Vale, ya es prácticamente lunes en España y yo debería llevar dormida un mínimo de dos horas, una si me pongo exquisita. Pero, bueno... en algún lugar del mundo tiene que ser domingo todavía para que haya podido cumplir con el plazo, ¿verdad? ¿Verdad? No me matéis, por favor, he tenido un día largo y me ha costado un poco terminar el capítulo, ¡pero no me he demorado demasiado!

Como siempre, paso primero a las reviews:

AlhenaSmile: La base de esta historia consiste en describir el amor desde distintos puntos de vista, así que me alegra que te parezcan tan buenas, aunque no las compartas. También que te guste tanto la relación de Axel y Roxas, puesto que quiero hacerla especial y no demasiado irreal o rápida, ya sabes. Y, por otro lado, comprendo tu cariño hacia Riku. Digamos que quiero hacerlo muy humano, aunque eso pueda convertirlo en un personaje, en cierto modo, odioso. Y te confesaré que, a veces, yo también me identifico con él. ¡Y aquí tienes la continuación! No sabes lo mucho que me halaga que seas una lectora tan fiel.

RoseHenderson: "Desesperación" es una reacción que me complace bastante, sí. Axel es increíble, veo difícil que a alguien no pueda gustarle como personaje en mi historia. Me alegra que te haya encantado, y espero que este capítulo también lo consiga.

Nanndo: De veras, no sé cómo lo haces para subirme la autoestima de esa manera con un par de palabras. Al final, verás lo que he decidido. Me ha costado un poco, pero... espero que sea de tu agrado y no decepcionarte después de una review tan bonita. Y aunque los encuentros de Axel y Roxas no sean tan extensos o numerosos como "debería", me alegra saber que consigo escribirlos tan bien para que me pidáis más.

Surya Hatoway: Entiendo ese sentimiento y no sabes lo que me alegra saber que puedo animar a alguien que tiene un mal día. Espero que estés mejor y, sobre todo, que disfrutes de este capítulo tanto como los demás, ¡o más!

EndInWaiting: ¡Genial, un nuevo lector! Me alegra que te guste tanto mi historia y que te parezca que tiene una calidad buena. ¡De verdad! Esas cosas animan muchísimo. Espero que mi decisión sea de tu agrado y que haya podido llevarla bien y, sobre todo, que este capítulo te anime a seguir leyendo mi historia.

WarriorCM: Ciertamente, Riku puede ser desesperante. Espero que no quieras matarlo después de este capítulo.

Birds Ate My Face: ¡Por fin ves tu referencia, mujer! Ya era hora... Te imagino dándole collejitas a Sephiroth y lanzándole flores a Axel. Y me gusta. Axel es genial, y sé que te encanta como también me alegra muchiiiiísimo que la relación de Roxas y Axel capte tanto tu atención aunque sea algo lenta en algunas ocasiones. Y, bueno, eso, aquí tienes el capítulo para cuando lo leas, que confieso que me da especialmente miedo que no te parezca muy bueno o que algo de él te desagrade. Aaaahhhh. Patata. Gracias por todo.

Hasta aquí todas las reviews y, una vez más, mil gracias. Pararse a leer mi fic ya es un esfuerzo, seguirlo es otro y tomarse un tiempo en escribir la review y enviarla... En serio, muchísimas gracias a todos. No sabéis lo culpable que me siento cuando me retraso un poco; sois demasiado buenos.

Disclaimers: Kingdom Hearts y sus personajes son propiedad de Square-Enix y Disney.


Definiciones del Amor–

El amor, por Roxas

Capítulo VIII


Midgar, sector 7 –

30 de noviembre, 00:56 a.m


La habitación estaba completamente oscura. Las luces apagadas, e incluso las persianas de la ventana estaban completamente bajadas para que ni siquiera la luz de las farolas que alumbraban la ciudad durante la noche pudiera dejar ver los actos obscenos que estaban teniendo lugar.

Sin embargo, la oscuridad no podía ocultar los jadeos y suspiros del peliplateado, quién ya hacía unos minutos que había comenzado a mover sus caderas en un tímido y quizá torpe vaivén, con sus manos apoyadas en el colchón y dejando caer su largo cabello, ocultando su rostro.

