Esa inconstancia en mis hábitos. Si no gobierno el mundo, es porque me quedé viendo televisión. En fin.

Intentemos escribir.

Capítulo 9

Una fría mañana, ya casi a fines de diciembre, Margaret recibió una curiosa invitación de parte de Anne de Bourgh. Le resultó extraño pues en la fiesta de presentación no habían intercambiado más que algunas palabras de cortesía. Sin saber bien qué hacer al respecto, consultó con Agatha, la doncella a su servicio que tenía toda clase de conexiones en la ciudad, sobre la heredera de Rosings Park. La información que obtuvo fue escasa, mas Agatha, que sabía de qué pie cojeaba la Srta. Dashwood, mencionó que su llegada a Londres tenía cierto tinte de sospecha, pues era bien sabido que nunca se había separado de su madre ni salido fuera de su condado. Su repentina presencia en la capital, mínimamente, invitaba a pensar mal. Estos datos, sumandos a lo que había oído de Tom, fue suficiente para que ella aceptara la invitación.

Era un aspecto tan terrible de su persona: el gusto por el cotilleo. Claro, leía, escribía, cosía, todo eso que se supone que debía de hacer, pero vivía para un buen chisme. Pensó en lo decepcionada que estaría Elinor, y Edward, e incluso la Sra. Jennings. Por ello, decidió que lo mejor sería ir sola. Escribió la respuesta y la llevó ella misma al correo, así los sirvientes no sabrían qué se traía entre manos.

Envió dos cartas, una para la Srta. De Bourgh y otra para Tom, donde le pedía que se viesen al día siguiente para hablar. Hizo algunas compras triviales, pero relevantes para la ocasión, como un par de guantes y un abanico nuevos. Debería conseguirse alguna amiga, pensó. Envidiaba a esos grupos de tres o cuatro jovencitas que cuchicheaban y se daban consejos. Sus compañeras de compras eran la Sra. Jennings y sus hermanas, y tenían gustos demasiado conservadores; y la Sra. Palmer era el vivo espíritu de lo estridente. Sin embargo, las chicas de su edad la desesperaban, siempre hablando de futuros novios o esposos, si eran solteras; si ya estaban casadas, hablaban de hijos.

La depresión no era lo suyo, por lo que fue a comprar libros y listones solamente para levantarse el ánimo. Camino a la librería, vio a Georgiana Darcy salir. Ella era alguien que pudo ser su amiga. ¿Qué habría pasado? Se encontraba pensando en esto, en si debería acercarse e iniciar una conversación, cuando la otra joven giró en su dirección. Levantó la mano para saludar, mas la otra le dirigió una gélida mirada que la descolocó por un segundo. Lo común sería replegarse, entender la indirecta, pero la discreción no se llevaba con su carácter. Se irguió de la misma manera con que había confrontado a su primo, y la miró con arrogancia. Treinta mil libras o no, Margaret Dashwood no se intimidaba ante una puritana con complejo de superioridad. Sostuvo la mirada, retándola a romper el contacto visual primero. Funcionó. Georgiana no estaba acostumbrada a este tipo de cuestiones. En general, bastaba con un gesto de desaprobación para que la gente entendiera sus intenciones. Enfadada consigo misma, se contentó con tildar a la otra de impertinente y se alejó.

Margaret corrió a casa de la Sra. Jennings a interrogar a Agatha sobre noticias recientes respecto a la Srta. Darcy. No sabía que había hecho –con exactitud– para provocar esa reacción, pero le bastaba con saber de manera oficial que era una persona non grata para ella; se ahorraría muchas molestias. Lo que sí la intrigaba era la invitación de Anne de Bourgh. Estuvo meditando hasta la tarde, debatiéndose entre si asistir al té o no. Al final, pudo más su curiosidad y, armada con un peinado algo alto y extravagante, porque así eran, son y serán los códigos femeninos, se presentó puntual a la cita.

Anne de Bourgh, en ese instante, personificaba el ideal de señorita de sociedad. Un buen porte, ropa a la moda, excelentes modales y buena disposición para la conversación. Acaso le faltaba un poco de carisma y espontaneidad. Tan pronto se anunció su presencia, la Srta. De Bourgh la instó a sentarse junto a ella y estuvo toda la tarde a su lado.

Margaret no sabía qué concluir del asunto. La Srta. De Bourgh apenas mencionó a su familia, pues estaba más interesada en los asuntos cotidianos de Londres. Quería saber quién era quién en la escena social.

–Debido a que desde joven padecí una enfermedad que mantenía mi condición delicada, no fui presentada en sociedad a tiempo, y mi madre no mantuvo contacto con sus relaciones aquí en la capital. El día del baile, me interesé mucho en conocerla, mas mis obligaciones como anfitriona eran tantas que me temo la habré ignorado. Si está bien con usted, me gustaría ser su amiga.

–Es usted muy amable, aunque me sorprende lo que dice. No sé qué habré hecho para que tenga tal concepto de mí.

