El problema no es escribir, sino capturarlo. Capítulo larguísimo con muchos diálogos y conversaciones dispensables, pero no tuve corazón para descartarlas. Disculpen por la tardanza y espero que lo disfruten.
Saludos.
Capítulo 4
"Sr. Bertram, tenemos que hablar. Nuestro engaño ha ido demasiado lejos, tenemos que terminarlo".
"Pero, ¿de qué habla Srta. Dashwood? Si es perfecto. Podemos disfrutar de los placeres de Londres sin tener que preocuparnos por encontrar una pareja. Mírese, libre de la Sra. Jennings y de su hermana para hacer lo que quiera".
"Lo que quiera siempre y cuando esté bajo la custodia de los Sres. Bertram, que no son un cambio tan radical de mis hermanos. Además, no soy tan libre como cree, todos los días me veo asediada con preguntas y observaciones".
"Tanto mejor, ¿hay acaso, mejor recomendación para una institutriz que ser desairada por un caballero? Con las conexiones de su familia y lo sonado de nuestra relación, no le costará trabajo conseguir una posición ventajosa en alguna casa".
"¿Qué hay de usted?¿En verdad encuentra provechoso ser percibido como un libertino?"
"Srta. Dashwood, sin duda conoce la penosa situación de mis hermanas, María y Julia. Cualquier cosa que haga apenas hará mella en la profunda huella infringida a mi familia por ellas. He de confesar, también, que sería la gota que derramaría el vaso para mi padre. Al enterarse, lo más seguro es que ponga todo a nombre de Edmund, que sé que nunca me dejará desamparado. Ve, todos ganamos".
"Sr. Bertram, eso que dice es horrible".
"Pero no por ello menos cierto. No negará, Srta. Dashwood, haber tenido pensamientos semejantes cuando accedió a participar en esta artimaña".
Margaret guardó silencio, pues se reconocía como culpable de haber tramado sus planes de una manera igualmente calculadora.
"Entiendo que no sea fácil, pero dele unos meses y ambos seremos libres; yo de mis obligaciones y usted de escoger el rumbo de su vida. Mientras tanto, disfrutemos".
"Tengo mis dudas. ¿Qué se supone que tenemos que hacer? ¿Pasar cada tarde que podamos juntos y cartearnos constantemente para dar la impresión correcta?"
"Srta. Dashwood, me siento herido, yo disfruto bastante de su compañía".
Ella rió de la broma y se relajó un poco.
"Es solo que jugar a ser enamorados me resulta fastidioso; largas caminatas y juegos de cartas todos los días. Ya lo siento como una tortura, ni siquiera me atrevo a imaginar el matrimonio".
"Piense en él en los mismos términos, solo con la diferencia de que, en lugar de despedirse, se tiene que ir a la cama con esa persona"
"¡Señor Bertram!".
Gritó escandalizada por la manera burda de ponerlo, mas ninguno pudo contener la risa.
"Tengo una idea. En pago por haber soportado los sermones de Edmund ya tres veces en una semana –lo cual le agradezco infinitamente- hagamos algo divertido, ¿Qué le parece una obra de teatro?"
"Hay teatro cada semana, Sr. Bertram", le recordó, dando a entender que no había nada de novedoso en la propuesta.
"Me refería a que nosotros hiciésemos una obra. Usted y yo, y, bueno, alguien más para ser la escenografía. La escribiremos y nos reuniremos para ensayar; le prometo que será divertido, y es mucho más interesante que reunirnos cada tarde a vernos las caras".
Margaret lo observó detenidamente unos segundos, llegando a la conclusión de que era el encanto, y no otra cosa, la mayor cualidad del mayor de los hermanos Bertram, pues podía convencer a cualquier cabeza sensata de cometer las ideas más extravagantes.
"Elinor no estará contenta".
"Es de esperarse. No entiendo qué tiene contra el teatro cuando pagan cada semana para ver la historia de dos jóvenes que murieron por desobedecer los deseos de sus respectivas familias".
"Porque está bien verlo, no vivirlo. Así se aseguran que la aventura y el desenfreno permanezcan en el terreno de la ficción. Entonces, ¿Cuál será el tema de la obra?"
"Lo que usted quiera, piratas, ángeles, dos monos en el Amazonas".
"Quiero que haya un duelo, ¿alguna vez ha estado en un duelo?"
"Solo como testigo".
"¿Qué haría si el Cnel. Brandon lo retase a un duelo cuando me ropa el corazón?", le preguntó con una sonrisa pícara. Después de todo, el esposo de Marianne le tenía un cariño especial que derivaba, en ocasiones, en la sobreprotección. Su interlocutor, por su parte, no encontró la insinuación divertida en absoluto, pues, a decir verdad, no había considerado la posibilidad. Su expresión, como diría el comercial, no tuvo precio.
