Al salir de San Jorge el frío me golpea el rostro, como una bofetada. No lloré en la capilla, ya no me quedaban lágrimas que derramar por Madre. Tampoco Henry ni Juanito lo hicieron, al contrario que Catalina, que se abrazaba en silencio a la vieja Fátima. Aun no puedo creerme que no vaya a volver a verla, se ha ido, Madre está muerta. Estaba muy hermosa con ese vestido rosa, un vestido para señorita y que sin embargo a ella, siendo viuda, le quedaba muy bien. En el centro su medalla adornaba la sencilla prenda. Madre parecía dormir, pero eso no era un consuelo. Ella jamás despertaría de aquel largo sueño, no volveré a verla, no en esta vida.

María se apoya en mi hermano y camina en silencio, con la niña de la mano. Fátima va tras ellos, en silencio, con un rosario en la mano que sé que no ha usado. Al caminar por las frías calles de Sevilla un hombre de unos cuarenta años, con el pelo oscuro y bien vestido se acerca y habla con Henry. Lo conozco, vive en San Vicente, pertenece a la Alta Nobleza, esa a la que nosotros no pertenecemos, a pesar de compartir privilegios. Creo recordar que se llama Alfonso de León. No sé qué quiere de mi hermano, los grandes señores nunca han querido saber nada de nosotros, hijos de una plebeya y además extranjera. Pero esta casa le tenía cierto aprecio a mi padre, aunque nunca aprobasen su boda con Madre. Henry intercambia unas palabras con él y después continua andando, creo adivinar algo parecido a una sonrisa en su rostro, ¿de qué habrán hablado?

Al llegar a la casa Henry no comenta nada sobre el encuentro y sube las escaleras. Me acerco a mi cuñada, con curiosidad.

-¿De qué hablaron?

María niega, me sonríe con tristeza y se marcha, no sin antes darme un beso en la mejilla. No entiendo nada, ¿qué ocurre? Tratando de parecer educada golpeo suavemente la puerta de la alcoba de Henry, quien me responde con un seco "adelante". Mi hermano está sentado en la cama, descalzándose. Me agacho a su lado y le ayudo, tal como Madre hizo mil veces con Padre. Él sonríe ante el gesto y me acaricia la cabeza, como cuando era niña. Parpadeo al notar las lágrimas en mis ojos, hacía mucho que mi hermano no me dedicaba ninguna muestra de afecto. Henry me toma de las manos y me sienta a su lado.

-No llores, hermana –murmura, limpiando las lágrimas. No puedo evitarlo y me arrojo a su cuello, liberando la tensión. Lo echaba de menos, añoraba a mi hermano. Me acaricia gentilmente la espalda, antes de apartarme con suavidad -. También yo la echo de menos –dice.

-No me acostumbro a haberla perdido –balbuceo entre sollozos.

-Lo sé, pero debemos seguir, Madre no hubiera querido que nuestras vidas se pararan por esto.

Asiento en silencio, apartando mis lágrimas, limpiándome con mi pañuelito de tela.

-¿Qué quería don Alfonso?

-Darnos el pésame –responde él. Lo observo, no le creo, pero no quiero discutir, no ahora que vuelve a quererme. Siempre he amado a mi hermano mayor, siempre deseé su afecto y que estuviera orgulloso de mí -. Doña Ana vendrá a la tarde, sé amable.

Suspiro, con poco entusiasmo. Doña Ana es una señora de unos cincuenta años, vecina nuestra. Cuando Madre vivía solía venir a hablar con ella y ponerla al día de los cotilleos de la ciudad. Mi madre callaba y la invitaba a tomar vino y dulces, pues era muy educada, pero realmente no la soportaba. Tampoco yo la aguanto, ni a ella, ni su horrible y desagradable olor, ni sus "¿cuándo te casas, niña? Ha estado con nosotros en la capilla, donde ha formado un gran espectáculo, llorando a lágrima viva y gritando lo injusto que este mundo pero lo dulce que es la misericordia de Nuestro Señor. Con gusto la hubiera echado de San Jorge, pero no me educaron para ello. Tenía la esperanza de no volver a soportarla en ninguna velada ahora que Madre no está, pero parece que no va a ser así. Henry no puede evitar soltar una risa, tampoco él le tiene mucho aprecio a esa señora, pero no va a ser quien la soporte.

-¿Puedo servirle el vino malo?

-Dilúyelo en agua, que no se aprecie.

-Bien.

Me despido de él con un beso en la mejilla, olvidando el encuentro entre él y don Alfonso. Tras el funeral esas caricias y ese amable abrazo de mi hermano han sido mi único consuelo y por hoy, tengo suficiente. Podría ir a mi dormitorio y continuar leyendo el diario, pues Fátima debe estar ocupada, pero unos gritos en la alcoba de mis sobrinos me hacen cambiar de idea. Los niños están subidos en la cama, Juanito sobre Catalina, abofeteándola. Furiosa, lo aparto y tomo a la niña en brazos, mirando con severidad a mi sobrino.

-No vuelvas a golpear a tu hermana.

-Rompió mi retrato –contesta él, mientras que la niña llora silenciosamente en mi hombro.

-Eso no es excusa, ¿vale más un simple dibujo que tu propia hermana? –le reprocho. El pequeño mira al suelo, luchando por no llorar.

-Era un retrato de la abuela –murmura.

María y Henry entran en la habitación. Mi cuñada coge a la pequeña y la besa, dirigiéndole una mirada airada a su primogénito.

-Hoy no tomarás nada salvo pan y agua –dice y después se va. Henry no añade nada más, coge el dibujo roto de su hijo y lo arruga.

-Deja de perder el tiempo en están sandeces –le ordena duramente -. Y no vuelvas a tocar a tu hermana.

