¡Volví! Antes de responder a las reviews en particular, comenzaré diciendo que me alegra muchísimo que el capítulo anterior os gustara tanto; lo considero bastante relevante en la historia de Roxas y quería que... dejara huella, por así decirlo. No me siento tan segura respecto a este, aún hay cosas que no me convencen, y espero haber podido expresarlas lo suficientemente bien.
Paso a las reviews, antes de enrollarme más.
Birds Ate My Face: Akuroku falsete, si lo piensas, ¡pero Akuroku! Respecto a Riku, bueno, ya está publicada su historia y espero poder subir el nuevo capítulo este domingo, veremos si logro hacer que empatices con él... ¡y me anima muchísimo que comentes esa escena! La considero muy importante, por múltiples razones que aún no he explicado, así que significa mucho que no haya pasado como una escena más. Y, joder, en serio no sabes lo mucho que me alegro de que te encante tanto la idea de Axel y Roxas; quería algo diferente a lo que suelo hacer, y que gustara a pesar de ello. Y lo sé, una de mis intenciones al escribir el anterior capítulo era que todos pensárais que algo había pasado entre ellos y luego... no. Axel trolling. Y nada, me he extendido demasiado, pero tus reviews son largas y sabes que significan mucho para mi. ¡Mil gracias, y ojalá no te decepcione nunca con esta historia!
AlhenaSmile: Decirle a Roxas que no es atractivo es el equivalente a decirle a alguien que no hay huevos a hacer algo, me temo. Me alegra mucho que te guste, y que le tengas ese cariño a Riku. Después de todo y por ahora, el pobre es el único que no tiene un pensamiento tan retorcido... o que no lo aparenta, al menos. ¡Espero que te guste también este capítulo, aunque prefieras a Riku!
Surya Hatoway: ¿Cómo lo haces para conseguir que me sienta tan bien cuando leo tus reviews? En serio, me halaga muchísimo haber sido capaz de mejorar tu humor, porque sé lo que es tener un mal día y que una historia logre distraerte, ¡y conseguir hacer eso es increíble! Aquí tienes el capítulo, espero que te guste, aunque no creo que esté a la altura del anterior.
Beryl96: ¡Alguien que quiere tirarle algo a Axel a la cabeza! No soy muy de escribir lemon, básicamente porque opino que debo escribirlo bien primero para ser capaz de hacerlo, pero este fic es de categoría M y, bueno, la historia de Roxas sí requiere de esas escenas, así que paciencia, pronto tendrás alguna escena. Aquí tienes el nuevo capítulo para disfrutar de mi peculiar Roxas.
Koneko: ¡Me tranquiliza muchísimo leer tu review! Estaba algo insegura porque siento que no expreso bien las emociones de los personajes y que no soy lo suficientemente fluida con mi narración, así que leer a alguien que opina justamente lo contrario me anima bastante. ¡Gracias! Espero que sigas pensando lo mismo tras leer este capítulo.
Muchas gracias, una vez más, a todos/as. Tengo mucho miedo de que este capítulo os decepcione, son bastantes detalles en los que no he querido profundizar por ahora y que pueden ser malinterpretados. Pero bueno, tal vez la gracia sea descubrir qué quieren decir realmente con el tiempo.
Nada más, ¡disfrutadlo!
Disclaimers: Kingdom Hearts y sus personajes son propiedad de Square-Enix y Disney.
– Definiciones del Amor–
El amor, por Roxas
Capítulo VI
– Midgar, sector 7 –
4 de noviembre, 4:53 p.m
Un estridente sonido interrumpía el silencio que reinaba en la recién ordenada habitación. Era el típico sonido que aparecía predeterminado en los teléfonos móviles, aquel que siempre parece dispuesto a destrozarnos los tímpanos y, esta vez, su misión parecía ser la de destrozar los de cierto rubio que no parecía dispuesto a desviar la mirada de aquel capítulo de Supernatural.
—Para un día que quiero tomarme libre… –resopló, aún tumbado en el sofá.
