Disclaimers: Kingdom Hearts y sus personajes no me pertenecen, ni tampoco gano dinero con escribiendo estas historias.

Advertencia: Lemon, crack-pairing.


- Las Definiciones del Amor -

El amor, por Roxas

Capítulo II


Sector 7, Midgar –

16 de octubre, 5:34 p.m


Era la tercera vez en una semana que iba a su casa. Normalmente, siempre llamaba primero, avisando mínimo con un día de antelación. Pero, últimamente, se limitaba a salir corriendo y llamar insistentemente a la puerta.

Por eso, cuanto volvió a escuchar esos golpes en su puerta, el rubio suspiró. Tenía suerte de que no le pillara trabajando como la última vez. A Sephiroth no le gustó nada que lo interrumpieran.

Pero, aún así, era el único amigo que tenía en la ciudad, así que, ¿cómo negarse a abrirle la puerta? No iba a ocultarlo, le tenía cierto cariño. Mucho cariño. Al fin y al cabo, era el único hombre que conocía que jamás había requerido de sus servicios. Y el primero que conoció, cuando aún estudiaba en el instituto.

Así que se dirigió hacia la puerta, sonriendo al ver a ese joven de su misma edad, algo más alto que él, escondiéndose disimuladamente tras su largo flequillo, evidentemente avergonzado por aparecer así. Sólo podía ser él. Era al único al que le permitía presentarse en su apartamento sin llamar primero.

Y tuvo que reprimir una risilla al ver su rostro tornarse de un color algo más rojizo al mirarlo de arriba abajo.

Tal vez debió ponerse la ropa antes de abrirle la puerta a su amigo. Al contrario de todo lo que pueda parecer a simple vista, Riku no era tan maduro con esos temas como parecía.

-Perdona, ¿estás…?

-Descuida, tengo la tarde libre. Acababa de salir de la ducha.

Roxas no dudó en apartarse, dejando pasar al joven, ahora cabizbajo. El rubio dejó escapar un nuevo suspiro mientras observaba cómo se deshacía de su largo abrigo azul grisáceo, colgándolo y sentándose en el sofá sin decir absolutamente nada.

Tuvieron que pasar unos largos minutos de silencio incómodo que el rubio decidió interrumpir con un suspiro.

-Sora otra vez, ¿verdad?

La única respuesta que recibió fue un asentimiento con la cabeza.

-Deberías quitártelo ya de la cabeza. Lo sabes, ¿no? –le dijo, olvidando ya cuántas veces le había repetido esas mismas palabras.

Y, aunque fuera la enésima vez que le diera ese consejo, Roxas no dudó en sentarse al lado de su amigo, apoyando una de sus manos en el hombro del joven.

-Vamos, Riku. No has venido a quedarte aquí sentado mirando la alfombra, ¿no?

En otra ocasión, con otra persona, lo siguiente que el rubio habría esperado sería que se deshicieran de su ropa, tal vez entre besos.

Pero, esta vez, se trataba del que fue su compañero de clase en su primer –y único– año de universidad. No era algo que esperaría de él

-No puedo.

-¿No puedes decírmelo?

-No puedo sacármelo de la cabeza.

-Riku, llevas así prácticamente desde que te conozco. Cuando empezaste la carrera dejasteis de veros tanto, ¿en serio no has conocido a otra persona?

-No.

-Sinceramente, creo que lo que necesitas es un buen polv…

-¡Las cosas no son tan simples, Roxas!

No era la primera vez que Riku le miraba así, con el rostro completamente enrojecido, apretando sus puños, pero sin moverse del sitio. Roxas sabía lo mucho que le incomodaban esos temas, pero no podía evitarlo. Por muy amigos que fueran, era incapaz de entender esa clase de sentimientos.

-No puedes estar así para siempre.

-Ya lo sé…

-Él tiene novia, Riku. Novia. Tal vez deberías empezar a… evitar relacionarte con él hasta que…

-Sora me necesita. –insistió, cortante. No había discusión posible en eso.

Otro suspiro. No era la primera vez que tenían esta conversación. Las mismas palabras, las mismas sugerencias y las mismas respuestas por parte de Riku.

-Riku, ¿has pensado alguna vez si lo que sientes por Sora es enfermizo?

Eso sí era nuevo en sus conversaciones. Y la mirada de Riku, con sus ojos aguamarina mirándole completamente sorprendido, lo delataba.

-No vas a poder seguir reprimiéndolo por mucho tiempo. –se explicó. –Un buen día, Riku, vas a hacerle daño.

