Katherine nunca había visto a un hombre tan apuesto, tampoco había pensado en ello, jamás había puesto la mirada en los torsos desnudos de los marineros cuando iba al pueblo, ni en los ojos de algunos de sus más atractivos vecinos. Quizás por ello, quizás porque el hombre que tenía delante era único, sus mejillas se tiñeron de rosa; apartó la mirada, incapaz de sostenerla contra el capitán de aquel barco. Agradeció en silencio la oscuridad del lugar donde se encontraba, él no podía verla bien, pues toda la luz se reflejaba en el hombre.
-Empezaba a preocuparme –dijo. Ella no respondió, un hechizo la impedía hablar. El miedo, el cansancio y el dolor se entremezclaban con el repentino calor que sentía; la curiosidad que se apoderó de ella la obligó a mirar de nuevo al frente, permitiéndose el descaro de contemplarlo sin reparo. Llevaba aquel hombre una camisa de algodón blanca, sencilla, sin ningún remiendo y limpia, que dejaba ver el vello de su pecho, un pantalón oscuro, que dejaba ver sus piernas y unas botas, negras y nuevas. Llevaba también colgando del cuello una cadena de oro y un anillo en la mano izquierda. No era aquella ropa, tan sugerente y a la vez tan elegante lo que atraía a la joven muchacha, sino sus ojos. El capitán tenía unos ojos azules, hermosos, como el mismo cielo que le daban el aire de un inocente niño y a la vez de un amoroso amante. Se sonrojó de nuevo Katherine cuando esos impuros pensamientos se apoderaron de su mente y agachó la cabeza, preguntándose cómo podían unos ojos calentarla por dentro. –Lleva varios días sin salir, venga conmigo, le sentará bien un poco de aire fresco.
No contestó con palabras, se limitó a negar con la cabeza, intentado recobrar algo del sentido común que había perdido. Debía hablar con aquel buen hombre y pedirle ayuda, sus padres estarían asustados y preocupados por la suerte de su pobre hija, debía volver a Sevilla.
-Debo volver al puerto, por favor –dijo al fin, en voz baja, intentado no sonar muy desesperada y a la vez, queriendo dar muestras de esa educación que sus padres le habían inculcado. El capitán chasqueó la lengua, disconforme y se sentó a su lado en el catre, invadiendo su espacio. Katherine se apartó sobresaltada, pero sus sentidos se centraron de nuevo en él, especialmente su olfato, que aspiraba anhelante aquel aroma a mar y a hombre.
-Eso no podrá ser, señorita. Lo lamento pero ya hemos dejado el río atrás.
-¡No! –gritó, horrorizada –Debo volver a casa, por favor, buen hombre, debe llevarme a Sevilla.
-No –respondió -. Tenemos marcado un rumbo y volver a Sevilla no está en mis planes, lo lamento.
-Pues déjeme en cualquier otro puerto –pidió -. Mi padre es un hombre agradecido, le pagará bien por ese favor.
-No pararemos en ningún puerto español. Nuestras provisiones están listas, no tenemos nada más que hacer en ese nido de papistas –escupió. Aquellas palabras la asustaron, aquel hombre distaba mucho de ser un buen comerciante español; recordó el ataque al puerto, la sangre de aquella mujer, los gritos. Entonces cayó en la cuenta.
-¿Quién sois? –susurró.
-Capitán Richard, para servir a su majestad Elizabeth de Inglaterra y a usted, si así lo desea.
-¿Servís a la reina de Inglaterra? -repitió, atemorizada. El hombre asintió; Katherine se levantó, debía salir de allí, antes de que fuera tarde. Las heridas que le había provocado la caída en el puerto aún no estaban curadas; gimió, dolorida y se dejó caer de nuevo en el duro jergón. Su suerte estaba echada, no podría huir de aquel hombre.
-Así es.
-Sois piratas –afirmó, con la voz temblorosa.
-No nos confunda con esos perros de mar –contestó él, enojado -. Somos corsarios.
Katherine soltó una risa amarga. Corsarios, piratas, para ella eran lo mismo. Atacantes a puertos, asesinos de personas indefensas, saqueadores de barcos, hombres sedientos de sangre; y había tenido la horrible suerte de ir a parar a un navío corsario. Sollozó, aquel hombre la mataría o peor, la forzaría.
-No me haga daño –suplicó -. Por favor, no me haga daño.
-No tenía intención –respondió -. La devolveré a su casa, pero no aún.