Fuera quién fuera la persona que llamaba, era insistente; los molestos pitidos no parecía que fueran a cesar nunca y, finalmente, maldiciendo y dispuesto a tirar el móvil contra alguna de las cuatro paredes, Roxas decidió levantarse a cogerlo o, al menos, a hacer que dejara de sonar de aquella forma tan desagradable.
Fue hacia su habitación, recordaba haber dejado ese dichoso aparato del demonio encima de su cama. No dejó de murmurar toda clase de improperios y, cuando llegó, se apresuró a mirar quién era el desgraciado que no paraba de llamar.
Y se quedó de piedra al ver el número que estaba escrito en la enorme y parpadeante pantalla del teléfono móvil.
Xigbar.
Que no fuera su agresivo cliente peliplateado le aliviaba; no quería tener que lidiar con sus caprichosas pataletas o con sus celos. O peor aún, con el importante cabreo que tendría si le hubiera estado llamando y Roxas no hubiera contestado.
Pero, al contrario que Sephiroth, su antiguo jefe sí lograba dejarle intranquilo. Era, hasta el momento, la única persona capaz de atemorizarle y no era para menos; el joven ojiazul no era tan temerario y sabía perfectamente que Xigbar era un hombre peligroso. No lo sabía cuando empezó a trabajar para él en aquel local nocturno, hará prácticamente un año, y en cuanto fue consciente del peligro que corría junto a aquel depravado, se aseguró de huir sin dejar rastro.
O eso creía.
Tras vacilar unos instantes observando la luz del teléfono encenderse y apagarse, mostrando ese nombre que le provocaba desagradables escalofríos, decidió colgar. Lo dejó en silencio después, dejando escapar un suspiro y tumbándose en la cama.
Desde aquel misterioso cliente de la semana anterior, el rubio ya sospechaba que su antiguo jefe tramaba algo. Probablemente, le echara en falta en el local. Y Xigbar no era el tipo de persona que pedía las cosas por favor, precisamente. Eso Roxas lo sabía, y sólo podía preocuparse.
No quería volver al local. Se sentía cómodo con su posición actual; no necesitaba trabajar para ese viejo sin escrúpulos.
Dio un respingo al sentir la vibración de su teléfono móvil, casi asustado. Se apresuró a colgar, pero tuvo que detenerse al ver que, esta vez, no se trataba de la misma persona. Suspiró, llevando la mano libre a su pecho; su corazón bombeaba rápidamente a causa del pánico. Incluso su respiración se había vuelto más agitada, provocando que soltara algún jadeo. Estaba histérico, pero no podía mostrarse así cuando respondiera al teléfono.
No cuando era Sephiroth quién llamaba.
Descolgó, tomando aire después, y se llevó el aparato al oído, despacio, tratando de respirar de forma pausada y relajada. Incluso fingió una sonrisa, aún sabiendo que no estaba siendo observado por el mayor.
—Oh, Sephy. –lo saludó, procurando emplear aquel tono travieso y burlón que le caracterizaba. —¿Ya me echas de menos?
—"Ven." –fue la escueta respuesta de aquella voz fría y profunda. —"Esta noche."
Inexplicablemente, ese sonido y aquellas órdenes que estremecerían al más valiente, eran lo que Roxas necesitaba para tranquilizarse. Esa característica sonrisa, pícara y juguetona, volvió a dibujarse en los finos labios del joven, incluso dejando escapar una débil risilla entre ellos.
—Dime dónde y cuándo, querido. –respondió coqueto. —Y prométeme que habrá jacuzzi esta vez.
—"Vendrá un coche a recogerte a las nueve y media. No te retrases."
Un pitido.
El rubio suspiró, apagando su teléfono móvil y volviendo a dejarlo en cualquier lugar de su desordenada cama. Su caprichoso cliente siempre era así; aún más inexpresivo por teléfono que en persona, algo que Roxas llegó a creer que era imposible, cuando se conocieron. Y descubrió que se equivocaba cuando su relación se convirtió en algo más íntimo y personal.
Era algo innegable. Sephiroth era frío, distante, posesivo y terriblemente caprichoso; por no hablar de su insufrible ego o su impredecible mal humor. Pero, sin embargo, el promiscuo joven tenía sus razones para tenerle cierto aprecio a su cliente favorito. Después de todo, era su príncipe azul, y no había recibido aquel título sólo por ofrecerle las sesiones de sexo más salvajes y pasionales que había experimentado jamás.
