Madre, escribo este diario con la esperanza de que algún día lo lea y pueda perdonarme. Si supiera todo lo que sentí, quizás comprendería que no quise yo hacerle daño, ni a usted, ni a Padre, ni a ningún otro miembro de nuestra familia. Y si alguien cogiera este diario y lo leyera, espero que Nuestro Señor lo guíe para que pueda comprender las locuras de esta mujer, que un día siendo niña, creyó vivir enamorada.

Creo Madre que tal como usted y Padre me enseñaron, las historias hay que contarlas desde el principio, por eso, porque es posible que alguien ajeno a nuestra familia lea mi diario, creo necesario que explique quien soy y de donde provengo. Para ello me serviré de lo que usted misma me contaba, sin dar demasiados detalles, puesto que sabe Dios que la historia de nuestra familia es larga y emocionante, pero me faltaría papel para narrarla.

Nací yo una fría mañana de noviembre, un 17, creo, hija de don Jim Beckett y de doña Johanna. Mis padres me recibieron con gran alegría, a pesar de no ser varón, puesto que eran ya muchos los años que venían buscando un hijo. Vivíamos en Londres, encargándose mi padre de pequeños pleitos y criándome mi madre a mí y más adelante a mi hermano, que murió siendo muy niño, en gloria de Dios esté. Mi madre dice que nací en 1548 y si esto es cierto, tengo ahora veinte años, casi media vida ya vivida. Éramos felices en nuestra casa, a pesar de que el frío se llevara a nuestro pequeño Thomas. Pero la felicidad no dura para siempre. Tuvimos la mala suerte de vivir tiempos difíciles en Inglaterra. Unos años antes de mi nacimiento el rey Henry VIII, al que conocen aquí como Enrique VIII había separado a la Iglesia de allí de la de Roma, todo por aquella horrible mujer, la Bolena. No escribiré aquí la triste historia de la verdadera reina de Inglaterra, su alteza Catalina de Aragón, católica hasta el día de su muerte, puesto que esta no es su historia, sino la mía. Pero la historia de los hombres y mujeres humildes a veces se escribe junto a la de los grandes hombres y no podemos evitarlo. Así pues, cuando creímos que con María I el catolicismo volvía a regir la vida en Inglaterra, pudiendo así vivir tranquilos mi familia y yo, murió nuestra reina, hija de su alteza Catalina y tomó el trono Elizabeth, reina que aún vive y gobierna. Fue entonces cuando mi padre, preocupado, decidió no esperar a lo que pudiera ocurrir y trasladarnos a un lugar seguro. Contamos con la ayuda de un cliente suyo, español, don Manuel de Sevilla, católico como nosotros. Así, en 1560 tomamos rumbo hacia tierras extrañas, llegando agotados y cubiertos de polvo a aquella ciudad de donde procedía nuestro buen amigo. Nos asentamos primero en el barrio de Triana, donde fuimos recibidos con recelo por los trianeros, que sólo veían en nosotros extranjeros que no conocían el idioma ni las costumbres de allí. Pero quiso Nuestro Señor que el destino nos fuera favorable y así, en 1564 pudimos trasladarnos a una bella casa situada muy cerca de la catedral, construcción hecha por los hombres para el regocijo de Dios. Así pues, tras cinco años conseguimos hacernos un sitio en la vida de nuestros buenos vecinos, siendo aceptados y también amados.

-¡Niña! ¿Dónde está, niña?

Cierro de golpe el diario y corro hacia mi dormitorio, guardándolo en mi arcón, en el fondo. No entiendo por qué Madre escribió un diario, no es algo corriente, sólo sé de algunos hombres que escriben sobre sus aventuras y viajes en el mar, pero poco más. ¿Qué quería decir Madre al empezar su diario? ¿Por qué buscaba el perdón de mi abuela? ¿Por qué decidió escribir en 1568, el mismo año en que nació Henry?

-Aquí está, llevo un rato buscándola –me reprocha. Me encojo de hombros, ruborizada. Me observa, traspasándome con esos grandes ojos marrones. Si hay alguien que sabe cuándo oculto un secreto, esa es Fátima. Son ya dieciocho años criándome, a ella no puedo engañarla. Con las manos en sus caderas espera a que hable, como cuando era niña y debía confesar alguna travesura. Pero ya no soy esa niña y ya no le resulta tan fácil hacerme hablar.

