Cuando los primeros rayos de sol traspasan mi ventana bajo despacio las escaleras, en la casa reina el silencio. Es extraño, pues suelo despertar con el canto de Fátima o con el ruido de Elvira al limpiar. No hay nadie en la estancia y me dirijo a la pequeña cocina. Fátima está allí sentada, sirviéndole un cuenco con poleá a Juanito. Catalina está pegada a sus faldas y le estorba al caminar, pero la buena de Fátima nunca se queja. Sé cuánto ama a mis sobrinos, tanto como nos ama a Henry y a mí, tanto como amará a mis hijos si vive cuando los tenga. Los saludo y me sirvo yo misma un poco de vino y un racimo de uvas, no comeré nada más, apenas tengo hambre. Me sorprende que María no haya despertado aún, debe estar exhausta tras reunirse ayer con mi hermano en su alcoba. Juanito pide vino y Fátima le entrega la jarra; es un buen vino, Madre no permitía que en casa entrase esos vinos aguados que sirven en las tabernas y Padre tampoco. Este es dulce, demasiado dulce quizás pero nos gusta a todos, era el preferido de Padre.

-Tía, salgamos al patio –Catalina se separa de Fátima, quien deja escapar un suspiro de alivio, y se acerca a mí, entusiasmada por la petición de su hermano. Niego con la cabeza, hace demasiado frío para sacar a los niños fuera, especialmente por Juanito, pues a pesar de haber sacado el mismo tipo, alto de buen mozo, como su padre, ha heredado la salud frágil de mi cuñada. A punto estuvimos de perderlo el año pasado, cuando en febrero unas fiebres quisieron llevárselo con Dios. El pequeño me mira desencantado; también yo fui niña no hace mucho y miraba con pena a mi padre cuando me negaba el permiso para salir al patio; soñaba entonces con la llegada de la primavera, cuando la casa se llenaba del olor de los jazmines y las rosas y Madre me sacaba al patio, donde nos sentábamos junto al pozo y leíamos juntas, mientras Fátima lavaba la ropa en la pila, cantando en voz baja para no molestar.

Miro a ambos niños y los consuelo prometiéndoles tardes de juegos y sol cuando se vaya el frío. Juanito asiente sin entusiasmo y pide permiso para subir a su alcoba, Catalina espera a que termine con mi racimo de uvas y me da la mano; me la llevo de la cocina, para que Fátima pueda terminar sus tareas. No sé dónde está Elvira y eso empieza a preocuparme, Henry no tardará en echarla de casa si ve que no cumple con sus obligaciones. La chiquilla aparece de repente y me dirige una mirada de disculpa, le respondo con frialdad y me acerco al fuego, sentándome en el suelo con cuidado para no mancharme el vestido de hollín. Catalina se sienta en mi regazo.

-Tía, quiero un cuento. –Sonrío con nostalgia. ¿Cuántas veces habré dicho yo esa frase sentada en las faldas de Madre?

-¿Un cuento de princesas y palacios?

-No. Un cuento que nadie sepa –responde. Acaricio sus rubios cabellos, compresiva. No quiere oír la historia de una hermosa doncella que espera triste y sola a que su amado la rescate, quiere saber de pequeñas como ella, sentirse la niña del cuento, la niña que ninguna otra será. Recuerdo una bella historia que Madre me contaba en las noches de tormenta, cuando los rayos me impedían coger el sueño. Me pierdo en mis recuerdos de niñez antes de empezar a narrar.

Hace muchos años, cuando aún el mundo era pequeño y nadie sabía de otras tierras que habrían de conocerse, cuando nuestros reyes luchaban contra los infieles por recuperar la noble tierra que los buenos cristianos pisaron antes de su llegada, vivía aquí, en nuestra hermosa Sevilla, una muchacha de ojos verdes y cabellos castaños…

-¡No! Tenía el pelo como el mío –protesta ella, mirando hacia arriba, enfrentando su mirada de indignación infantil con la mía. Conteniendo la risa y preguntándome cuando ha heredado ese carácter tan propio de su abuela y mío, asiento.

