Como advertí, he vuelto dos semanas después. Pero, eh, ha sido viernes (aquí ya es sábado, son más de las doce) y, además, me ha salido preocupantemente más largo de lo normal. Pero bueno, considero este capítulo muy importante y muy relevante. No sé si he sabido plasmar por qué y en qué sentido es tan importante, pero espero que podáis verlo y, si no, los siguientes capítulos sabrán aclararlo.

Que, por cierto, si mi inspiración y mi agenda me lo permiten, tendréis la historia de Riku (en otro fan fic aparte) el domingo, pero no prometo nada.

Nada más que añadir, pasamos a las reviews:

Beryl96: En primer lugar, me alivia muchísimo no haber decepcionado y, en segundo, ¡me alegra aún más que te haya gustado tanto! Y sí, pretendía que, con la descripción, se dejara ver que sólo podía ser Xemnas aunque existan tantos peliplateados. Y sí, Xigbar como jefe probablemente de más que escalofríos. Respecto al tema tabú, bueno, es todo lo relativo a Sora y el modo de pensar de Roxas, más bien; no es tabú como tal como sieempre terminan hablando de ello sin poder evitarlo. Y, bueno, aquí tienes el capítulo y espero que te guste tanto -o más- que el resto.

Birds Ate My Face: Gracias. Muchísimas gracias. Sabes lo muchísimo que te respeto en este ámbito y lo importante que es tu opinión para mi, y que esta historia te guste tantísimo me halaga de verdad y me anima a no dejar de escribir. Además, te has tomado la molestia de comentar capítulo por capítulo. Recalco la forma en la que me has hablado de Sephiroth, porque es lo que quería reflejar y me alegra muchísimo que hayas sido capaz de verlo, así como también la relación de Riku y Roxas. Y... bueno, eso, me quedo sin cosas que decir, te juro que me emocioné muchísimo con esas reviews y de veras espero tu comentario sobre este capítulo. Espero no decepcionarte.

Surya Hatoway: Mil gracias por tu review. Breve, pero has descrito en ella justamente lo que quería que vieran los demás en esta historia. Vas a poder seguir leyendo, porque aquí tienes el siguiente.

AlhenaSmile: Bueno, teniendo en cuenta que es Universo Alterno, no hay que ser un experto de Kingdom Hearts para entenderlo. Me alegra que te guste tanto el personaje de Roxas a pesar de ser tan fácilmente odioso, así como Riku (del que poco se sabe aún, pero para algo le estoy escribiendo su historia en particular). Me disgusta que no te agrade Sora, pero puede que te depare alguna sorpresa si te animas a seguir leyendo. ¡Gracias! Sé que no es para nada tu fandom y que hayas hecho el esfuerzo de leerlo significa bastante.

Sin más, os dejo ya con el quinto capítulo, que espero compense la espera que os he hecho pasar.

Disclaimers: Kingdom Hearts y sus personajes no me pertenecen; son propiedad de Square-Enix y Disney.


Definiciones del Amor

El amor, por Roxas

Capítulo V


Midgar, sector 7 –

9 de noviembre, 1:26 p.m


Fue un quejido, junto a un par de murmullos que contenían algún que otro improperio entre ellos, lo que interrumpió el silencio de aquella desordenada habitación. Hacía ya horas que el sol se filtraba por ese hueco que había dejado la persiana en la ventana, pero ni siquiera eso había conseguido que el rubio despertara, al menos hasta ahora.

Se incorporó un poco, hasta quedar sentado, llevándose la mano a la cabeza tras un nuevo quejido, revolviendo aún más su cabello. Le dolía a horrores y, durante un par de minutos, le costó recordar por qué se había despertado así.

No tardó mucho más en recordar que, la noche anterior, había salido con Riku y ambos habían bebido más de la cuenta. Para variar. Siempre se le olvidaba lo mal que le sentaba beber, pero hacía meses que no lo hacía, y no iba a negar que necesitaba despejarse un poco.

Pero ahora debía tener un aspecto horrible, con unas profundas ojeras, el pelo hecho un desastre y, probablemente, aún le apestara el aliento a alcohol. Y deseaba que fuera sólo a alcohol y no a vómito; todavía le costaba recordar detalles de anoche, pero esperaba que no le hubiera sentado tan mal beber.

—Mejor iré a darme una ducha. –suspiró, dispuesto a levantarse de la cama.

Tuvo que detenerse cuando se miró.

Estaba completamente desnudo y, aunque normalmente no sería un detalle digno de su asombro, sus labios se separaron ligeramente y no pudo reaccionar por unos segundos. Después de todo, había pasado la noche con su amigo Riku, no con un hombre cualquiera dispuesto a meterse en su cama.

