¡He vuelto, criaturitas mías! Lo sé, os estaréis preguntando qué demonios significa ese título de capítulo (y, si no os habíais fijado, lo habréis hecho ahora y os estaréis haciendo la misma pregunta), y es que tenía pensado otro título, pero era demasiado revelador. Así que se queda en esto. Tiene sentido, ya veréis por qué.

No tengo mucho que decir, paso a responder vuestras reviews:

Surya Hatoway: Aw, adoro tus reviews, de verdad. Es justamente la reacción que quería causar con esa escena, y me alegra muchísimo saber que lo hice bien. Odié a Riku mientras escribía el anterior capítulo, y quise abrazar a Roxas incontables veces. Le estoy haciendo sufrir demasiado, y lo peor es que no he terminado. Soy una horrible persona, pero espero que disfrutes mucho de este capítulo, ¡y mil gracias, siempre!

Nanndo: No sabes lo muchísimo que me alivia saber que alguien entienda tan bien el por qué de ese detalle de la relación de Axel y Roxas, es algo que me preocupa desde que empecé a escribir esta historia, ¡y me alegra que lo entiendas! Ay, podría tirarme horas respondiendo a esta review, en serio me encanta leer tu reacción, porque siento que lo hice realmente bien aunque temía no poder expresar todo lo que quería. Espero haberlo conseguido también en este, ¡disfrútalo!

RoseHenderson: Me gusta Sephiroth porque es misterioso. No es un cubito de hielo 100% egoísta, pero obviamente tampoco es un ángel. A su manera, aprecia a Roxas, y quería demostrarlo en este capítulo. Y poco más, ¡aquí tienes el siguiente!

AlhenaSmile: Has descrito bastante bien a Roxas en este capítulo, añadiendo además un matiz que, tal vez algo más complejo que lo que has dicho, es completamente cierto. Espero no decepcionarte con este capítulo, ¡disfrútalo!

WarriorCM: No puedo negar que me eché a reír cuando leí tu review. En serio, ¡me encantó! No en el sentido de que me pareciera estúpida, es que te imaginaba tirando una mesa o golpeando a Riku con un palo. Causar una reacción así en un lector es importante, y me alegra haberlo conseguido. ¡Espero que te guste el siguiente! Respecto a Naminé, no lo tengo pensado del todo, pero probablemente no aparezca o no tenga una aparición demasiado relevante.

Sora-chan90: En serio, me halaga haberme ganado un hueco entre tus autoras favoritas, ¡de verdad! Y me sorprende, todos mis lectores adoran a Roxas, es refrescante ver a alguien que no lo tiene en tan buena estima como el resto, distintas opiniones. Espero no haberte hecho esperar demasiado y que disfrutes este capítulo.

EndInWaiting: ¡¿Cortos?! Me alivia pensar que no se os hacen largos y pesados, pero son casi siempre entre 4.000 y 5.000 palabras, ¡son bastante largos! También me encanta saber que he podido expresar bien los sentimientos de Roxas sin hacerle un cacao mental a nadie, eso está bien. Espero haberlo conseguido también en este capítulo, que también espero que te guste. Y, respecto a las fresas y vainilla, ¡ya lo he publicado y se trata de la versión de Sora de la historia!

Hasta aquí. Insisto en que sois todos unos lectores maravillosos, de verdad. Si pudiera, os daba un fuerte abrazo a todos. ¡Millones de gracias! Y ya os dejo con el capítulo, que quiero pensar que lo estáis deseando.

Disclaimers: Kingdom Hearts y sus personajes son propiedad de Square-Enix y Disney.


Definiciones del Amor–

El amor, por Roxas

Capítulo IX


Midgar, sector 7 –

12 de diciembre, 11:32 a.m


—No me jodas…

El rubio se encontraba en la cocina de su apartamento, agitando casi desesperadamente ese demoníaco tetrabrik, como si, después de prácticamente diez minutos comprobando que estaba completamente vacío, fuera a salir una sola gota de leche insistiendo un poco más.