Aquel hombre de penetrantes ojos de serpiente y largo cabello plateado le había salvado la vida.
—Con un poco de suerte, no me habré perdido el final del capítulo.
– Midgar, sector 1 –
4 de noviembre, 11:53 p.m
El sonido de una respiración agitada era lo único que rompía el silencio que reinaba en la enorme y oscura habitación de hotel. Sólo la tenue luz de aquella noche de luna llena acompañada de otros destellos del exterior, ya fuera de las farolas de la ciudad o algún cartel, alumbraba débilmente la estancia, colándose entre las oscuras cortinas e iluminando un par de copas, ambas ya completamente vacías, así como las sábanas de aquella cama de matrimonio, prácticamente en el suelo.
También podía apreciarse la silueta de un cuerpo delgado, atlético y completamente desnudo, sentado sobre la cama. El débil resplandor procedente de la ventana mostraba prácticamente la mitad de su cuerpo, repasando esas líneas delicadas o reluciendo ese rebelde remolino de cabellos rubios. Sin embargo, esos profundos ojos azules brillaban más en aquella oscuridad que cualquier otra luz presente en el dormitorio.
—No está mal que tome el control de vez en cuando, ¿no crees? –preguntó con picardía, mirando el cuerpo que reposaba bajo el suyo.
Una especie de gruñido fue la única respuesta que recibió Roxas.
Sephiroth se encontraba bocarriba, completamente desnudo y prácticamente reposando sobre su propio cabello extendido elegantemente en la cama. El sudor, recorriendo todo su cuerpo, parecía brillar junto a la enorme ventana, al igual que esas largas hebras plateadas con las que jugueteaban ahora los dedos del travieso muchacho, aún sentado sobre sus caderas, observándole con una irritante y, a la vez, excitante superioridad. O eso era lo que esos afilados ojos verdes, que aún parecían degustarlo con la mirada, parecían opinar.
—Me lo he pasado muy bien. –susurró impúdico, relamiéndose los labios.
Sin embargo, el adulto continuó en silencio a pesar de sus provocaciones, limitándose a acariciar las caderas de su compañero nocturno, sin mover un solo músculo de su inexpresivo rostro.
El rubio suspiró. Desde que habían terminado aquella primera ronda, su cliente favorito había estado actuando de forma extraña. Estaba convencido de que no era porque hubiera realizado mal su trabajo; confiaba en sus habilidades y conocía demasiado bien al caprichoso Sephiroth, así como todo lo que le gustaba y lo que no. Subirse sobre él y dominar la situación no era algo que pudiera desagradarle, así que… ¿qué demonios le había pasado?
Frunció ligeramente el ceño y movió lentamente sus caderas de forma circular, arqueando su espalda y dejando escapar un débil gemido. Sonrió instantes después al escuchar ese ronco jadeo que sólo pudo ser pronunciado por su amante.
—Vamos, Sephy… Sabes que te ha gustado. –insistió.
Estaba dispuesto a seguir con ese suave movimiento, pero se detuvo cuando, al fin, el peliplateado decidió responder:
—¿Qué ha pasado hoy, Roxas?
Esa pregunta le sorprendió. Eran contadas las veces que Sephiroth le preguntaba tan directamente si algo le ocurría; normalmente, el mayor mencionaba algún incidente que hubiera logrado molestarle durante el día, siempre que su joven acompañante preguntara y sólo si se sentía de humor. Pese a que era lo suficientemente perceptivo como para notar que a Roxas le sucedía algo, no era tan atento como para molestarse en preguntar.
Pero lo que realmente asombró a Roxas, era que hubiera podido percibirlo cuando, esta vez, se había esforzado especialmente en ocultarlo.
—¿De qué hablas? Estás raro, ¿eh? –respondió el rubio, entre risas.
Se maldijo a sí mismo cuando se dio cuenta de lo nerviosa y sospechosa que había sonado.
—Es grave. –determinó Sephiroth, frunciendo levemente el ceño y entrecerrando sus ojos, molesto.