-Jamás le haría daño a Sora.

Un suspiro más.

-Algún día, Riku, no vas a poderlo controlar.

-¡Yo no soy como tú!

Silencio.

El rubio no dijo nada, sólo frunció ligeramente el ceño y Riku supo que había cruzado la línea. Se levantó, dispuesto a irse, pero su amigo le sostuvo de la muñeca.

-Define como yo.

-Roxas, yo no…

-Vamos, dilo. No has soltado algo como eso por nada, ¿no? –insistió, obligándole a sentarse de nuevo, aún sonriendo.

-Yo no necesito… sexo… para sentirme bien como tú.

Cuando Roxas se levantó, lo que el joven de cabello largo esperó fue que lo echara de su casa. Sabía que no debía decir esas palabras, pero estaba enfadado. Enfadado y frustrado.

Lo que no esperó, fue que el promiscuo rubio se echara a reír.

-¿Cuántas veces te has encerrado en el baño pensando en él? –preguntó, una vez dejó de reír.

Y sonrió con satisfacción al ver que su amigo agachaba la cabeza, sin darle ninguna respuesta.

-No, vamos. Dilo. ¿Cuántas te has hecho pensando en él?

-¡Roxas!

-¿Cuántas, en las últimas semanas?

Silencio, de nuevo.

-Te estoy haciendo una pregunta, Riku.

-¡Sabes que odio hablar de eso!

-Pero, sin embargo, no haces más que venir a mi casa a hablarme de ello. –le recordó Roxas, cruzándose de brazos.

Y, sin embargo, su compañero peliplateado había vuelto a dirigir su mirada a la alfombra, sin decir palabra.

-¿Cuántos días no le has cogido el teléfono cuando te ha llamado? ¿Cuántas veces le has dado una mala contestación? ¿Cuántas has evitado que te hable de su novia? –insistió.

-…Muchas.

-¿Cómo de sensible decías que es Sora?

Aunque en aquella habitación volviera a reinar el silencio, la expresión del rostro de Riku hablaba por sí misma. Sus, ojos ligeramente más abiertos, y su labio inferior, atrapado entre sus dientes, hicieron ver a Roxas que, tal y como temía, su amigo desconocía las posibles consecuencias de sus actos.

-O te desquitas con alguien ya y te lo quitas de la cabeza o vas a arrepentirte toda tu vida.

-¡Estoy enamorado de él, Roxas! –bramó, levantándose del sofá, con el ceño fruncido y fulminando al rubio con la mirada.

-No estás enamorado, es una jodida obsesión. –sentenció, manteniéndose impasible ante la conducta agresiva de su amigo. –Nunca vas a estar con él. Tiene novia, Riku. Pasa página. Eres lo suficientemente atractivo como para encontrar a otro chico inocente que se abra de piernas para ti y sin tener que dejarle tu hombro para que llore.

-¿¡Qué vas a entender tú, Roxas!? ¡Nunca has querido a nadie!

Nuevamente, unos minutos de incómodo silencio invadieron la habitación. Ambos se miraron y, mientras que esos ojos de color aguamarina, apagados y cansados, observaban al rubio con un profundo arrepentimiento, nada parecía haber perturbado la indiferente mirada de aquellos profundos y misteriosos ojos azules.

-Lo siento. Lo siento de verdad. –esta vez, fue la voz de Riku la que rompió el silencio.

Lo siguiente que se escuchó después fue el portazo que dio al salir.

-De nada. –fue todo lo que salió de sus labios.

Suspiró. En el fondo, sabía que iba a acabar así. El peliplateado estaba frustrado, pero, al menos, había descargado algo de esa frustración gritándole y no con su querido Sora. Pero Roxas sabía que, tarde o temprano, pasaría.

-Definitivamente, no entiendo a las personas.

Otro suspiro.

Aunque lo supiera, apreciaba a Riku. Y no le gustaba que su amigo le gritara, ni verlo de esa manera. Se conocían desde hacía algo más de un año y, aunque no tardó demasiado en descubrir su historia con el tal Sora, nunca le había visto así. La situación estaba empeorando.

-Me gustaría saber qué ventajas tiene eso del amor.

Tras encogerse de hombros y suspirar una última vez, fue a vestirse, aunque tuvo que salir de su habitación con la ropa a medio poner al escuchar el sonido de su teléfono móvil.

Tal vez algo le había pasado Riku. O eso creía hasta que vio el número.

-Vaya… ya era hora. –murmuró, con una sonrisa, antes de responder. -¿Qué quieres, príncipe?

-"¿Tienes un hueco esta noche?"