"Lo sacaré de su miseria", le dijo, riendo abiertamente del asunto, "si llegase a ocurrir, le diré que usted es una persona muy especial para mí, por lo que, aun cuando me haya hecho daño, no quisiera que sufriera alguno".
Él asintió, pero cualquiera que lo viera sabría que no estaba convencido.
"Tengo entendido que es un aficionado del teatro", dijo Margaret de manera abrupta con animo de cambiar la conversación, lo que funcionó a la perfección.
"Casi lo llamaría una pasión. Si no fuese tan desordenado, tal vez me habría convertido en dramaturgo".
"¿Por qué no lo intenta?"
"Soy demasiado indisciplinado para dedicarme a cualquier cosa y sé que mi familia no estaría conforme; además, el oficio, de no tener éxito, no resulta respetable y no me considero con la capacidad literaria para garantizar algún éxito".
"Ya veo".
Ambos guardaron silencio, sintiendo a cada paso la incomodidad del momento. .
"Sabe, conseguí un buen lugar para la obra de esta noche, así que si llega a aburrirse, siempre puede espiar a los demás Srta. Dashwood".
"Es muy injusto de su parte. Yo disfruto bastante del teatro, solo que encuentro tedioso ver la misma obra una y otra vez".
"¡Pero es que no es la misma obra!"
"No empecemos", interrumpió Margaret en son de paz, pues el tema se había convertido en una discusión constante entre ambos, "Vayamos y disfrutemos a nuestro modo del espectáculo".
***
Esa misma noche, tuvieron la fortuna de ser acompañados solamente por la Sra. Jennings, que encontraba, al igual que su protegida, más interesante observar a los asistentes que a los actores.
"Srta. Dashwood, allá se encuentra su hermano y su esposa en compañía de la Srta. Darcy"
Al asomarse, Tom no pudo evitar exclamar, "Dios mío, pobre criatura". Sus acompañantes, sobra decir, lo interrogaron con la mirada. Incómodo, pues realmente no había querido decir eso en voz alta, procedió a explicarse. Junto a las tres personas ya mencionadas, también estaba Caroline Rushworth, la segunda esposa del ex marido de su hermana.
"Es la versión diabólica de la malvada bruja del este".
Ambas mujeres rompieron a reír, divertidas ante la comparación.
"Sr. Bertram, es usted todo un pillo".
"Si ese es el caso, le he de decir que mi hermana Fanny sería la malvada bruja del oeste".
"¡Srta. Dashwood!", intentó reprenderla la Sra. Jennings, pero las carcajadas hacían la tarea difícil. "Ustedes dos son terribles".
"Me da pena la Srta. Darcy", habló Margaret, una vez recobrada la compostura.
"Bregar con semejantes titanes juntos no ha de ser fácil; deberíamos hacer algo por ella".
"¿Qué tal si la invitamos a que se nos una por un rato?"
"Tal vez", dijo la Sra. Jennings, con un gesto de desaprobación, "pero no sería apropiado que el Sr. Bertram se presentase debido a sus circunstancias pasadas, y ni pensar que iría sola".
"Pero si usted vendrá conmigo".
"¿Yo? ¿y sin la compañía de un caballero? ¡Olvídelo! No sería correcto, de ninguna manera, me opongo".
"Siendo el caso, me veré obligada a luchar contra las buenas costumbres y brujas yo sola", una vez dicho, se levantó y se dirigió hacia donde estaba su hermano y compañía.
"¡Srta. Dashwood, regrese! ¿qué pensará el Sr. Bertram?"
"¡Pienso que usted es muy valiente!" grito con franco cinismo Tom, cosa que no agradó nada a la señora.
Animada por el tono de la reciente conversación, caminaba risueña por los pasillos del teatro, los cuales estaban llenos de gente, saludándose aquí, murmurando allá, en espera de que diera la tercera llamada.
Casi al llegar al lugar destinado, su valentía se tambaleó por unos segundos. No había sido muy cortés la última vez que se vieron, pues había hecho algunas observaciones nada favorables respecto a la crianza de Henry.
Desde entonces, las cartas que recibía de Fanny eran para disculparse por no haberla invitado a tal o cual evento, so pretexto de no asistiría ninguno de sus conocidos –que eran pocos, había recalcado-, por lo que se habría aburrido de todos modos. Suponía que era la manera en que su cuñada la castigaba.
Rio ante la mente obtusa de Fanny, quien seguramente no podía concebir que esos desaires resultaran benéficos para Margaret, que repudiaba la sociedad con que sus parientes se codeaban.