Decidió no pensar demasiado en ello y echar un vistazo a la habitación: su ropa estaba por el suelo, y no era la única. Volvió a suspirar, imaginándose qué era lo que debía haber pasado.

Alcohol, su mejor amigo desesperado…

—Cuando Riku despierte, me va a matar. –murmuró para sí, llevándose ambas manos a la cara.

Pero su sorpresa fue mayúscula cuando, al ir a ver a su amigo –que aparentemente estaba tumbado a su lado– no se encontró con ese cabello lacio de color tan peculiar; sino con uno aún más característico, uno que ya había visto antes y que le resultaba difícil de olvidar.

Pelirrojo y con un peinado imposible que parecía poder pincharle si osaba tocarlo.

—Tengo que haber hecho algo más que beber anoche. –se dijo para sí Roxas, negando con la cabeza. —Estoy teniendo alucinaciones.

Sin embargo, cuando su peculiar acompañante dejó escapar una especie de gruñido, seguido de palabras que no llegó a entender, reconoció aquella voz tan singular y sólo pudo abrir los ojos como platos, sin apartar la mirada del pelirrojo.

No era Riku quién estaba en su cama, era aquel puercoespín que conoció en el quinto sector de Midgar: Axel.

—¿¡Qué mierda pasó anoche!? –preguntó, soltando un débil quejido al darse cuenta de que había alzado demasiado la voz.

Como respuesta, el pelirrojo sólo volvió a gruñir y a esconder aún más su rostro en la almohada. Y, durante el proceso, se encargó de apropiarse de toda la sábana.

El ojiazul suspiró, encogiéndose ligeramente y abrazándose a sus rodillas, sin dejar de observar a aquel hombre. O acababa de experimentar una casualidad digna de novela para adolescentes hormonadas, o ese puercoespín pelirrojo era un maldito acosador. Y era lo suficientemente realista como para querer descartar la primera.

Pero, aún siendo lo suficientemente excéntrico como para pensarlo, que la idea de que fuera un acosador le resultara divertida y excitante logró desconcertarle.

Sin embargo, no tardó mucho en reparar en que su mejor amigo no se encontraba en su casa, y eso consiguió que se preocupara. Estaba convencido de que salieron juntos la noche anterior, pero no era capaz de recordar qué había pasado y por qué se habían separado durante la noche. Normalmente, Riku siempre se quedaba a dormir a su casa después de salir, así que algo debía haber pasado. Por no hablar de cómo demonios había acabado ese puercoespín pelirrojo en su cama.

—Necesito despejarme. Con este puto dolor de cabeza no puedo pensar… –dijo en una especie de gruñido.

Y, sin esperar a que Axel –si ese era su verdadero nombre– despertara, se levantó para ir al baño a darse una buena ducha mientras intentaba repasar los hechos acontecidos durante la noche anterior.


Midgar, sector 5 –

8 de noviembre, 10:49 p.m


—No sé si esto ha sido una buena idea…

Apenas acababan de llegar al local más conocido de la ciudad, el Séptimo Cielo, pero el peliplateado comenzaba a dudar de su decisión. Roxas suspiró, aunque estaba convencido de que su inseguro compañero terminaría vacilando, no iba a permitir que ambos volvieran a casa ahora. Después de todo, él también necesitaba despejarse; no había sido una semana precisamente agradable para él, y cierto hombre casado y caprichoso era, en parte, culpable de ello.

—No te vas a rajar ahora. –advirtió el rubio, frunciendo ligeramente el ceño aunque manteniendo esa sonrisa traviesa que delataba que no iban sólo a beber o bailar.

—Es que… Sor-

—Ni se te ocurra mencionar ese nombre en toda la noche. –exigió, cortándole y tirando de él para entrar en el local.

Tal y como esperaba, el lugar ya estaba considerablemente lleno; muchos de ellos en la barra, pidiendo otra ronda o cortejando a la hermosa camarera que les atendía, mientras que otros comenzaban a abarrotarse cerca del escenario. Al parecer, tocaría algún grupo indie hoy.

Después de observar el ambiente del local durante unos cuantos segundos más, Roxas sostuvo la muñeca de su amigo con algo más de fuerza y lo llevó hasta la barra, dónde la amable camarera no tardó en atenderles.

—¿Qué les sirvo? –preguntó, con una encantadora sonrisa.

Aún tras esa sonrisa, el rubio pudo darse cuenta de que la joven estaba cansada. Y no precisamente de servir bebidas, sino de los que ya habían tomado demasiado.

