Disclaimers: Kingdom Hearts y sus personajes no me pertenecen, así como tampoco me lucro escribiendo este Fan Fic.


- Las Definiciones del Amor -

El amor, por Roxas

Capítulo III


- Sector 7, Midgar –

17 de octubre, 10:51 a.m


El apurado adulto estaba terminando de vestirse. Su largo cabello plateado, aún mojado, delataba que acababa de salir de la ducha. Terminó de abotonarse su camisa, mirando a Roxas durante un instante, quién lo observaba desde la cama con una sonrisa divertida.

-Me habría gustado tanto ducharme contigo, Sephy… –confesó el menor, con un exagerado suspiro y dejando escapar una risilla coqueta después.

No se había movido de la cama. Sephiroth, tal y como le había recordado, fue especialmente rudo anoche, y no podía negar que se sintiera agotado y algo dolorido ahí atrás.

Pero nada de eso evito que observara a su querido cliente mientras terminaba de vestirse, tumbado bocabajo, apoyando con codos en el colchón y la barbilla en sus manos, moviendo juguetonamente sus piernas y con una sonrisa traviesa que no parecía dispuesta a desaparecer de su rostro.

-Tengo prisa. –fue la única explicación que dio el peliplateado.

Roxas sabía, viendo esa expresión aparentemente impertérrita, que lo último que quería ese hombre era marcharse de su casa. Sus ojos le delataban. Después de tanto tiempo, el rubio sabía reconocer esa mirada de deseo.

Sephiroth no le preguntó por qué aún no estaba vestido. No necesitaba hacerlo; sabía en el estado que solía quedar su amante después de sus noches de pasión, especialmente cuando llegaba enfadado. Como tampoco necesitaba escuchar sus provocativas respuestas. No cuando estaba especialmente apurado.

Y el joven rubio tampoco preguntó a dónde tenía que ir con tanta prisa, siendo domingo. Porque era capaz de intuirlo. Después de todo, Sephiroth estaba casado. No sabía nada de su mujer, así como tampoco de su trabajo. No era algo que le importara, y era un tema que el mayor evitaba.

No se trataba de culpabilidad; simplemente, iba a visitar a Roxas para divertirse, no para pensar en sus tediosas obligaciones.

-Date prisa, o tu mujer se enfadará. –le advirtió, sin abandonar ese tono travieso. –No me gustaría que volvieras a llegar malhumorado por una discusión.

Un gruñido fue la única respuesta que recibió.

-Hasta pronto, mi príncipe. –se despidió de forma coqueta.

No fue una sorpresa para Roxas que el mayor cambiara de idea y se acercara, ofreciéndole un fugaz beso en los labios, uno que el descarado rubio no permitió que terminara tan pronto como Sephiroth habría querido. Mordió su labio, fingiendo una especie de sollozo, al igual que su expresión suplicante e inocente.

-Te voy a echar de menos. –susurró, de nuevo, tentando al peliplateado.

Una vez más, no había una sola intención romántica en aquellas palabras. Ni dulzura, ni inocencia. Todo fingido. Un juego. El juego favorito de Roxas.

-Roxas…

La advertencia había quedado clara. El ojiazul decidió quedarse en la cama y conformarse con la visión de la espalda –y, para qué negarlo, el estupendo trasero– de su compañero de juegos favorito, antes de escuchar la puerta cerrarse.


- Sector 7, Midgar –

30 de octubre, 6:42 p.m


Habían pasado casi dos aburridas semanas. Sephiroth no había vuelto a llamar y Riku parecía haber desaparecido de la faz de la tierra, tener el mayor enojo en meses o, más bien, sentirse demasiado culpable como para presentarse en su casa otra vez o llamar por teléfono.

El rubio suspiró. Esos dos hombres de pelo plateado le volverían loco algún día. Rió al pensarlo.