-Ayúdame a vestirme.
-¿No tiene nada que decirme?
-No.
-Niña…
-Fátima, es tarde, Henry y María vendrán pronto –la corto. Ella asiente, aunque sé que no lo va a dejar pasar eternamente.

Fátima prepara el baño, algo que aunque poco frecuente entre los cristianos, nosotros hemos aceptado de ella. A muchos les resulta extraño que nos bañemos con tanta frecuencia, eso es algo que sólo hacen los moriscos, pero Madre odiaba sentirse sucia. Aún recuerdo como discutía con Padre por este tema, discusiones que terminaban con un amable beso en la mejilla que él le daba y una silenciosa sonrisa por parte de ella. Sonrío al pensar que ahora ambos estarán juntos en el Paraíso, puesto que Madre no cometió pecado alguno y lo tiene ganado. Sin embargo, algo se me remueve por dentro al pensar el diario que escondía. ¿De verdad era tan piadosa cómo creo? ¿Guardaría una buena mujer un diario en un lugar secreto? Me odio a mí misma por estos pensamientos. Madre era mi ejemplo a seguir, buena, dulce y sencilla, pero también valiente, independiente y orgullosa. Muchas veces he oído a las vecinas murmurar sobre ella, comentando su carácter, poco común en una mujer casada y mucho menos en una viuda. Pero nunca hacía caso de las malas lenguas ni consentía que yo lo hiciera.

Me sumerjo en el barreño suspirando al sentir el agua caliente acariciando mi piel. Fátima siempre la aromatiza con pétalos de rosa y el aroma que desprende el agua es tan agradable que podría quedarme dormida, pero hay mucho que hacer. Oigo las campanas de la catedral mientras que Fátima me ayuda a vestirme, deben de ser las diez, mi hermano estará a punto de llegar.

-¿Están las habitaciones preparadas?
-Sí, niña.
-¿También la de los niños?
-Todas, mi niña, no se preocupe. También he mandado a la muchacha al mercado a por un buen pollo y ese queso que tanto le gusta a su hermano. No creo que tarde en volver.
-No mates al pollo, estamos de luto, Fátima, no comeremos nada de eso hasta dentro de al menos un mes.
-Niña, sabe que a su Madre no le hubiera gustado eso. Ella misma se lo dijo, nada de llanto ni recogimiento.
-Madre era muy especial… -murmuré. Aquello era algo más que tampoco entendía de ella. Madre siempre vestía de luto, pero cuando murió Padre ordenó que fueran al mercado y trajesen dos pollos. Esa misma noche prepararon el guiso favorito de Padre y lo comimos toda la familia, incluso la criada. Henry le reprochó ese comportamiento, pero ella lo miró con desdén y le contestó que era lo que Padre hubiera querido.

Padre… en momentos como este lo echo profundamente de menos. Era un hombre muy respetado en Sevilla, noble, hidalgo. Pero con un título de nobleza no siempre se come y la familia de Padre no era de las más acaudaladas de Sevilla. Al contrario, la familia de Madre vivía de forma acomodada en la ciudad, gracias a la herencia que Manuel, ese amigo de la familia que Madre menciona en su diario, les había dejado al no tener hijos. Así, Padre la había conocido en 1567, teniendo nada y a la vez mucho que ofrecerle. Los abuelos habían aceptado el matrimonio, pero el abuelo había impuesto una condición, los niños llevaríamos el apellido de Madre. Tras algunas discusiones al final la boda se celebró en mayo y desde entonces Padre había vivido por y para ella. A veces me pregunto si Madre se enamoró de él o aquello fue simplemente afecto. Tampoco importa, me dijo ella una vez, cuando le había preguntado movida por la curiosidad. No había insistido, pero esa noche la había visto llorar y ella nunca lloraba. No lloró cuando murió Padre, ni siquiera cuando murió Isabel, mi hermanita, siendo tan pequeña e inocente. Le recriminé aquella falta de sentimiento pero me arrepentí enseguida. Hay otras formas de mostrar dolor, murmuró.

-¿En qué piensa, niña? –Fátima me mira preocupada, niego con la cabeza.
-Mata al pollo y macéralo con vino y romero.
-Así le gustaba a su madre.
-Así lo cenaremos esta noche.