—Lo mejor que tengas. –respondió sin más. —Fuerte, a poder ser. Mi amigo está un poco nervioso y le vendría bien soltarse un poco.

—¡Roxas!

Tanto Roxas como la joven camarera rieron al ver la expresión avergonzada del rostro del muchacho; se apartó un poco, escondiéndose tras ese largo flequillo que debía ser cortado con urgencia y con su rostro ligeramente enrojecido. Sus manos temblaban, pero esa no fue la razón por la que su amigo dedujo que estaba casi histérico, sino el hecho de que, aunque estaba aparentemente molesto por el comentario que acababa de hacer, no había soltado su mano.

—¡Marchando! –respondió la mujer antes de ir a preparar sus bebidas.

El rubio pudo escuchar el largo suspiro de alivio que salió de los labios de su tímido intranquilo amigo y no pudo evitar reír de nuevo.

—Es guapa, ¿eh? –comentó, observando cómo preparaba las bebidas. —Sin duda, muy atractiva.

—Creía que no estabas interesado en mujeres.

Roxas rió por ese comentario.

—No, no estoy interesado. –afirmó. —Pero tengo ojos en la cara. –continuó, mirando con detenimiento al peliplateado. —Y, por lo que veo, tú también.

Sus finos labios dibujaron una sonrisa algo maliciosa al ver que Riku apartaba rápidamente la mirada y trataba de enfocarla en otro lugar que no fueran la camarera o los ojos de su amigo.

No podía culparle; aquella camarera era realmente atractiva. Cabello azabache, ligeramente castaño, tan largo que llegaba a sus caderas y que, sin embargo, seguía teniendo un aspecto liso y suave; ojos castaños, aunque ligeramente rojizos y muy bien resaltados gracias al maquillaje, al igual que su clara piel. Sin olvidar lo que Roxas consideraba, sin duda, un cuerpo de escándalo, con unos pechos más que generosos que su uniforme de trabajo no dudaba en resalzar.

—N-no sé de qué me estás hablando…

—Claro, claro. –respondió sin más, con un tono cargado de jocoso sarcasmo.

—Son… grandes. Es imposible no mirarlas. –se excusó, aún cabizbajo. Sin embargo, Roxas pudo apreciar que, de vez en cuando, levantaba la mirada hacia ella de nuevo.

—No esperaba que pusieras tu ojo en alguien tan pronto, y menos en una mujer.

—¡Te he dicho que…!

—Menuda sorpresa, Riku. No sabía que eras tan pervertido… –continuó mofándose el rubio, aún con aquella fastidiosa sonrisa cada vez más amplia en su rostro.

—Tiene gracia que me lo digas tú. –espetó.

—Yo lo admito, pero tú eres peor: lo escondes. Estás sexualmente reprimido. –insistió.

No pudo evitar echarse a reír de nuevo al ver la mirada que le dedicó peliplateado. Cualquier otra persona habría retrocedido y rectificado, pero esos ojos aguamarina, furiosos y dispuestos a fulminar a todo el que se cruzara en su camino, no eran capaces de impresionar a Roxas. Él conocía a Riku demasiado bien y sabía cómo controlarlo.

Y, después de todo, tenía una curtida experiencia con personas peligrosas. Su adorado príncipe era la prueba de ello.

Aunque sabía que tenía la situación controlada, el ojiazul se alegró de ver a la joven traerles sus bebidas. Les dedicó una última sonrisa antes de suspirar e ir a atender, de nuevo, a esos clientes tan desconsiderados que le gritaban obscenidades en el otro extremo de la barra.

Y a Roxas le sorprendió ver a su amigo apretar los puños de esa manera. Parecía realmente molesto y, por un momento, pensó que debía disculparse por su comentario. Hasta que escuchó a su amigo:

—Debe ser duro sonreír a esa panda de cerdos. –comentó sin más, ahora más serio y sin esconderse.

—Lo es. –afirmó el rubio.

Él conocía esa sensación perfectamente; la había experimentado incontables veces a lo largo del último año. No iba a negar que le encantaban los halagos, que le recordaran una y otra vez lo hermosos que eran sus rasgos; adoraba sentirse deseado por decenas de hombres y que estos estuvieran dispuestos a pagar por tener la posibilidad de pasar una noche de placer junto a él. Pero algunos eran asquerosamente vulgares y desconocían prácticamente cómo seducir a alguien. Aunque, después de todo, a él no tenían que seducirle.

Y tampoco es que Roxas se sintiera ofendido. Con el tiempo, había conseguido el derecho de elegir a sus clientes y quedarse con lo mejor. Con lo más divertido. Pero eso no quería decir que, a veces, le resultara patético y no tan divertido el modo superficial en el que le miraban los demás.

