Capítulo 1
Durante su estadía en Londres, los Ferrars recibieron una invitación para pasar la tarde en la casa Bertram. La comitiva consistía en el matrimonio Ferrars, Margaret Dashwood y la Sra. Jennings. La hija menor de ésta, Charlotte Palmer, declinó la oferta, pues estaba muy ocupada orquestando nuevas formas de ayudar a su esposo.
Los invitados fueron recibidos por Edmund y Fanny nada más, con quienes pasaron una velada muy tranquila. Demasiado tranquila, en opinión de la Sra. Jennings, que estaba decepcionada de que no hubiese más gente (es decir, más caballeros solteros con una buena renta). Sin embargo, al llegar el momento de la cena, Tom sorprendió a todos con su presencia, pues tenían entendido que iba a una fiesta en casa de algún conocido.
La mente de Edmund voló y resolvió que se le había negado el crédito, por lo que seguramente esperaba que se le extendiese un pagaré.
"Hermano, déjame presentarte a un muy buen amigo, Edward Ferrars".
"Es un placer" dijo sonriendo de manera genuina, ya que para Tom siempre era motivo de alegría encontrarse en sociedad.
"Ella es mi esposa Elinor, su hermana, la Srta. Margaret Dashwood, y nuestra vecina en Devonshire, la Sra. Jennings."
"Tom Bertram, a su servicio. Si me disculpa, me parece que ya las he visto antes".
"Estuvieron en la reunión en casa de los Palmer" explicó Fanny, "aunque estaba tan lleno de gente que era casi imposible que coincidiéramos"
"Es cierto, he de decir que es una de las fiestas más grandes a las que he asistido esta temporada"
"La Sra. Palmer es mi hija, Sr. Bertram, y no es del tipo que haga las cosas pequeñas y calladas. Ella misma es bastante vivaz, por lo tanto, todo lo que ella haga reflejará esa cualidad de su carácter"
"Tuve el placer de conocerla y tengo que coincidir con usted, no hay palabra que la describa mejor. Para ser honesto – fue cuando sus familiares notaron que, quizá, no estaba del todo sobrio para tener una charla dentro los límites de la civilidad – que bueno que así sea. En lo personal, prefiero que las mujeres sean directas y francas, en lugar de esconderse tras ese velo que llaman decoro".
"Que bueno es escucharlo decir eso, me parece que se llevará bien con la Srta. Dashwood"
"Sra. Jennings, por favor no diga esas cosas", la interrumpió Elinor, "va a hacer que el Sr. Bertram se lleve una impresión equivocada".
"Nunca me atrevería a pensar mal de ninguna señorita", replicó Tom de forma galante.
"¿Acaso habla en serio?", intervino de repente Margaret, con un tono más de perspicacia que de incredulidad, pero Tom falló en ver esto.
"Por supuesto"
"¿Quiere decir usted que no ve, ni ha visto, falla alguna en alguna señorita?"
"Exactamente. Si las he de encontrar, sé que es siempre bajo la influencia de un hombre".
"Así que cree que las fallas de la mujer son en todo momento culpa de algún hombre".
"Efectivamente"
"Que situación tan curiosa. Si ese fuese el caso, no veo razón por la cual mujer alguna quisiera unirse con un hombre hasta que la muerte los separe; estaría destinada a errar por el resto de su vida, ¿no cree Sra. Jennings?".
La aludida, al oír su nombre, empezó a balbucear y a decir palabras, sin que una tuviera relación con la otra.
"Margaret, no digas tonterías", la reprendió Elinor.
"Pero él dijo…"
"Estoy segura que el Sr. Bertram no se refería a eso, ¿verdad Sr. Bertram? Dijo, volteando hacia el mayor de los hermanos, haciendo hincapié en la última frase, quien intentaba descifrar cuándo la charla había tomado ese rumbo.
"N..No, por supuesto que no, a lo que me refería, como le decía a Edmund, es que, bueno, los hombres estamos más expuestos a la tentación por la misma naturaleza de nuestras obligaciones, hacer negocios, mantener una casa", giró los ojos al cielo como pidiendo inspiración, pues no sabía bien a bien cuáles eran las obligaciones propias de su sexo. "En cambio, ustedes tienen la ventaja de quedarse en el hogar cultivando sus virtudes", titubeó ante la mirada inquisidora de Margaret y el resto de las féminas ahí presentes, "y nos encanta que sea así, ¿verdad Edmund?".
"Bueno, creo que todos somos tentados de diferentes maneras. Verán, cuando la serpiente se acercó a Eva…"
Tanto Margaret como Tom reconocieron en ese momento el error de hablar tan libremente sobre semejantes tópicos. Y lo peor es que estaban frente a dos párrocos.