-Aunque no lo tuviera, ya estás de camino. –no era una pregunta.

Un pitido.

No hacía falta malgastar más tiempo hablando: Sephiroth iba a presentarse. Por suerte, no había nada que preparar y el impaciente peliplateado no llegaría hasta dentro de, más o menos, una hora. Era lo que solía tardar en llegar después de llamarle para decirle que se presentaría.

-Supongo que me vendrá bien para despejarme un poco. –murmuró Roxas, dejándose caer en el sofá y encendiendo el televisor con desgana.

No iba a negarlo, las palabras de su amigo le habían afectado ligeramente, aunque no fuera la primera vez que hablaran de ello. Y Roxas podría jurar que no sería la última.

Tenían formas completamente distintas de ver la vida: cuando Riku se enteró de su trabajo y de que había dejado la carrera para dedicarse exclusivamente a ello, le reprendió como si fuera su padre. Y, por otro lado, aunque tuviera esa apariencia distante y un inconfundible éxito entre las mujeres, la concepción de Riku sobre el amor era sorprendentemente íntima, personal y exigente. El rubio no se podía creer que su ex compañero de clase fuera aún virgen.

Pero, aunque la visión del amor de Roxas era tan negativa y superficial, debía confesar que, a veces, cuando su amigo le hablaba de lo que sentía al estar con Sora, le resultaba incluso… tierno.

Pero Riku sufría por ello, y probablemente esa fuera la razón por la que el rubio había empezado a mostrarse excesivamente receloso con ese tema. Por eso buscaba por todos los medios que se olvidara de su amigo de infancia, por eso le costaba tanto entender que, después de –según le había confesado el peliplateado– casi ocho años, haya sido incapaz de pasar página: Riku es un joven muy inteligente, maduro y extremadamente atractivo. Pierde el tiempo fijándose en un crío que, además, es completamente heterosexual, y al cuál no piensa confesarle nada jamás.

¿Entendería él alguna vez esa clase de sentimientos? Roxas podía jurar que jamás había sentido amor por nadie. Ese sentimiento obsesivo y enfermizo hacia una persona, hasta el extremo de querer poseerla a cualquier precio o reprimir sus propios sentimientos para no perderla, para no dañarla…

No. Roxas jamás había experimentado algo así. Obviamente, se había sentido atraído por otras personas a lo largo de su vida, pero jamás había sentido la imperiosa necesidad de tener a alguien a su lado. Podía aladear que jamás nadie le había rechazado, pues la genética no había sido precisamente injusta con él; una piel delicada, suave y sin imperfecciones, unos grandes y profundos ojos azules de grandes pestañas, un cabello dorado que jamás pasaba desapercibido y un cuerpo delicado y atractivo que, sin llegar a ser demasiado femenino, llamaba la atención de cualquier hombre o mujer. Su apariencia casi andrógina le había permitido estar como estaba ahora, y le había conseguido varios pretendientes –e incluso, acosadores– desde su preadolescencia.

¿Merecía la pena sentir tanto dolor para conocer el significado del amor? ¿Merecía la pena entregarse en cuerpo y alma a una única persona que, tal vez, no correspondiera sus sentimientos?

-No. –se respondió a sí mismo, cerrando los ojos.

Lo más parecido que había tenido a una relación estaba a punto de presentarse en su casa y, desde luego, no era una historia de amor como las que podía encontrarse uno un domingo por la tarde al encender la televisión.

Nunca le había importado ser así. Roxas estaba orgulloso de ser como era. Pero era incapaz de negar que, desde que había conocido a su romántico amigo, comenzaba a preguntarse si, realmente, se sentía bien con su peculiar forma de vida.

Para su sorpresa –y alivio– escuchó esos golpes en la puerta tan insistentes y violentos. Sonrió.

-Justo a tiempo, mi príncipe azul. –murmuró para sí, antes de levantarse.

Al abrir la puerta, se encontró con un impaciente Sephiroth que no parecía especialmente contento. Aún así, los labios del menor le dedicaron una coqueta sonrisa antes de dejarlo pasar, examinando a su cliente sin perder detalle.

El incómodo traje de su trabajo, el ceño fruncido y esos afilados ojos verdes que podrían asesinarle sólo mirándole antes de que pudiera empezar a suplicar. Por no hablar de la forma en que caminó hacia su habitación, deshaciéndose de su ropa y tirándola de mala manera por el camino.

Parece que Riku no iba a ser el único hombre enrabietado que iba a irrumpir en su casa.