—Eso no importa ahora. –insistió.
Roxas intentó mover sus caderas de nuevo, buscando distraer al ojiverde, pero emitió un débil quejido cuando éste las sostuvo, con fuerza, inmovilizándolas. Su rostro, intimidante y sereno, no parecía dispuesto a ceder ante las distracciones del travieso joven, quién suspiró con cierta frustración. No esperaba que fuera a ser tan insistente.
—Es algo que me interesa saber. –dedujo, impasible. —No insistirías en ocultarlo de no ser así. Dímelo.
Finalmente, el rubio resopló, rindiéndose. Se dejó caer sobre la cama, muy cerca de su impaciente amante, apoyando después la cabeza en su pecho. No temía a Sephiroth; aquella mirada rara vez había conseguido hacerle temblar o, al menos, de la forma en la que se podría esperar. Simplemente, no quería iniciar una discusión absurda y, tal vez, el mayor no reaccionara de forma excesivamente violenta al escucharlo. Después de todo, las llamadas de Xigbar no tenían por qué significar nada peligroso.
O eso quiso pensar.
—Xigbar me llamó esta tarde. —dijo sin más.
Su dedo índice jugueteaba en el pecho de Sephiroth, como si intentara dibujar algo sobre su piel. No quería darle más importancia de la que merecía o, al menos, no hacerle creer a su príncipe lo contrario; comentarlo como una anécdota, como si estuvieran hablando de algo tan simple y cotidiano como el tiempo que hacía le haría pensar que era un tema sin importancia y no tendrían que hablar de ello.
Al observar el rostro de Sephiroth, descubrió que estaba equivocado.
Cualquier persona que viera su expresión ahora, suspiraría de alivio creyendo que aquella información no le había afectado, pero el ojiazul le conocía demasiado bien como para ser tan iluso. Reconocía ese brillo en sus ojos, así como la ligera tensión en los músculos de su cuerpo o la forma disimulada en la que apretaba sus finos y pálidos labios; Sephiroth estaba furioso y, si no estaba destrozando la habitación de hotel en esos momentos, era porque Roxas seguía jugueteando con sus dedos en su pecho.
—No respondí. –aclaró. —No creo que tenga importancia.
—¿Eso crees? –ironizó el mayor, entre dientes.
Roxas suspiró.
—Venga ya, Sephy, sólo han sido un par de llamadas. Si no respondo, se cansará.
—Parece mentira que no le conozcas.
El joven rubio debía confesar que, esta vez, Sephiroth tenía razón; su antiguo jefe no era el tipo de persona que aceptaba no obtener lo que buscaba, y eso había podido verlo de la forma más desagradable. Sin embargo, también era consciente de lo que su posesivo compañero era capaz de hacer cuando amenazaban lo que consideraba suyo. Y, por suerte o por desgracia, Roxas entraba en esa privilegiada lista.
—Deja de darle vueltas. –insistió Roxas. —No creo que se haya olvidado de lo que le hiciste la última vez. –añadió.
Al ver aquella maliciosa sonrisa dibujarse en los labios del peliplateado, supo que lo recordaba; el día en que Sephiroth decidió sacarle del local, hará poco más de cuatro meses. Aún recordaba aquel brillo en su mirada, una que no había vuelto a ver jamás, tan posesiva y violenta, como también recordaba los gritos de Xigbar o la mano de Sephiroth, sorprendentemente cálida aquel día, sosteniendo fuertemente su muñeca, guiándole.
Cualquiera a quién le contara la aventura de aquel día, la forma en que Sephiroth lo sacó de allí, huyendo de aquel apestoso local, habría pensado que se trataba de una peculiar pero romántica historia de amor digna de novela. Una increíblemente inusual. Pero no era así, en ningún momento fue así y, a pesar de todo, a Roxas le divertía recordarlo y compararlo con todos aquellos cuentos de hadas.
—Todavía me acuerdo de cómo me sacaste de allí. –continuó hablando, incorporándose ligeramente, llevando su mano a la fría mejilla del mayor, acariciándola. —Eres todo un príncipe encantador.
