo me quedé a solas.
Con Gabriel.
— ¿Cómo lo llevas? – me preguntó, haciéndose el interesante, como siempre.
— ¿No te marchas… o algo?
— No, estoy bien aquí.
Yo traté de poner una cara que le hiciera comprender y marcharse. No funcionó. El me sonrió, con todos esos dientes blanquísimos, al tiempo que se apartaba el flequillo dorado de sus ojos violetas.
— Es una fiesta muy buena – opinó alegre, como si su opinión fuera importante.
— Gracias – conseguí articular.
— La tarta estaba muy rica.
No sé si se debía a que teníamos la misma edad o a que sus padres le habían enseñado a ser muy social, pero siempre trataba de entablar conversación conmigo, aunque yo no tuviera la más mínima intención.
— Mamá compró la que me gustaba. A mí me gusta la crema – respondí, a ver si así lo contentaba y se iba.
Pero no.
— ¿Y tú papá? – preguntó.
— Yo no tengo papá – contesté al instante, sin pensarlo.
— Todo el mundo tiene papá.
— Yo no.
Gabriel parpadeó varias veces y volvió a apartarse el flequillo.
— ¿Está muerto? – preguntó al fin, un poco cortado.
— No. Es que no tengo padre.
— No puede ser. Tienes que tenerlo.
— ¿Por qué? – pregunté. Me estaba empezando a hinchar las narices.
— Sin papá no puedes nacer – explicó, con la sonrisa de suficiencia que le daba el tener el "Master en abejas y florecitas".
Yo me quedé un rato en silencio, pues en esa época ni siquiera había oído hablar de la "Teoría de las cigüeñas".
— Pues yo nací y no tengo papá – dije, obcecado.
Gabriel no supo que responder, hasta que vio a mi madre hablando con Bobby.
— ¿Y Bobby? Siempre está con tu mamá – preguntó, con un tintineo esperanzado al fondo de su voz.
— Bobby no es mi padre.
— ¿Cómo lo sabes?
— Porque entonces le llamaría "papá" – expliqué lo obvio.
Gabriel no quería darse por vencido.
— ¿Duerme en la misma habitación que tu mamá?
De repente, comencé a encajar las piezas. Si la semana anterior lo pillé saliendo del cuarto de mi madre, tal vez durmiera allí todas las noches. Otros recuerdos me asaltaron. Como aquella vez que encontré el reloj de Bobby en la alfombra, o cómo podía saber si había tenido una pesadilla los días que venía de visita.
— Creo… creo que sí duerme allí – confesé, tanto a él como a mí mismo.
Gabriel esbozó una sonrisa triunfal.
— Entonces es tu papá. Los papás y las mamás duermen juntos.
Tras esa demoledora afirmación, el resto de la tarde se convirtió en un borroso carrusel. Mi madre acabó por preocuparse, al verme tan apagado, y pidió a todo el mundo que se marchase.
— ¿Estás bien? – me preguntó, cuando ya estábamos solos, con Bobby, Júbilo y tío Sean recogiendo la mesa.
Yo asentí, sin fuerzas. Quería preguntarle sobre Bobby, saber si Gabriel tenía razón: si tenía un padre y si ese padre era Bobby. Pero no lograba que las palabras saliesen de mi boca. Como si fuera un objeto demasiado grande para abarcarlo yo sólo. En vez de eso, escondí las preguntas en el fondo de mi mente, donde mi madre no pudiera hallarlas.
Ella se mantuvo de rodillas, mirándome a los ojos, como si no estuviera muy convencida. Al final, prefirió no insistir y me mandó a la cama.
Mi cuarto estaba más oscuro y frío de lo que recordaba. Más oscuro y frío de lo que nunca estuvo. Tenía ganas de llorar, pero no encontraba mis lágrimas por ningún lado.
Algo llamó mi atención. Un objeto blanco y rectangular en la mesa, iluminado por la luz de la luna. Lo cogí. Era un sobre. Un sobre pesado. Lo abrí y un brillo plateado me cegó por un momento. Saqué el misterioso objeto. Parecía una pequeña daga. Había algo más dentro del sobre: una tarjeta. En ella se leía:
"Para que abras las cartas que te llegarán en el futuro."
No estaba firmado. De alguna manera supe que no había sido mi madre quien me lo había regalado (su regalo fue una cartera de cuero para el colegio). De hecho, sentí que mi madre no sabía nada de esto.
Miré por la ventana. Fuera, en el jardín, una esbelta silueta se recortaba en la penumbra. Iba cubierta por una capa y lo único que pude vislumbrar fueron unos bucles dorados. La mujer, porque estuve seguro de que era una mujer, sonrió y se marchó, desapareciendo en la noche.
Y me asaltó la sensación de que la volvería a ver y de que era mejor no contarle nada a mi madre.
Ojalá lo hubiera hecho.