Al final, dejó el condenado objeto de cartón en la bolsa de basura de mala manera y abrió la despensa, en busca de cereales, algún bollo o incluso una única galleta integral. Pero ni eso. Aunque después se recordó a sí mismo que sería un tanto extraño que se molestara en comprar galletas integrales. Suspiró, ya rendido, cerrando la pequeña puerta de la despensa y estirándose con un bostezo.

Tenía la cocina totalmente vacía y se moría de hambre.

Era lógico. Llevaba prácticamente tres semanas sin hacer la compra, y a pesar de que muchos podrían culparle por haber sido tan dejado, ¿cuándo iba a hacer la compra? Había estado demasiado ocupado durante los últimos días para bajar al supermercado más cercano y hacer una compra en condiciones; Sephiroth, las recientes visitas de Riku o su nuevo trabajo habían ocupado prácticamente todo su tiempo.

Volvió a dejar escapar un bostezo, restregándose los ojos con el dorso de la mano, y se dirigió a su habitación en busca de algo más de ropa que no fuera una camiseta de tirantes color gris y sus bóxers azules. Necesitaba bajar a comprar el desayuno urgentemente o empezaría a considerar la idea de comerse el inmueble.

Cuando entró, se encontró con el cuerpo de cierto peliplateado sobre la cama, tumbado bocabajo, con su rostro completamente escondido entre la almohada y su largo flequillo lacio. Desvió la mirada, tomando aire antes de continuar con la tarea de encontrar su ropa sin despertar a su último amante nocturno.

Ya era la tercera vez que Riku acudía a su apartamento en busca de desahogo.

Tras un par de minutos, encontró por fin unos tejanos grises y un sweater holgado, blanco y con una cruz en el centro. Se puso sus Converse All Star todo lo rápido que pudo y salió de la habitación, evitando volver a mirar su cama antes de salir. Era toda una suerte que su abrigo estuviera en la entrada… y totalmente estúpido que tuviera esa sensación asfixiante en su propia casa.

Bajó a la tienda que estaba en la calle de enfrente de su apartamento y se apresuró en coger lo esencial; cereales, galletas, un par de Donuts de azúcar, café, leche y mermelada de melocotón. También buscó algo de comida precocinada; ni siquiera tenía algo que hacer para comer en el mediodía.

Cuando pasó por un estante en particular, recordó que no era comida lo único que se había agotado en su casa. Revisó en busca de una caja de preservativos, o al menos eso intentaba hasta que chocó contra algo. O alguien, más bien. Algún estúpido niñato que iría mirando su teléfono móvil, mandándole corazoncitos o absurdas heces sonrientes por WhatsApp.

—¿¡Quieres hacer el favor de mirar por dónde…!?

Sin embargo, enmudeció al descubrir quién era la persona con la que había chocado; reconocía ese revoltoso e imposible cabello castaño, así como esa ropa demasiado colorida y esa voz aguda. No tardó demasiado en encontrarse con esos ojos azules, idénticos a los suyos, con esa sonrisa tímida y expresión inocente.

Sora. El mejor amigo de Riku, la principal razón de su locura.

—¡Lo… lo siento muchísimo! ¡Estaba distraído y no vi por dónde iba! –se disculpó el joven castaño, hablando de forma rápida y atropellada. —Lo siento de verdad…

Antes de que Roxas pudiera reaccionar, Sora recogió todo lo que se le había caído de la cesta y volvió a colocarla en ésta antes de devolvérsela a su dueño, sosteniéndola con una mano y llevándose la otra detrás de la nuca, frotándola y sonriendo de forma algo nerviosa.

—¡Perdona! Soy un auténtico desastre. –se disculpó, de nuevo.