-Tienes razón, Catalina, la joven tenía los cabellos tan rubios que su madre decía que Dios había puesto el sol en ellos. Era esta niña una beldad y era tal el miedo de su madre de dejarla sola que cuando salía al mercado, no queriendo llevarla puesto que allí serían muchos hombres los que la mirarían, la dejaba atada a una pata de la cama, dejándole al cordel con en que lo hacía, la suficiente largura para que pudiera andar por la casa.

Una de esas tristes mañanas, la madre ya se había marchado dejándola como siempre atada cuando de repente, sin saber por qué, sintió la doncella como todo se iba haciendo negro, perdiendo así la visión. Fue tal su miedo, que olvidando la cuerda empezó a correr por la habitación, tropezando con mesa y sillas, llorando asustada y llamando a gritos a sus vecinos, que, por el temor de la madre a ser su niña raptada, jamás le había dicho a nadie que tuviera una hija.

Se dolía tanto la muchacha por los golpes y por tal horrible ceguera que, de tanto y tanto gritar, fue oída en la misma calle. Entró entonces en la casa un mozo de ojos azules y pelo negro, quien al ver tal triste niña, cortó la cuerda, la cogió en brazos y se la llevó, consolándola con tiernas palabras de dulzura y afecto. No supo la joven de quien era ella aquella voz que jamás había oído, pues sólo conocía la de su madre, al no haber salido nunca de su casa. Tampoco le importó a la pobre, que tan asustada estaba por su doliente y repentina enfermedad que dejó que el desconocido la llevase hasta un lugar lejano donde procedió a curar sus heridas, sin dejar nunca de hablarle, dándole consuelo.

Fue tal el amor y la ternura que demostró él por ella, que, tras tres días estando en su hogar, recuperó la bella muchacha la visión, pudiendo ver entonces el rostro de su cuidador y buen amado…

-¡Johanna! Deja de llenar su cabeza de absurdas historias –Henry nos interrumpe, lo miro con frialdad pero asiento, callada. Catalina se levanta y corre a los brazos de su padre, que sorprendiéndome, la coge y la saluda con un beso en el pelo. Mi hermano vuelve a dedicarme un gesto de advertencia, suspiro. Madre me contó esta historia, ¿por qué no iba yo a contársela a mi sobrina?

-Ve con Madre -le dice antes de dejar a la niña. La pequeña sonríe y sube rápidamente las escaleras -. Vamos al patio. Tenemos que hablar.

Lo sigo, apretando los dientes. En el patio hace frío, un desagradable viento helado acaricia nuestra piel y nos hace estremecer. Fátima está allí, lavando la ropa. A Henry no parece importarle hablar delante de ella. Mi hermano suspira y niega con la cabeza, parece agotado.

-No quiero que vuelvas a contarle esa historia a Catalina, ni a Juan y ni se te ocurra hablar de ello con mi mujer.

-Sólo es un cuento.

-Eso crees –murmura. Fátima deja el camisón que tiene en sus manos y nos observa, con el entrecejo fruncido.

-¿Qué quieres decir? –pregunto.

-Nada. Deja de contar historias absurdas, dedícate a rezar y a aprender a comportarte, Madre te tenía muy consentida.

-Madre me crio con amor y con afecto, algo que tú deberías hacer con tus hijos –contesto, enojada -. Sólo le contaba un cuento, ¿qué tiene de malo?

-No sabes cómo termina esa historia –suspira.

-La madre de la joven descubre que el hombre la ha salvado y bendice su unión –recuerdo. Él se ríe, mirándome incrédulo.

-¿Eso te dijo Madre? Típico de ella cambiar la realidad…

-¿De qué hablas?

-Nunca te dijo el verdadero final, ¿verdad? La madre se enfurece cuando descubre que él ha mancillado la honra de la muchacha y lo denuncia a las autoridades. Lo ahorcan y ella llora sobre su tumba, hasta ahogarse en sus propias lágrimas. La madre no vuelve a salir jamás de la casa, pues nunca podrá perdonarse haber causado la pena de su hija y un día aparece muerta en su lecho. ¿Te parece esta una bonita historia que contar, hermana?

No respondo, no quiero oír nada más, así que intento marcharme, pero él me sujeta.

