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Capítulo 2 (parte 2)
"¿Sr. Bertram?"
"¿Si?"
"Deseo retirarme a descansar"
"Pero Srta. Dashwood, no puede. En el minuto en el que la deje ir, Edmund y Fanny me acorralarán con una serie de señoritas que no quiero ni pretendo conocer", dijo observando detenidamente a su hermano y a su prima, que poco a poco se curaban de esa incapacidad para hablar con extraños.
"Le tengo más simpatía de la que se imagina, créame, pero estoy muy cansada"
"No puede hacerme esto, usted me lo prometió".
"Prometí ayudarlo, no desfallecer de cansancio. Además, si no baila con alguien más se verá sospechoso".
"Si bailo con alguien más terminaré comprometiendo mis tardes a tertulias aburridas llenas de sermones igualmente sosos. Por favor, compadézcase de mí".
"Podríamos retirarnos a las mesas de juego".
"Es que debo alguna cantidad y no quisiera endeudarme antes de liquidarla".
"En ese caso Sr. Bertram, debe de pensar en una solución ya porque no creo aguantar otra contradanza".
***
Georgiana se encontraba muy animada. Había tenido un principio incómodo pero, conforme avanzó la velada, se sintió más a gusto. Ya habían solicitado su compañía en tres ocasiones para bailar, todas las veces con muchachos muy agradables, cuyos familiares o amigos eran igualmente corteses.
La Sra. Palmer no dejaba de sorprenderla. Iba y venía de su lado con una rapidez casi sobrenatural, pues siempre se las ingeniaba para estar junto a ella al momento de ser presentada con alguna persona.
El Cnel. Fitzwilliam, por su parte, se hallaba contento, y como su carácter era más relajado que el de su hermano, podía sentirse segura sin tener que bregar con una mirada sobreprotectora.
Se sentó un momento, pues hacía mucho calor debido al número de gente, observando a las otras parejas bailar. Notó un par singular al fondo del salón. Se trataba de un hombre de alrededor de treinta años, mas sus gestos reflejaban una jovialidad que bien podría dar la impresión de menos edad. Estaba con una jovencita, como de la edad de ella, quien vestía de manera simple, cuya expresión de franqueza y tenacidad realzaban su persona.
En lugar de bailar, más bien parecía que tramaban la conquista mundial, cuchicheaban y miraban para todos lados como si los estuvieran vigilando. También pudo ver cómo el hombre se negaba a dejar la pista, mientras que su acompañante hacía un esfuerzo significativo por dejar la pista.
"¿No es encantador?" oyó la voz de la Sra. Jennings a su lado "Pocas veces he visto una pareja tan enamorada; mire, ni siquiera deja ir a la Srta. Dashwood".
"¿Disculpe, Sra. Jennings?"
"¡Ah! ¿Quiere decir que no han sido presentados? Tonta de mí, juraría que así era. Ella es la Srta. Dashwood, vecina de mi hija en Devonshire, una señorita de muy buena familia; ha venido, junto con su hermana y el esposo de ésta, a pasar la temporada conmigo. Todos ellos son de lo más agradables y unos excelentes amigos. El muchacho con el que baila –y aquí entre nosotras dos, con el que pronto se comprometerá – es Tom Bertram, hijo de Sir Bertram, tal vez haya oído de él, ¿no? ¡Qué raro! Es muy famoso por su fortuna y… bueno, otras desfortunas" Esto último despertó la curiosidad de Georgiana, pero la Sra. Jennings, como toda persona versada en el arte del chisme, supo desviar la atención del tema para mantener el interés de su interlocutora.
"¡Mire! Dejaron de bailar, una lástima, pero es un muy buen momento para presentárselos. ¡Srta. Dashwood, Sr. Bertram!" gritó la regordeta mujer por todo el cuarto, no sólo llamando la atención de los aludidos.
"¿No le dije que era un muchacho de lo más agradable? Casi me atrevería a decir que corre para saludarnos", lo cual era cierto, aunque la causa se debía a que ambas mujeres se encontraban en diametral oposición con Edmund y – horror – Elizabeth Elliot.
"Vaya, vaya, veo que se divierten bastante, mire lo rojos que están sus rostros. Siempre he dicho que no hay mejor ejercicio que bailar".
"Es, ciertamente, extenuante", señaló Margaret recuperando la respiración. Tom prácticamente la había arrastrado hasta el otro lado del salón, sin consideración por sus pobres pies.
"Srta. Dashwood, Sr. Bertram, tengo el gusto de presentarles a la Srta. Georgiana Darcy", los tres saludaron cortésmente. La menor de los hermanos Darcy observó a sus nuevos conocidos sin saber bien qué hacer, por alguna razón ambos le parecían intimidantes, ella con una mirada que parecía retarlo todo y él por su expresión de franca confianza y desenvoltura.
"¿Está disfrutando del baile Srta. Darcy?"
"Oh sí, bastante".
"Justo el otro día comentábamos que pocos se pueden comparar con la Sra. Palmer para organizar fiestas. Me parece que me he pasado todo el mes en esta casa, siento casi como que vivo aquí".
"Estoy en toda la disposición de invitarlo a quedarse por una temporada, junto con su futura esposa, sea quien sea, Sr. Bertram", dijo, salida de la nada, la Sra. Palmer. El aludido dio las gracias, pero no pudo menos que quedarse mudo, pues el tema de conversación no era de su preferencia.
"¡Que suerte! Tener de anfitriona a una mujer tan capaz como la Sra. Palmer; solo hay que ver lo rápido que resolvió la crisis de las cartas, y aun tiene tiempo de atender a sus invitados. Tiene usted mucha suerte", interrumpió Margaret, para quien la charla tampoco era agradable.
"¿Cartas?"
"Sí, creo haber visto al Sr. Palmer rumiar acerca de que faltaban cartas en las mesas, pero estoy segura que usted ya lo resolvió…"
"¿Me disculpan un momento?" Su anfitriona hizo una pobre reverencia y se retiró al salón de juegos sin prestar atención al vital creo que encabezaba la oración.
Georgiana, quien era muy inocente para pensar mal, observó como las dos mujeres mayores se alejaban a paso veloz, pues la Sra. Jennings, siempre atenta, tendría que asumir las responsabilidades de su hija por unos momentos. Al ver a Fanny acercándose con una joven desconocida, Tom tomó la mano de la Srta. Dashwood en un acto desesperado, lo que la tercera tomó como una muestra de afecto.
"Srta. Dashwood, ¿lista para volver a la pista?"
Sin embargo, Margaret apenas había conseguido un respiro y no pensaba dejarlo pasar, promesa o no promesa.
"Sr. Bertram, me parece que su gusto por el baile nubla sus buenos modales. ¿Por qué no invita a la pista a la Srta. Darcy? Estoy segura que ella estará encantada, ¿no es así?" dijo mientras le sonreía a la aludida. El mayor de los hermanos Bertram, apurado por la proximidad de su prima, sonrió de buena gana y ofreció su brazo a la Srta. Darcy, quien no pudo evitar sonrojarse, ya que notó que el joven no deseaba bailar con nadie más que no fuera la menor de las hermanas Dashwood.
Continúa…
