Disclaimer: Todo lo que reconozcan pertenece enteramente a J. K. Rowling y yo lo utilizó sin ánimo de lucro. Por otro lado, los personajes de Ruby Boot y Adhara Zabini me pertenecen a mí y me reservo su uso.
Capítulo III: Aceptación
Jueves, a la hora de la comida, 21 de Octubre de 2022, Gran Comedor.
—¿Qué fue lo que te hizo? —Adhara sonreía malévolamente, con esa cara de «se algo que tú no» combinada con su tono habitual—. Digo, Scorpius, no es que hayas desnudado a una…
—No estoy pensando eso…
—… mujer con la mirada antes, porque todos los hombres lo hacen —continúo Adhara, fingiendo no oír ningún tipo de interrupción por parte de su primo—. Pero ya sabes, esta vez eres más insistente… Así que, tienes que confesar. —Adhara se encogió de hombros—. ¿Qué te hizo? ¿Un hechizo? ¿Un filtro de amor…? No, no, Rose Weasley es demasiado santurrona para eso. Y atractivo natural no tiene, por favor, ve ese cabello, parece un nido de pájaros, cuanto menos, y las pecas… una cara cubierta con pecas.
—Tiene ojos lindos.
Scorpius Malfoy se arrepintió de aquellas palabras en cuanto las dijo. Lo sabía perfectamente, todo empezaba con un «Tiene ojos lindos» y terminaba con un «Papá, voy a casarme con una Weasley». No, eso no pasaba. No iba a haber Malfoys pelirrojos merodenado por la mansión a la siguiente generación y, sin duda, mucho menos pecosos. Aunque si tuvieran esos ojos azules profundos, de esos que parecen conocer todas las respuestas.
—Lo siento, Scorpius, ¿qué dijiste? —preguntó Adhara intencionalmente—. Es que no escuché muy bien.
Había dejado la comida a un lado y lo miraba con mucho interés.
—Nada.
—No oí, de verdad.
—No dije nada.
—¡Scorpius!
—¡Adhara!
Se quedaron mirándose un segundo, un segundo en el que Scorpius leyó la victoria en los ojos de Adhara demasiado claramente. Leyó las palabras que iba a decir su prima a continuación y quiso taparse los oídos, borrarlas para siempre, olvidarlas, hacerse pequeño y desaparecer para no oír nada, pero no le quedó más remedio que escuchar la cruda verdad en la voz de Adhara.
—Rose te gusta. Mucho. —Adhara sonrió y Scorpius se pintó de rojo, volteando, disimuladamente, hasta la mesa de Ravenclaw donde Rose estaba terminando de comer y se ponía en pie.
Él llevaba toda la semana, desde que ella lo había emboscado en Aritmacia, ignorándola como podía y ella haciendo exactamente lo contrario. Lo saludaba, le hablaba, imperceptiblemente le dedicaba alguna caída de ojos, una mirada acompañada de una risita que casi quería decir «lo sé, sé que te gusto» y se regodeaba de eso. Palabras amables, miradas furtivas. Si le preguntaran, Scorpius diría que Rose Weasley se asemejaba a un troll en el arte de la seducción, pero lo cierto es que, muy dentro de sí, sabía que ya estaba en su juego.
—No-me-gusta —masculló en dirección a Adhara—. No.
—Oh, vamos, idiota que tengo por primo, el primer paso se llama aceptación. —Volvió por unos momentos a hincarle el diente al pollo que estaba comiendo y Scorpius respiró tranquilo sin oír su voz acusadora, que sabía más de él que él mismo, hasta que Adhara se tragó el bocado y volvió a la carga—. Vamos, repite después de mí: «Me gusta Rose».
—No lo haré.
—Oh, vamos, no seas un aburrido.
—Que no.
—Haz lo que quieras, entonces —le espetó Adhara, terminando el último bocado de pollo, que ya estaba tibio, y poniéndose en pie—. Yo me voy. Tengo transformaciones con Lovecraft. —Empezó a recoger sus cosas, y antes de irse, aun le dirigió una mirada a su primo—: Hazte un favor y acéptalo. Quizá no dure, quizá no te cases con ella, quizás sí y tengas hijos pelirrojos. Créeme cuando te digo que a tus padres les va a importar lo mismo que si fuera Elektra Nott o el calamar gigante.
Y se marchó.
Viernes, por la tarde, 22 de Octubre, en la biblioteca.
Aquel día lo sorprendió. Había intentado peinarse, o algo así. Su cabello no estaba tan enmarañado como otros días, pero, por supuesto, seguía siendo un desastre. Se quedó viéndola un momento, sonriendo para sí. Cuando su cerebro decidió volver, se dio cuenta de que estaba allí, parado, con un libro sobre Transformaciones en la mano, mirándola, a ella, Rose Weasley, como un bobo enamorado, y se gritó a sí mismo.
«¡Quita esa sonrisa, joder, que es Rose Weasley!»
Sin embargo, se acercó a ella cuando hubo borrado la sonrisa, con curiosidad. Carraspeó al llegar al borde de la mesa donde ella estaba sentada, completamente sola.
—¿Puedo sentarme? —le preguntó.
Ella alzó la vista, sorprendida, asintiendo. Él cayó en la cuenta de que sólo compartían mesa cuando jugaban ajedrez y se quedó un momento clavado en el suelo, sin atinar a moverse, pero sacudió la cabeza y se sentó. Se repitió un par de veces que no es como si se fueran a casar algún día o…
«Cuantas tonterías pienso, por Salazar…», se dijo a si mismo.
Rose volvió la vista al libro y él abrió el suyo, respirando para concentrarse. No lo logró. Habiendo leído exactamente tres párrafos de longitud casi infinita, tres renglones y cuatro palabras sin haber entendido absolutamente nada de la transfiguración humana, alzó la vista y se encontró con que el enmarañado cabello de Rose Weasley estaba frente a él.
Nunca había visto tan de cerca, ni con tanta atención aquella tonalidad de cabello, tan rojo, tan hermoso. Scorpius supuso que, cuando le daba el sol, se vería increíble.
Fue cuando Rose alzó la mirada y lo descubrió mirándola. Examinándola.
Él carraspeó en aquel segundo eterno y alzó la mano, dubitativo, señalando el cabello de Rose.
—Se ve bien.
Casi se atragantó con las palabras, creyendo que nunca llegarían a salir de su garganta, que se quedarían atascadas para siempre en la tráquea, en las cuerdas vocales… que huirían al llegar a la lengua y los dientes. Pero no se fueron y él las pronunció con su habitual tono de voz, con superioridad.
Rose Weasley se sonrojó y se llevó una mano al cabello.
—Gracias…
Como Scorpius había predicho antes: Rose Weasley no sabía nada sobre seducción. Pero sabía lo que quería y era a él. Y él, irremediablemente, había caído adicto a ella, a sus gestos, sus miradas, esas muecas que hacía al escribir sobre el pergamino, sin darse cuenta. Adicto a una Weasley.
Volvió la vista al libro, pero su cabeza voló más allá.
«Me gusta Rose Weasley», pensó, para sí.
Como había dicho Adhara, el primer paso era aceptar que tenía una adicción.