Tal vez, por eso, Riku era su único amigo en la ciudad. Porque, a pesar de todas las burlas y comentarios embarazosos que le dedicaba, era una de las pocas personas en las que conservaba cierta fe. Y sonrió, esta vez de una forma más cariñosa y sincera, porque incluso la manera en la que miraba a la camarera distaba mucho de ser vulgar y lasciva; de hecho, ahora parecía incluso compasiva.

—Eres increíble. –suspiró sin más, sorprendiendo a su ahora distraído amigo. —Sora tiene mucha suerte, y lo peor es que no lo sabe.

No pudo culpar a Riku por dedicarle aquella expresión de estupefacción; él jamás dedicaba ese tipo de cumplidos a nadie, ni siquiera a él, que era –probablemente– su mejor amigo. Ni siquiera a su familia le ofrecía esas palabras. No era una persona precisamente cariñosa, por mucho que sus múltiples coqueteos y comentarios pudieran sugerir lo contrario.

Y Roxas lo sabía. Cogió su copa y bebió de ella, ojeando el escenario con el fin de disimular aquella especie de metedura de pata que acababa de cometer delante del peliplateado. Porque para él, su acción no había sido más que eso: una metedura de pata. Pero una metedura de pata cargada de sinceridad que escondía más de lo que aparentaba en esas escuetas palabras.

—Roxas… ¿estás bien?

—Disculpa. Prometimos no mencionarle esta noche. –recordó el rubio. —Vamos, invito yo, así que no la dejes vacía.

Por la mirada que Riku le dedicó, supo que se había dado cuenta de que buscaba cambiar de tema y que, sin embargo, deseaba insistir en ello. Su amigo no era idiota, y eso lo sabía; era lo suficientemente perceptivo como para darse cuenta de algo pasaba por su cabeza y de que le preocupaba.

Pero también era bastante perspicaz como para deducir que no era algo que quisiera compartir, y menos en ese momento.

No insistió. En su lugar, cogió la bebida y casi la bebió de un trago, sorprendiendo a Roxas, quién lo miraba atónito, aunque con una sonrisa divertida. Su amigo normalmente no bebía, y que lo hiciera tan rápido y casi de un trago le resultaba entre curioso e interesante. Esperaba que fuera una noche para recordar y que, por fin, pudieran distraerse de verdad sin hablar de ese despistado castaño.

—Ten cuidado, que no sabes beber. –advirtió, mojando sus labios en la bebida sin dejar de mirarle. —No quiero tener que cargar contigo hasta casa, ¿eh?

Se echó a reír una vez más cuando vio el ceño de Riku fruncido, como siempre, y aquella amenazadora mirada que sólo provocaba mayores carcajadas al quizá temerario rubio.

Pasaron un buen rato así, uno muy agradable, bromeando y bebiendo, incluso riendo. Para Roxas no sólo era un alivio olvidar todo por un instante y tener simplemente una salida normal con un amigo, sin sexo ni dinero de por medio, sino también ver a Riku tan animado; todo lo contrario a lo que había estado viendo de él en las últimas semanas. Era refrescante.

Pero, entonces, el alboroto que ya había en el local se volvió algo más intenso, y los dos amigos miraron hacia el escenario: el grupo ya había llegado y, al parecer, iban a tocar ahora.

—Espero que sean buenos. –comentó el peliplateado. —¿Quieres que nos acerquemos? A ti te gustan más estas cosas que a mí.

—Descuida, desde aquí estoy bien. –respondió Roxas, mirando al público. —Tengo interés en escucharlos, no en toquetear al cantante. Además, no tengo sujetadores a mano. –añadió, entre risas, al comprobar que sólo había féminas en las primeras filas.

Riku rió por el comentario y dio otro trago a la que debía ser su tercera bebida de la noche.

—Sería preocupante que llevaras un sujetador encima. –comentó.

—No me subestimes; te sorprendería saber lo excéntricos que son algunos. –le recordó, dedicándole una de sus sonrisas juguetonas al ver cómo cambiaba la expresión de su rostro de divertida a avergonzada.

—…Demasiada información. –fue su única respuesta.

Sin embargo, ambos rieron instantes después, hasta que los gritos de las chicas de la primera fila los sorprendieron y miraron al grupo de música.

Y a Roxas casi se le cae la bebida al suelo al ver que el vocalista era, ni más ni menos, que ese joven pelirrojo con el que compartía su pasión por los helados de sal marina.