Sin embargo, desde su supuesta relación con el Sr. Bertram, su hermano, John, se reunía de manera regular con ella para tomar el té o simplemente pasaba a saludarla, situaciones en las que siempre se ingeniaba para comentar sobre la excelente situación del heredero de Mansfield Park; o bien, para hablar del escándalo causado por María Bertram y su fuga con el Sr. Crawford.
No se cansaba de recalcar –de hecho, hacía una conversación entera- que, mientras él mismo estaba dispuesto a olvidar, pues los hombres no deben pagar por el mal juicio de sus familiares, la Sra. Ferrars tenía tales conductas por imperdonables y dañinas.
"Sin embargo, querida Margaret, la Sra. Ferrars es una mujer muy comprensiva y tolerante".
Con eso en mente, sonrió con picardía al imaginarse la cara del matrimonio Dashwood cuando la viesen entrar, mas sus intenciones se vieron frustradas al ser interrumpida por un caballero de aspecto joven, alrededor de la edad de Tom, a punto de entrar al palco. Éste notó también sus intenciones y, con el protocolo necesario, le dio el paso, siguiéndole los pasos, lo que la hizo sentirse tonta e infantil.
De repente, todas las miradas se posaron sobre ella, unas con disgusto, otras con extrañeza.
"¡Margaret!", se levantó rápidamente su hermano al sentir el golpe del abanico de Fanny, pues momentos antes había estado dormitando.
"Hola John, los vi llegar y esperaba que ustedes me vieran también, pero supuse que a causa de la altura", dijo al momento que señalaba su propio palco, lo que hizo a su cuñada fruncir el ceño, "no me hubiesen visto, así que decidí venir a saludar", terminó con la más estudiada de sus sonrisas.
"Ah sí", apenas le dijo su hermano, que no tardó en hacer las presentaciones.
"Ya tuve el placer de conocer a la Srta. Darcy en el baile de los Sres. Palmer"
"¿En serio? ¿No es eso una gran coincidencia?", no encontró quórum a su pregunta, que se quedó volando en el aire.
"La Srta. Darcy –aquí presente- es una vieja y muy querida amiga de la Sra. Rushworth, con quien Fanny se lleva tan bien".
"Asombroso", respondió sinceramente, viendo el contraste de caracteres. "Ya debería de retirarme, puesto que la función va a comenzar, pero, me preguntaba si la Srta. Darcy querría acompañarme a saludar a la Sra. Jennings, y por favor no diga que no. Desde el baile de los Sres. Palmer ha quedado encantada con usted y la Sra. Palmer apenas habla de otra cosa".
Todo lo anterior, una descarada mentira. En vista de su supuesto compromiso, la mujer había cambiado de estrategia y solo se preocupaba por garantizar una boda, lo cual implicaba, ahora, pasar el menor tiempo en compañía de jóvenes ricas y virtuosas.
"Olvidas, acaso porque no estás acostumbrada a las reglas de cortesía de la ciudad, que una señorita no debería ir de aquí para allá saludando gente sin la compañía de un caballero", intervino Fanny.
"Tienes toda la razón, querida hermana, John, ¿harías el favor de escoltarnos?"
"Yo puedo escoltarlas", se levantó súbitamente el caballero con quien se había topado en la entrada. Se trataba del Coronel Fitzwilliam, primo de la Srta. Darcy, quien ni siquiera había accedido a ir todavía. No obstante, se levantó, lo tomó del brazo y fueron tras la Srta. Dashwood.
Ante el cambio de eventos, pues ella no había contado con la compañía de una tercera persona, puso a trabajar su mente en cómo justificar la ausencia de Tom. Al llegar, se toparon con el Sr. Bertram y la Sra. Jennings esperándolos, quienes se pusieron de pie inmediatamente ante la sorpresa del ver al Coronel.
Sin embargo, Margaret, habiéndose convertido en una mentirosa profesional, se adelantó a todos.
"Sra. Jennings, por favor no se levante. Ya les he mencionado su condición".
"¿Mi condición?"
"Es tan buena por hacerse la fuerte frente a nosotros, pero la gota es un problema que todos comprendemos, por favor, no se fuerce", le dijo al mismo tiempo que la obligaba a sentarse. Inmediatamente se giró hacia su cómplice, con una perfecta cara de sorpresa. "Sr. Bertram, que gusto verlo".
Agarrando el hilo, el aludido sonrió.
"Pasé por su casa para saludar y tan pronto el Sr. Ferrars me informó de sus planes, pensé que sería una buena forma de pasar la tarde".
"Que bueno que así sea. Recordara a la Srta. Darcy, y su primo, el Coronel Fitzwilliam".
Los cuatro hicieron las reverencias pertinentes. Sin dar tiempo a más explicaciones engorrosas, Tom se lanzó a platicar acerca de su gran pasión y cómo aprovechaba su estadía en Londres para disfrutarlo, pues no todas las ciudades ofrecían espectáculos de la misma calidad.