-º-

Henry se retrasa, es casi la hora de comer. Elvira se me acerca, tímida y me pide permiso para marchar a casa. Asiento, la casa está limpia y ordenada y Fátima puede ocuparse de servir la comida y la cena. Elvira es una niña tranquila y callada, apenas la he oído hablar en los tres meses que lleva sirviendo en la casa. Dice tener trece años y por lo que sé, guarda su sueldo para poder pagar una dote al hijo de un panadero de Triana, que la ha pedido en matrimonio. Ambos son muy jóvenes aún, pero Elvira tiene dos hermanas mayores y tres hermanos, sus padres no pueden hacerse cargo de tres dotes matrimoniales. Era su destino coger los hábitos, como el de muchas niñas pobres, pero dice no haber nacido para ser monja. Quiere tener hijos y sueña con ser buena madre y esposa. Madre la miraba con compasión y le pagaba más de lo habitual, acariciándole los cabellos morenos antes de darle unas monedas y suspirar. No sabes lo que duelen los hijos, decía con cierta tristeza y luego la acompañaba a la puerta. Madre siempre fue así con nuestras sirvientas, justa y amable. A ninguna le pagaba menos de lo que merecía y a muchas les daba más de lo acordado. Esto también le llevaba a tener muchas discusiones con Padre y más adelante con Henry, pero Madre los ignoraba. Es cosa de una mujer llevar la casa y yo lo haré como me plazca. Así cerraba ellas las discusiones, diciendo su opinión y sin admitir réplicas. Veo por la ventana a la muchacha y suspiro, yendo tras ella.

-Elvira –la llamo. Se para de inmediato, mirándome preocupada.
-¿Señora? –No me acostumbro a que me llame señora. Señora siempre ha sido Madre, no yo, ni tampoco lo soy ahora, que Henry y María vivirán aquí. Será mi cuñada la señora de la casa y será ella la que lleve la casa. Conozco a María, es una perfecta esposa, jamás dirá ni opinará nada en contra de mi hermano, por eso sé que cuando ellos lleguen, Elvira dejará de cobrar su cuantioso sueldo pasando a cobrar lo acordado.
-Toma, niña, ten esto –le entrego un escudo de oro. Elvira me mira con la boca abierta y niega con la cabeza.
-No puedo señora, eso es mucho dinero.
-Tómalo, no me repliques.
-Pero, señora… –protesta.
-¿No decías que querías casarte en tres años? –Ella asiente, pero sigue sin aceptar la moneda tómalo, las cosas van a cambiar con la vuelta de mi hermano a casa. No querrá pagarte más de lo acordado, él no es como… -se me rompe la voz -…como era la señora. –Elvira me mira, compasiva y asiente, tomando la moneda, apretándome la mano con ternura.
-La señora estará orgullosa de usted, señorita Johanna, es usted muy generosa.
-Vamos, vete a casa, pronto volverá a llover. –Asiente y se marcha, tras dedicarme una última mirada de agradecimiento. Me doy la vuelta para entrar de nuevo en la casa, Fátima sonríe, burlona.

-Su hermano se enfurecerá si se entera.
-Esperemos que no se entere entonces –respondo, entrando con ella.

-º-

-¡Por el amor de Dios! ¿Dónde está este hombre? –Grito furiosa, las campanas de la catedral indican que son las siete, ha vuelto a llover y el cielo presenta un tono gris oscuro, triste. Henry y María aún no han aparecido, los esperábamos temprano, ¿dónde estarán? Fátima me mira con reprobación.
-No mencione a Dios en vano, niña –me regaña. La miro con desdén.
-¿Desde cuándo te importa a ti como hablo de Dios?
-Dios merece un respeto, siempre –sentencia. No quiero iniciar una discusión y recordarle que sé que el último domingo escupió el cuerpo de Cristo y no comulgó como manda la Santa Madre Iglesia. Los asuntos de religión con Fátima son un tema peligroso, no debemos hablar de ello, así que me muerdo la lengua y me levanto, enojada.

-Estaré en mi alcoba, avísame cuando lleguen.