Unos largos y delgados brazos rodearon su cuello en lo que fingía ser un abrazo cariñoso. Roxas se encontraba bajo su cuerpo, mordiéndose el labio en silencio para evitar que cualquier sonido escapara de su boca. Después de todo, su voz nunca sonaría tan dulce e inocente como la que su amigo pretendía escuchar.

Aún en aquel momento, entre jadeos, el rubio pudo percibir algún sollozo por parte de Riku. A pesar de que lo que estaban haciendo era algo que debía ser placentero para él, que debía hacerle olvidar todo durante unos minutos, Riku seguía destrozado. Y se dio cuenta de que trataba evitarlo cuando sintió esas embestidas más rápidas, menos consideradas, más desesperadas. No se quejó, sólo recibió a su amigo en silencio, abrazándose a su cuerpo con fuerza.

A pesar de esos movimientos tan descuidados, a Roxas le sorprendió sentir besos en su mejilla y, posteriormente, en sus labios. Tímidos y, a veces, torpes roces que le dedicaba el joven albino. Podía jurar que jamás había experimentado algo así, ni siquiera en esos momentos en los que fingía que Sephiroth y él eran una verdadera pareja.

Riku era cariñoso, dulce y cuidadoso. A pesar de sus movimientos desesperados, el ojiazul pudo escuchar sus disculpas entre los primeros gemidos. Le dedicó varios besos, que poco a poco pasaron de ser inocentes roces a algo más pasional y que, aún así, Roxas podía creer –por un instante– que eran sinceros. Nunca, jamás, había tenido ocasión de recibir a alguien tan tierno entre sus piernas.

Aunque, claro, tuvo que recordarse que esa clase de personas no pagaban por tener sexo.

No tardó demasiado en dejarse llevar, en responder a aquellos besos y suaves caricias, ahogando en la pálida piel del peliplateado sus gemidos. Se preguntó si sería así cómo lo hacían las personas que realmente se amaban. La primera vez, una de verdad, sin dinero ni simple lujuria de por medio. Caricias y besos entregados no sólo por placer o el deseo, también por ese profundo vínculo entre dos personas que, al parecer, debía existir de verdad. Jamás se había preguntado ese tipo de cosas, y agradeció que los movimientos de su amigo se volvieran más profundos y seguros, evitando que pudiera pensar y haciendo que tuviera que clavar sus uñas en la espalda del mayor, volviendo a morder su labio para reprimir lo que no estaba seguro si sería un grito o un gemido.

Pero, entonces, lo escuchó. En su oído, sintiendo ese aliento cálido sobre su piel, haciéndole estremecer:

Sora

Sonrió con amargura, recordando por qué habían llegado a esto, por qué estaban haciendo algo así y, sobre todo, con quién estaba haciéndolo.

No era dulce, no era tierno, ni cariñoso. No era amor.

Para Riku, era un espejismo, una ilusión; su fantasía cumplida de la más forma más retorcida posible. Y, para Roxas, era sólo una forma de recordarse que, todas esas palabras, todos esos sentimientos e ilusiones de los que el peliplateado siempre hablaba no eran más que un cuento infantil. Una bonita excusa, pero una estúpida creencia.

Sin embargo, era frustrante que algo tan aparentemente tierno resultara ser tan… vacío.

Y se dio cuenta, al escuchar los jadeos de su amigo tan cerca de su oído, que quería parar. Quería salir corriendo, no quería seguir con aquello. Pero fue incapaz de apartarse, y no habría podido de haberlo intentado; Riku era mucho más fuerte que él. Tampoco habría sido justo. Después de todas las veces que había consentido algo así, sin ningún tipo de escrúpulo, por parte de tantas personas… ¿iba a negárselo a un amigo?

Cerró los ojos, esperando a que acabara. Y, a juzgar por esos sonidos que escuchaba y la velocidad de las embestidas, el fin estaba cerca.

