Disclaimer: Todo lo que reconozcan pertenece enteramente a J. K. Rowling y yo lo utilizó sin ánimo de lucro. Por otro lado, los personajes de Ruby Boot y Adhara Zabini me pertenecen a mí y me reservo su uso.


Capítulo II: Sonrisas llenas de dudas


Lunes por la mañana, 18 de Octubre de 2022, Gran Comedor

Su prima, Adhara Zabini, un año menor que él, sabía cómo desesperarlo. Era experta en eso. Debajo de los ojos verdes y la piel achocolatada había un alma cruel y retorcida, escondida bajo la nariz afiladita y el cabello lacio y oscuro. Adhara tenía una mirada que a simple vista podía parecer dulce, pero Scorpius sabía que había mucho más allá. Y, como él hubiera deseado, no era simple picardía, porque parecía saberlo absolutamente todo sobre él.

—¿Te gusta, no?

—¡No! —exclamó él cuando la descubrió con una sonrisa cómplice porque había descubierto lo que él miraba en la mesa de Ravenclaw con atención: aquella mata de cabello y pecas llamada Rose Weasley.

—Pues si quieres mi opinión, yo no saldría a la calle con semejante peinado. —Adhara se encogió de hombros, fingiendo no oír el «no» tajante que Scorpius le había dirigido—. Pero no puedo cuestionar tus gustos. —Siguió desayunando, como si nada.

—Adhara, ella no me gusta —repitió, pero su mirada se dirigió por inercia a la mesa de Ravenclaw, donde ella estaba sentada con una chica medio regordeta de cabello castaño que usaba lentes, Ruby y se sorprendió pensando que, en sí, Rose Weasley no era fea. Tenía ese cabello desordenado por todos lados, pero que era de un tono rojo muy llamativo y los ojos azules profundos y, como siempre los tenía muy abiertos, eran muy bonitos. Por lo demás, tenía las mejillas recubiertas de pecas, pero eso la hacía ver dulce.

—Ya, si me lo repites cuando no te las estés comiendo con la mirada, te creo —le aseguró Adhara, que, con una sonrisa torcida que denotaba su diversión lo miraba con esa cara de «a mí no me engañas»—. En serio, ¿por qué lo niegas tanto? Además, bueno… creo que está loca por ti, o algo así.

—Claro que no.

—Que sí…. —Adhara negó con la cabeza, y puso una cara que dejaba bastante claro lo que pensaba de Scorpius en ese momento—. A veces eres muy idiota, ¿eh? ¡Si te invitó a ir a Hogsmeade!

Scorpius frunció el cejo, dibujando unas desagradables arrugas en su frente, pero no respondió nada y aquello pareció darle pie a Adhara a seguir.

—De verdad, Scorpius, simplemente deberías aceptar la invitación que te ofrece —sugirió la muchacha de piel morena—. Así quizá sería más productivo que estar comiéndotela con la mirada, imaginando como es debajo de ese uniforme.

—¡Yo no… —«la imagino sin el uniforme!» Nunca terminó de decirlo. El rubor de sus mejillas lo delató de manera bastante obvia. Sin embargo, ya no podían seguir discutiendo ese tema sin pies ni cabeza. A él podía gustarle. O algo parecido. Pero no iba a ir a Hogsmeade con ella. No—. Adhara —empezó, con voz más seria, una vez que el rubor se hubo borrado de sus blancas mejillas—, no saldré con ella. ¿Un Malfoy y una Weasley? ¿En qué mundo vives?

Adhara pareció molestarse.

—Lo dices como si fuera pecado mortal —hizo un mohín con la nariz y bajo la vista, habitualmente orgullosa, hacia su plato—, que te guste uno de ellos. Idiota.

Entonces Scorpius se dio cuenta de que había metido la pata hasta el fondo. Adhara a veces era muy sensible bajo la coraza que cargaba encima de ella, esa que la hacía parecer cínica y a veces hasta un poco cruel; sobre todo si estaba con él, que era el único chico en todo el colegio que conocía sus secretos. Era todo lo que hubiera sido una «mejor amiga» para Adhara, porque la chica simplemente no parecía congeniar con las chicas de su curso y se quejaba de que los hombres sólo eran unos idiotas hormonados.

