Disclaimer: Todo lo que reconozcan pertenece enteramente a J. K. Rowling y yo lo utilizó sin ánimo de lucro. Por otro lado, los personajes de Ruby Boot y Adhara Zabini me pertenecen a mí y me reservo su uso.
Capítulo IV: Besos y ajedrez
Domingo, 24 de Octubre, a la hora de la comida, Gran Comedor
—Lo tienes en la palma de tu mano —dijo Ruby Boot, analizándolo con su ojo experto, y Rose, lejos de creerle, la miraba escéptica. Es verdad que Scorpius se portaba mejor con ella y a veces incluso desvíaba la mirada cuando ella lo descubría mirándola, pero eso no significaba que estuviera muriéndose por ella.
—Pues yo no vuelvo a decláramele —aseguró Rose.
No estaba muy segura de que fuera a cumplirlo, eso sí, pero ya había pasado bastante pena la primera vez, a pesar de tener los dos pies sobre la tierra. Había sentido que se iba a morir o que se la iba a tragar la tierra y casi lo habría preferido porque después Malfoy había dejado en claro que, aunque no se llevaran mal, estaban en estratos sociales totalmente diferentes.
«Eso sí que es ser idiota», volvió a pensar Rose. Pero bueno… a la mejor Ruby tenía razón y se le quitaba la idiotez.
—Pues has lo que quieras, Rose —le dijo Ruby mientras se ponía en pie. Ya había acabado de comer—. Quedé de ayudar a Terence con Transformaciones y… bueno, no creo que quieras venir a ver como hace un desastre… —le sonrió—. ¿Nos vemos al rato?
Rose asintió mientras apuraba para terminar la comida. No sabía que haría después, pero probablemente Albus y ella fueran a tirarse un rato a las orillas del lago, como cada domingo. Mientras pensaba en eso, un carraspeo la interrumpió. Al alzar la cabeza se encontró con el rubio cabello, repeinado hacia atrás, de Scorpius Malfoy, una cara que no supo cómo clasificar y un tablero de ajedrez frente a ella.
—Como te vi sola, —se encogió de hombros—, pensé que no tenías nada que hacer —dijo él. Y volvió a encogerse de hombros, como si en realidad no tuviera por qué estar allí o no supiera porque, en ese momento, estaba mirando atentamente a Rose, proponiéndole una partida.
Ella sonrió. Una sonrisa cuidada, como a veces había visto hacer a su pelirroja prima mayor, Victoire, que era arrebatadoramente guapa. No estuvo segura de haber imitado el gesto bien, así que, antes de ruborizarse, apuró la última cucharada de comida y asintió mientras Scorpius se sentaba y empezaba a sacar las piezas. Le cedió las blancas.
Rose sonrió mientras movía el primer peón.
Le ganó arrolladoramente por primera vez a Scorpius Malfoy un cuarto de hora después. No podía creer su suerte.
—Bien jugado… —dijo, casi automáticamente, mientras Scorpius empezaba a recoger las piezas. Era también la primera vez que no le gritaba que había hecho trampa y miraba fijamente el tablero que se iba quedando vacío, quizá porque aún no había acabado de asimilar su victoria.
—Te ganaré la próxima vez, Rose —él le sonrió.
—Lo que te deje dormir —ella le correspondió la sonrisa de igual manera—, Scorpius. Era claro que algún día te tenía que ganar.
Él terminó de recoger las piezas rápidamente, ayudado por Rose, y se puso en pie casi al mismo tiempo que ella. Eran los únicos que quedaban en el comedor.
—¿A dónde vas? —le preguntó él.
Él nunca le había preguntado eso. Siempre se separaban después de la partida de ajedrez, que casi siempre ganaba Scorpius. Pero bueno, aquel día parecía que nada acontecería según lo que ellos consideraban normal.
—Iba a buscar a Albus… —explicó ella—. Tenemos la costumbre de tirarnos a las orillas del lago si no tenemos nada mejor que hacer. —Se encogió de hombros.
—¿Puedo acompañarte? —preguntó Scorpius.