-Debemos leer el testamento de Madre antes de enterrarla. El escribano no tardará en venir. Compórtate como es debido.

-¿Por qué tendría que estar presente?

-También eres heredera –responde y entra en la casa. Cuando desaparece se me llenan los ojos de lágrimas, me siento como una niña. Sólo es una historia, no debería afectarme el final, pero cómo va a sentirse una pobre joven cuando ni siquiera en los cuentos somos felices. Fátima se acerca a mí y me limpia las lágrimas con un pañuelito.

-No llore –me ruega.

-Mañana enterraremos a Madre… y el final de la… es horrible –sollozo. La vieja me abraza y me besa en la frente.

-El final de esa historia sólo lo decide usted, querida niña. Su madre eligió un final feliz y su hermano un final real. Decida usted cual prefiere.

-¿Qué quería decir Henry con eso de que es más de una historia? –pregunto, limpiándome las lágrimas con el pañuelo. Ella suspira, con tristeza.

-Algún día lo sabrá, muchacha –recupera el pañuelo y vuelve a la pila. El agua estará helada y no debe hacerle ningún bien a la anciana, pero Fátima nunca se ha quejado. No es de buena esclava quejarse de las penalidades, suele decir. Además en el patio Fátima puede ser libre; allí canta un viejo romance, muy bajito para que nadie la escuche, pues no canta en castellano.

La dejo en el patio y entro en la casa, donde María bebe un poco de vino y toma una rebanada de pan.

-Deberías comer más –le digo, ella sonríe y niega.

-El niño está revoltoso, no me dejará comer.

-Ya pronto lo tendremos aquí –respondo; asiente, ilusionada.

-Mi bebé. Será varón, estoy segura –comenta -. Rezo por ello todos los días.

-Rezaré yo también –contestó. Sí, espero que sea varón. Será mucho más feliz siendo hombre, pienso con amargura. Catalina juega con una muñeca de trapo que era de Madre, la abraza y la acuna y luego la deja en la mesa, le pregunta a mi cuñada si puede darle uvas, se las pone en la boca y luego las lleva a sus labios, saboreando los dulces frutos. Juanito está en el suelo, junto al fuego, dibuja en un trozo de papel. Me agacho y miro por encima de su hombro, sonrío, es un bello retrato de María.

-Muy bonito.

-Madre es bonita –responde y sigue dibujando. Mi sobrino sabe pintar, tiene gracia para ello. Si no fuera el primogénito podría aprender en algún taller de uno de los grandes pintores de nuestra ciudad, pero no está destinado para ello. Debe ser quien herede el título de mi hermano, antes de nuestro padre, y casarse con una señorita sevillana que le dé algún varón para que no se extinga la casa. Es una lástima que no sea el niño que viene en camino, pero Juanito fue el primero en nacer y su destino ya está escrito. A menudo me pregunto a mí misma por qué le dan tan importancia al título de hidalgo de nuestra familia. Al fin y al cabo, fue el dinero de la familia de Madre el que sacó de la pobreza a Padre, permitiéndole comprar algunas tierras. Si no fuera por ella mi padre apenas hubiera podido mantener esta casa, pero conociéndola ambos sacaron provecho, él dinero, ella nobleza.

-¿Ya habéis decidido el nombre? –le pregunto a mi cuñada, quien asiente.

-Si es varón se llamará Enrique, como su padre y como Juanito y Catalina se apellidará Pacheco -asiento. Mis sobrinos no llevan el apellido de su padre, sino el de su abuelo. Henry quiere que se les reconozca por ser los nietos de un hidalgo, no de un abogado.

-¿Y si fuera niña?

-Soledad, como Nuestra Señora.