Cuando el rubio pudo reaccionar, se limitó a negar con la cabeza y sostener la cesta que el joven le había devuelto. Miró hacia el estante y cogió la caja de preservativos para ponerla con el resto de cosas.

—Descuida, yo tampoco estaba mirando por dónde iba. –respondió, con una sonrisa, que se convirtió en una sutil mueca de confusión cuando vio que el menor miraba ahora su cesta ensimismado.

Ladeó el rostro, observando a Sora, mientras que esa expresión de confusión se tornaba en una más burlona y maliciosa, propia de él.

—¿Es la primera vez que ves una caja de condones, chico?

Sonrió satisfecho al ver cómo el rostro del muchacho comenzaba a asemejarse más a un tomate bien maduro que a la cara de una persona; parecía que quería esconderse en cualquier lugar o que le tragara la tierra, y probablemente así fuera. Apretó sus labios, reprimiendo una risilla algo cruel, cuando vio cómo ahora intentaba no mirarle.

Sin embargo, le llamó la atención que, por un momento, pareciera que esos ojos azules brillaran demasiado.

—No estaba mirando tus… Bueno, eso.

—¿Quieres que te enseñe como se ponen? –preguntó, mordiéndose el labio mientras miraba al joven, divertido.

La única respuesta que recibió del avergonzado castaño fue ver cómo este fingía buscar su compra por el suelo, sin éxito, ya que no había absolutamente nada. Después, se dio la vuelta y salió apresuradamente de allí, aunque Roxas pudo ver cómo volteaba disimuladamente –o eso debía creer que hacía al mirar hacia atrás como si fuera una avestruz muy torpe y estúpida– de vez en cuando antes de perderse entre las estanterías

Roxas se limitó a encogerse de hombros y a terminar esa dichosa compra antes de que cierta reina del drama despertara de su letargo. Anoche ni siquiera cenaron, así que debía estar hambriento y no podía irse sin desayunar.

—Menuda maldita coincidencia… –suspiró para sí, dirigiéndose hacia la caja.

Cuando terminó de hacer la compra, subió las bolsas hasta su piso y, tal y como imaginaba, había llegado tarde. Relativamente tarde; Riku ya estaba cogiendo su abrigo de la entrada cuando irrumpió en el apartamento.

Sus ojos se encontraron por unas décimas de segundo, pero fueron los aguamarina los que, avergonzados, rompieron ese breve contacto visual. Y, lo siguiente que pudo ver Roxas, fue a su amigo salir casi tropezándose del apartamento, sin dejarle siquiera abrir la boca para decir absolutamente nada. Todo lo que pudo escuchar fue un débil susurro pronunciado por una voz ronca, queda:

—Lo siento.

Roxas rió de forma amarga, dejando caer las bolsas, con la compra, en el suelo.

—No digas eso si vas a seguir haciéndolo, hipócrita.


Midgar, sector 5 –

12 de diciembre, 7:19 p.m


—¿Sabes? Comienzo a pensar que tal vez, y sólo tal vez, empiece a hacer demasiado frío para tomar helado.

El ojiazul no pudo evitar echarse a reír, tanto por el comentario de su amigo como por esa forma extremadamente exagerada de arquear su espalda y agitar su cuerpo. Se llevó esa gélida paleta de color azul a sus labios, reprimiendo así la carcajada, mientras su compañero seguía advirtiendo que sufriría una hipotermia.

—Te estás volviendo un blandengue, puercoespín. ¡Me estás decepcionando!

Sin embargo, dejó de bromear y sonreír al ver la expresión de Axel. No porque fuera seria o pareciera ofendido por su comentario, sino porque esa sonrisa, tan sincera, demasiado sincera y esos ojos esmeralda le provocaron un fuerte escalofrío. Aunque el rubio quiso culpar al helado de sal marina, no podía negar que la expresión del mayor le inquietaba.

—Así me gusta, Roxy. Empezabas a preocuparme, ¡tan serio todos los días…!