Casi sintió un tremendo alivio cuando aquella práctica que comenzaba a resultarle repugnante terminó. El cuerpo de Riku se dejó caer sobre el suyo, casi aplastándolo. Su respiración entrecortada fue lo único que se escuchó en la fría habitación. El rubio permanecía en silencio, insatisfecho, pero incapaz de manifestarlo. Al fin y al cabo, si su amigo escuchaba su voz, todo esto no habría servido de nada. Y tampoco quería continuar. No lo hacía por sí mismo, después de todo, y no tenía ánimos para ello.

Pero sí quiso levantarse. Necesitaba una ducha con urgencia, pero fue incapaz de zafarse de los fuertes brazos de su compañero que lo abrazaban, ahora más tranquilo, con esa ternura y cariño que tanto comenzaban a irritarle. Ya tenía lo que quería, ¿por qué seguía con ese juego? Pretendiendo que era el castaño al que abrazaba…

Te quiero.

Esas fueron las últimas palabras que el promiscuo joven escuchó, en débiles susurros. Trató de ignorar esa sensación desagradable y dolorosa en su pecho. Jamás había escuchado esas dos palabras; no dirigidas hacia él, no pronunciadas de aquella forma tan sincera, tan inocente. Y, sin embargo, no era real.

Nada de esto era real.

Cuando por fin escuchó esa respiración pausada que indicaba que el peliplateado había caído en los brazos de Morfeo, Roxas se apartó con dificultad del enorme cuerpo de su amigo, levantándose de la cama y caminando lentamente hasta el baño, cerrando la puerta y poniéndose bajo la ducha antes de abrir el agua.

Cerró los ojos, dejando que el agua cayera por su cuerpo. No se movió, sólo disfrutó de esa sensación, incapaz de buscar el gel o la esponja para lavarse, a pesar de que lo necesitaba con urgencia.

Por primera vez, Roxas se sintió culpable. Sintió que había hecho algo terrible.

Levantó la cabeza, camuflando sus lágrimas con el agua de la ducha.


Midgar, sector 7 –

30 de noviembre, 10:11 a.m


Abrió sus ojos con pesadez, estirándose aún en la cama con un largo bostezo. No tardó demasiado en recordar lo que había sucedido la noche anterior y dejó escapar un largo suspiro. Por primera vez en casi dos años, no sabía cómo enfrentarse al compañero nocturno que dormía a su lado, y eso era toda una novedad. Una que no le agradaba en absoluto. Tal vez era porque, esta vez, se trataba de alguien muy diferente a lo que estaba acostumbrado a lidiar.

Dibujó una vez más esa sonrisa burlona y ligeramente prepotente en su rostro antes de mirar al otro lado de la cama y enfrentarse a su amigo. Al menos, tenía el consuelo de que el peliplateado estaría, probablemente, demasiado avergonzado como para atreverse a hacer un comentario de los sucesos acontecidos horas atrás. Y lo agradecía. Una vez más, era la primera vez que no quería siquiera mencionarlo.

Su sorpresa fue mayúscula cuando, al buscar a Riku, todo lo que encontró fue el otro lado de la cama completamente vacío.

—¿Riku…?

El peliplateado no estaba y, después de buscar con la mirada por su habitación, que estaba completamente vacía. Tampoco encontró la ropa de su amigo, y no parecía que hubiera ido precisamente a darse una ducha. ¿Se había marchado?

Gateó por la cama en busca de sus pantalones y rebuscó en los bolsillos hasta que encontró su teléfono móvil. Marcó el número de Riku y esperó, comprobando que, efectivamente, daba señal, pero no se oía nada en toda la casa. Y, entonces, escuchó cómo le colgaban.

Frunció el ceño y lanzó el móvil a algún lugar de la cama, afortunadamente, sin estrellarlo contra el suelo.

Volvió a dejarse caer sobre el colchón, cerrando los ojos, recordando esa desagradable sensación que sintió anoche. No lo necesitaba para saber que, lo que había pasado, estaba mal. Muy mal. No por lo que había hecho, ni por cómo había sido, sino por con quién había pasado.

Su amigo era la última persona con la que el rubio habría querido que todo aquello ocurriera. La única persona que lo respetaba. Riku era la excepción. Era el único. Y, ahora, todo eso había desaparecido.