No era así. El rubio sabía perfectamente que Sephiroth jamás lo sacó de allí porque sintiera la imperiosa necesidad de rescatarlo; todo lo contrario, sus razones fueron egoístas y posesivas. Pero eso no ofendía ni decepcionaba a Roxas, quién no esperaba ni quería algo diferente. Fue un buen negocio, después de todo. Actualmente muy divertido y satisfactorio, pero un negocio.
Rió divertido al ver esas finas cejas arquearse en lo que no supo si era una expresión de desagrado.
—Por lo que parece, ese necio no lo recuerda.
—Pero yo sí. –respondió coqueto el menor, besando su mejilla, peligrosamente cerca de la comisura de sus labios. —Puedo recordárselo si insiste demasiado.
Sephiroth se obsesionó con él, hasta el punto de querer poseerlo por encima de todas las cosas, e incluso personas. No lo pensó dos veces a la hora de pagar por él, en su totalidad, como tampoco en sacarlo de ahí, dejando gravemente herido a Xigbar durante el proceso.
El rubio nunca sintió la necesidad de ser rescatado, pero no podía negar que estaba cansado del desagradable ambiente del que fue su lugar de trabajo y de su odioso jefe. Por no hablar de sus vulgares clientes, incomparables junto al peliplateado, que siempre ofrecía más dinero por sus servicios, además de premiarle con los mejores caprichos y unas noches realmente inolvidables.
Apenas llevaba unos meses en aquel local cuando Roxas se dio cuenta de que no necesitaba depender de nadie: tenía habilidad y atractivo suficiente para elegir a sus clientes, sin depender de Xigbar y, sobre todo, sin tener que relacionarse con alguien como él.
—Sólo tienes que pedírmelo. –murmuró el ojiverde, con un tono tan gélido y sombrío que provocó un escalofrío al menor.
—Fue suficiente con aquella pelea. –le recordó Roxas con un suspiro. —¿Por qué te crees que lleva ese parche en el ojo?
Aquella retorcida risa reprimida que recibió como respuesta sólo le hizo sonreír de forma traviesa, maliciosa y, en cierto modo, cruel.
—Sigo sin poder creer que hicieras todo eso sólo para tenerme para ti. —susurró con delicada sensualidad en el oído de su amante. —¿Tanto te gusto, mi príncipe?
—Siempre consigo lo que quiero. –dijo sin más, sosteniendo la barbilla del joven para forzarle a mirarle.
Xigbar siempre comentó lo sorprende que le resultaba el comportamiento de aquel insaciable cliente respecto a Roxas; el rubio había escuchado hablar de él, de su rudeza y terrible temperamento. Todos sus compañeros sentían pavor con la sola idea de tener que trabajar para él durante una noche y, sin embargo, a Roxas le resultaba excitante, enfermizamente excitante. No sabía si fue aquello lo que llamó tanto la atención de Sephiroth, pero, tras su primera noche, el peliplateado siempre exigía al rubio en todas y cada una de sus visitas.
Si el travieso ojiazul tuviera que definir sus primeros encuentros con Sephiroth, sería como una atracción. Una peligrosa atracción, cargada de pasión, lujuria y violencia de la que disfrutó incontables veces.
Y, a pesar de su criticable relación, Roxas siempre defendía que aquel retorcido vínculo no distaba en exceso del de dos enamorados, siendo incluso más profundo y sincero.
—Si vuelve a llamarte, me encargaré personalmente de él.
Roxas le dedicó una sonrisa cargada de fingida timidez.
—Lo sé. Por algo eres mi príncipe, ¿no?
El príncipe menos altruista y más posesivo que una historia narraría jamás. Y eso, a Roxas, le encantaba.
– Midgar, sector 1 –
5 de noviembre, 10:33 a.m
Los ojos del rubio se abrieron al escuchar el característico y a la vez irritante sonido de su teléfono móvil. Sin embargo, sonrió al verse en la cama, junto a su aún dormido amante, recordándole así la noche anterior. Apenas habían dormido, pero había merecido la pena.
