-Katherine Beckett tenía una vida tranquila. Hacía no mucho que un buen amigo de su padre, don Manuel de Sevilla, les había arrendado una casa cercana a la catedral y su esposa, fallecida le había dejado en su testamento a su esclava personal, Fátima, Inés para el resto del mundo. Katherine era hermosa, tenía una piel clara, un cabello brillante y sedoso, castaño y unos hermosos ojos que según les diera la luz, podían ser verdes o avellana…

-Fátima, sé cómo era mi madre –protesto. Ella frunce el ceño.

-Niña, yo cuento las historias así, desde el principio, así me enseñó mi madre y así debe ser.

-Está bien –suspiro -. Continúa.

-Como le decía, niña, Katherine era bellísima. No pocos vecinos la miraban con anhelo, soñando con desposarla, pero ella los ignoraba a todos, a veces con la timidez de una niña, otras, con el desdén de una mujer orgullosa. Su madre, doña Johanna, le reprochaba ese comportamiento, tenía ya diecisiete años, disponía de una buena dote, pronto debería pensar en contraer matrimonio, pero la joven no consentía ni quería pensar en ello. Doña Johanna estaba preocupada, su hija no se comportaba como las jóvenes vecinas de su entorno. Mientras que las otras soñaban con un buen hombre y muchos hijos, Katherine miraba con deseo los libros de la biblioteca de su padre y los de don Manuel, pero ni uno ni otro cedían a sus súplicas cuando ella les rogaba que le enseñasen a leer.

-Debes concentrarte en los bordados –decía don Jim Beckett -. ¿Por qué iba una mujer aprender a leer y a escribir?

Katherine pasaba entonces los días aprendiendo las buenas labores que toda mujer deben saber, llevar una casa, hacer bellos bordados, se preparaba para el cuidado de los hijos, para el matrimonio pero mientras, su mente se distraía en historias de amores imposibles y aventuras. Ya que no puedo leerlas, yo misma las crearé, le decía a su esclava, quien se reía y la escuchaba, no sin cierta envidia, puesto que también la buena Fátima adoraba las historias, pero no tenía la imaginación de su ama. Por su puesto, Fátima jamás reconocería estos malos sentimientos, puesto que la envidia no es algo que ninguna buena mujer deba sentir, ya sea una señora o una humilde esclava. Su ama también cantaba, con una voz tan dulce que hasta los mismos pájaros paraban a escucharla. Pero a pesar de sus muchas virtudes, su orgullo y su miedo al matrimonio hacían creer a su madre que jamás podría casarla.

Era este el miedo de doña Johanna y esta la vida de Katherine cuando una mañana de domingo, justo después de que salieran ellas, don Jim y la esclava Fátima de misa, la joven deseó dar un paseo y acercarse al puerto. Nadie entendía que belleza veía la muchacha en el ajetreado puerto sevillano, pero ella disfrutaba viendo la llegada de los navíos y oyendo las malas voces de los hombres que allí se encontraban. Su padre no creía que aquello fuera bueno para una joven dama, pero la cabezonería de su hija hacían estragos en el buen hombre, quien consentía siempre y cuando la acompañase su esclava.

-Si algo le sucede a mi hija, tu señora, tú pagarás por ella –le decía a la pobre Fátima. Pero la esclava sabía que nada debía temer, puesto que el padre de su señora la apreciaba y la trataba bien. Era aquella amenaza sólo una forma de advertir a Katherine para que fuera precavida y no se metiera en trifulcas, puesto que la joven sufriría mucho si algo le pasara a su esclava por su culpa.

Fátima deja de hablar y durante unos instantes mira con tristeza al frente, con la mirada perdida.

-¿Fátima? –la llamo -. ¿Qué sucedió después?

-Su abuelo nunca debió dejar que su madre fuera al puerto esa mañana, habría evitado tanto sufrimiento a su familia y sobre todo, tanto daño para su madre.

La anciana suspira, en su bello rostro, a pesar de los años y las arrugas, veo la tristeza y la nostalgia, pero también algo más, algo que aún no puedo descifrar.

Katherine tomó a su esclava del brazo y ambas caminaron hasta el puerto. Es extraño como a pesar de las voces y el olor al sudor del esfuerzo de hombre la joven veía la belleza del lugar. A veces miraba a la buena Fátima y le sonreía, preguntándole como no podía sentir la calma del lugar. ¿Calma?, pero ama, en este lugar sólo hay gritos y malos olores, respondía ella, sorprendida, pero su enigmática ama se encogía de hombros y caminaba hasta la orilla del río.

-Es hermoso, Inés, que daría yo por poder navegar en él, recorrerlo y llegar al mismo mar. ¿Imaginas navegar por todo el océano?