Roto. Todo estaba roto.

Nunca le había importado. De hecho, agradecía cuando desaparecían a la mañana siguiente. Pero, esta vez, era doloroso. Se sentía utilizado, como un juguete. Utilizado por la única persona en la que había llegado a creer, la única que había llegado a hacerle preguntarse si estaría equivocado. Y, ahora, todo eso no existía.

Se sentía… sucio. Y no sabía que esa sensación podía ser tan repugnante.

No se movió en toda la mañana, a pesar de que escuchó el teléfono numerosas veces. Lo ignoró. Ignoró absolutamente todo. Sólo se quedó tumbado en la cama, con los ojos cerrados, escondidos bajo su brazo. No quería moverse, porque sabía que querría destrozar todo lo que estuviera a su paso. O peor aún, echarse a llorar como un bebé.

Jamás había experimentado algo así, y era realmente desesperante.

Gruñó al escuchar más veces el teléfono. Eran varias llamadas, pero no tenía ningún interés en responderlas. Fueran de quién fuese. Y, si seguían así, acabaría destrozando ese maldito aparato del demonio.

Cuando finalmente logró calmarse, se levantó de la cama, mirando en su móvil todas aquellas llamadas. Cuatro de Sephiroth, dos de Xigbar y, la última, de Axel. Suspiró. No estaba de ánimos para lidiar con ninguno, pero se dio cuenta de que tenía dos mensajes en el buzón de voz, de modo que puso el manos libres y dejó que sonaran, mientras se levantaba a buscar algo de ropa que ponerse.

Casi sonrió al escuchar el primer mensaje, del pelirrojo:

"Eh, Roxy. Sólo llamaba para preguntarte cómo había ido con tu amigo, no parecía encontrarse bien. ¿Está mejor? Llámame cuando puedas, ¿lo captas? Espero que tú también estés bien, pollito."

Sin embargo, no le gustó en absoluto esa voz áspera y desagradable que sonó en el siguiente mensaje:

"Llevo semanas intentando contactar contigo. Ocupado, ¿eh? Tengo trabajo para ti, y creo que la oferta podría interesarte. Eso sí, ni una palabra a tu amiguito albino, querría conservar mi otro ojo, ¿sabes? Te echo de menos por el local, está más… vacío sin ti, ya sabes. Llámame."

Había terminado de vestirse cuando escuchó el final del mensaje. Miró el móvil y se acercó a él, sosteniéndolo y marcando el número de su antiguo jefe, dispuesto a llamar. Vaciló al darse cuenta de lo que había estado a punto de hacer y sus manos temblaron. ¿Es que era estúpido? Prometió alejarse de Xigbar muchos meses atrás. Una cosa era hacer lo que quisiera con su cuerpo y aprovecharse de ello, y otra muy distinta era ceder ante ese viejo sin escrúpulos.

Además, si Sephiroth lo descubría…

De nuevo, la vibración de su teléfono móvil lo sacó de sus pensamientos y, al ver ese nombre, descolgó sin ni siquiera pensarlo. Y, entonces, enmudeció.

¿Por qué demonios respondía? No quería hablar con nadie, no quería hablar con absolutamente nadie. Ni siquiera con él.

—"¡Roxy, estás vivo!" –respondió esa melodiosa voz al otro lado de la línea. —"Perdona, te llamé hace un par de horas y te dejé un mensaje en el buzón de voz. ¿Todo va bien? ¿Cómo está el chaval?"

Axel.

—Ya se ha ido. Se le pasó enseguida, ya sabes que es un exagerado. –fue capaz de responder, y se maldijo mentalmente al darse cuenta de que su voz estaba temblando.

—"Eh, ¿estás bien?"

—Claro. Es una reina del drama, ya sabes.

—"Roxas…"

El rubio sintió un extraño escalofrío recorrer toda su espalda cuando escuchó la voz de Axel pronunciando su nombre de aquella manera tan misteriosamente seria. Fue incapaz de responder durante unos segundos, porque sintió que, si se le ocurría abrir la boca, diría cualquier clase de estupidez.

—Tengo que colgar. –pudo decir, al fin. —Trabajo, ya sabes.