—No es pecado mortal —corrigió.

—Ya, pero no te parece bien —insistió ella, aun evadiéndole la mirada.

—No…, Adhara…

—Ya, es malo para ti, pero para mí no —musitó ella—, ¿es eso lo que piensas decir para consolarme aunque no lo creas? —Se puso en pie antes de que Scorpius tuviera tiempo de responder—. Hazte un favor y dile que sí —siguió—. A mí quizá no me guste mucho, pero seguro es buena chica… —sonrió levemente, sin dejar ver sus dientes—. Me voy, tengo Pociones y Slughorn es un pesado.

Scorpius asintió sin saber qué más decir. Sabía perfectamente por qué Adhara se había molestado y tenía que ver con un chico rubio de cuarto año que, en la mesa de Gryffindor, estaba sentado al lado del cabello rojo ardiente de Lily Potter. Louis Weasley.


Lunes por la tarde, 18 de Octubre de 2022, fuera del aula de Aritmancia

Era tonto. Simple y llanamente. Tonto. Al menos así lo veía Rose Weasley, claro, pero no podía dejar de pensar que lo que Ruby le había dicho tenía un punto: «Ya lo sabe, lo menos que puedes hacer es insistir». Así que, armándose de valor, iba a hacerlo. Posiblemente las dos últimas veces que había hablado con él se había puesto roja y los nervios le habían ganado, pero eso no iba a volver a pasar. Ella sabía exactamente lo que quería y no se iba a rendir hasta no conseguirlo.

Así que se acercó después de la última clase que compartían ese día: Arirtmancia, una clase que sólo tomaban unos pocos estudiantes de Ravenclaw, una chica de Hufflepuff y Scorpius y dos chicos más de Slytherin. Rose apenas si los conocía de vista.

—Oye… —interrumpió a Scorpius cuando ya se marchaba y este se dio la vuelta con una mirada interrogante, esperando a que ella hablara. Cuando ella lo notó, empezó a hablar con tropezones, pero más segura de lo que iba a decirle—. Lo siento por lo del otro día… ya sabes… —«no te trabes, Rose, no quedes como tonta», se recordó—, lo de invitarte a Hogsmeade. —Sonrió, un poco más segura de sí misma—. Quizá fue un poco precipitado… —se encogió de hombros—. No tenías por qué darte cuenta de esa manera de que…

Scorpius terminó por ella, un poco cohibido por estar teniendo esa conversación, pero Rose supuso que era lo normal. Que ella lo había arrastrado hasta ese extremo de la conversación. Ella, que insistía en ser clara y analítica.

—… te gusto.

Rose sonrió un poco nerviosamente, pero esa vez no se sonrojo.

—Sí… eso… —dijo—. Yo, lo siento por eso, y todo.

—No tienes nada por lo que disculparte —el tono de Scorpius le sonaba impersonal, más profesional que otra cosa, y eso le dolía, pero no estaba dispuesta a rendirse tan fácilmente. Ella quería a Scorpius Malfoy y eso era todo.

—Te puse incomodo, ¿no? —Ella se encogió de hombros y cuando volteó a verlo descubrió que un pequeño rubor inundaba sus mejillas blancas e inmaculadas—. De hecho soy una tonta, lo estoy haciendo de nuevo… —sonrió nerviosamente, enseñando un par de dientes—; lo siento, lo siento, es mi obsesión por dejarlo todo en claro… quizá en estos temas… —Sacudió la cabeza.

—En serio, Rose, no tienes por qué disculparte.

Scorpius Malfoy sonrió. A Rose no se le escapó que era la primera vez que la llamaba por su nombre.

—Tienes una linda sonrisa, ¿sabes?

Se lo soltó y se fue caminando rápidamente antes de que él pudiera alcanzarla o detenerla.

Él se quedó allí parado, con las palabras «Tú también tienes una linda sonrisa» atoradas en la garganta, acalladas por ese pensamiento que lo perseguía desde hacía días: «No debes mancillar el apellido Malfoy». Pero ya no estaba muy seguro de aquello.