Estaba esperando en la parada del autobús. Uno de sus clientes le había citado en el sector 5 dentro de un par de horas, pero prefería ir con tiempo. Ya sabía lo que pasaba cuando el dichoso transporte público decidía retrasarse. Además, podría pararse a tomar algo antes de ir; había una tienda en esa zona de la ciudad que vendía su sabor favorito.

Sí, helados casi en el mes de noviembre. Si había algo que de verdad apasionara a Roxas, eran los helados, sin importar la época del año o las veces que su amigo Riku pudiera reprenderle.

Suspiró de nuevo al recordar que llevaba días sin saber nada de él.

-¿Cuánto tiempo más va a retrasarse el maldito autobús? –bufó, revisando la hora en su teléfono móvil. –Menos mal que decidí salir con tiempo…

Dio un pequeño bote al escuchar la melodía de su teléfono.

¿Riku? Tal vez, por fin, iba a dignarse a llamar y, ¿quién sabe? Disculparse.

¿Sephiroth? No podía cancelar la cita de hoy; su cliente había llamado con días de antelación. Y no se sentía con ganas de aguantar a su caprichoso príncipe enfadado.

Pero no era ninguno de los dos. Era mucho peor.

Su madre.

Llevaba prácticamente un mes sin llamarla, era de esperar que terminaría haciéndolo ella. Si no descolgaba, se preocuparía, así que no tenía más remedio. Tomó aire antes de contestar.

-¿Sí?

-"¡Roxas, hijo! ¿Cuántas veces te tengo que decir que te acuerdes de llamar?" –lo reprendía la mujer al otro lado de la línea. –"Ya sé que tienes mucho trabajo con la universidad y la tienda, ¡pero al menos podrías tener unos minutos para hablar con tu madre!"

-Mamá, si no te he llamado es porque todo va bien. Te preocupas demasiado.

Suspiró. Su madre siempre tan sobreprotectora. Entendía que lo hiciera con su atolondrado hermano, pero con él, cuando ya llevaba tanto tiempo fuera de Villa Crepúsculo…

-"¡Pero eso no quiere decir que no quiera saber cómo te va!"

-Todo va bien, mamá. –insistió, aunque no pudo reprimir una sonrisa.

No iba a negar que echaba de menos que su madre lo reprendiera. Como también echaba de menos su comida, el olor del detergente que utilizaba para la ropa, cuando se quejaba de lo desordenada que tenía su habitación, de lo poco que comía, de la cantidad de helados que comía…

Sí. Extrañaba a su madre.

-"¿La universidad bien? Me alegro de que te hayan concedido la beca, ¡estoy muy orgullosa de ti, cariño!"

La sonrisa del ojiazul se volvió algo más amarga.

-"Seguro que sigues sacando unas notas excelentes, ¿verdad?" –su madre seguía hablando. –"Ojalá Ven siguiera tu ejemplo, ¡sigue sin querer ir a estudiar fuera! No se quiere separar de su novio, ¿te lo puedes creer?"

Esta vez, Roxas rió.

-¿Otro novio? ¿Ya?

El hermano de Roxas, Ventus, tenía su misma edad. Eran idénticos, pero sólo físicamente. Ven era un joven alegre, sociable, despistado y, sobre todo, muy enamoradizo: desde su primer novio, Roxas había podido contar entre cinco o seis más. Cualquier otra persona juzgaría a su hermano, pero él sabía que, realmente, era una persona que se enamoraba con facilidad.

Con demasiada facilidad.

Era peligrosamente enamoradizo.

Roxas aún recordaba la primera ruptura de su hermano; todas las noches que durmió con él, o todas las veces que tuvo que consolarlo cuando se echaba a llorar.

Él, sin embargo, jamás tuvo pareja. Pero, irónicamente, ya había superado a su gemelo en lo que a acompañantes masculinos se refería. No quería imaginar la cara del romántico Ven si le contara el tipo de relaciones que había tenido en los últimos meses.