-El escribano está aquí, señorita –Elvira hace una inclinación y se retira. Me dirijo hacia el escritorio donde me esperan el mismo hombre que redactó el testamento de Madre hace unos días y Henry. Mi hermano me dice que me siente y el escribano empieza a leer, sin hacer ningún gesto de saludo. Debe ser un hombre ocupad, pienso, antes de prestar toda mi atención a lo que dice:

En el nombre de Señor, amen. Sepan quienes esta carta de testamento vieran y oyeren como yo, doña Katherine Beckett, viuda de don Juan Pacheco, hidalgo de sangre, vecina de la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla, estando enferma de enfermedad corporal y sana en juicio y entendimiento, tras encomendar mi alma a Nuestro Señor, Padre, Hijo y Espíritu Santo y a su bendita y gloriosa madre, Santa María, ordeno mi última voluntad en la forma siguiente:

Primero, es mi voluntad que sea mi cuerpo enterrado en la iglesia de San Jorge, patrón de Inglaterra, de donde yo provengo. Tengo yo en dicha iglesia mi capilla, donde yace mi bien amado marido, Juan Pacheco. Es voluntad mía que se recen misas por mi alma cada día durante el tiempo que mi hijo, don Henry Beckett, disponga. Mando también que se recen misas durante un año por mi marido Juan Pacheco, también por sus padres y por los míos. Para esto dejo yo una cantidad de dineros, que si no fueren suficiente se compensarían con la venta de algunos de los míos enseres. Es voluntad mía ser enterrada con mi vestido rosa, y sin más adorno que la medalla de oro que me regaló mi madre al nacer.

-¿Madre tenía un vestido rosa? –Henry pregunta, perplejo. Me encojo de hombros, tampoco yo lo sabía, deberé mirar en su arcón y llevarlo a la Merced, donde se encuentra su cuerpo. Madre era muy querida en nuestra cofradía y los cofrades de la Soledad pidieron guardar su cuerpo en la capilla hasta que fuera enterrada donde ella dispusiera. El escribano nos mira, primero a uno y luego a otro y continúa leyendo:

A mi bien amado hijo, don Henry Beckett, casado con doña María Sánchez, lo nombro patrón y albacea de mi testamento y le entrego la casa de la que fueron mis padres, don Jim Beckett y doña Johanna, sus abuelos, que hasta ahora yo le arrendaba, para que haga con ella lo que bien le parezca. Otrosí, le entrego esta casa donde ahora vivo, puesto que era deseo de mi difunto esposo, don Juan Pacheco, que yo la poseyera hasta el día de muerte, pasando después a nuestro primogénito. Es voluntad mía que disponga mi hijo de todos los bienes de la casa, salvo los que yo señalo en este mismo testamento.

A mi adorada y buena hija, doña Johanna Beckett, le entrego la biblioteca que tanto he amado yo en vida para que ella la disfrute, pues sé lo mucho que gusta de ella. Otrosí, dispongo que sea doña Johanna Beckett la que revise las pertenencias que hayan quedado en mi alcoba, quedándose ella con lo que desee y entregando el resto al Hospital de las Cinco Llagas, para que allí hicieran uso de ellas como mejor les pareciere.

Ítem, dispongo que mi buena hija doña Johanna Bekkett se siente junto a la esposa de mi hijo, doña María Sánchez, a ver las joyas que tengo yo guardadas en una cajita celeste que encontrarán en el arcón. Dispongo que de todas las joyas que allí encontrasen, cogiera mi hija tres que no quisiera y se las entregase a su cuñada. De este mismo joyero deberá coger mi hija un guardapelo de plata que tiene mis iniciales y dentro un mechón de mis cabellos y llevarlo a la ermita de Santa María del Mar; déselo mi hija a su capellán, sabrá él lo que debe hacer.

Levanto la cabeza sorprendida. ¿Por qué querría Madre que llevase su guardapelo a una ermita de Triana? Sé que vivió allí durante su infancia, pero apenas comentaba nada de aquellos tiempos. Quizás Santa María del Mar tenía para ella algún valor especial. Debo preguntarle a Fátima sobre este tema.

El resto de las joyas pertenecerán a mi hija doña Johanna, pudiendo disponer de ella como bien le parezca, ya sea luciéndolas, vendiéndolas o guardándolas para tiempos de necesidad. Así mismo, es mi voluntad que no venda nunca la alianza con la que me casé yo con su padre, don Juan Pacheco como también es mi voluntad que use esta misma para cuando ella contraiga matrimonio. Si fuese voluntad de mi hija seguir los caminos de Dios y coger los hábitos, guardaría esta alianza para cuando mi nieta, Catalina, hija de mi hijo Henry y de su esposa, María, se casase. Si por alguna casualidad encontrase mi hija alguna joya más en el arcón que, por razón de la vejez dejase yo allí olvidada, es voluntad mía que tampoco la venda y que la guarde mientras que viva, pudiendo dejarla en testamento a quien ella decidiese.