-El océano es demasiado grande, ama, ¿cómo iba nadie a recorrerlo por completo?

-Dicen que ya lo hizo un hombre, que dando la vuelta al mundo recorrió mares y continentes. Debió ser una gran aventura –respondió ella, soñadora. La buena Fátima suspiró, su ama tenía tanta imaginación… entendía la preocupación de doña Johanna, ¿cómo iba a casar a esa niña soñadora que ansiaba navegar y devorar libros?

-Madre era única –sonrío. Fátima asiente y vuelve a callar, quizás pensando en cómo continuar su historia, quizás, creyendo que es mejor dejar de hablar y no alimentar a otra muchacha con historias de aventuras.

Era una mañana de abril, ya la flota de la corona, esa que más adelante llamarían aquí la Flota de la Nueva España, había partido hacia las tierras del Nuevo Mundo y el puerto se encontraba tranquilo. Katherine y su esclava caminaban tranquilas, corría una suave brisa, el día era apacible. Nadie se imaginaba lo que iba a ocurrir.

-¿Qué sucedió Fátima? ¿Qué fue lo que ocurrió?

-¿Johanna? –es María. Sólo ella tiene esa voz que parece un susurro incluso en los gritos. Aún la recuerdo en el parto de Catalina. Madre no permitió que yo estuviera en la habitación con ellas y la partera, pero me quedé tras la puerta, mientras que Henry esperaba abajo con un vecino. La niña podría haber nacido en su casa, situada no muy lejos de aquí, la que antes habitaran los padres de Madre, pero Henry se había negado, queriendo que la niña viviera en la casa familiar de su padre y no la de su madre. Yo había oído los gemidos y gritos de mi cuñada, aunque nadie podría decir esto último, puesto que apenas alzaba la voz. Fátima decía a veces que algo debía haber hecho mi cuñada para que le hubieran robado el habla, pero Madre la ordenaba callar. Le tenía mucho cariño a su dulce y piadosa nuera y no era de extrañar. Esta mujer silenciosa es encantadora y temo por ella. Mi hermano parece tener muy mal genio, temo porque le haga daño, dudo que mi frágil cuñada pueda soportar una bofetada como la que yo recibí esta tarde.

-Adelante –respondo. María aparece con un inmaculado camisón blanco, que disimula un poco su barriga. Fátima me hace un gesto y se marcha. Parece aliviada, algo que me dice que me va a ser difícil pedirle que hable de nuevo sobre mi madre. Mi cuñada se acerca con el rostro serio y me pregunta si puede sentarse. Le hago un gesto para que se acomode en la cama y espero. Ella parece reñir consigo misma y al final se decide a hablar, con un algo de frialdad en su suave voz.

-No debes contrariar a mi esposo. –La miro sorprendida, aunque no debe extrañarme. Es la perfecta esposa, jamás diría algo en contra de mi hermano, una buena mujer nunca hablaría mal de su marido ni permitiría que otras lo hicieran. Trato de responderle, pero ella niega, colocando una pequeña y suave mano en mis labios -. Mis hijos no deben ver como su tía desprecia una orden de su padre, los criamos para que respeten a sus padres, como mandan las Sagradas Escrituras y las buenas costumbres. Lo entiendes, ¿verdad?

Siento como me enfurezco. ¿Acaso mi hermano ha respetado a Fátima, la mujer que un día lo acunó en sus brazos y lo lavó tras sacar ella misma el agua del pozo?

-Inés es una buena mujer, la aprecio y mis hijos la adoran. Pero cuando tu madre vivía le permitía unas libertades que ninguna esclava debería tener. Henry hace lo que debe al recordarle cuál es su sitio. No me gustaría que la echase de esta casa o que la vendiese a otro amo… la necesito aquí, para que me ayude a cuidar de Juan y Catalina y del bebé que está por venir, quiera Dios que viva…

-¿Qué intentas decirme, María? –la interrumpo. Quiero que salga de mi habitación, mi paciencia se agota.

-Henry no dudará en echarla si ve que perjudica a esta casa.

-Fátima jamás nos perjudicaría, ella nos ama.

-Inés –lo dice elevando un poco el tono de voz –es morisca. Sé que continua con sus prácticas infieles en esta casa, Henry también lo sabe. Si no se comporta como una buena cristiana a los ojos de los demás nos traerá problemas. Mi esposo no dejará que la Santa Inquisición se entrometa en esta casa, no permitirá que nada malo le ocurra a mis hijos ni yo tampoco. Tú no eres madres y no sabes lo que duele un hijo; yo ya perdí tres y si este embarazo no llega a buen fin, perderé otro más –murmura, con amargura –Si alguno de nuestros vecinos descubriera lo que nuestra esclava hace en estas paredes… no quiero ni pensarlo. Seguro que aún recuerdas lo que le sucedió a la vieja Beatriz.