El aludido se limitó a desviar la mirada, llevándose una vez más el helado a la boca, como si no hubiera sido capaz de escuchar ese comentario. Pero, de hecho, esas palabras no dejaron de repetirse una y otra vez en su cabeza. Preocuparle.

—No vas a contarme qué es lo que ha pasado, ¿verdad?

Roxas apartó el helado de sus labios, separando ligeramente éstos para responder. Pero, antes de que pudiera hacerlo, el pelirrojo volvió a interrumpirle:

—Está bien. No insistiré. –jactó. —Nada de dramas en el Lugar Secreto.

Con una débil sonrisa, el rubio asintió, echando un vistazo a ese último piso del edificio abandonado del que Axel le había hablado hacía algo más de una semana. Tal y como le prometió, desde aquel enorme agujero cuadricular que alguna vez fue una ventana podía verse gran parte de la ciudad, así como la puesta de sol. Podían incluso apoyarse en el bordillo del antiguo ventanal y sentir esos agradables cosquilleos provocados por el vértigo. Era increíble.

Continuaron hablando durante un buen rato, tal vez algo más de una hora. Axel le habló sobre los ensayos del grupo a los que el menor no había podido asistir, de las veces que había hecho enojar a cierto peliazul ridículamente malhumorado, de su trabajo en la tienda de comics del cuarto sector y de lo divertido que fue mencionar cruelmente la palabra Doomsday delante de un par de clientes que llevaban una camiseta de la TARDIS.

Había intentado negárselo por todos los medios, pero Roxas había terminado asumiendo que la compañía de ese, a veces, impertinente pelirrojo conseguía mejorar su humor.

—¿Y qué hay de Demyx y los demás? Lleváis un par de días sin ensayar, ¿no? –preguntó el ojiazul, terminando de lamer ese helado ya casi terminado.

—No creo que nos veamos hasta enero. –respondió Axel, jugueteando con ese pequeño palo de madera en sus labios. —Ya sabes, Navidad, Demyx y Zexion han ido a ver a sus familias, y no sé tú, pero yo no ensayo a solas con el amargado de Saïx.

Ambos reprimieron una risilla por ese último comentario.

—Supongo que a mí me tocará volver a Villa Crepúsculo por esas fechas. –comentó Roxas, con un suspiro. —No me apetece nada, pero mi madre y mi hermano se volverán locos si no aparezco por allí.

—Me dejáis solo con el cascarrabias de Saïx todas las Navidades, ¿eh?

—¿Te quedarás en Midgar? –preguntó el menor, sorprendido. —¿No irás a ver a tu familia?

La única respuesta que recibió fue una sonora carcajada por parte del ojiverde. Roxas frunció el ceño, observándole. ¿Qué se supone que era tan gracioso? Torció el gesto, esperando a que su compañero dejara de reír. Esa reacción había despertado su curiosidad y, cuando al fin comprobó que no sería interrumpido por Axel, se atrevió a preguntar:

—¿Qué pasa? ¿Malos rollos con tus padres?

—Te llamaré por Año Nuevo. Pídele algo a Santa para mí. –bromeó.

El ojiazul continuó con el ceño fruncido. No era idiota; sabía que Axel estaba siendo sorprendentemente evasivo con ese tema, pero también sabía mejor que nadie lo que significaban esas respuestas y lo que esperaba conseguir con ellas, de modo que no insistió.

—No creo que me traiga algo a mí. –continuó la broma, sonriéndole.

Entonces, sacó su teléfono móvil del bolsillo y comprobó la hora. Suspiró. Si no quería llegar tarde a trabajar, debía marcharse cuanto antes. Volvió a guardarlo, mirando al pelirrojo con cierta desgana.

—Tengo que irme, o llegaré tarde.

Pudo observar cómo la sonrisa del rostro de su delgado amigo se desvanecía, dejando ver una expresión algo más seria.