Margaret no se iba a andar con rodeos, no estaba en su carácter, y acaso la curiosidad la hacía ser más impertinente de lo acostumbrado.

–Si me permite ser franca, tengo entendido que usted posee un amplio círculo de amistades; pienso que me convendría asociarme con gente extrovertida. Quiero gozar de las delicias de Londres, recuperar el tiempo perdido, ¿me explico?

La respuesta, falta de tacto, pero honesta, impresionó a Margaret.

–Claro, y como alguien que vive en el campo, la comprendo bien. Sin embargo, no acabo de entender por qué no acudió a sus primos, la Srta. Darcy y el Cnel. Fitzwilliam.

–¡Oh! Supongo que ellos no están conformes con mi estadía aquí, después de todo...

La menor de las hermanas Dashwood la miró, incitándola a continuar.

–¿Puede guardar un secreto, Srta. Dashwood?

–Le doy mi palabra –se apresuró prometer irreflexivamente; la devoraba la curiosidad.

–A raíz de mi condición, mi madre decidió llevarme a Bath, a las aguas termales. Al mes de estar ahí, ella cayó enferma...

–Siento oír eso –la otra hizo un signo de que la dejara continuar, dándole a entender que ella misma no lo sentía tanto.

–Sin embargo, yo mejoré ostensiblemente. Pronto pude hacer una serie de cosas que me habían sido negadas desde mi infancia. No obstante, mi madre se rehusaba a conceder mis deseos, que no eran muy grandes, si me es permitido decirlo, solo ir a un concierto o a una función de teatro. Un día recibí una carta de Georgiana, diciendo que Darcy le había permitido venir a Londres bajo la custodia del Cnel. Fitzwilliam.

–Entonces, ¿usted le pidió a su madre la misma licencia?

Hubo un silencio. Anne estaba animada, había una picardía en sus palabras y sus acciones. Calló, con el deseo de mantener la compostura.

–No. Sabía que mi madre no me lo permitiría. Aun si ella mejoraba, no tenía intenciones de venir a Londres, por lo que tuve que tomar una decisión.

Su invitada sonrió, sin querer creer lo que su razón deducía. Como una niña de quince años, pues la Srta. De Bourgh ya pasaba los veintidós, bajó la voz, como si temiera que las paredes la fuesen a escuchar.

–Una tarde que mi madre se encontraba durmiendo la siesta, hice que prepararan el carruaje y salí a la capital.

Margaret no daba crédito a sus oídos.

La Srta. De Bourgh descargó todo su secreto, pues necesitaba a alguien con quien compartirlo, y si los informes de Georgiana eran correctos, su interlocutora era la persona indicada para obtener su simpatía.

–Días antes, envié una carta con la firma de mi madre haciendo que alistaran la casa. Los sirvientes se sorprendieron mucho de verme llegar sola, ya entrada la noche, pero les hice prometer que guardarían el secreto, con oro, por supuesto.

–Pero, ¿y su madre?

–Convaleciente en Bath –y quiso reír ante la ironía–. Escribió ordenándome que volviese, pero no puede mandar a nadie sin hacer un escándalo, y vaya que teme a la crítica pública.

Margaret se sintió ligeramente mal por Lady Catherine, pues recordó las palabras de Tom y cómo la Srta. De Bourgh contaba tan fresca y lozana la situación de su madre, como si de un chiste se tratara. Sin embargo, efectivamente simpatizaba ante la idea de que se le revirtiera la suerte a un pariente tirano cuya única ocupación es monitorear cada paso que das. Sonrió inconscientemente.

–¿Y sus primos no aprueban esto?

–Mi madre manda cartas muy enérgicas al Cnel. Fitzwilliam y Georgiana no se cansa de repetirme que es cruel lo que le hago.

Su interlocutora quiso responder, pero no vino una respuesta adecuada a sus labios.

–No piense usted que pretendo seguir así indefinidamente. Solo quiero disfrutar de la sociedad; al final de la temporada, volveré a casa.

Margaret no sabía bien qué dirección tomar. Por un lado, le estaba diciendo que si la había escogido a ella, era porque una mala reputación la seguía. Anne de Bourgh la consideraba un escándalo y encontraba divertido relacionarse con ella; el buen sentido le decía que debía sentirse ofendida. Mas, por otro lado, no se había topado con mejor lío en toda su vida. Acaso por alguna falta de juicio, la Srta. De Bourgh había decidido confiar en ella, entre todas las personas, incluso por encima de su familia.

Se encontraba en este dilema, cuando el mayordomo anunció la llegada del Cnel. Fitzwilliam. Ambas se miraron mortificadas primero, mas luego rieron con complicidad. Se dieron cuenta que poco era lo que él pudiese hacer respecto a cualquier cosa que se les ocurriese.