Trago saliva, no quiero recordarlo. Han pasado ya varios años de ello para aún recuerdo los gritos de la anciana y de la muchedumbre y especialmente el olor a la sangre, sangre infiel, habían pregonado en la plaza. La sola idea de que algo así pueda sucederle a Fátima o a algún miembro de mi familia, noto que estoy temblando. María me coge la mano, tranquilizadora.

-Ni tú ni yo queremos que nada malo le suceda a Fátima –lo dice en un susurro. Asiento, ella aprecia a nuestra querida anciana tanto como yo –pero por encima de ella pondré siempre a mi familia. Si se comporta como es debido, no tendremos problemas, pero si continua adorando a su falso Dios, tendrá que irse. Yo misma la echaré aunque sea con lágrimas en los ojos. Dime que lo entiendes, cuñada, por favor.

Suspiro, la rabia y el enfado han desaparecido. María es sólo una madre asustada y aunque me pese y me duela tiene razón. Yo misma me sorprendía cuando Madre permitía sus rezos y extraños hábitos a nuestra esclava.

-Hablaré con ella –murmuro.

-Gracias, querida –me da un beso en la frente y camina hacia la puerta. Se vuelve antes de abrir -. Recuerda que no debes desobedecer a Henry nunca –me dice –pero tienes permiso para coger a Catalina siempre quieras, mi niña quiere el afecto de su tía y nadie se lo va quitar –añade con una sonrisa.

Cuando se no puedo evitar sonreír yo también. María siempre se ha comportado conmigo como una hermana mayor. A menudo me da consejos sobre el matrimonio, recordándome que también yo deberé casarme. La echado mucho de menos en este último mes. Ha estado en Córdoba, visitando a una hermana y llevó a los niños consigo. A su regreso se había encontrado con la enfermedad repentina de Madre y había querido traer a los pequeños para que se despidieran de su abuela, pero Henry se había negado. No había necesidad de poner en peligro a unos niños sanos, aunque no había dicho nada sobre su esposa, que había permanecido conmigo en la habitación de Madre hasta que expiró. Aquellas noches en vela han debilitado la salud de mi cuñada y ahora el embarazo se presenta con riesgos, pero ella no se queja. Si perdiera al niño sería decisión de Dios, nada podría hacer para evitarlo. Estoy decidida a cuidar de María, sé lo mucho que le dolería la perdida de otro niño. A partir de ahora yo misma me ocuparé de su alimentación y de que duerma varias horas seguidas, cuidaré de mis sobrinos y llevaré la casa. Espero contar con el permiso de Henry.

Fátima interrumpe mis pensamientos y me dice que mi hermano, cuñada y sobrinos me esperan abajo para cenar. Con poco entusiasmo, pues no me apetece enfrentarme a Henry bajo las escaleras y me siento en silencio. El nuevo señor de la casa bendice la mesa con una oración sencilla y ordena a la anciana que nos sirva. La cena se basa en un caldo caliente, queso y verduras hervidas, nada más. Espero que Fátima no haya tirado el pollo, aunque lo dudo, mi hermano se enfurecería si se derrochase algo tan caro como es la carne. Nadie habla durante la cena, salvo Catalina, que pide con la misma vocecilla de su madre la jarra de agua. María hace el amago de servir, pero Henry la frena.

-Mujer, no es necesario, para algo está la esclava.

Mi cuñada asiente en silencio y mi hermano vuelve a concentrarse en pinchar el queso con su puñal. La niña toma el vaso pero debe pesarle demasiado y lo deja caer torpemente, rompiéndose el cristal en mil pedazos. La pequeña mira asustada a su padre y hace un puchero, pero ni eso ablanda al frío hombre que se sienta en la cabecera de la mesa.

-Catalina ve a tu alcoba, ahora –mi sobrina llora y mira a su madre, pero ella sigue comiendo en silencio, sin decir nada. Vuelvo a sentir desprecio por ella, apenas hace un rato que me ha hablado del afecto que nadie va a negarle a su pequeña, pero ahora no parece que la niña exista para su María -. Inés llévate a la niña.

-Sí, amo –todos miramos a la anciana. Fátima nunca había llamado amo a nadie, ni siquiera a mi padre. Sólo a Madre le decía ama y creo por costumbre y no por respeto. Madre jamás la trató como una esclava y fruncía el ceño cada vez que oía el nombre de sus labios, pero la dejaba. Pero con Henry no es igual, no es costumbre ni siquiera respeto, es miedo lo que notamos en su voz. Mi hermano la observa durante unos segundos y después hace un gesto de asentimiento.