—Te acompaño. –se ofreció, incorporándose antes que el rubio, quién no protestó y se limitó a imitarle.

Bajaron del edificio abandonado, en silencio, y Axel le ofreció el casco cuando llegaron a la calle en la que tenía aparcada su moto. Roxas se subió tras él, rodeando las delgadas caderas del pelirrojo con sus manos con algo de fuerza; Axel no era precisamente una persona demasiado prudente en la carretera.

—Roxas.

El joven levantó la cabeza para mirar a su amigo, intrigado.

—¿Sí?

—¿Estarás bien?

Durante unos segundos, el ojiazul fue incapaz de responder. ¿Cuánto tiempo hacía que alguien le preguntaba algo así? Estaba convencido de que, si hacía memoria, hubiera sido el mismo Axel. Y ese aspecto ahora no tan despreocupado y su voz mucho más monótona y ronca de lo que estaba acostumbrado eran algo que, hasta ahora, no había experimentado nunca en el socarrón pelirrojo. Axel realmente estaba preocupado por él.

Y, sin poder evitarlo, Roxas sonrió, dejándose caer lentamente en la espalda de su compañero, apoyándose en esta y abrazándole de un modo que esperó que fuera disimulado, utilizando como excusa la necesidad de sujetarse al conductor.

—Por supuesto. Yo siempre estoy bien.

Sólo entonces, Axel arrancó.


Midgar, sector 2 –

13 de diciembre, 3:58 a.m


—¡Joder, sí!

Pasados unos segundos, el promiscuo joven de ojos azules casi exhaló un suspiro de alivio cuando, por fin, su cliente soltaba sus piernas, dejándolas caer sobre la cama. Aún con sus ojos cerrados, escuchó los sonoros jadeos de su acompañante, junto a los suyos y a algún que otro sonido algo más lascivo que venía de la habitación de al lado. Sonrió al pensar que ya hacía mucho tiempo que no escuchaba la fantástica melodía de ese indecente lugar.

Lugar al que, ahora, volvía a pertenecer.

Entreabrió los ojos, buscando a ese masculino y soberbio rubio que había sido su acompañante aquella noche. Ni siquiera recordaba su nombre, y tampoco le importaba; probablemente fuera falso, de todos modos. Cuando lo encontró, estaba dejando una generosa cantidad de dinero en la mesilla de noche, ya con esos anchos pantalones puestos.

No tardó demasiado en percatarse de que lo estaba observando, y le devolvió la mirada, relamiéndose los labios con una maliciosa sonrisa.

—Me lo he pasado muy bien. –comentó, acercándose de nuevo a la cama para ofrecerle un fugaz pero intenso beso que distaba mucho de la inocencia.

—Vuelve cuando quieras. –lo invitó Roxas, con ese tono coqueto que ya había utilizado en incontables ocasiones. —Te estaré esperando. –añadió, observando al rubio mientras terminaba de abotonarse la camisa.

En realidad, ni siquiera recordaba su nombre. Ni el suyo, ni el de ninguno. No le interesaba, nunca le había interesado. Pero, sin embargo, confesaba que no iba a olvidar esa enorme cicatriz en su entrecejo.

Aún con esa misma sonrisa, el joven se despidió, abandonado la habitación apresuradamente mientras parecía responder a una llamada. A Roxas tampoco le importaba demasiado; por fin había terminado por hoy y estaba deseando volver a casa y dormir.

Se levantó, con cierta dificultad, y buscó su ropa por los distintos rincones de esa habitación privada. Apenas había podido ponerse los bóxers cuando escuchó la puerta abrirse, dejando ver a ese hombre de piel oscura, largo cabello plateado y extraños ojos dorados.

—Ya he terminado por hoy, Xemnas. –le recordó, subiéndose los pantalones con cierta urgencia. Empezaba a inquietarle esa mirada tan intensa.

