Capítulo 7
La fiesta de Anne de Bourgh resultó una mezcla de muchas cosas. Para los allegados a ella, encontrarla tan saludable y animada era toda una novedad.
– Te dije que tenía pacto con el diablo –le susurró Tom a su supuesta prometida, cuando apareció el tema dentro de la conversación.
Por otro lado, quienes apenas la conocían, ya que gracias a su salud no había frecuentado la sociedad de Londres, la percibían como una joven bien educada y de excelente presentación, auque no tan hermosa como su prima, Georgiana Darcy, aunque muchísimo mejor acomodada que ésta, factor clave para formar las primeras impresiones.
Sin embargo, el evento carecía de aquella cohesión necesaria a todas las reuniones sociales, aquél pacto tácito para pasarla bien: todos sonreían pero nadie se estaba divirtiendo en verdad.
Se murmuraba que era responsabilidad de los primos de la anfitriona, quienes sin ostentar el puesto, también tenían sobre sus hombros la obligación de hacer un ambiente acogedor.
– Se dice que el cnel. Fitzwilliam no aprueba las amistades de la srta. Darcy y viceversa –explicó la sra. Jennings.
– Entonces somos universalmente reprobados, ya que ninguno se volvió a comunicar con nosotros –comentó Margaret de paso.
– Le dije en el teatro que saludar de manera tan impertinente tendría sus consecuencias –le reprochó su guardiana, feliz de tener al fin una excusa legítima para reprender a la muchacha.
– No se preocupe srta. Dashwood, una razón más para irnos temprano –la consoló Tom, irritando sobremanera a la mujer mayor.
Si no fuera por su excelente posición económica, la sra. Jennings estaría en entera disposición de dejar de frecuentar a Tom Bertram. Cierto era que tenía buen humor y charla amena, pero era igualmente cínico y despreocupado, sin mucha consideración por la opinión de los demás, actitud que no beneficiaba en absoluto a su protegida, con tendencia natural por dichas inclinaciones. Sólo se confesaría a sí misma que, a raíz del suceso en el teatro, había empezado a buscar otros pretendientes; después de todo, el compromiso todavía no era oficial.
– Mientras tanto, tendremos que hacer lo posible para pasarla bien por nuestra cuenta. No es como si sus malentendidos fuesen asunto nuestro –dijo Tom, guiando a su compañera al salón de baile, al notar la reacción de la sra. Jennings.
Hubo, sin embargo, un momento en el que ambos, él, con ganas de apostar pues ya había recuperado su crédito, y ella, de descansar, acordaron separarse. Sin intenciones de escuchar las reprimendas de la sra. Jennings, Margaret se dedicó a pasear y observar el salón en soledad, ya que no conocía a nadie más.
Fue entonces, y para su sorpresa, que se aproximó el cnel. Fitzwilliam para saludarla. Sus modos eran igual de amables que cuando se conocieron en el teatro; llevaba la charla sin rasgos de afectación, además de que no se lo había topado de frente como para suponer que lo hacía por obligatoria cortesía.
– ¿Le gustaría bailar, srta. Dashwood?
– Sería un placer… pero, ¿podría pedirle que espere dos rondas? Aún no me recupero de todo lo que me ha hecho bailar el sr. Bertram.
Ante la mención del nombre de su amigo, notó que se tensaban las facciones de su interlocutor.
– Y, si puedo preguntar, ¿dónde se encuentra ahora?
– Se retiró al salón de juegos. Sí me invitó a ir –se apuró a explicar– pero no me interesan las apuestas y lo más seguro es que me aburriría.
– Un caballero no la habría dejado sola –replicó el otro secamente.
– Nuestra relación es de aquellas que permite saltarse ciertos protocolos –le respondió llanamente, debido a que percibía una clara hostilidad y no identificaba la causa.
– Srta. Dashwood, si me lo permite, hay ciertos protocolos y reglas que ninguna dama, por su propio bien, debería saltarse.
– ¿Disculpe? –aunque la verdadera pregunta era: ¿quién se cree usted, la sra. Jennings?
–Me refiero a que una señorita nunca debería dar al hombre licencia para traspasar el límite de la decencia sin importar el sentimiento que los una; y ningún caballero real lo haría, de todos modos.
En una época más moderna, la menor de las hermanas Dashwood le habría propinado tremenda bofetada, aderezada con alguna palabra altisonante, pero no es así la historia que estamos contando.
Sin poder creer lo que escuchaba, ya que hasta la fecha nadie le había hablado así, Margaret se irguió, casi como para verlo a los ojos y dijo:
– Siendo tal la situación, voy a hacer el favor a tan excelente caballero como es usted, de librarlo de mi indecente presencia y no volverlo a ofender jamás. Con permiso.
Sin dar tiempo al otro de responder (y vaya que no esperaba semejante respuesta), dio media vuelta y se perdió en el mar de gente, dejandolo con la palabra en la boca.
~0~0~0~0~0~0~0~0~0~0~0~
– ¡Qué tipo! ¿Quién se cree para decirme eso? ¿Puedes creerlo? Tienes que creerlo, no lo estoy inventando.
– Margaret...
– Y todavía se atreve a recomendarme buenas maneras. Pretender ser agradable para luego soltar todo ese veneno, he ahí sus buenas maneras. Ugh, sujeto infame.
– Margaret, no te pregunté eso.
– Deja de interrumpirme entonces.
El mayor de los Bertram calló resignado. Desde el momento en que había formulado su pregunta hasta el presente, habían pasado alrededor de cuarenta minutos, quince de narración efectiva y veinticinco de quejas contra el coronel.
– Luego que le dije lo propio, sólo quería salir de ahí, así que fui a buscarte y fue que me topé con sir Elliot, quien me pidió un baile, y le dije que sí para despejar mi mente.
– ¿Tan nublado tenías el juicio que tuviste que bailar con él toda la noche?
– ¿También vas a empezar tú?
– ¡La gente empezó a hablar!
– La gente siempre habla.
– Edmund hizo una serie de comentarios nada placenteros en la mañana.
– Pues la sra. Jennings, el eterno juez de mi conducta, no mencionó nada. Además, ¿qué importa si es una mentira?
– Tiene que ser creíble para que sea una buena mentira, ¿no es el punto, acaso, que nos libre de problemas, en lugar de ocasionarlos?
– No tienes derecho a reclamar, me abandonaste toda la noche.
Tom bajó los ojos, avergonzado.
– Por eso me disculpo. Perdí la noción del tiempo… Así que… deduzco que no querrás acompañarme al té con la srta. Darcy.
– ¿Nos invitaron? Pensé que estábamos proscritos.
– A decir verdad, sólo invitaron a los Bertram, pero tu presencia está implícita, sin tomar en cuenta que tu pequeño altercado con su primo te ganaría su simpatía.
– Que gentil, pero no deseo correr el riesgo de verlo.
– Te entiendo, pero confieso que esperaba que te tragaras tu orgullo. Fanny y Edmund tampoco pueden asistir, tienen que cumplir obligaciones parroquiales, lo que sea que signifique eso.
– ¿No tienes algún amigo que te acompañe?
– Ninguno digno de presentar en la casa Darcy.
–También podrías… declinar la invitación –le dijo en un tono de 'elemental'.
– Sólo porque tú ya te ganaste su antipatía no te da derecho de arrebatarme la oportunidad de labrar mi propia mala imagen.
Su amiga rodó los ojos. Lo bueno de Tom es que nunca perdía el sentido del humor.
Continuará…
I hope.