Madre no era tonta, debió escribir esto último sabiendo que yo encontraría la sortija. Debía valer mucho para que no quisiera que la regalase, tanto como su alianza… Henry sigue atento, no parece darle mucha importancia a estos detalles.

Ítem, dejo a mi hija la cantidad de 300 ducados para su dote matrimonial. Si cogiera los hábitos, usaría este mismo dinero para ingresar en el convento que ella decidiese y para disponer de una vida acomodada en dicho convento. Si por alguna razón, que nunca yo entendería, nunca se casara ni ingresara en el convento, perdería mi hija estos dineros y pasarían a mi nieta Catalina con el mismo fin y en igualdad de condiciones. Y si mi nieta Catalina tampoco se casara ni cogiera los hábitos, pasase este dinero al Hospital de las Cinco Llagas.

-Es muy buena dote –comenta Henry. Asiento, con poco entusiasmo, incluso me parece demasiado exagerada, pero no digo nada.

Dispongo la cantidad de 160 ducados para mis nietos, Juan, Catalina y los que estén por venir, recibiendo la cantidad de veinte ducados cada uno, pudiendo acceder los niños a estos dineros cuando estuvieran en edad de entendimiento, no pudiendo usarlos jamás sus padres. Otrosí, dispongo que si de estos dineros sobrase algo cuando ya todos los niños fueran mayores, pasase ese dinero al Hospital de las Cinco Llagas.

Es también mi voluntad que se recen misas por mi alma una vez al mes durante la vida de mis hijos, don Henry y doña Johanna Beckett. Y es mi voluntad que estas misas se den en mi capilla de la Iglesia de San Jorge. Es también mi voluntad que se rece una misa por mi alma el 15 de agosto de cada año durante los años de vida de los mismos, y es voluntad mía que dicha misa sea cantada en la ermita de Santa María del Mar. Para tal fin, dispongo yo de unos dineros que ya acordé y entregué con ambos capellanes, no siendo necesario que mis hijos paguen más.

-¿Por qué el quince de agosto? –pregunto, interrumpiendo al escribano que frunce el ceño. Henry me dirige una dura mirada e insta al hombre a continuar. Aprieto los dientes; hombres… no le dan importancia a los pequeños detalles. ¿Qué tenía de especial Santa María del Mar? ¿Por qué quería Madre que se le rezase una misa el quince de agosto? Espero que el escribano termine pronto, tengo que seguir leyendo el diario.

Mando también que se den cuarenta ducados para la iglesia de San Jorge, de la que soy yo muy devota, cuarenta para la capilla de la Merced, sede de la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad a la que yo y mi familia pertenecemos y cuarenta para la ermita de Santa María del Mar.

No digo nada, ya no me sorprende que se mencione de nuevo la ermita, pero ahora Henry parece enfadado. Supongo que no le hará ninguna gracia entregar tanto dinero a tres iglesias. Aun así no contradecirá el testamento, ese dinero pertenecía a Madre y de todas maneras, ningún buen cristiano osaría negar limosnas a las iglesias de Dios.

A mi amado nieto, Juan, hijo de don Henry Beckett y doña María Sánchez, le entrego yo una peonza de plata que me pertenece desde que era niña.

A mi dulce nieta, Catalina, hija de los mismos, le entrego yo una muñeca de trapo y sus dos vestidos, pues sé que ella gusta de tales juguetes.

Mando también a mi criada, Elvira González, cien reales para que los añada a lo que lleva ahorrado para su dote.

-Demasiado dinero –murmura mi hermano.