—¿Qué coño hace ese tío subido al escenario? –preguntó en voz alta, casi sin darse cuenta.

—¿Lo conoces? –le preguntó su amigo, ligeramente sorprendido.

Se limitó a negar con la cabeza, dando un largo trago a su bebida mientras que el grupo comenzaba a tocar. Y tuvo que reprimir una nueva risa al comprobar que, tal y como pensó cuando lo vio en aquella tienda, tenía pinta de tocar en algún grupo de rock alternativo y era justamente eso lo que hacía.

Tocaron un par de canciones, y el público gritó y aplaudió. Parecían algo populares, aunque Roxas no había oído hablar de ellos antes, pero cuando vio a su amigo comprobó que a él también parecían haberle gustado.

—Son buenos, ¿verdad?

El rubio no respondió, porque en aquel momento se dio cuenta de que no le había quitado ojo de encima al pelirrojo vocalista durante todo el pequeño concierto. No había sido capaz de escuchar las canciones, ni siquiera la melodía; sólo recordaba aquella voz, dulce y a la vez agresiva, tranquila pero al mismo tiempo capaz de provocarle cierta inquietud. Aún habiéndola escuchado hace unos días, ahora sentía que esa voz había sido capaz de hipnotizarle como ninguna otra lo había hecho antes.

Y eso no le hizo ninguna gracia.

—No son para tanto. –dijo sin más, dándole otro largo trago a su bebida.

—Pues no les has quitado el ojo de encima. –observó el peliplateado, arqueando una ceja e imitando una de esas molestas sonrisas del ojiazul.

—Porque el cantante parece un jodido travesti. –bufó. —Voy al baño.

Sin dejar que Riku dijera nada más, se marchó, casi a zancadas e intentando no recordar lo que había pasado durante ese breve concierto. Convenciéndose de que sólo había tenido un momento de debilidad porque ya había bebido unas cuantas copas y llevaba una semana asquerosamente indeseable.

Se encerró en uno de los estrechos e incómodos cubículos del baño, apoyando su espalda en la puerta y tomando aire. Necesitaba relajarse. Sólo había sido una mala semana. Un par de copas más y no pensaría en ello; era una salida con su amigo, no tenía que darle vueltas a nada más.

Cerró los ojos y permaneció así durante unos minutos, hasta que al fin pudo calmarse y ese repentino mal humor pareció desaparecer.

Sonrió al escuchar los golpes en la puerta y supo de quién se trataba antes de escuchar su voz.

—Roxas, ¿va todo bien?

No respondió. Tiró de la cadena de salió del baño para dedicarle a ese preocupado Riku una de sus sonrisas.

—Estás… raro hoy. –comentó.

El rubio arqueó una ceja y Riku rió de forma algo tímida.

—Más de lo normal, quiero decir. –rectificó.

—¿Qué se supone que quiere decir eso? –preguntó, acercándose a él y fingiendo una expresión de molesta, inflando ligeramente sus mofletes y frunciendo el ceño.

Pero deseó no haberlo hecho, porque la mirada de su amigo pareció cambiar por completo; ya no sonreía y esos peculiares ojos volvían a transmitirle esa sensación de profunda tristeza que había experimentado en los últimos meses. No sabía qué era lo que había hecho, pero ahora Riku no parecía para nada contento.

—¿Estás bien? Ahora eres tú el que está raro.

—Estoy… bien. –respondió sin más.

Eso no fue suficiente para tranquilizar a Roxas, quién no dejaba de mirarle, comprobando que aquella mirada triste seguía clavada en sus ojos azules y, después… más abajo.

—¿Riku? ¿Se puede saber qué te pas-

Antes de que pudiera terminar de preguntar, los labios del peliplateado lograron callarle con un beso.

Tan sólo fue un roce inocente, sus labios unidos durante unos segundos, pero los ojos de Roxas permanecieron muy abiertos todo ese tiempo y fue incapaz de reaccionar. Había tenido incontables besos, unos más memorables que otros y, sin embargo, sólo ese consiguió dejarle totalmente paralizado, incluso cuando se apartó. Había besado a incontables personajes y, sin embargo, jamás se sintió mal por ello. Nunca le había importado.

Hasta ahora.

Fue capaz de reaccionar cuando sintió la lengua del peliplateado abriéndose paso entre sus labios, buscando profundizar ese beso. Sólo entonces se apartó, negando débilmente con la cabeza, pero sin decir ni una sola palabra.

—Lo siento. –se disculpó el peliplateado, en susurros.

—No. –habló al fin. —Tú no.

—Lo siento. –repitió. —Roxas, te juro que yo no pretend-

—¡Vete, joder!