-Creí que tardarías más en venir. –comentó el rubio. Hacía meses que la imponente presencia del adulto había dejado de intimidarle. –No deberías conducir tan rápido cuando estás de mal humor, algún día tendrás un accidente.

En realidad, Roxas ya sabía que decirle a Sephiroth lo que debería o no debería hacer era un tremendo error. Pero era lo que buscaba. Le divertía enfadar a Sephiroth, pues sabía que el peliplateado no iba a matarlo y que las consecuencias serían más que interesantes.

Lo siguió hasta la habitación, desabrochando su pantalón y, al contrario que su ansioso amante, con tranquilidad y sin ninguna prisa.

-¿No vas a llevarme a un hotel esta vez? No solemos hacerlo en mi casa. –observó, una vez se deshizo de sus pantalones.

-No acordamos que no pudiera hacerlo. –fue la cortante respuesta del mayor.

-Sabes que prefiero la intimidad… y mis vecinos son especialmente entrometidos. –protestó de nuevo el temerario rubio, apoyándose en el marco de la puerta. –Además, los desayunos del servicio de habitaciones suelen ser tan generosos…

Cuando escuchó el golpe en la pared, tan cerca de su cabeza, supo que había conseguido lo que buscaba. Y cerró los ojos al sentir los labios de su malhumorado príncipe sobre los suyos, en un beso violento y poco considerado.

Alzó sus brazos, colgándose del cuello de su amante mientras éste, sin separarse de sus labios, lo llevaba hasta la cama.

Ambos se deshicieron de las prendas que quedaban, entre besos, jadeos y algún mordisco. Sephiroth no era especialmente considerado cuando estaba irritado, y eso era algo que el lujurioso joven sabía muy bien.

Aunque eso no evitó que un grito desgarrador escapara de sus labios al sentir la primera estocada, tan fuerte como dolorosa. Por muy acostumbrado que estuviera al cuerpo del mayor, no dejaba de resultarle dolorosa la invasión, especialmente cuando tenía que recibir a su amante tan cabreado y excitado.

Iba a ser incómodo a la par que interesante encontrarse con sus vecinos en las escaleras a partir de ahora.

Fue sólo cuestión de minutos que la habitación se llenara de gritos y gemidos, todos ellos provenientes de los labios del menor, que se aferraba con fuerza al cuerpo del peliplateado, llegando a clavarle las uñas en la espalda cuando le gustaba demasiado.

No se disculpó. Sephiroth tampoco se inmutó.

-Grita. –exigió la ronca voz del mayor. –Grita más.

No fue necesario que Roxas respondiera y, aunque pudiera haber sido capaz de negarse, no lo habría conseguido. Tuvo que aferrarse con más fuerza a su amante, gritando más de placer que de dolor, cuando sintió aquellas embestidas más profundas, más rápidas.

Aunque ambos sabían que su relación distaba mucho de un dulce y prohibido romance, en incontables ocasiones actuaban como así lo fuera. Roxas, en particular, con más insistencia. Ambos eran conscientes de que era falso, pero aún así se besaban con la misma pasión que dos enamorados que llevaran semanas sin verse, se asignaban apodos cariñosos como la más empalagosa de las parejas o se tomaban la paciencia de una primera vez en sus encuentros sexuales.

Salvo cuando Sephiroth estaba enfadado.

El rubio no se engañaba: su atractivo cliente siempre era rudo en la cama. No le disgustaba. En absoluto. Disfrutaba con cada mordisco, con cada arañazo, con cada embestida e incluso con cada palabra subida de tono que le susurrara al oído. Pero cuando Sephiroth estaba especialmente de mal humor, sólo quería escucharle gritar, gemir y suplicar.

Nada de preliminares, nada de caricias o besos, miradas lascivas o palabras obscenas. El peliplateado buscaba sus gritos, buscaba que se aferrara a él y parecía desesperado por liberarse.

A Roxas eso no le importaba. No era un sexo agradable; era violento, frío e interesado. Como Sephiroth. Como él. Como ambos. Era la mejor representación posible de su singular relación.

Sus gritos y gemidos, el molesto ruido de los muelles, los gruñidos y jadeos del mayor, el cuerpo del joven aferrándose a su adulto amante, el frenético vaivén marcado por el cuerpo de Sephiroth…

Ira, frustración, desprecio, amargura, desesperación… Al joven rubio siempre le resultó irónico que ese acto tan excéntrico y demente le resultara tan placentero.

-Sephiroth… –lo llamó, con un débil susurro en su oído.