Ella alzó la mirada, sorprendida. Los piratas no tenían piedad con sus víctimas, no los dejaban vivir, a menos que los necesitaran para poder pedir rescates. Su padre se había enriquecido, podría pagar por su vida, pensó.
-Debo volver a casa –repitió, acongojada.
-Y lo hará, pero no hoy. Será mejor que lo asuma pronto, señorita, le quedan muchos meses aquí. Hágase a la idea.
-¿Meses?- Dijo, horrorizada.
-Tenemos un encargo de su majestad, vamos rumbo a Veracruz, cuando volvamos la devolveremos a su padre, si se comporta, por supuesto.
-¡No pueden llevarme al Nuevo Mundo! –gritó, furiosa. El capitán enarcó las cejas, haciéndola entumecer. Bajó de nuevo la mirada, asustada. No debía enfadar a un pirata, su vida dependía de ello.
-Puede volver a nado, si lo prefiere –respondió, con cierto desdén -. Aunque dudo que pueda moverse por el agua con ese pesado vestido, señorita. Y ahora, si no le importa, póngase en pie, le enseñaré el barco.
-No –respondió fríamente. Que no hubiera amenazado con matarla o herirla le daba valor para desafiarlo, aunque por dentro estaba aterrorizada. El hombre la miró fijamente, se acercó a ella y la obligó a levantarse, tirando de su brazo con fuerza. Katherine gritó, tratando de zafarse de aquel fuerte y masculino brazo, pero de nada le sirvió. La arrastró fuera, llevándola a la cubierta. Allí pudo soltarse, sujetándose con una mano el costado, apretando los dientes. Al menos la herida no había vuelto a sangrar. Apartó los ojos del capitán y miró a su alrededor, un numeroso grupo de hombres la miraban, algunos con crueldad, otros con aburrimiento, varios, con hambre. Uno de ellos se acercó, con una amable sonrisa.
-Me alegra ver que te has levantado –dijo -. Yo mismo revisé tu herida, pronto sanará.
-Dale agua para lavarse y algo de pan –ordenó el capitán.
-Por supuesto –el hombre la tomó del brazo con delicadeza, pero ella se soltó, acercándose al capitán.
-¡No me toque!
-Cállese –la voz del capitán era fría, parecía cansado de pelear contra la testarudez de la joven -. El cirujano se ocupará de usted, no discuta más.
-Nadie va a tocarme –replicó, enojada. Otro de los piratas se acercó y le dio una fuerte bofetada que la hizo caer al suelo. Sus ojos se llenaron de lágrimas, el capitán lo sujetó, enfadado.
-¿Te he dicho acaso que puedes tocarla?
-Osa contradecirle, capitán. Lo merecía.
-¡No ves qué está asustada! –Era la misma mujer que se había acercado a ella antes y la había desatado. Se agachó a su lado y trató de tocarla, pero Katherine se apartó, temerosa de un nuevo golpe; se encogió como una niña, mientras que las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
-Lanie ocúpate de ella, Joshua, tú también.
El cirujano se acercó a ella de nuevo y la levantó con suavidad, dirigiéndole una mirada dulce. La mujer llamada Lanie la sujetó del otro brazo, Katherine se sentía a punto de desmayarse. Entre ambos la llevaron hasta un catre distinto al anterior, donde la obligaron a tumbarse. El cirujano desabrochó los lazos de su vestido, deslizándolo hasta su cintura. Sus mejillas se encendieron, al sentirse desnuda y violentada por aquel hombre, aunque éste no parecía tener intención de lastimarla. Palpó con cuidado la herida y derramó vinagre sobre la misma. La pobre muchacha gritó de dolor, pero esta vez no se apartó.
-Tranquila, muchacha, cálmese –murmuró él, acariciando con ternura alrededor de la herida. Luego se dirigió a la otra mujer -. Desnúdala y lávala, después oblígala a comer, tiene que alimentarse.
-El capitán ha dado permiso para darle algunas naranjas.
-Dale sólo una, no debemos malgastarlas.
-Bien.
-Descanse –terminó, mirándola a ella, quien no respondió. Cuando se fue el hombre Lanie la ayudó a desvestirse y trajo consigo una palangana con agua caliente y un trapo.
-Que piel tan bonita –alabó, admirada -. Ojalá pudiera yo tener una piel tan hermosa. Es muy suave y blanca, limpia. Apuesto que es usted una señorita elegante, ¿me equivoco?