Gruñó al comprobar que el móvil no parecía dispuesto a dejar de sonar, y lo buscó torpemente con su brazo, tanteando la mesilla de noche hasta que, al fin, pudo encontrarlo. Respondió sin molestarse en mirar de quién se trataba.
Se trataba de uno de sus nuevos clientes, Xemnas. Se arrepintió de no haber mirado al recordar quién le había proporcionado su número.
—"¿Podría verte esta semana? ¿El sábado?"
Roxas tuvo que reprimir un suspiro de alivio al recordar que, por suerte, ese día lo tendría ocupado; Riku y él saldrían. Y no pensaba posponerlo para satisfacer los deseos de un amigo de su antiguo jefe.
—¿El sábado? Tengo asuntos pendientes, lo lamento. –respondió con fingida decepción. —Tal vez pueda atenderte en otro momento. ¿Podrías llamar más tarde?
Escuchó el gruñido de Sephiroth tras él, y agradeció que aquel hombre no insistiera demasiado. Suspiró y se apresuró a vestirse. Tenía otra cita esa misma tarde y necesitaba descansar un poco antes.
—¿Por qué tienes tanta prisa?
La aún ronca voz del mayor le hizo detenerse. Volteó, observándole, casi tumbado sobre la cama, con la espalda apoyada en el respaldo y cruzado de brazos. Roxas supo que ese gesto, así como sus afilados ojos verdes y ese ceño fruncido, no querían decir nada nuevo.
—Tengo otros asuntos esta tarde. –respondió sin más, encogiéndose de hombros.
—Y, por lo que veo, este fin de semana y la semana que viene.
El rubio dejó escapar un largo suspiro.
—¿Y? ¿Qué problema hay con eso?
—Con una agenda tan ocupada, no tendrás tiempo para mí. –mencionó. —Tienes demasiados clientes.
Aquel comentario disgustó a Roxas, que se limitó a responderle con un bufido antes de terminar de vestirse.
—Siempre priorizo mis citas contigo. –le recordó el menor. —No es asunto tuyo lo que haga después, querido.
El peliplateado sonrió con cierta malicia.
—Bien. Este sábado. –ordenó sin más. —Cancela todos tus planes.
Roxas lo miró atónito. Por un momento, pensó que simplemente estaba bromeando, pero al ver cómo aquella sonrisa desaparecía para mostrarle aquel rostro severo y ligeramente malhumorado, supo que su impaciente y caprichoso cliente hablaba completamente en serio.
—No se trata de un cliente. –explicó. —Prometí a Riku que saldría con él esa noche. Lo siento, pero no pienso cancelarlo.
Todo pasó demasiado rápido.
Cuando el joven ojiazul quiso darse cuenta, tenía su espalda contra una de las blanquecinas paredes de la habitación, las enormes y frías manos del mayor sosteniendo sus muñecas y esos penetrantes ojos afilados casi fulminándole con la mirada, muy cerca de los suyos.
—Tu amigo puede esperar.
—Tú puedes esperar. –corrigió Roxas, comenzando a sentirse especialmente molesto. —Se lo prometí. No pienso posponerlo por un capricho tuyo. Esta vez no.
Dejó escapar un débil quejido al sentir las manos del peliplateado presionar sus muñecas con algo más de fuerza.
—YO debería ser tu prioridad.
A pesar de aquella intimidante mirada, el joven rubio no estaba dispuesto a ceder, y mucho menos a mostrar debilidad ante su caprichoso cliente. Se lo había prometido y, aunque sabía que prometió en su día que Sephiroth siempre sería prioridad, no se trataba de trabajo; Riku le necesitaba, y Roxas decidía cuándo trabajaba y cuándo no.
—No. Y suéltame, me estás haciendo daño.
En ningún momento agachó la cabeza, o bajó la mirada. Sephiroth era incapaz de atemorizarle, y ambos lo sabían. Aunque, al parecer, al mayor se le había olvidado por unos instantes.
Por fin, soltó sus muñecas. El rubio puso apreciar las marcas de los largos dedos del mayor en su pálida piel, enrojeciéndola. Frunció levemente el ceño y se cruzó de brazos, dispuesto a reprenderle por ese violento comportamiento. Pero, sin embargo, enmudeció al escuchar su extraña advertencia:
—Debes parar, antes de que te conviertas en lo mismo que todos los demás.