"¿Disfruta usted del teatro, Srta. Darcy?".
"A decir verdad, no he tenido la oportunidad de ver tantas representaciones como quisiera para formar un juicio al respecto".
"Creo que te subestimas Georgiana, conozco poca gente que haya leído las obras con tanta disciplina como tú".
"Aun así, considero que mi conocimiento en cuanto a la materia es insuficiente".
"Es, ciertamente, un problema, pues la misma naturaleza del teatro exige atender a las funciones de manera casi devota para su completa apreciación. Sin embargo, no todos tenemos esa oportunidad, especialmente si vivimos en provincia, donde es menos frecuenta la actividad", dijo Margaret, dándose cuenta, con horror, que hablaba con la misma solemnidad de Edward. "Pero está de suerte, el Sr. Bertram es un experto en la materia. Él podría darle todos las recomendaciones que necesite".
La Sra. Jennings tosió ruidosamente, pero sus conocidos hicieron caso omiso.
"La Srta. Dashwood me da más crédito del que merezco. Soy solo un humilde aficionado."
"Uno que no se contenta con ver la misma obra dos veces. ¿Podrán creer que hemos visto esta presentación ya cinco veces".
El aludido bajó la cabeza, un poco avergonzado y débilmente replicó.
"No es la misma obra, las interpretaciones siempre son diferente, por lo tanto, es una obra diferente."
"Ese puede ser el caso en cuanto a la actuación, pero no con respecto a la historia; de lo contrario, ¿por qué dedicarse a ver algo más que Romeo y Julieta, por poner un ejemplo, si siempre obtendríamos un espectáculo diferente?"
"Me parece que el Sr. Bertram se refiere a que la experiencia vivida en cada función es única", intervino el Coronel Fitzwilliam "como leer un libro por segunda vez; esa es la virtud de la literatura, que te dice algo nuevo cada vez que los lees."
"Puede ser, pero si uno se enfrasca en un solo libro, puede resultar contraproducente, ya que no verá más allá de éste."
"Vaya, Srta. Dashwood, al parecer usted siempre tiene que tener la última palabra."
"Esa es su naturaleza, Coronel. No creería el aprieto en que me metió cuando nos conocimos."
"No se atreva a contar eso, Sr. Bertram, es vergonzoso."
"Lo considero una anécdota encantadora y estoy seguro que ellos pensarán igual una vez que la oigan."
Los primos escucharon divertidos –es decir, al punto de la compostura- una historia apenas parecida al primer encuentro de Margaret y Tom, quien había añadido varios detalles, así como un sinnúmero de hechos risibles y poco probables, pero su manera de conducirse y narrar hacían, en efecto, una historia más que amena.
"¡Sr. Bertram! Eso nunca pasó. Si continúa mintiendo de ese modo, jamás querrán tener contacto con nosotros de nuevo."
"Pero, Srta. Dashwood, ésta es mi interpretación de los hechos, y cada vez que la cuente será diferente."
Todos los presentes rieron ante la referencia. A los pocos minutos, se dio la tercera llamada y el Coronel y Georgiana se vieron forzados a volver a sus lugares, cosa que apetecía poco al primero, mas quedaron de reunirse un día a la semana para pasar la tarde.
***
En su palco, la Srta. Darcy apenas pudo apreciar la función, pues se vio asediada por Caroline y Fanny.
"En realidad, es media hermana de John, sin dote, razón por la cual ha aceptado casarse con el Sr. Bertram."
"Que es un hombre de lo peor, como toda su familia. Normalmente no le digo esto a nadie, querida amiga, porque incomoda al Sr. Rushworth –cuya presencia nadie notaba, pues se encontraba dormitando al fondo del palco- pero su primera esposa fue María Bertram, su hermana, quien se fugó con un tal Sr. Crawford, ¡y todo en las narices de Londres!"
"Evidentemente todos ellos debían estar enterados, excepto el pobre Sr. Rushworth, que quedó humillado."
"Por eso no se atrevió a dar la cara como un caballero habría hecho, porque sabe que la falta cometida es imperdonable."
"Y ella no se queda atrás. Mire qué arrogancia al venir sola, faltando a todas las reglas de urbanidad. Le recomiendo Srta. Darcy que corte toda relación con ellos. Mi hermano Edward me ha comentado los problemas que ella les ha causado por su mal comportamiento."
"Pero los he encontrado bastante simpáticos".
"La gente con esos caracteres dobles y ocultos siempre sabe hacerse agradable. Créeme Georgiana, sé de lo que hablo."
***
Continúa…
El capítulo resultó más largo de lo que esperaba.
El Mago de Oz fue publicado en 1900, algo así como 100 años después de la época de Jane Austen, así que hagámonos de la vista gorda :P