Era toda una suerte para ambos que el baño estuviera completamente vacío en ese momento, porque lo último que deseaba el rubio era escuchar algún comentario malintencionado o fuera de lugar. Como tampoco ardía en deseos de tener espectadores durante aquel momento.

Y, tal y como esperaba, Riku no replicó; se marchó sin más. Y, cuando lo hizo, el rubio golpeó la puerta del baño, mordiéndose el labio para reprimir un grito que habría sido capaz de escandalizar a todo el ruidoso local.

—¿Estás bien? –preguntó una voz detrás de él.

Roxas no tardó en reconocer aquella voz. La misma voz que hacía unos minutos había logrado descontrolarlo por completo. Frunció el ceño.

—¿Qué haces aquí?

—Me estoy meando. –aclaró.

El ahora irritado rubio dejó escapar un suspiro. Estaba claro que el pelirrojo no le reconocía. ¿Cómo iba a hacerlo? Apenas intercambiaron un par de palabras y lo acompañó al hotel, pero sin duda era imposible que se quedara con su cara. Era una estupidez. Y lo prefería así.

Sin embargo, su teoría se fue al traste cuando escuchó esa voz una vez más, tan cerca de él:

—¿Estás bien, Roxy?

Cuando el rubio apartó la mirada de la puerta del baño, dispuesto a ofrecerle la peor contestación posible al pelirrojo, enmudeció al encontrarse con esos afilados ojos verdes, tan cerca, observándole con atención.

—¿Creías que me había olvidado de ti? ¡El chico del helado!

"Oh, está bien que me recuerde sólo por eso, al menos", pensó el rubio para sí.

—¿Qué haces aquí? –fue todo lo que preguntó, apartándose de la puerta para lavarse la cara.

—Mi banda toca aquí eventualmente. Hoy teníamos concierto. –respondió, apoyándose en el marco de la puerta y observando al joven lavarse la cara. —Me has estado viendo, ¿verdad? Te vi.

Roxas agradeció estar mojando su cara en esos momentos y tener una excusa para ocultarla entre sus manos. Porque, por primera vez, sintió que era capaz de enrojecer de la vergüenza.

—¿Y tú? ¿Qué hacías por aquí? No te había visto antes.

—Vine con un amigo, pero se ha ido.

Pudo ver desde el espejo del baño cómo el pelirrojo sonreía y se cruzaba de brazos.

—No parece que tengas muchas ganas de volver a casa. –observó. —¿Qué te parece si me quedo contigo un rato?

—¿Tanta pena te doy? –preguntó, volteando para mirarle y sonriéndole con sorna. —No me conoces.

—No, pero te gustan los helados de sal marina. Tienes que ser de fiar.

Roxas no pudo evitar reír, aunque fuera débilmente, ante esa respuesta.

—¿Eres una especie de acosador?

El mayor no parecía esperar esa pregunta y, por fin, Roxas pudo verlo sorprenderse.

—¿Por qué preguntas eso?

—¿Pretendes que me crea que esto es cosa del destino? –preguntó, arqueando una ceja y, esta vez, siendo él quién se cruzó de brazos. —Vamos, ¿cuántas posibilidades habían de que nos encontráramos en el mismo lugar?

—Soy yo quién frecuenta este lugar, y vivo cerca de aquí. –le recordó. —En cualquier caso, tú serías el acosador.

Se acercó a él, teniendo que bajar un poco la mirada cuando estuvo lo suficientemente cerca. El menor lo imitó, apoyándose en el lavabo para poder impulsarse un poco y quedar cerca de su rostro, dedicándole una confiada sonrisa.

—Más quisieras, puercoespín.

Se apartó de inmediato y se dirigió hacia la salida del baño, deteniéndose antes de marcharse y mirando al vocalista aún con esa sonrisa en sus labios.

—¿Vienes o qué?


Midgar, sector 7 –

9 de noviembre, 2:07 p.m


El rubio salió del baño con una toalla atada a la cintura y el cabello mojado. Llevaba otra toalla sobre los hombros y la cogió para ir secándose el pelo de camino a su habitación, dónde el pelirrojo seguía dormido, aún tapado con las sábanas y con el rostro escondido en la almohada, evitando los rayos del sol que ya se colaban entre las persianas.

—No me puedo creer que siga dormido… –comentó con un suspiro.

No quiso despertarlo. Después de todo, no le molestaba; hoy no tenía ninguna cita con ninguno de sus clientes, de modo que no tenía nada que hacer. Era domingo, después de todo, y no podía negar que su compañía le resultó realmente agradable durante la noche anterior. Logró calmarlo, a pesar de que tenía un día asombrosamente irascible.