Roxas entendió esas palabras y, por un momento, dudó. Fue incapaz de responderle, no quería demostrarle que podía tener razón. No esperaba ese tipo de consejo, ni siquiera había pensado en ello. Así que todo lo que pudo hacer fue desviar la mirada hacia la puerta, tentado a marcharse e interrumpir una conversación que prometía convertirse en un problema.
—¿De verdad quieres ser tan patético como el resto? –insistió. —Te creía más inteligente.
—Cállate, Sephiroth. –lo cortó el rubio, alzando ligeramente la voz.
Soltó un nuevo quejido cuando el mayor sostuvo su mentón para obligarle a mirarle una vez más. Roxas pudo ver su amplia sonrisa, tal vez incluso más maliciosa que de costumbre, y esa negación repetida con la cabeza.
Desilusión.
—Me estás decepcionando, Roxas. –murmuró, con una amenazante tranquilidad. —¿De verdad vas a sustituirme por un crío que te usa como desahogo?
—Es mi amigo. Algo que tú no puedes entender.
De nuevo, esa irritante negación con la cabeza.
—Eres tú quién no lo entiende.
De un manotazo, Roxas apartó la mano del mayor, alejándose de aquella pared y de su ahora inaguantable amante. Terminó de recoger sus cosas, ignorándole, evitando mirar esos ojos verdes que le miraban con total desaprobación.
—Te está utilizando.
—Riku es diferente. –dijo sin más. —Él no es como el resto. Es bueno.
Silencio. Un incómodo silencio. El rubio era incapaz de imaginar un silencio incómodo con Sephiroth, hasta ahora.
—Decepcionante, Roxas.
El ahora irritado joven, que hasta ahora había mantenido la mirada en el suelo, se sorprendió al ver al mayor parado frente a él, justo delante de la puerta, evitando que saliera de la habitación. Reprimió una especie de gruñido, así como una maleducada lista de palabras con las que describir el comportamiento de su cliente, todas ellas demasiado vulgares.
—Iré este sábado a tu casa. Te conviene estar presente.
A pesar del tono frío, impasible y aparentemente calmado en sus palabras, Roxas conocía demasiado bien aquel tipo de amenaza.
—Que te follen. –fue su respuesta.
Casi a zancadas, el rubio rodeó al mayor, ignorándole hasta que llegó a la puerta de la habitación, que no dudó en abrir.
Antes de marcharse, volteó para mirar al peliplateado, quién ahora parecía furioso y, aparentemente, conteniendo los deseos de destrozar algo.
—Y no seré yo. –aclaró, antes de marcharse con un portazo.
– Midgar, sector 7 –
9 de noviembre, 3:42 p.m
Roxas estaba tumbado en el sofá. Aquel inquietante pelirrojo ya se había marchado, y en su apartamento reinaba el silencio. Había procurado mantener el televisor apagado, evitando así empeorar su insoportable dolor de cabeza.
Sin embargo, con Axel fuera y sin ningún tipo de distracción, le resultaba imposible no recordar las insistentes llamadas de Xigbar, su discusión con Sephiroth y aquel desafortunado beso con el que, hasta ahora, había considero su mejor amigo. Todos esos acontecimientos le provocaban un dolor de cabeza más insoportable que el de la resaca.
Volvió a mirar su teléfono móvil, aquella larga lista de llamadas perdidas que había recibido durante la noche, tanto de Riku como de su arrogante compañero.
—Tenía razón. –comentó con voz queda. —Sephiroth… tenía razón.
Hasta aquí llega el capítulo. En principio, el domingo-lunes estará la actualización de la versión de Riku. Voy a intentar cumplir con mis plazos establecidos hasta ahora, pero empiezo en serio con los exámenes y puede que falle alguna vez. De verdad espero que no, pero no me veo capaz de prometer nada, lo siento.
¡Nos leemos!
(El detalle de la serie que estaba viendo Roxas se lo dedico a Birds Ate My Face, espero haberle sacado una sonrisilla con eso, ¡se lo merece!)