Cogió la mitad de los billetes que su anterior visita había dejado y se acercó a su nuevo jefe para ofrecérselos. Tuvo la tentadora ocurrencia de lanzárselos a la cara de mala manera, pero sabía que eso no era en absoluto prudente.

—Tu parte, tal y como dijo Xigbar. –dijo sin más. —Ahora, si me disculpas…

Salió de la habitación, sin ni siquiera haber terminado de vestirse; prefería hacerlo por el camino y que el resto de clientes lo vieran antes que estar un solo segundo más en la misma habitación que ese hombre.

Cuando bajó al local, buscó su abrigo y se lo puso rápidamente, ignorando esa irritante sonrisa de Xigbar desde la barra y salió de allí. Sólo cuando sintió ese gélido aire golpear su rostro, exhaló una gran bocanada de aire como si sólo entonces hubiera sido capaz de respirar.

—Por fin has salido.

Los azules ojos del rubio se abrieron algo más de lo normal cuando descubrieron que alguien lo estaba esperando, apoyando en la pared y sosteniendo con sus labios un cigarrillo a medio terminar.

—Joder, Roxy, ni que hubieras visto a un fantasma…

Roxas no respondió. A pesar de que sus labios se abrieron y cerraron un par de veces, no emitieron sonido alguno. Era consciente de que debía parecer un completo idiota, ahí parado en mitad de la calle mirándole boquiabierto como si fuera una estatua.

Cuando por fin pudo pronunciar palabra, preguntó:

—¿Qué demonios estás haciendo aquí?

—Esperarte, ¿lo captas?

—Eso ya lo veo. –respondió el menor, escondiendo las manos en sus bolsillos. Estaba congelado, ¿Axel había estado esperándole en mitad de la calle, con el frío que hacía? —No necesito que me acompañen a casa, sé ir solo, no soy ningún crío.

—Pero hoy es un día especial. –replicó el pelirrojo, con una amplia sonrisa, tirando lo que quedaba del cigarrillo al suelo y pisándolo antes de acercarse a un más que confundido rubio.

Roxas arqueó una ceja, escéptico.

—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber qué día es ese?

No recibió respuesta. No de inmediato. Axel volvió a dedicarle la misma sonrisa y, lo siguiente que hizo, fue acercarse lentamente a él.

Y, a pesar de ese incómodo acercamiento, el ojiazul fue incapaz de reaccionar; se había quedado paralizado, mirándole. Empezaba a sentirse nervioso y no sabía cómo disimular ese inoportuno temblor en sus manos y piernas. Quería decirle que se apartara, que estaba invadiendo su espacio personal, pero fue incapaz de hacerlo. Porque, por primera vez en mucho tiempo –o, tal vez, la primera– esa cercanía no le incomodaba.

Pero estaba asustado, y ni siquiera era consciente de por qué. Sólo sabía que tenía miedo.

Cuando el mayor se detuvo, por fin, estaba muy cerca de su oreja. Podía sentir su respiración, cálida, rozar su piel, provocándole un escalofrío que, nuevamente, no pudo disimular.

—Feliz cumpleaños, Roxas.

Ni siquiera fue capaz de entender o explicar lo que le sucedió en ese momento. Quiso sonreír, quería hacerlo, pero sentía un doloroso nudo en su garganta y un fuerte calor en sus ojos. También temía que debía parecer realmente estúpido, porque aún temblaba, no podía articular palabra y… estaba convencido de que, por un instante, se le había olvidado cómo respirar. Y empezó a hacerlo de forma algo torpe y desesperada. No conocía esa sensación, ni siquiera sabía describirla.

Estaba aterrado.

—Eh, ¿estás bien?

La voz del ojiverde logró sacarle de su trance. Ni siquiera había sido consciente de que se había apartado, ahora apoyando sus largas y algo huesudas manos en sus hombros. Al ver esa expresión, nuevamente seria y preocupada, el rubio se repitió que debía actuar con normalidad, inventar una respuesta coherente cuanto antes, tal vez alguna palabra de agradecimiento y volver a casa. A dormir. Necesitaba dormir.

