Capítulo 6
La mañana del domingo, luego de ir a la iglesia, el Coronel Fitzwilliam fue al club para jugar cartas y pasar algún tiempo alejado de Georgiana. En verdad que su estancia en Londres no estaba resultando como lo había esperado. Él y su prima nunca habían tenido desacuerdos en el pasado. Su relación estaba llena de confianza y cariño, a tal grado que podrían considerarse hermanos, porque bien visto, Darcy fungía más como un padre. Ahora la historia era diferente. Si ella decía blanco, él opinaba negro; sus amistades les disgustaban mutuamente y la única forma de tener un desayuno tranquilo era si ninguno de los dos hablaba.
Suspiró con tristeza, recordando lo feliz que había sido cuando Darcy le confío la tarea de velar por su hermana en la capital; en las presentes circunstancias, ciertamente ella diría que hacía un pésimo trabajo.
En el club encontró al Sr. Palmer, siempre aprovechando cualquier oportunidad para escapársele a su mujer. La mayoría lo percibía como un hombre muy grosero y rudo, pero tras conocer a su esposa, el Coronel encontraba perfectamente coherente que no quisiera soportar conversaciones vanas o innecesarias.
Intentó saludar lo más discreta y rápidamente posible para no interrumpir su lectura, pero el otro se levantó con la intención de charlar, cosa inusual.
– Cnel. Fitzwilliam.
– Sr. Palmer
– Que curioso verlo por aquí este día.
– Nunca hace mal salirse un poco de la rutina.
El otro frunció el ceño ligeramente, pues era un hombre cuya vida era soportable gracias a las rutinas.
– Pensé que estaría en casa de su tía, Lady Catherine de Bourgh, que llegó ayer a Londres.
El comentario sorprendió a su interlocutor, lo que no pasó desapercibido para el Sr. Palmer, que prosiguió a explicarse.
– Charlotte me lo comentó en la mañana, pero, por la expresión suya, veo que se ha equivocado, aunque es raro que ella cometa errores en este tipo de cuestiones. En fin, dejemos eso a un lado, ¿qué le parece si jugamos una ronda? –ofreció dirigiendo su mirada a la sala de juegos.
Jugaron tres partidas, perdiendo él todas, pues apenas podían concentrase. Si su tía hubiese llegado a la una de la madrugada, lo habrían despertado a la una menos un cuarto para ir a recibirla; simplemente no era posible que no se hubiese enterado de su llegada. Al volver a casa, apresuró el paso más de lo normal para enterarse de alguna noticia al respecto.
Georgiana se encontraba tomando té con una invitada, bastante atractiva, hay que admitir, con quien no había sido presentado.
– Srta. Bertram, mi primo, el Cnel. Fitzwilliam.
Dada su prisa, no notó la brillante sonrisa que le dirigió la joven.
– Disculpen damas si no puedo quedarme a charlar. Sólo volví para saber si ha llegado alguna misiva de nuestra tía, Lady Catherine.
– De ella no, pero Anne llegó a la ciudad ayer, antes de que cayera la noche. Quise avisarte durante el desayuno pero ya habías salido. Supongo que tenías mucha prisa.
Su primo la observó con una mezcla de asombro y enfado, pero se limitó a despedirse lo mejor que pudo y abandonó el salón.
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– Tom, no hay manera de que yo haga semejante papel. Lee. No existe ser que padezca tanto de sus facultades mentales.
– Margaret –repuso su amigo, con paciencia – es la típica heroína en problemas.
– Todo lo que hace es esperar a que la rescaten. No accedí a hacer esta obra para pasarla sentada viendo cómo actúas. Ni siquiera entiendo a razón de qué la llamas heroína.
– Subestimas el papel de la princesa. Éste representa un reto para la actuación, pues sin moverse o decir mucho debe reflejar desesperación, deseo, según sea el caso. Es, en verdad, uno de los mejores papeles.
– Hazlo tú, entonces.
– No puedo interpretar a una mujer.
– ¿Por qué no? Lo hacían en el pasado. Incluso ahora, es un honor ser admitidas en el masculino mundo del teatro.
– No aprecio que te burles de mi pasatiempo favorito, especialmente cuando me estoy esforzando para que todo salga bien.
– Si tal es el caso, dame un papel que requiera un esfuerzo, algo que exija de mí más que sentarme a esperar.
– No entiendo por qué te quejas. Te ha tocado uno de los mejores papeles; tu problema es que nunca te conformas con nada.
– Más que un problema, es una virtud. Siempre busco nuevos retos.
– Una vez que se han vencido los primeros, pero si cambias de uno a otro por mero capricho, o miedo, sería lo mismo que si no hicieras nada.
– Pero hay que ser cuidadosos de no caer en el papel equivocado sólo para probar algo. Si no se está satisfecho con el rol, esto se verá reflejado en la interpretación. Siempre debe uno conjugar el placer con el deber de tal modo que el resultado sea, a falta de mejores palabras, bueno.
– ¿Quiere decir esto que no harás el papel de la princesa?
– Obviamente. Sugiero que te busques una de carne y hueso; yo preferiría ser una celestina o una bruja.
– Supongo que lo podemos arreglar –accedió su amigo.
Ya llevaban tres horas discutiendo y modificando la trama sin definirla del todo, pues Margaret destrozaba cada propuesta suya.
– Sugiero que lo dejemos por hoy –dijo ya agotado.
– Creo que es lo mejor, además, así podrás hablarme de esas reunión que tanto deseas evitar.
Tom soltó un gruñido de disgusto.
– La fiesta de Anne de Bourg, una de las mujeres más ricas y al mismo tiempo, menos deseables de Inglaterra.
– ¿Es eso posible? –preguntó su interlocutora con tono irónico.
– La primera vez que la vi me dio muy mala espina, no puedo expresarlo mejor. Su rostro estaba pálido por la enfermedad, claro, pero también había en él una cualidad anormal, casi deforme.
– Esa afirmación es demasiado contundente para que sólo te haya dado mala espina.
– ¿Cómo decirlo? Por ejemplo, todos en algún momento hemos hecho sufrir a otros en beneficio de nuestro ego, y si bien tal vez eso revele lo obscuro de nuestra naturaleza, también es algo que hemos aprendido a suprimir, que nos avergüenza. Solemos hacer bromas a expensas de otros porque sabemos que son inofensivas. En el caso de Anne de Bourg, cuando la conocí, me dio la impresión de que no encontraba censurable semejante conducta, hasta parecía enorgullecerse de ello.
– Suena irreal, como la bruja de un cuento, y no tanto una joven amargada por sus circunstancias.
Tom sonrió ante el comentario de Margaret.
– En ese tiempo era bastante joven y proclive a exagerar todo lo que me rodeara. Lo más seguro es que sea lo que piensas.
– Pues mañana iremos y lo comprobaremos. Aunque es posible que no muestre su lado desagradable. La sra. Jennings me ha dicho que está buscando marido desesperadamente, pero ¿quién que busca marido no está desesperada?
En lugar de reír, su interlocutor se quedó pensando unos segundos.
– Es extraño, cuando nos fue presentada, se nos advirtió a Edmund y a mí que ya estaba comprometida (como si se nos hubiese ocurrido cortejarla). Su madre fue muy puntual al respecto.
– Seguramente su prometido rompió el compromiso.
– O escapó de las mazmorras de Rosings Park.
Continuará…
Tal vez, supongo. Si todavía hay alguien leyendo esto.