Es mi voluntad que mi buena y fiel esclava, Inés reciba la libertad, disponiendo para ello de la cantidad de 60 ducados y ruego a mi buen amado hijo, don Henry Beckett, que acepte mi ruego. Si no quisiera dársela o si no quisiera ella tomarla, es mi voluntad que la esclava Inés pase a ser propiedad de mi hija, doña Johanna Beckett, pudiendo llevársela cuando contraiga matrimonio.

-¡¿Qué?! –Henry y yo nos miramos. Madre ha liberado a Fátima. Mi hermano niega con la cabeza, tras la sorpresa inicial -. No pienso liberarla, además ella no querrá.

-Soy yo quien debo decidir entonces -respondo.

-¡No vas a liberarla, te lo prohíbo!

-Era voluntad de Madre –replico.

-¡No te das cuentas! Los moriscos son cada vez más odiados en estas tierras, Inés es una vieja, aquí está a salvo.

No puedo responder a eso, Henry tiene razón, Fátima no tendría ningún futuro, no conoce a nadie en Sevilla. Suspiro y dirijo la mirada hacia el escribano, que parece sorprendido por mi carácter.

-Continúe –pide mi hermano, como si nada hubiera pasado.

Mando también que de mis bienes se cojan 200 ducados para el convento del Nombre de Jesús y que estos ducados sean para la Casa de Arrepentidas del mismo.

-¡¿Doscientos ducados?! –el escribano me mira escandalizado, ninguna mujer le habrá gritado así en toda su vida. Henry no se mueve, parece tenso, lo miro fijamente, esperando a que diga algo, pero no comenta nada. ¿Por qué no le sorprende? -¿No vas a decir nada? –exijo.

-Continúe –murmura, ignorándome. Ladeo la cabeza, indignada. No puedo creer que Madre mande tanto dinero para la Casa de Arrepentidas. Unos pocos ducados serían compresibles, pero ¿doscientos? No lo entiendo, no tiene explicación posible.

Revoco y anulo cualquier otro testamento que yo mandase escribir antes de este, que es el único real y legítimo.

En la ciudad de Sevilla, tres de enero del año de Nuestro Señor de 1600.

Yo, Diego de Córdoba, escribano público y del rey nuestro señor, escribo y doy fe de este testamento.

En testimonio de verdad.

Diego de Córdoba

-Bien, está es la voluntad de su Madre –concluye. No digo nada, demasiadas sorpresas en un testamento tan corto. Me levanto y me marcho. María, Fátima, Elvira y los niños me miran, deben haber oído mis gritos desde la sala. Llamo a la anciana y subo las escaleras, seguida de ella. En la seguridad de mi habitación me permito hablar con ella.

-Tienes mucho que contarme –digo con frialdad.

-¿Qué dijo su madre en el testamento?

-Primero que eres libre –respondo. Fátima parpadea, sorprendida. Niega, asustada.

-Yo… yo sólo sé ser… no puedo…

-No vas a irte a ningún lado –la interrumpo -. Henry no quiere darte la libertad y dijo que tú no querrías. A partir de ahora me perteneces, pero si algún día quieres irte, podrás hacerlo. No te denunciaré.

-Gracias, ama.

-No me llames ama –protesto, molesta -. Sigo siendo yo, tu niña, la que se pegaba a tus faldas mientras ponías la mesa, ¿entendido?

-Sí, mi niña.

-Muy bien, ahora…

María nos interrumpe, entra en mi habitación tras llamar, parece preocupada.

-¿Qué decía el testamento?

-Madre te ha dejado joyas –me limito a decir.

-¿Y qué más?

-Nada importante, ¿por qué lo preguntas?

-Henry se ha marchado sin decir una palabra, ¿sabes a dónde va?

-No lo sé, María. Supongo que irá a la Merced, ya sabemos dónde enterrar a Madre.

-¿En San Jorge? –adivina Fátima. Asiento.

-Con un vestido rosa y su medalla.

-¿Tu madre tenía un vestido rosa? –pregunta María, sorprendida.

-Eso parece…

-Es un vestido que se ponía cuando era muy joven, antes de casarse –nos explica Fátima -. La señora me pidió que se lo arreglase, que quería usarlo de mortaja. Está en su arcón.