Sin embargo, su buen humor pareció esfumarse de pronto cuando, al mirar su móvil, comprobó que tenía alrededor de veinte llamadas perdidas y, de ellas, sólo siete eran de Riku, quién probablemente estaba arrepentido de lo que había ocurrido durante la noche anterior. Eso no era un problema.

El problema era que las trece restantes eran de Sephiroth.

—Mierda. No debí dejarlo en silencio. –se dijo para sí, llevándose la mano a la frente.

No iba a llamar, y menos un domingo a esas horas. A un hombre casado. A un hombre casado y, muy probablemente, furioso.

Volvió a mirar a Axel, quién seguía dormido, y se dirigió a la ventana para levantar las persianas, escuchando su quejido poco después.

—¡Joder! ¡Que no son horas! –se quejó, incorporándose rápidamente y soltando unas cuantas groserías mientras se llevaba la mano a la cabeza.

—Son las dos de la tarde. –puntualizó ojiazul, reprimiendo una carcajada. Sabía que, con ese dolor de cabeza que debía tener, no era buena idea.

Al ver al pelirrojo, sentado en la cama y con la mano en la cabeza, con ese peculiar peinado aún impecable –o, más bien, casi impecable– y aún gruñendo y maldiciendo, recordó los acontecimientos de la noche anterior. Y frunció el ceño al verlo vestido con las ropas de ayer.

Sí, no se le iba a olvidar jamás.

—Ganaste. –le recordó.

El recién levantado alzó la mirada, sonriéndole de forma burlona y victoriosa, volviendo a tumbarse, con los brazos cruzados tras su cabeza.

—Por supuesto. Yo siempre gano, ¿lo captas?


Midgar, sector 7 –

9 de noviembre, 03:54 a.m


Por fin llegaron a la casa del rubio. Axel lo cargaba en su espalda, tambaleándose. Ninguno de los dos parecía en condiciones de coger la llave y acertar al abrir la puerta, y ambos eran conscientes de ello.

—Oye, Roxy, que tenemos que abrir la puerta. –le recordó el pelirrojo, casi arrastrando las palabras.

Roxas se bajó, apoyándose después en la puerta y buscando las llaves. Entre risas, consiguió abrir la puertas tras varios intentos fallidos y casi se dio de bruces contra el suelo cuando esta se abrió. Fue toda una suerte que el mayor aún tuviera los reflejos necesarios como para sostenerlo antes de que ocurriera.

Aún entre risas y balbuceos, ambos llegaron a la habitación del ojiazul. Axel lo dejó sobre la cama, levantando los brazos en señal de victoria.

—Lo has tenido fácil para que te lleve a mi cama, ¿eh? –comentó el rubio, utilizando un tono coqueto, o al menos intentándolo.

—Ah, Roxy… te sobreestimas. –respondió el pelirrojo, dejándose caer en la cama, a su lado. —Celebro que hayamos llegado sanos y salvos. ¿Lo captash?

—Propondría brindar por ello, pero no tengo alcohol en casa.

—¿No te parece que ha sido suficiente?

Para sorpresa del puercoespín pelirrojo, Roxas se levantó de la cama y, aunque por un momento hizo el amago de caer de nuevo, logró mantenerse en pie. Y tuvo que reprimir una sonora carcajada al ver las intenciones del menor; buscaba una mirada seductora, pero parecía tan ido que le resultaba imposible.

—Entonces, ¿no te atraigo?

—Ni un poquito.

—No te creo. –insistió. —Mi mejor amigo decía lo mismo.

—Entonces yo debería ser tu nuevo mejor amigo. –sugirió el ojiverde. —Porque nunca querría acostarme contigo.

—¿Seguro? –preguntó un escéptico Roxas.

Axel asintió, incorporándose hasta quedar sentando y examinándole de arriba abajo con la mirada. Levantó el labio inferior y negó varias veces con la cabeza.

—Segurísimo. No me pones nada. Eres un niño.

—¡Mentiroso!

—Vanidoso. –siseó el mayor, con una amplia y maliciosa sonrisa. —¿Qué te parece si apostamos? Intenta seducirme; si no me echo encima de ti, seré tu nuevo mejor amigo.

—¿Y si lo haces?

—Cobras por esto, ¿no? –le recordó, y el rubio asintió. —Eso que te llevas.

—Soy caro. –respondió, con una confiada sonrisa. —Me conformaré con que me hagas el desayuno y me limpies la casa.