Tras llevarse a la niña la cena continua y hacemos como si no hubiera ocurrido nada. Deseo que todos terminen pronto para poder levantarme e ir a consolar a mi sobrina. Que distinto es este hombre del que yo conocía, el mismo que me empujaba en un columpio de cuerda y madera y que me llevaba a pasear los días de primavera. Me pregunto si Henry le dará alguna muestra de cariño a sus hijos, quizás le estoy juzgando demasiado pronto, apenas hace unas horas que están aquí.

Juanito termina de cenar y espera junto a mí. Nadie habla ni tampoco come, sólo mi hermano, que no parece tener prisa. Al fin se levanta y se dirige a las escaleras, no sin antes decirle a mi cuñada que la espera en su alcoba. María asiente. El niño se acerca a la chimenea y se sienta enfrente, tiene frío y alza las manos, calentándoselas.

-No deberías ir, debes descansar por el bebé –le dijo en voz baja, pero ella niega.

-Es mi esposo –y sube en silencio. En estos instantes odio a mi hermano, lo odio profundamente. ¿Cómo no puede pensar en su esposa a la que dice amar y en su bebé, ese que tanto desean los dos? Frustrada tomo a mi sobrino de la mano y lo llevo hasta su alcoba, donde la niña ya está dormida, supongo que acunada con alguna canción de Fátima. Ayudo al niño a desnudarse y a quitarse el polvo y después lo obligo a meterse en la cama.

-Descansa –le doy un beso en la frente y otro a la pequeña con cuidado de no despertarla.

-Buenas noches, tía.

Tras bajar de nuevo y decirle a Fátima que vaya a descansar me dirijo a mi alcoba, situada pared con pared con la de mi hermano. Oigo los gemidos y suspiros de un hombre y una mujer al otro lado de la puerta.

-No tema por su cuñada, niña. Es algo que los esposos hacen con frecuencia –Fátima me sorprende y me pongo colorada. No recuerdo haber oído jamás a Madre gemir así. ¿Realmente disfrutaría mi cuñada de aquello? -. No debería oír esto, no es algo que una niña inocente deba oír, váyase a dormir.

Me encierro en mi habitación, pero los gemidos se han convertido en gritos. Una niña inocente… eso es lo que para el mundo soy y seré hasta que encuentre marido… el mismo al que deberé calentarle la cama… al que deberé satisfacer. ¿Sentiré yo el mismo placer que siente María? Noto como en mi interior algo me calienta y de repente dejo de sentir el frío del invierno sevillano. ¿Qué es este calor? Debo distraerme, olvidar estos pensamientos que mañana deberé confesar nada más me levante. Sólo hay algo que pueda distraerme, el diario. Me recuesto en la cama, queriendo olvidar los gritos que ya deben oírse por toda la casa y abro el pequeño cuaderno. Fátima me ha hablado de una mañana de abril en el puerto y busco sobre eso en el diario encontrándolo una hoja más allá de donde lo había dejado.

Recuerdo los gritos y el horror que se apoderó del puerto, los hombres y las mujeres corrían por todo el lugar; alguien me empujó y entre el gentío me separé yo de mi buena Fátima a quien no volví a ver hasta muchos meses después. Desesperada y aterrada ante el ataque vi a una mujer tendida en el suelo, sangraba empapando la vieja madera de lágrimas rojas. Me arrodillé ante ella que me tendió la mano, suplicándome que no la dejase abandonar el mundo, puesto que sus hijos no podrían vivir sin ella. No pude yo hacer nada por aquella pobre desdichada y tuve que soltarla cuando sus hijos se quedaron sin vida. Debía marcharme de allí, volver a casa, donde estaría a salvo, pero no quiso Dios que tuviera tal suerte. Noté como algo me golpeaba con fuerza en un costado y de repente todo quedó negro. Y cuando abrí los ojos ya no estaba en mi querida Sevilla, sino que navegaba por las aguas del Guadalquivir, siendo el rostro del hombre más apuesto que jamás he visto lo primero que encontré. El rostro del mismo hombre que robaría mi razón y desgraciadamente mi corazón, Richard, el temido corsario al que en Sevilla siempre conocerían de forma injusta como "Castle, el asesino del puerto".

Cierro el diario de golpe, no puede ser que Madre se enamorada de un hombre que tiñó de sangre el puerto sevillano. Pero no es sólo eso lo que no comprendo. ¿Cómo pudo un barco corsario atacar nuestro puerto, sabiendo que sería tan difícil huir? ¿Cómo pudo escapar? ¿Qué sucedió entre madre y ese hombre? Debo hablar con Fátima o seguir leyendo, pero temo por mí. No sé si podré enfrentarme a las respuestas que obtendré con esta historia. Mis ojos se cierran lentamente, estoy rendida, ocurriese lo que ocurriese, ya lo averiguaré mañana.