-¿Podrías hacerme un favor, cuñada? –María asiente. Voy hasta la alcoba de Madre y busco el vestido. Se lo entrego y le pido que se lo lleve a Elvira -. Dile que tiene que llegar a la Merced tal como sale de aquí, si veo una sola mancha la despediré –digo con claridad. María se marcha y volvemos a quedarnos solas. Miro a la anciana, que parece agotada. Sabe que quiero respuestas.

-Muy bien Fátima. Ahora me vas a contar qué pasó entre ese pirata y mi madre. Y no quiero que te dejes ningún detalle.

-¿Por qué está tan enfadada, niña? –pregunta.

-Madre ha dejado mucho dinero a la Casa de Arrepentidas, ¿sabe por qué?

-No –responde, aunque parece nerviosa.

-Fátima…-le advierto.

-Yo no sé nada, niña, no me regañe, por favor, esta vieja ya no está para soportar regañinas –dice, triste.

-Quiero que me acompañes a Triana.

-¿A Triana? ¿Qué se le ha perdido a usted en Triana? No puedo dejar que vaya sin avisar a su hermano, niña, lo siento.

-Avísalo si quieres. Madre quería que llevase algo a una ermita que hay allí…

-Santa María del Mar –susurra.

-Estoy cansada, Fátima, muy cansada. Tú sabes más de lo que aparentas en toda esta historia.

-Siéntese niña, le contaré la historia –murmura.

-No quiero mentiras.

-No las tendrá, ya es hora de que sepa la verdad. Voy a contárselo tal como pasó, tal como su madre me lo contó a mí, tal como ella lo vivió.

Me siento en la cama y ella en mi silla. Y de nuevo sus ojos se llenan de tristeza y de nostalgia.

Katherine no quería abrir los ojos. Estaba asustada, pobre muchacha. Borrosas imágenes danzaban en su cabeza, repitiéndose una y otra vez la de un apuesto hombre, de ojos azules y pelo negro. Despacio se incorporó, estaba tumbada en un jergón duro, incomodo, muy distinto a su suave cama. La voz de una mujer la distrajo, alzó la mirada, temblorosa. Se enfrentó entonces a una mujer morena, tan oscura como la noche, que se acercó a ella, con un puñal en la mano. Aterrorizada se echó hacia atrás, golpeando su espalda contra una pared de madera. Hasta entonces no se dio cuenta que estaba atada. La mujer oscura se acercó y alzó el puñal. La joven estaba tan asustada que no pudo siquiera gritar, pero entonces ella cortó las cuerdas que aprisionaban sus manos y sonrió.

-Al fin despiertas –le dijo. Katherine se sorprendió ante su acento.

-¿Quién eres?

-Lanie –respondió ella sin más.

-¿Lanie?

-Ese es mi nombre o eso decía mi amo.

-¿Eres esclava?

-Lo fui. Ahora soy libre.

-¿Dónde estoy?

-En la Lady Martha.

-¿La… Lady Martha? –susurró. No podía ser. ¿Estaba en un barco? ¿Cómo había llevado la pobre muchacha allí? Sentía cómo le dolía todo el cuerpo y aquella mujer, a pesar de su amable sonrisa, la asustaba. Tampoco dejaba de pensar en el hombre de ojos azules, aunque no sabía cuándo lo había visto.

-Llevas cuatro días dormida. El capitán está preocupado. Despertaste unos segundos, pero volviste a dormir.

-Quiero ver al capitán –dijo, tratando de ponerse en pie, pero la mujer negó.

-Vendrá él a verte. Tú descansa.

Se levantó y se marchó. Katherine no quiso mirar a su alrededor, no quería ver nada, sólo quería ver al capitán del navío y pedirle que la llevase de nuevo al puerto. Con suerte serían unos buenos comerciantes, pensó, ingenua.

-Estás despierta –dijo una voz de hombre. La joven miró hacia la puerta por donde había entrado y entonces lo vio. Era él. El hombre de ojos azules. Y algo dentro de ella despertó. Algo que no supo comprender, al menos, no entonces.


La capilla en San Jorge y la ermita de Santa María del Mar son ficticias. El resto de los lugares mencionados en este capítulo, existieron realmente y algunos continúan existiendo hoy en día.