-No soy de la nobleza –respondió, cansada, mientras que la dejaba hacer.
-Tampoco yo, pero mi piel no es tan bella como la suya. La mía es oscura, maltratada por el trabajo, el sol y el viento, la suya es perfecta.
-¿El capitán era su amo? –preguntó, recordando que aquella mujer había sido esclava. Ella rio, negando.
-No, yo era esclava de su primo. El capitán me liberó cuando lo mató.
-¿Asesinó a su primo? –repitió, temblando.
-Mi amo forzó a la esposa del capitán. La señora del capitán no soportó la vergüenza y se ahogó en el mar. Éste se vengó acuchillándolo y después me liberó.
-Dios Santo… murmuró.
-El capitán cuenta con el favor real, por eso no lo juzgaron –sonrió, ajena al horror -. Su majestad la reina fue muy piadosa, no sólo no lo ajusticiaron, sino que le concedió la patente.
-La reina lo dejó vivir para convertirlo en uno de sus asesinos –escupió ella. Lanie dejó de lavar su piel y la tomó del rostro, su mirada se había endurecido.
-Nunca insulte a su majestad o el capitán hará que le arranquen la piel a tiras. No hay nadie en este mundo que la ame más que él.
-Quiero volver a casa –sollozó, agotada. Katherine era católica, vivía en un reino católico; sus gentes la habían acogido a ella y a su familia cuando habían huido de esa pérfida bruja a la que los ingleses llamaban majestad. Si el capitán de aquel navío se enteraba de sus orígenes la mataría.
-No tema, niña –trató de calmarla -. El capitán es misericordioso, no le hará daño si usted no lo provoca. Tome, póngase esto, no es tan bello como su vestido, pero está limpio.
Katherine aceptó con manos temblorosas en sencillo y basto vestido que la mujer le entregaba. Aceptó que ella se atase los lazos y que le desenredase el cabello, pero rechazó el pan y la naranja que le ofrecía. Ella insistió.
-Coma, debe comer, vamos.
-No tengo hambre –negó.
-Son muchos los días de travesía que quedan por delante, si no come, acabará enfermando.
Mojó el pan en vino y se lo entregó. Ella suspiró y comió, en silencio. A medida que tragaba se daba cuenta de que el apetito había vuelto en ella, dejándola con ganas de más. Lanie miró a su alrededor y sonriendo con picardía le entregó otra naranja.
-¡No puede comer más que una! –Gritó una voz infantil. Katherine soltó la naranja de inmediato, pero su cuidadora negó con impaciencia y se la devolvió.
-Calla, Cachorro, o te haré fregar la cubierta con la lengua.
-Tú no puedes darme órdenes.
-Todos aquí podemos darte órdenes, no eres más que un niño.
-Ella no –señaló. Katherine aprovechó la discusión de ambos para comer el fruto, dejando las cascaras a un lado y mirando al crío que había aparecido de detrás de los barriles. No tendría más de diez años, sólo llevaba unas calzas muy remendadas e iba descalzo. Su piel estaba curtida por el sol y el cabello, rubio, revuelto y descuidado por el viento y el clima. Al igual que le pasara con el capitán lo que más había llamado la atención a Katherine de aquel mocoso fueron sus ojos, de color verde profundos. El rostro del chiquillo desprendía fuerza, inocencia y picardía -. ¿Será la puta del capitán? –preguntó, mirando primero a una y luego a otra.
Katherine se escandalizó ante tales palabras, Lanie soltó una carcajada.
-No, ¿no ves que es una señorita distinguida?
-¿Entonces qué va a hacer con ella?
-No lo sé, además, lo que el capitán haga con ella no es asunto tuyo.
-Le diré al capitán que ha comido dos naranjas en vez de una –replicó él pequeño, con crueldad, ganándose un pescozón. Se frotó la cabeza, dolorido.
-No dirás nada o yo le diré al Vasco que fuiste tú quien le tiró el sombrero por la borda.
-¡Eso es mentira! –se defendió, pero Katherine notó en sus ojos una sombra de temor.
-Es cierto y sabes que él me creerá a mí. Y seguro que te dará una patada en el culo si se entera.
-No diré nada, lo juro –prometió. Acercándose aún más a las dos mujeres. Con la cercanía Katherine pudo notar que le faltaban un par de dientes y que tenía una pequeña cicatriz en la mejilla derecha. El niño se la frotó, con aire distraído.
-Puedo darle la mía si quiere –dijo, señalándola a ella -. Pero no le digas nada al Vasco.