Antes de que el pelirrojo pudiera objetar, se apartó, mirándole de forma coqueta y deshaciéndose de su ropa, despacio, contoneándose y provocando la risa de su peculiar espectador. Aún con sus reflejos afectados por el alcohol, Roxas sabía cómo seducir a un hombre; tenía una curtida experiencia en ello, y sabía cómo debía moverse y de qué modo mirar y hablar a una persona para hacer que perdiera el control. Estaba convencido de que haría que ese puercoespín se tragara sus palabras.

Después de todo, había herido su orgullo diciéndole que no le veía nada atractivo.

Continuó con aquella danza hasta que sólo le quedaba la ropa interior. Sonrió de forma traviesa antes de darle la espalda y bajar la última prenda que quedaba. Después, volvió a mirarle y caminó hacia él, sentándose en sus piernas y colgándose de su cuello.

—¿Ni un poquito, dices? –susurró en su oído, dejando escapar un fingido sonido más que sugerente.

El pelirrojo no dijo absolutamente nada. Se acercó al rostro del menor, sosteniendo su barbilla y forzándole a acercarse más.

Roxas podía sentir la respiración del mayor sobre su piel, así como su aliento que, pese a no ser precisamente agradable después de tantas copas, le provocó un escalofrío que le hizo arquear su espalda. Se mordió el labio, observando los suyos, tan cerca, provocándole una sensación que no había experimentado antes; se sentía inquieto, nervioso, excitado y no sólo de un modo sexual. Podía escuchar su propia respiración, agitada, y los rápidos latidos en su pecho.

Por primera vez en mucho tiempo, realmente tenía ganas de acostarse con alguien.

Se le escapó un jadeo cuando Axel lo tumbó en la cama. Estaba sobre él, con esa amplia sonrisa que le hacía temblar. Jamás se había sentido así, pero se sentía lo suficientemente aturdido como para ignorarlo y dejarse llevar. Cerró los ojos, esperando, dispuesto a dejarse hacer.

Sin embargo, nada ocurrió.

—He ganado. –escuchó, al fin, la voz del pelirrojo.

Cuando abrió los ojos, Axel estaba tumbado a su lado, a una distancia prudencial y arropándose son las sábanas, como si nada. Como si no tuviera a otro hombre completamente desnudo tumbado a su lado, como si ambos no estuvieran borrachos, como si no acabara de insinuarse hace unos segundos.

—Buenas noches, Roxy. Ponte un pijama o te resfriarás. –se despidió tranquilamente el mayor.

Roxas tardó en reaccionar, pero frunció el ceño y dejó escapar un gruñido cuando fue consciente de lo que había pasado: le habían rechazado, por primera vez en toda su vida. No sólo le había dicho en su cara que no le resultaba atractivo, sino que lo había tenido desnudo delante de él y simplemente se había apartado, tumbado a su lado y le estaba dando las buenas noches como si nada.

Jamás habían herido tanto su orgullo y, mucho menos, habían logrado desconcertarle tanto.

Cogió la sábana, tirando de ella y escondiéndose. Cerró los ojos, con un nuevo gruñido y aprovechó para darle una buena patada a su acompañante.

—Ni se te ocurra destaparme, imbécil.


Midgar, sector 7 –

9 de noviembre, 2:15 p.m


—Entonces, ¿cumplirás con tu parte del trato? –preguntó el mayor, recordándole aquella apuesta que habían tenido horas atrás.

Roxas bufó y se deshizo de su toalla, buscando su ropa y no muy dispuesto a darle una respuesta. Aún se sentía ofendido después de todo aquello; estaba acostumbrado a sentirse deseado por todos los hombres, especialmente por aquellos ante los que se insinuaba.

Pero no podía negar que una parte de él se alegraba de que alguien no le viera como un cacho de carne con ojos. Aunque ese alguien hubiera conseguido sacarle de quicio, confundirle y hacerle sentirse… extraño.

Había sido toda una suerte que no ocurriera nada esa noche. Roxas era consciente de que no era buena idea de llegara a ese tipo de relación con ese extravagante hombre.

Y, finalmente, asintió.

—Tu nuevo mejor amigo. ¿Lo captas?

Y, por primera vez en mucho tiempo, los labios del rubio formaron una tímida sonrisa.

—Memorizado.


AkuRoku, señores. O algo así. No sé si os habréis sentido como Roxas y querréis tirarle ropa y objetos varios a Axel en la cabeza, o a mi directamente. O si, simplemente, os ha gustado. En cualquiera de los dos casos, os espero dentro de dos semanas para daros más dosis de Roxas y su peculiar definición del amor. ¡Y espero veros también leyendo qué definición tiene Riku que contarnos!

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