-" Pero creo que es un buen chico." –continuó relatando su madre. –"Estuvo en casa el otro día. Es un poco más mayor que Ven, pero es muy educado y le cuida mucho. Le ha dicho a tu hermano que se dedique de nuevo a la pintura. Ojalá le haga caso…"

-Sí. ¿Cuánto lleva sin hacerlo? ¿Tres años? ¿Cuatro? –recordó el rubio. –Es realmente bueno. No debería haberlo dejado.

-"Pero, ¿qué hay de ti, cariño? ¡Dime que contigo sí seré abuela!"

Volvió a reír. Siempre le sorprenderá lo bien que se tomó su madre la sexualidad de su hermano.

Sin embargo, no podía decir lo mismo de su padre…

-No estoy saliendo con nadie, mamá. –repitió Roxas, como siempre decía cuando le hacía esa pregunta.

-"Con lo guapo que eres… ¡De verdad, hijo, no lo entiendo!"

Iba a reír, pero se sintió incapaz de hacerlo. Si su madre supiera la de hombres que le habían recordado lo atractivo que era… Estaba convencido de que no le parecería tan bien que fuera tan guapo si supiera que ahora se ganaba la vida aprovechándose de eso. Y que le encantaba.

-No estoy interesado en esas cosas, mamá. Ya lo sabes. –respondió, despreocupado. –Descuida, Ven se encargará de compensar mi historial de ex parejas.

Sonrió al escuchar a su madre reír.

-"¡Que tu hermano no te oiga, o se enfadará!"

-Por cierto, ¿está en casa? Me gustaría hablar con él.

-"Qué va. Tenía una cita con su novio. Ya sabes cómo es… ¡se echa novio, y se olvida de que tiene una familia!"

-No sé por qué no estoy sorprendido. –confesó Roxas, aunque no estaba molesto en absoluto. Más bien, le divertía. –Dile que le echo de menos, y que tiene que presentarme a su novio.

-"¿Por qué no vienes algún fin de semana? Sé que estarás muy ocupado, pero… tal vez podamos ir nosotros a visitarte."

-No, no. No es necesario, mamá. Ya sabes que mis compañeros de piso son insoportables. –se excusó, agradeciendo aparentar tanta tranquilidad. –Iré estas Navidades sin falta. No quiero que gastéis dinero innecesariamente.

-"No gastamos nada en tu universidad; tú lo pagas todo trabajando y gracias a las becas. Es lo mínimo que…"

-Prefiero ir yo. –insistió. –Mamá, tengo que colgar, debo ir a casa de un amigo a terminar un trabajo.

Pudo despedirse de su madre y vio el autobús llegar, al fin. Subió y, cuando pudo sentarse, suspiró. Ahora, se sentía terriblemente agotado… y fue consciente de que sus piernas habían estado temblando durante toda la conversación telefónica.

Nunca ha sentido que lo que hacía estuviera mal; le gustaba su trabajo. No se arrepentía de las cosas que hacía con sus clientes, como tampoco se arrepentía de haber abandonado la carrera.

Lo que no le gustaba, era mentir a su familia. Pero, ¿acaso iban a entenderlo?

-Por eso nunca llamo, mamá… –murmuró para sí, con un suspiro.


- Sector 5, Midgar –

30 de octubre, 7:58 p.m


Por fin, había llegado al sector 5. El transporte público de la ciudad, a veces, era irritantemente lento, pero había podido entretenerse mirando por la ventana. Ya casi habían llegado a la parada, y hasta las nueve no tendría que ir al hotel en el que había sido citado. Tenía tiempo.

Apartó la mirada de la ventana al ver a un joven castaño sentarse delante de él. Sonrió. Olía, literalmente, a fresas con un ligero aroma de vainilla. Y le resultó muy divertido que un chico tuviera ese tipo de olor. Pero algo más llamó su atención, y fue ese peinado tan extraño y desordenado. Lo que pensó el rubio, fue que ese chico se había peleado con el peine antes de salir de casa.