El mayor ya sabía lo que significaba ese gesto, y se molestó en frenar ligeramente el movimiento de sus caderas, para acercarse a los labios de su ya agotado amante y ofrecerles un fugaz beso.

-Un poco más. –no era una petición.

Los obscenos gemidos de Roxas volvieron a invadir la habitación, esta vez acompañados de los sonoros jadeos del peliplateado. No tardaron en retomar ese ritmo frenético y desesperado, mientras el delicado cuerpo del menor se sacudía y estremecía, cerca del clímax.

Un grito ahogado, seguido de un reprimido rugido fue lo último que escapó de ambos amantes antes de la calma.

El silencio de aquella habitación sólo era interrumpido por las respiraciones agitadas de ambos, aún unidos, y con sus pieles impregnadas de sudor.

Al rubio le llevó unos minutos darse cuenta de su pequeño despiste.

-¡Joder!

-Los chicos buenos no tienen esa mala lengua, pequeño.

Roxas frunció el ceño, reprimiendo un quejido cuando el mayor se apartó para sentarse en la cama.

Parece que, por fin, su malhumorado cliente está contento.

-No te lo has puesto, ¿verdad? –suspiró, cerrando los ojos.

No pudo ver su expresión, pero ese silencio incómodo hablaba por sí solo.

Roxas volvió a suspirar.

-Está bien. No creo que sea un problema, siempre uso protección co–

Los labios de Sephiroth no permitieron que terminara de hablar. Y Roxas supo, con ese beso tan demandante y posesivo, que su caprichoso cliente no quería saber nada acerca de sus otros amantes.

-Póntelo… la próxima vez. –le recordó, cuando pudo recuperar el aliento.

-¿Ahora?

Esa sonrisa lasciva, por fin. El coqueto adolescente no podía negar que la echara de menos.

-¿Ya? No me has dado tiempo a respirar. –respondió, dejando escapar una risilla.

No era un no.

-Tengo toda la noche. –comentó el ojiverde, sin apartar la mirada del cuerpo de su joven amante.

Y eso, era una indirecta.

-Eso nos da muchas posibilidades –continuó el menor, gateando, aún cansando, hasta el borde de la cama. –Aunque echo de menos el jacuzzi

-Te llevaré a un hotel la próxima vez.

-¿Podré pedir el desayuno? –preguntó, con un tono de voz más infantil, sonriendo al ver que el adulto asentía con desgana. -¿Y vendrás con un regalo? ¿Y bombones?

-Todo lo que quieras.

-Qué novio más atento tengo. –comentó, con un fingido suspiro e imitando el tono femenino.

-Si sigues así, no te voy a dejar respirar sólo para que te calles.

-Me pregunto qué métodos podrías usar para callarme

Sus frentes chocaron en el mismo momento en el que Roxas dijo aquella última palabra. Sus miradas se cruzaron, lujuriosas, diciendo más que sus labios. Esta vez, fue el menor quién se adelantó, besando aquellos labios con fingida timidez.

La respuesta de Sephiroth no se hizo esperar y, una vez más, se aseguró de tener ese cuerpo pequeño y delicado bajo el suyo antes de dirigirse a su cuello y atraparlo entre sus labios, mordiéndolo y succionándolo.

-Se... Sephy. –lo llamó el menor, buscando reprenderlo. –Tengo hambre, ¿no puede esperar?

-Puede esperar.

Y, aunque Roxas estaba dispuesto a negarse, sólo para fastidiarle, fue incapaz de hacerlo cuando sintió esos labios calientes y hambrientos bajar por su cuerpo.

-Tú ganas. –cedió, aunque el gemido que se había escapado de sus labios un instante después ya había respondido por él.

-Ve a por ellos.

-¿Mhm?

-¿No decías que no querías hacerlo sin protección?

Aunque preguntara aquello, sus labios no dejaron ir al cuerpo del menor, dedicándole caricias, besos y alguna que otra mordida.

-No me apetece. –protestó, esta vez de un modo infantil para nada fingido. –Por una noche no pasará nada…

Esa sonrisa lujuriosa y satisfecha volvió a aparecer en los labios del peliplateado, que siguió con su tarea de volver loco a su pequeña y hermosa posesión.

Lo que más le gustaba a Roxas de enfadar a Sephiroth era que, después de ese arrebato de ira y sexo violento, le esperaba uno mucho más fogoso y lento, aunque igual de indecente y prohibido.

Ellos eran así. Esa era su forma de expresarse, su desahogo. Dementes, violentos, insensibles y depravados.

No era amor, pero… ¿y lo divertido y placentero que resultaba para ambos?