-No sé, que opina usted… no sé cómo se llama –observó.
-Katherine.
-¿Eres inglesa? –preguntaron los dos a la vez, sorprendidos. Ella miró hacia otro lado; El niño se acercó, alzando la medalla que la joven llevaba entre sus pechos.
-Es la Virgen –dijo -. ¿Inglesa y católica?
-Cachorro, será mejor que el capitán no lo sepa todavía.
-Yo no diré nada si vosotras no le decís nada al Vasco.
-¿Quién es el Vasco? –preguntó Katherine, aliviada de que no fueran a delatarla.
-El que le ha pegado –contestó Lanie.
-¿Por qué lo llamáis así?
-Su padre era un marinero vasco y él come por tres hombres. Sólo el capitán lo llama Javier, para el resto es el Vasco.
-Es el más temible de nosotros, pero el capitán lo controla –añadió el niño.
-Tú le tienes miedo –señaló.
-¡Yo no le temo a nada! –gritó él.
-No quería ofenderte –respondió, levantando las manos en señal de sumisión. Luego añadió -¿Cuál es tu nombre?
-Cachorro.
-Tienes que tener un nombre –insistió.
-Si lo tenía, se me ha olvidado –contestó, encogiéndose de hombros, como si no le importase el asunto.
-Dice la verdad –añadió Lanie -. Lo recogimos en el puerto de Londres, estaba medio muerto de hambre y de frío, desmayado. Cuando despertó no sabía ni su nombre, así que le pusimos Cachorro.
-Lanie, el Vasco requiere tu presencia –una mujer de pelo enredado y ropa desgastada se apareció por las escaleras. Llevaba muchos collares y tenía dos dientes de oro.
-Es Claudia, la puta –le explicó el niño.
-¿Una ramera en el barco? –susurró. La mujer llevaba en la mano una botella de ron se acercó a ellos, riendo.
-El capitán la pagó para tener a los hombres contentos. A la reina no le gustaría…
-Mira quien tenemos aquí, una nueva jovenzuela… empezamos a ser muchas ¿no crees?
-No estará aquí mucho tiempo –contestó Lanie antes de levantarse. Katherine le sujetó la mano, rogando con la mirada que no la dejase allí con aquella mujer. La negra la tranquilizó.
-Es inofensiva.
-Eso, tranquila señorita, no le haré nada, a mí sólo me interesan los hombres. A no ser que entre las faldas escondas algo –dijo, con una risa picarona, tocándola. Ella se apartó, como si el contacto la quemase.
-Es indecente –murmuró, pero la mujer la oyó.
-Ya veremos si dices lo mismo cuando el capitán te reclame en su catre –dijo ácidamente.
-Me gustaría subir arriba –pidió mirando al niño, ignorando a la mala mujer. El crío se levantó, sacudiéndose el polvo de los calzones y la tomó de la mano, ayudándola a incorporarse. Al subir las escaleras y volver a cubierta se topó de bruces con el capitán.
-¡Capitán Castle! –saludó el crío, con respeto. El hombre sonrió, haciéndole un gesto amistoso al niño y dándole una manzana. Cachorro la tomó ilusionado y se escabulló de nuevo escaleras abajo, por temor a que alguien se la robase.
-Veo que ha conocido a Cachorro –sonrió.
-Y también a la ramera –contestó ella, con frialdad.
-¿Tiene algo que objetar, señorita?
-Es indecente, inmoral tener una puta en un barco.
-Créame, va a pasar muchos meses aquí para agradecérmelo. ¿O prefiere usted ocupar su lugar? –Katherine sintió como se le encogía el estómago al pensar que alguno de aquellos hombres pudiera tocarla -. Lo suponía. Disfrute de la travesía, señorita…
-Catalina –mintió.
-Catalina –sonrió, pasando a su lado, rozándola con suavidad en el brazo. Katherine notó de nuevo como se le erizaba la piel al notar el contacto de aquel hombre, contuvo un estremecimiento. Se volvió, mirándolo.
-¿Capitán? –Él paró, esperando -¿Me devolverá a Sevilla en el tornaviaje?
-Lo haré –contestó – a menos que usted prefiera quedarse.
Unos golpes en mi puerta interrumpen a Fátima. Mi hermano entra y la llama, diciéndole que quiere hablar con ella. La anciana se marcha, dejándome pensativa, envuelta en un mar de dudas. ¿Cómo podía mi madre haberse enamorado de un pirata?