-Entonces… ¿no vendrás? –al parecer, estaba hablando por teléfono. Su voz era dulce, aún parecía la de un niño. –Kairi tiene ganas de verte. Estuviste raro el otro día…

¿Kairi? Roxas no solía escuchar conversaciones ajenas, pero eso había despertado su interés. Estaba seguro de haber escuchado ese nombre antes; era el nombre de la novia de ese chico que tan loco tenía a su amigo.

-Ya, lo sé, Riku. Sé que estás muy ocupado, pero… nos tienes preocupados. ¿De verdad no tienes un hueco? –una pausa. –¿Estás bien? Te noto muy extraño últimamente…

El rubio no se podía creer que ese encantador adolescente que estaba sentado delante de él fuera el famoso Sora del que tanto le había hablando su ex compañero de clase.

-¿Quieres que vaya a tu casa? Puedo quedarme a dormir y… –una nueva pausa. –Oh… claro. No, no. Lo entiendo. Está bien. Ya… ¡ya nos veremos entonces!

Roxas tuvo que reprimir una risilla al escuchar el bufido del castaño al colgar.

-Idiota… ¿Se puede saber qué le he hecho? Lleva días evitándome…

Tal y como le había advertido al peliplateado, estaba estropeándolo todo con su mejor amigo. Pero no dijo nada. No conocía a Sora personalmente, después de todo. Y al chico no le haría ninguna gracia saber que habían estado escuchando su conversación. Y a Riku le gustaría aún menos enterarse de que había hablado con Sora, menos aún después de la discusión del otro día.

Pero sí reparó en algo, fue la parada en la que bajó, antes que él. Juraría que el peliplateado trabajaba por aquí, en esa cafetería a la que había ido a desayunar un par de veces. Se preguntó si el tal Sora iba a ir a visitarlo.

Sonrió.

-Sábado por la tarde y en vez de irse con su novia, va a buscar a su amigo al trabajo. Qué chico tan curioso…

Y no iba a negarlo, ahora entendía por qué a su amigo le gustaba tanto. Aunque aún pareciera un niño en algunos aspectos, como esa ropa colorida tan infantil o su forma de hablar, era realmente atractivo. Había podido ver su rostro cuando salió del autobús. Tenía unas facciones muy delicadas y, aunque sólo le había escuchado hablar por teléfono unos minutos, parecía casi tan dulce e inocente como Riku le había descrito.

También se dio cuenta de que, como alguna vez había observado el mayor, tenían los mismos ojos: azules como el cielo, grandes y brillantes. Puros.

Dejó escapar otro suspiro cuando, al fin, el vehículo se detuvo en su parada. Se levantó y bajó, sin dejar de mirar el móvil y la hora. No quería retrasarse, pero realmente le apetecía mucho ese helado.

Ya hablaría con Riku mañana.

No tardó en encontrar la famosa tienda y entró, buscando por los pasillos ese pequeño frigorífico en el que guardaban los helados. Sonrió al encontrarlo y buscó sus preciados helados con la mirada. No tardó demasiado en encontrarlos; siempre había muchos, porque nadie los compraba. Aún recordaba la mueca del rostro de Riku cuando le dejó probar uno, y cómo le decía una y otra vez que no entendía por qué le gustaba ese sabor.

-Disculpa. –dijo una voz detrás de él.

Roxas volteó, observando con atención al joven que se encontraba detrás de él. Alto y con una delgada figura que remarcaba con esa ropa tan ajustada, de colores rojizos y negros. Pero no sólo llamaba la atención por su extravagante vestuario, sino también por su peinado. Roxas se preguntó como ese hombre pelirrojo peinaba su cabello todas las mañanas, y estuvo a punto de cuestionarle si se encargaba de meter los dedos en el enchufe después de levantarse para tenerlo como un puercoespín.

¿Y qué hay de esos pequeños triángulos negros bajo sus afilados ojos verdes? ¿Eran tatuajes? Jamás había visto a nadie con la cara tatuada.

-¿Puedes coger otro para mí? –preguntó, dedicándole una encantadora sonrisa.