Él entró, las vio sentadas en el salón y sintió ganas de darse la vuelta y salir. Por supuesto hizo lo contrario. Saludó como todo caballero debe saludar y se excusó diciendo que no esperaba que Anne tuviese compañía, que podía volver en otro momento. Margaret tomó esto como pretexto para despedirse, sin hacer verdaderamente contacto visual con el coronel; prometió mantenerse en contacto con su recién adquirida amistad, y salió.

–No sabía que conocieras a la Srta. Dashwood –dijo de manera casual, pues el motivo de su visita lo incomodaba. No era de su agrado ser el mensajero de su tía.

–La conocí en el baile y me pareció una joven interesante. Espero que podamos ser buenas amigas.

–Definitivamente, interesante es la palabra que escogería para describirla. Sin embargo, no sé si te convenga como amistad.

Su prima fingió no entender qué quería decir con ese comentario. Claro, pensó el coronel, en poco tiempo se había acostumbrado a actuar según su capricho.

–¿Debo el placer de tu visita a tu libre y entera voluntad, o a mi madre? –le preguntó su prima.

Esta impertinencia era influencia de Margaret Dashwood, pensó con irritación. Si así quería jugar Anne, por él estaba bien.

–Lady Catherine me ha dado poder para cerrar esta casa y ordenar a los sirvientes a no seguir más tus órdenes.

La preocupación se reflejó en los ojos de su prima por una milésima de segundo, mas pronto la sustituyó una actitud desafiante.

–Está bien. Iré a un hotel. Tengo dinero ¿sabes? A menos que también te haya dado autorización para revisar mis pertenencias. En ese caso, te ahorraré la búsqueda, está en el mismo cajón en donde guardo mi ropa interior.

–¡Anne, por favor! Esto no es un juego.

–Claro que lo es, y tú eres el peón de mi madre. ¿Por qué la obedeces Fitzwilliam? No lo necesitas.

–No lo hago por los deseos de mi tía... No del todo. Anne, me temo que las decisiones que has tomado han sido las equivocadas. Tu madre te necesita.

–Mi madre es perfectamente autosuficiente. Si es capaz de manejar a voluntad a un coronel del ejército británico a millas de distancia, será capaz de sobrevivir sin mí, su enferma e inútil hija.

–Entiendo que estés enojada...

–¡No! No lo entiendes. ¿Qué podrías entender tú, que toda tu vida has hecho lo que has querido? ¿Tú, que vas y vienes según te plazca? ¿Tú, que puedes escoger con quien casarte?

–Mi tía hizo lo que consideró mejor para ti.

–Pues se equivocó. Ella no se volvió a casar, me tuvo sin un padre por años y años, sin paseos ni viajes, solas ella y yo en esa casa bajo la promesa, o mejor sería decir, amenaza de un matrimonio con mi primo. ¿Y ahora? Darcy va y se casa con Elizabeth Bennet, tú y Georgiana vienen a buscar la pareja que les agrade, ¿y yo? Tan pronto como me recuperé, mi madre me comprometió con quien sabe quién. No es justo. ¿Por qué tengo que dejar mi casa para vivir con un hombre que nunca he visto en mi vida? ¿Por qué cree que puede hacer estas cosas sin consultármelo? No creí que te pondrías de su lado.

Más que al borde de las lágrimas, Anne esta al borde de la histeria. Lady Catherine le había confiado al coronel que su hija había empezado a actuar de manera extraña desde que se enteró de su nuevo compromiso. El elegido era Charles Heywood, quien recientemente había heredado una gran fortuna y vivía en Sanditon. Todo estaba arreglado ya, y si la boda había sido pospuesta se debía precisamente a la salud de Lady Catherine. El coronel Fitzwilliam había encontrado extraño el comportamiento de su tía, ya que eso significaría que ella se quedaría sola en Rosings Park, y si su mala salud continuaba, lo cual en verdad no deseaba, la propiedad se quedaría abandonada. Sin saber bien cómo responder a la avalancha de confesiones, solo se le ocurrió decir:

–¡Yo no vine a buscar pareja! –la interrumpió bruscamente.

Eso logró callar a su prima, lo que le permitió a su cerebro un poco de orden y continuó:

–Y no he dicho que debas casarte si no lo deseas, pero sí creo que debes volver al lado de tu madre. Te prometo que intentaré convencerla de anular el matrimonio.

–Sabes que nunca accederá, que el momento en que vuelva a su lado recuperará su salud mágicamente.

–Te prometo...

–No es suficiente.

–Pero...

–Ya no quiero hablar del asunto, así que si vas a echarme de mi propia casa, por favor ten la delicadeza de hacerlo mañana para tener todo listo.

Sin agregar más, o siquiera despedirse, se dirigió a su habitación.

Continuará.

Wow. Dos capítulos al año. I'm beyond shame. A pesar de todo, estoy decidida a terminarlo, así me tome una década y nadie me lea.

Disculpad cualquier errata y falta de coherencia y tardanza y todo lo demás.

Happy days.