—No recordaba que era mi cumpleaños.

Brillante, Roxas.

Sin embargo, pareció ser suficiente para despreocupar a Axel, quién se echó a reír con una de esas carcajadas que, en lugar de sonar excesivamente sonoras y molestas, parecían una auténtica melodía. Y Roxas quiso abofetearse por ese pensamiento tan estúpido.

—No tienes buen aspecto. –observó y, sin esperar a que el ojiazul pudiera replicar, tiró de él hacia la carretera, dónde tenía aparcada su moto. —Necesitas azúcar. Menos mal que me dio tiempo a terminar la tarta…

El rubio se detuvo al instante, obligando a Axel a hacer lo mismo.

—¿Has hecho tarta? –preguntó, casi boquiabierto. —¿? Pero si el otro día casi quemas la cocina haciendo spaghettis. Spaghettis. –le recordó.

—Ese tipo de pasta es un invento del demonio, ¡si es imposible hasta comerla! No hay quién enrolle bien esa cosa en el tenedor. –se excusó, soltando al mejor y gesticulando con sus largos y delgados brazos.

Roxas tuvo que reprimir una sonrisa al ver lo absurdo que se veía, tan delgado y con esos gestos tan estúpidos.

—Seguro que esa jodida tarta es radiactiva. Paso.

—¡Venga ya! Tenía unas instrucciones en la caja. Es de esas del supermercado que se hacen en quince minutos, no podía ser muy difícil… ¡Y es de Oreos! ¡Oreos! ¿Lo captas?

Al final, los labios del ojiazul decidieron traicionarle, mostrando una sincera sonrisa a ese desastroso puercoespín.

—Está bien, iré. Pero sólo porque es de Oreos.

Se dejó arrastrar por el mayor hasta la moto, cogiendo el casco que le ofrecía y sentándose tras él, como siempre. O, tal vez, no exactamente como siempre. Sus manos seguían temblando, y ahora él podía sentirlo; estaban tocándole, abrazándole. Escondió su rostro en la espalda de Axel, deseando que éste no preguntara, que no se le ocurriera hacer ningún comentario, que lo ignorara. Si recordara como rezar, habría rezado mentalmente por ello.

Pero el pelirrojo no preguntó. No dijo absolutamente nada. Sólo sostuvo esas temblorosas manos con las suyas, y a Roxas le sorprendió que fueran tan cálidas, tan suaves.

—Axel. –lo llamó en susurros, sin salir de su escondite. —Gracias.

Aunque no podía verlo, imaginó que se había encogido de hombros por el movimiento de su espalda.

—Es sólo una tarta radiactiva.

Roxas sonrió, sin saber si debía sentirse decepcionado o aliviado. Prefería que el pelirrojo no entendiera a qué se refería con esas palabras, quería pensar que, realmente, no había entendido qué quería decirle con sus escuetas palabras, como también esperaba que pensara que sus manos sólo temblaban a causa del frío.

—Pero de Oreos. –puntualizó.

Tenía miedo. Como nunca antes lo había tenido, y ni siquiera sabía por qué. Pero no quería que ese irritante puercoespín pelirrojo soltara sus manos. Y eso sólo le aterraba más.

...


Para los que ya hayáis empezado la historia de Sora, tal vez hayáis visto de otra manera su escena, no sé si me explico.

Este capítulo ha sido un poco (no demasiado) más corto que los últimos, si mal no recuerdo, pero he quedado bastante satisfecha. Espero que vosotros también, y que esté desarrollando como es debido la historia de Axel y Roxas. Sé que hay detalles que no han quedado del todo aclarados, se irán explicando poco a poco, aunque creo que eso no es necesario explicarlo.

Poco más que decir, ¡nos leemos la semana que viene, con Sora!