Lo primero que pensó Roxas, era que tenía una voz carismática. No era dulce, no era especialmente varonil, así que no sabía cómo describirla. Era la voz que tendría el cantante de un grupo de música alternativo. Y realmente parecía el cantante de algún grupo de música alternativo.

Lo segundo, era que había encontrado a la primera persona de todo Midgar, aparte de él mismo, a la que le gustaban los helados de sal marina.

De modo que asintió, entre risas, antes de coger otro de esos helados y ofrecérselo.

-Creía que era el único que los compraba. –admitió, sorprendiéndose a sí mismo de estar hablando con un completo desconocido.

-Puedo decir lo mismo. –admitió el pintoresco pelirrojo. –Se ve que tengo competencia.

Ambos fueron a pagar sus helados y, al salir, casi lo abrieron y se lo llevaron a la boca como si estuvieran sincronizados. El pelirrojo rió al fijarse en ese detalle.

-También creía que era el único que compraba helados en otoño y por la noche. –admitió, rompiendo un silencio que, sin embargo, no estaba siendo incómodo. –No eres de la zona, ¿verdad?

-Soy del sector 7. –respondió. –He venido a encontrarme con… alguien.

-¿Conmigo? Suena como cosa del destino. –bromeó el desconocido, riendo al ver al rubio fruncir el ceño. –¿Conoces el lugar?

-Más o menos. Un amigo trabaja por aquí. ¿Conoces el hotel Shinra?

Aunque había ido a ver a Riku al salir del trabajo alguna vez y Sephiroth lo hubiera llevado a ese hotel en alguna ocasión, no recordaba bien el camino. Y, cuando miró el móvil, se dio cuenta de que iba algo apurado de tiempo.

-No está muy lejos de aquí. –respondió el pelirrojo. –Puedo acompañarte, dar indicaciones no es mi fuerte. –añadió, rascándose la cabeza.

Roxas accedió, terminándose su helado y siguiéndole hasta un par de manzanas más abajo. No tardaron demasiado y se detuvieron en la puerta del hotel, cuando el muchacho de ojos verdes le tendió la mano.

-Axel. –dijo sin más, sonriendo al ver el rostro de confusión del menor. –Mi nombre, ¿lo captas?

-Roxas. –respondió, entre risas. –Muchas gracias.

Caminó hasta el hotel, pero se detuvo al escuchar las palabras de ese tal Axel.

-Nadie te obliga a hacer esto, ¿verdad?

Volteó para mirarle. Ahora no llevaba esa sonrisa socarrona ni mantenía esa expresión despreocupada y confiada. Estaba completamente serio, y Roxas sintió un escalofrío.

Lo sabía. Ese puercoespín pelirrojo lo sabía.

-No. –respondió cortante.

Esperó que lo reprendiera, que incluso lo cogiera del brazo y se lo llevara lejos de aquel hotel. También esperó esa mirada de sorpresa y desaprobación. La misma reacción que tuvo su amigo Riku cuando descubrió a qué se dedicaba el promiscuo joven.

Lo que no había planeado, era esa expresión relajada, como tampoco que volviera sobre sus pasos y se despidiera de él levantando la mano como si nada.

-Bien. Hasta la próxima, Roxy.

Volvió a fruncir el ceño. ¿Roxy? ¿Qué clase de apodo era ese?

-Hasta la próxima, Axel. –murmuró cuando el pelirrojo ya no podía escucharle.

Peinado de color pintoresco, un vestuario que no pasaba desapercibido, tatuajes fuera de lo común y unos intensos ojos verdes. Perspicaz y poco impresionable. No se había escandalizado al descubrir a qué se dedicaba… y le gustaban los helados de sal marina.

Por un momento, el rubio pensó que era una auténtica lástima que no volvieran a verse.


Después de publicar estos 3 primeros capítulos, las actualizaciones serán cada domingo. ¡Espero que os haya gustado y nos vemos la semana que viene!