Cierro la puerta de mi habitación y me dirijo a mi mesa, donde me siento, con pluma y papel. La mesa está situada muy cerca de la ventana, para recibir toda la luz del cielo sevillano, pero hoy no se ve nada, así que debo iluminarme con una vela. Miro el papel y suspiro. Siempre me ha venido bien escribir cuando me siento enojada, triste o cansada. Es mi desahogo. A Madre le gustaba verme escribir, me enseñó desde muy niña, tal como hizo con Henry, ante los ojos incrédulos de las vecinas y de mi propio padre, que dicho sea de paso, no sabía escribir. Madre si sabía, pero nunca nos dijo como aprendió. No le enseñó el abuelo, quien consideraba que no era necesario que una niña aprendiera a escribir, ni tampoco aprendió por sí misma, porque hubiera sido imposible. La letra de Madre era bella, pulcra y sencilla, sin tachones ni manchas de tinta. La de Henry sin embargo es muy distinta, unos garabatos a menudo ininteligibles. La mía es una mezcla de ambas, jamás tendré esa hermosa escritura de Madre, pero al menos no es tan horrible como la de mi hermano. Mojo la pluma con la tinta negra y espesa, pero no puedo escribir nada, tengo la mente en blanco. En vez de teñir el papel de tinta lo baño con lágrimas, otra vez esas lágrimas que se empeñan en correr por mi rostro, porque sé que nunca más volveré a verla sonreír tras leer mis versos. Furiosa me limpio la cara con el dorso de la mano, no quiero que Henry me vea así cuando llegue, pues me trataría como una niña desamparada. Al levantarme para dirigirme de nuevo al piso de abajo mis ojos se posan en mi arcón, donde ahora guardo el diario de Madre y también el viejo anillo que encontré. Me acerco al viejo baúl y acaricio el preciado cuaderno. Son papeles atados con una fina cuerda. Me dirijo de nuevo a la mesa y lo abro. Necesito leerlo, porque así siento que estoy cerca de ella.

¿Ve Madre cómo aún recuerdo la historia de nuestra familia? Decía siempre usted que la olvidaría en cuanto me casara con Juan, que al convertirme en noble no querría recordar mis tiempos de plebeya. ¿Cómo podría yo olvidar nuestra vida en la fría Londres? Aún nos recuerdo al pequeño Thomas y a mí jugando en ese columpio que Padre construyó en el patio de nuestra casa. Fueron tan tiernos esos días de mi infancia, que jamás podría ni querría borrarlos de mi mente. Tampoco podría olvidar esos primeros años en Triana, Madre, donde tuvimos que luchar contra la desconfianza de tantos y también contra este horrible calor que atormenta la ciudad en los días de verano. No se equivoque usted cuando lea estas líneas, que no me quejo yo de haber venido a vivir a Sevilla, puesto que jamás podré yo decir que no agradezco la belleza de la catedral ni la alegría con la que las buenas gentes de aquí viven, a pesar del trabajo y las penurias. Pero no escribo en este papel para que recordemos nuestra vida, sino para ganarme su perdón y espero que algún día, el de Padre. Permítame usted Madre que deje de escribir hablándole y empiece a escribir como mejor sé, que es contando historias.

Corría el año de Nuestro Señor de 1565 cuando yo, siendo aún niña viví la más extraña aventura que jamás una mujer de bien debería vivir y que sin embargo, para mí fue la más hermosa y emocionante experiencia que haya conocido nunca.

Fue en este mismo año en el que me recordó mi madre, doña Johanna, que ya estaba muy crecida y que pronto debería casarme y tener mis propios hijos. Solía responderle yo con una risa; no es que le tuviera miedo al matrimonio, pero no me veía preparada para cuidar de otro hombre que no fuera mi padre. Sé que resultará extraño, puesto que ya a los diecisiete años una joven debe estar preparada para llevar a cabo su tarea de ser buena madre y esposa, teniendo el convento como segunda y no menos honrada opción. Pero no quería yo aún dejar mi casa, ni a mis padres, ni quería ser objeto de placer para ningún hombre. Me decía mi madre que eran normales esos miedos y que no debía temer al hombre en el lecho, que aunque doloroso al principio, si sabía cómo llevarlo podría llegar a disfrutar de ello, aunque debería confesarme después, puesto que no es de buena mujer el gozar del débito conyugal.

Andaba con tales pensamientos cuando

-¡Johanna! ¿No bajas a recibir a tu hermano?