Antes de que el ojiverde pudiera decir nada, Roxas cortó la llamada. No necesitaba la compasión de Axel, como tampoco le interesaba que alguien supiera que, aquella tarde, se sentía débil. Y eso suponía decir y hacer cualquier tontería.

Y no podía permitirlo.

—Necesito… otra ducha.


Midgar, sector 7 –

30 de noviembre, 11:04 p.m


Llevaba todo el día encerrado en el apartamento, sentado en el sofá y viendo cualquier basura que echaran en la televisión. Sólo se había levantado para comer, y aún no se había dignado a levantarse para cenar. Había visto prácticamente todo lo que aquella caja estúpida le había mostrado: desde culebrones románticos, pasando por programas del corazón y llegando a la típica serie criminal de la noche.

Y el rubio logró entretenerse imaginando caras conocidas en el lugar de la víctima de turno.

Pero, al parecer, había alguien dispuesto a terminar de estropearle el día. O eso dedujo al escuchar los violentos portazos al otro lado de la puerta que hicieron que frunciera el ceño y le dedicara una fulminante mirada a aquella enorme tabla de madera. A pesar de ello, se levantó para abrir la puerta y descubrir quién era el maldito desgraciado que había decidido irrumpir en su casa sin una invitación.

No le sorprendió encontrarse con esos afilados y enfurecidos ojos de serpiente, esas arqueadas cejas de color blanquecino y el ceño fruncido, aunque sí la mano que sujetó su cuello y lo llevó contra la pared más cercana.

Había olvidado que llevaba un par de días sin responder a las llamadas de Sephiroth.

—¿¡Se puede saber por qué no me coges el…!?

Nuevamente, para el asombro del menor, las frías y largas manos de su cliente aflojaron la presión en su cuello al mismo tiempo que esa furiosa expresión de su rostro iba desapareciendo para dejar ver una más tranquila, que no preocupada; más bien, intrigada.

—¿Qué ha pasado?

El ojiazul se limitó a encogerse de hombros, aprovechando que Sephiroth había liberado su cuello al fin para volver al sofá, tumbándose bocabajo y ocultando su rostro entre uno de los cojines y su despeinado cabello dorado.

—Tenías razón. –respondió sin más.

Segundos después, Roxas levantó ligeramente la cabeza, extrañándose de sentir una mano en su cabeza, acariciándola. Tuvo que buscar al adulto con la mirada para comprobar que, efectivamente, se trataba de él. ¿Es que estaba intentando consolarle? ¿Tan patético se veía que incluso despertaba la compasión de alguien como Sephiroth? Reprimió un gruñido.

—Me quedaré esta noche.

—No estoy de humor para complacerte hoy, Sephiroth. –espetó sin más. Ni apodos cariñosos o jocosos; sólo su nombre, pronunciado con extrema frialdad.

—No quiero eso. –susurró el peliplateado. —Sólo dormir esta vez.

A pesar de que Roxas se mostró escéptico ante la propuesta de su caprichoso príncipe, asintió, indiferente.

Durante los siguientes minutos, reinó el silencio. Sephiroth se limitó a quedarse sentado a su lado, mirando el televisor, imitando al rubio que no parecía dispuesto a moverse ni a apartar la mirada del aparato. Ni siquiera se inmutó ante las caricias que recibió en su cabello, que aparentemente pretendían reconfortarle. Y, sin embargo, sólo le hacían sentir más patético.

Lo último que necesitaba ahora era compasión. La compasión y un incómodo silencio.

Y, una vez más, se sorprendió recordando a ese maldito puercoespín pelirrojo, burlándose de él, inventando nuevos apodos con los que referirse a él cada minuto. Recordó su voz, hablándole, cantando, riendo. El sabor dulce y, a la vez, salado de sus helados favoritos. Esa sensación fría en sus labios que no le molestaba en absoluto a pesar de estar casi en invierno. ¿Por qué no le había pedido a Axel que viniera? Oh, sí. Porque si la compasión de Sephiroth le resultaba deprimente, más aún se lo resultaría la de un casi-desconocido, por "nuevo mejor amigo" que pretendiera ser.