Rose no contestó inmediatamente. Albus y Scorpius no se soportaban, pero los dos eran lo suficientemente civilizados como para no pelearse si ella estaba allí. Así que al final, sin tenerlas todas consigo, sonrió.
—Si quieres —respondió.
Empezaron a caminar hacia la salida del castillo, que a esas horas estaba casi vacío. Muchos estudiantes disfrutaban del aire en el exterior y otros se apresuraban a terminar las tareas que habían aplazado toda la semana en sus salas comunes o en la biblioteca. Rose y Scorpius caminaron en silencio casi un minuto hasta que él se animó a romper el silencios.
—Rose…
—¿Sí?
—Oye… —parecía que le costaba seguir, porque no sabía que decir, o cómo decirlo—. Oye, lo siento por… lo del otro día… —soltó, finalmente—. Cuando…
—Ey, no importa.
Rose había completado en su mente lo que había querido decir Scorpius y no quería oírlo, no de nuevo. Porque él la había rechazado. Era agua pasada…
—Rose…
La tomó de la mano.
A Rose, que había imaginado tantas veces ese momento, se le cortó la respiración por un segundo. Su cerebro se quedó en blanco mientras una sonrisa pugnaba por pintarse en sus labios. Vio todo acontecer en cámara lenta, como Scorpius dudaba, se pasaba la lengua por los labios antes de volver a hablar.
—… la verdad es que… no sé por qué dije aquello.
Volvió a trabarse. Rose pensó que nunca antes había visto de aquella manera al orgulloso Scorpius Malfoy, cuyo ego rivalizaba con el de ella, y se rio para sus adentros, con un poco de nerviosismo, porque aquella situación la asustaba, a la vez que le hacía una ilusión que nadie alcanzaba a imaginar.
No alcanzó a oír las palabras que siguieron porque a Scorpius Malfoy se le quedaron atoradas en la garganta y entonces la estaba besando. A Rose aquel beso la tomó por sorpresa, aquel momento que había esperado tanto tiempo, desde que una tarde se había dado cuenta de que Scorpius Malfoy le gustaba y no deseaba otra cosa más que salir con él. Y ahora eran un amasijo de labios y piel, en medio de un pasillo desierto de Hogwarts.
Sus labios bailaban exactamente el mismo ritmo, el mismo compás. Danzaban con el mismo vaivén. Él enterró sus manos en el cabello de la pelirroja, mientras que ella le recorrió la espalda. La besó con avidez, como si sólo de aquella manera se atreviera a demostrarle lo que sentía por ella.
Cuando se separaron, él la abrazó, y sin mirarla, soltó las siguientes palabras:
—Por Salazar, Rose, eres adictiva… ¿te lo han dicho?
Rose soló pudo soltar una risa nerviosa, sin saber que decir. Tanto tiempo imaginando aquel momento, tanto tiempo intentando gustarle a Scorpius Malfoy y al final, no sabía ni siquiera que hacer.
—Nunca… —reconoció finalmente.
«Porque nunca me ha gustado nadie como tú».
Scorpius Malfoy respiró hondo y se separó de ella. Le sonrió y, con aquel mismo tono, como si aquello fuera un sueño, habló.
—Oye… lo de ir a Hogsmeade… —musitó—, ¿sigue en pie?
A Rose se le iluminó aún más la sonrisa, y asintió.
Él volvió a besarla, como si deseara fundirse en sus labios por siempre.
Nunca llegaron al lago.
Hasta aquí llegamos, el primer Scorse de mi vida, y debo decir que lo hice con un montón de cariño y me divertí un montón, a pesar de todos los quebraderos de cabeza que me provocó.
Espero, Yrim, que te haya gustado mucho y que lo hayas disfrutado tanto como yo disfruté escribirlo.
Los agradecimientos se van enteritos para Bell Potter, porque sin ella, yo nunca habría visto la luz al final del túnel cuando no supe cómo escribir el final. Porque no hay mejor lectora que ella, que se lleva la primicia de todo lo que escribo.
Eres la mejor beta del mundo, aunque solo leas, y me des ideas y por eso, gracias.
Nea Poulain.