La voz ronca de mi hermano interrumpe mi lectura y rápidamente vuelvo a guardar el diario. Bajo presurosa la escalera y por fin una verdadera sonrisa se dibuja en mi rostro. Lo abrazo como hago siempre que lo veo, pero esta vez no recibo la calidez de sus brazos ni su alegría en los ojos, su mirada se ha vuelto severa y fría. Me mira con seriedad y de repente me asusto y me siento incómoda. Me separo, acercándome a mi cuñada, que me saluda con un amable beso fraternal. Al menos ella sigue siendo la misma, tierna, dulce, piadosa y recatada. Silenciosa como un ratón. Pongo las manos en su abombado vientre y noto al bebé moverse en su interior.

-Es fuerte –comento. Ella asiente, con una sonrisa en los labios. Detrás de sus faldas aparecen mis dos sobrinos, Juanito y Catalina. Juanito ha crecido mucho desde la última vez que lo vi, me recuerda mucho a su Henry, con el cabello castaño y los ojos entre verde y avellana como los de Madre. Cuenta sólo con ocho años y ya se ve que será tan alto como mi hermano. Catalina, de tres años, es como su madre, menuda y rubia, con unos ojos azules como el cielo que también se parecen a los míos. Me echa los brazos al cuello y la recojo, gustosa, estrechándola entre mis brazos. Henry me observa con reprobación ante el gesto cariñoso que dedico a mi sobrina.

-Déjala en el suelo Johanna, ya no es un bebé.
-¿No puede una tía dar afecto a su sobrina? –pregunto, divertida, pero él me traspasa con la mirada y se dirige hacia la gran mesa, donde Fátima está sirviendo el pollo al romero.
-¿Carne? –me mira fijamente.
-Pensé que podríamos cenar el guiso de Madre en su memor…
-Llévate eso Fátima –ordena. La mujer lo mira sorprendida y luego dirige la vista hacia mí, que me encojo de hombros -. Está casa está de luto.
-Pero señor…
-¿Te he dado permiso para hablar, esclava? –Fátima agacha la cabeza y se marcha. Furiosa me enfrento a mi hermano.
-¿Cómo te atreves a hablarle así?
-Sólo es una esclava –se encoge de hombros.
-¿Una esclava? ¡Es Fátima! La misma que te lavaba cuando eras niño –le recuerdo. No entiendo que ocurre. ¿Quién es este hombre que tengo delante?
-Sigue siendo una esclava. Y hablando de eso… ¡Fátima, ven aquí!

Ella se presenta ante él enseguida, sin atreverse a levantar la vista del suelo. Henry la mira durante unos segundos y después habla, con frialdad.

-Sé que la señora permitía que usases tu nombre infiel dentro de la casa, pero la señora es ahora mi esposa y yo el señor, ¿entendido?
-Sí, señor –responde, en voz baja. No sé a dónde quiere llegar a parar Henry, ¿por qué habla de su nombre ahora?
-No quiero que esta casa se relacione con infieles ni herejes, somos gente de bien. A partir de ahora usarás siempre tu nombre cristiano, si me contradices, te mandaré azotar.
-Sí, señor –murmura.
-Fátima, acompaña a María y a los niños a sus alcobas, deben estar agotados –le pido con voz calmada, ignorando la orden mi hermano.

María me observa, asustada por mi falta de respeto hacia el hombre de nuestro hogar y toma a los niños de la mano. Fátima los acompaña arriba. Vuelvo a encarar a mi hermano, que sin darme tiempo a reaccionar me da un fuerte bofetón.

-Que sea la última vez que me pones en evidencia delante de mi esposa o mis hijos –me advierte. No le contesto, mientras que me froto la mejilla, conteniendo las lágrimas. Henry nunca jamás me había pegado. Durante un instante veo en sus ojos algo parecido al arrepentimiento pero antes de que vuelva a hablar me doy la vuelta y me marcho.

En la tranquilidad de mi alcoba me permito volver a llorar y soltar mi rabia y tristeza. Fátima entra en mi habitación sin pedir permiso y se sienta a mi lado, acariciándome el pelo.