Eso, y que siempre se sentía peligrosamente expuesto cuando estaba con él. Y lo último que necesitaba ese día era algo así. Como tampoco necesitaba extrañar a alguien de aquella forma tan infantil, ni sentir ese cariño excepcional hacia un desconocido.

Ya había nombrado a Riku como una excepción, y la recompensa había sido una auténtica mierda.

Se atrevió a mirar a su silencioso acompañante, descubriendo que estaba reprimiendo un bostezo. No iba a negar que no esperaba que, de todas las personas del mundo, fuera él quién estuviera haciéndole compañía. Y no sabía si era deprimente o revelador.

—Ve a dormir, estás cansado. –sugirió, aún con ese tono indiferente, muy distante de aquella voz juguetona y traviesa que siempre le dedicaba.

—Es tarde, tú deberías ir también. –le recordó, cruzándose de brazos. —No tienes buen aspecto.

—Yo siempre tengo buen aspecto, mi amor.

Por fin, una respuesta típica del Roxas al que el mayor conocía.

—Voy a lavarme la cara, ve adelantándote a la habitación. –dijo sin más, levantándose y besando de forma fugaz los fríos labios de Sephiroth antes de marcharse.

Se encerró en el baño, rebuscando en los bolsillos de su pantalón y suspirando al comprobar que su teléfono móvil continuaba ahí. Marcó uno de los números de la agenda y esperó, escuchando los pitidos que marcaban la llamada.

Cuando escuchó esa escalofriante voz, sonrió con amargura.

—¿Xigbar? –preguntó, en susurros casi inaudibles. —Soy Roxas. Estoy interesado. Me pasaré por el local mañana por la noche.

Antes de volver a escuchar a esa rata detestable, colgó el teléfono, volviendo a esconderlo en su bolsillo y lavándose la cara antes de salir del baño.

Sephiroth estaba esperándolo en la habitación, con ese rostro casi inexpresivo que le impedía adivinar en qué estaba pensando exactamente. Y el rubio estaba convencido de que, esta vez, no le convenía saber qué pasaba por la cabeza de su amante. Probablemente, le enfurecería saberlo.

Se quitó la ropa para quedar en ropa interior, caminando hacia la cama y tumbándose. Para su sorpresa, el mayor no intentó nada. Ni siquiera lo tocó. Y eso sí que era toda una sorpresa.

—Descansa. –murmuró el hombre, aún mirándole de aquella manera.

—Descuida, estaré bien. –aseguró Roxas, aún con esa falsa sonrisa. —Mañana será otro día, te lo aseguro.

Volvió a tumbarse, cerrando los ojos, convencido de que, mañana, volvería a ser el de siempre. Y no tropezaría nunca más.

...


Qué bien, ¿eh? Es como que Roxas tiene lemon con todo personaje posible menos con, vaya por dios, Axel. ¿Es posible que lo haga a propósito? Sí, y además también. Forma parte del encanto de esos dos. Supongo. O es mi deseo de tocar las narices al personal.

Tengo sentimientos encontrados con este capítulo. Cuando escribí el resumen, la base sobre la que desarrollaría el capítulo, me encantó. Pensé que sería genial y que lograría hacerlo todo lo relevante que merece ser (porque sí, en la historia y mentalidad de Roxas es muy relevante). ¿Problema? Que, a la hora de escribirlo definitivamente, no quedé tan contenta. Quiero decir, me gusta, pero sigo con ese miedo de no ser capaz de expresar los sentimientos de forma clara pero, al mismo tiempo, que con poco pueda transmitirlos al lector. Ya sabéis, comidas de coco de escritor wannabe, supongo.

Sobre todo el lemon... No por sexual, pienso que no ha sido demasiado sexual (lime, incluso, no manejo bien esos términos), sino por lo que quería transmitir.

Pero sois vosotros los que me demostráis si lo he conseguido o no, así que... esperaré impaciente y muy nerviosa vuestras reacciones. ¡Espero no haber decepcionado y nos leemos en dos semanas!

...Oh, cierto. Puede que os llevéis una pequeña sorpresa esta semana. Una que huele a fresas y vainilla. ¿Qué será...?