-No llore, niña, no llore por esta vieja. Su hermano tiene razón, no es seguro que use mi nombre…
-Es tu nombre –contesto. Ella se encoge de hombros.
-Y lo seguirá siendo hasta el día de mi muerte, pero si los cristianos quieren llamarme Inés, que me llamen como quieran. Saber que usted me sigue viendo como la vieja Fátima es suficiente para mí.
-No sé quien es ese hombre que ha entrado en casa… ese no es mi hermano.
-Niña, su hermano ha crecido, en todos estos años que lleva casado ha visto morir tres hijos y también a sus padres, ahora es un hombre que debe tomar muchas decisiones.
-Ya tomaba decisiones antes de morir Madre y no era así –replico. Ella suspira.
-Su cuñada no es como usted; la señora obedece y calla, su hermano no necesita imponerle nada porque ella jamás le dirá que no. Pero usted es distinta, mi niña, ahora el señor debe mirar por su bien y por el de la familia y si para ello debe gritar y mandar, así lo hará.
-No consentiré que te trate como una esclava –murmuro.
-Es lo que soy.
-Eres mucho más que eso, Fátima.
-Inés –me recuerda -. Su madre era buena conmigo y también su padre, mi niña, nunca me trataron como una esclava, pero sigo siendo una esclava. Su hermano sólo pretende que lo recuerde. No se preocupe por mí, yo estaré bien, pero tenga cuidado niña. No desafíe a su hermano, compórtese como la dama respetable que es y acepte sus órdenes. Recuerde que ahora él es el señor y su tutor. No será durante mucho tiempo, seguro que pronto encontrará marido –sonrió. No pude evitar resoplar, no necesitaba pensar en un marido ahora y menos después de haber leído en el diario de mi madre lo que ella sentía antes de contraer matrimonio.
-Si todos los maridos son como Henry espero no casarme nunca.
-No diga eso. ¿Cómo sabrá lo que es tener un hijo entre sus brazos si no se casa primero?
-Tú no estás casada –repuse.
-Yo crie a los hijos de mis amos, mi niña y con eso me basta. Pero usted es libre, ¿por qué iba a negarse la mayor felicidad que pueda sentir una mujer?
-Madre le dijo a Elvira que los hijos duelen y no se refería sólo a parirlos.
-El amor y el dolor van cogido de las mano, niña. Un hijo será lo que más le va a doler a una madre siempre, porque será también lo que más va a querer.
-No creo que esté preparada para sentir ese dolor…
-La vida es un valle de lágrimas, eso dicen los cristianos, ¿no es cierto?
-El mundo es hermoso, Fátima, ¿por qué iba a traernos Dios al mundo sólo para hacernos sufrir? Él nos ama tanto como una madre ama a su hijo, ¿por qué querría que sufriéramos?
-Ay, niña, no le pregunte a esta vieja. Yo no sé nada de los designios de Dios.

Nos quedamos las dos en silencio, cuando vuelvo a mirar el arcón. Un pensamiento se me viene a la mente, creo que puedo hacerlo, puedo confiar en Fátima. Me levanto y cojo el diario y el anillo. Fátima parpadea al verlo, horrorizada. Ella sabe algo, algo que yo no sé y no me sorprende, puesto que lleva en la familia desde antes de que Madre se casara.

-Sabes qué es esto, ¿verdad?
-¿Dónde lo ha encontrado?
-Eso no importa, ¿qué es Fátima? ¿Por qué Madre lo guardaba como si fuera un tesoro?
-No me pregunte niña, yo no sé nada de eso.
-Fátima, sé que lo sabes y también sabes que escribió Madre aquí, estoy segura de ello.
-¡Cómo iba a saberlo! Sólo soy una esclava que no sabe ni leer ni escribir.
-Fátima, por favor, Madre escribió esto para la abuela pero también pensando en otros que podrían leerlo. Necesito saber qué fue lo que escribió y… creo que no me basta con lo que ponga en el diario. Tú la conocías mejor que nadie –le suplico. Ella suspira.
-Yo sólo soy una vieja que sólo sabe criar niños y contar historias…
-Pues cuéntame una historia –respondo -. Cuéntame la historia que quiero oír. Anda Fátima, como cuando era niña.
-Creo que sería mejor que lo leyera en el diario, niña… y ni eso… yo no debo contarle esto…
-Fátima voy a leerlo, pero seguro que con tu ayuda puedo entender mejor a Madre. Por favor –mi último ruego parece convencerla, puesto que mira hacia el cielo y le pide perdón a mi madre en silencio.
-Esta no es una historia que deba oír una niña de bien. Es una historia de amor, entre una joven llamada Katherine… y un corsario llamado Richard, al que conocían como Castle.