-¡También tu golpeas a mi tía! –replica él. Horrorizada me tapo la boca con ambas manos, jamás he oído a mi sobrino hablarse así a su padre. Henry no me mira y coge al niño en silencio, arrastrándolo escaleras abajo. No puedo moverme, me quedo paralizada mientras que oigo los gritos del niño y el sonido de los golpes sobre la piel. Al poco tiempo mi hermano vuelve con el niño de la mano y lo arroja violentamente a la alcoba; me ordena que salga y cierra la puerta con llave.

-No saldrá de ahí hasta que yo lo ordene –dice a nadie en particular. María se asoma a la puerta de su alcoba, con Catalina de la mano, no osa desafiar a su marido. Intento decir algo, recordar que Juanito es sólo un niño, pero Henry no parece dispuesto a escuchar a nadie.

Agotada me encierro en mi alcoba, echándome en la cama. Juanito no debió golpear a Catalina, pero son niños. Yo nunca peleé con Henry, pero porque él es mucho mayor que yo. Tampoco pude reñir con Isabelita, que murió en la cuna. Sin embargo aún recuerdo el dolor de las correas de cuero cuando Padre me castigaba por gritar a algunas de nuestras vecinas y por darle una patada en el trasero al hijo de doña Ana, que siempre me seguía a todos lados y trataba de importunarme a la menor ocasión. Reía mi madre de aquello diciendo que ese niño estaba encaprichado de mí, pero yo hacía muecas de ascos y juraba tomar los hábitos antes de casarme con él. Marchó hace tres años a Toledo y desde entonces no he vuelto a verlo. Pero los castigos de Padre eran simples caricias comparados con el que ha provocado los gritos de mi sobrino.

Fátima entre sin llamar y se agacha junto al arcón, dejando la ropa limpia y seca perfectamente doblada, casi toda es negra o muy oscura, para guardar el luto. Madre me dijo en su lecho que sólo guardarse el luto por un año, nada más y que lo rompiese si decidía contraer matrimonio. Me sorprendieron estas palabras de la boca de una mujer que ha guardado luto durante años, pero le prometí que así lo haría.

Cuando termina, la anciana mira el diario de Madre y frunce el ceño.

-¿Ha seguido leyéndolo?

-No –respondo -. Esperaba que tú continuaras con tu historia –añado, vacilante. Ella niega.

-Tengo mucho que hacer, niña. Tendrá que esperar a mañana.

Asiento en silencio y la dejo ir. Podría esperar a mañana, pero estoy aburrida y no me atrevo a salir y enfrentarme a la ira de Henry. Además hoy, que he visto por última vez el rostro de mi madre, leer ese diario es la única forma que tengo de estar cerca de ella.

Me sentí muy desgraciada entonces Madre, sola en aquel horrible barco de herejes y rameras. Temía que alguno de ellos me forzara o me matase o que el capitán descubriera mi procedencia y me acusare de traición a la pérfida a la que ellos llamaban majestad. Ni siquiera aquella amable sonrisa de la negra llamada Lanie o la mirada viva e inocente del pequeño Cachorro me daban confianza. Habían prometido ambos no decir nada a su capitán, pero sabe usted Madre que nadie debe fiarse de unos piratas. Y sin embargo, a pesar de mi temor y mis dudas, la ansiedad por volver a casa se mezclaba con la imagen de ese apuesto hombre. Si lo hubiera visto Madre, si hubiese visto esos ojos azules o ese cabello oscuro como la noche. Si cierro los ojos puedo sentir su olor a mar y a hombre y puedo recordar cada una de sus cicatrices. Tenía muchas, pero llamaba mi atención una que se avistaba en el centro de su pecho, allá donde su elegante camisa no tapaba la piel desnuda. Era larga y parecía hecha con un puñal fino no con una espada. No le pregunté entonces, Madre, pero ya le hablaré de aquellas cicatrices otro día, ahora prefiero contarle como empecé a confiar en la ramera, Claudia.

Fue una noche, unos tres días después de despertar en aquel barco cuando el capitán se acercó a mí y me preguntó si me sentía bien. Tuve un inmenso deseo de gritarle y recordarle que estaba en un barco pirata y que deseaba volver a casa, pero me contuve. No pude sin embargo morderme la lengua y le reproché de nuevo mantener una mala mujer en el navío. La noche anterior había oído yo desde mi catre como esa mujer se entregaba a algún miembro de la tripulación, murmurando palabras obscenas, gritos y gemidos pecaminosos. No entendería yo hasta mucho después como podía una mujer dejarse poseer así por el mismo demonio, Madre, nunca la había oído a usted gritar así cuando buscaban entre las sábanas un hijo. Pero de nuevo, le hablaré de ello después.

Como le decía le reproché al capitán que permitiera tales encuentros y él me miró con dureza, respondiendo:

-Si tanto le molesta oír esos gritos, dormirá hoy en el frío calabozo, allí no se oye nada.

Antes de que pudiera yo decir nada unos brazos me sujetaron y me arrastraron, llevándome al calabozo y arrojándome allí sin ningún cuidado por mi persona. Aún recuerdo el sonido de la llave al cerrar y el frío y la humedad. Estuve toda la tarde y parte de la noche abrazada a mí misma, queriendo conservar algo de calor y muerta de hambre, pues no me llevaron nada. Fue por la mañana cuando la culpable de mis penurias vino a visitarme, abriendo la reja y sentándose a mi lado. Quise yo apartarme, pero temía que hablase con el capitán y me encerrasen de nuevo allí así que callé. No sabe usted Madre, cuanto me dolió la historia que esa pobre desgraciada me contó.

Una voz desde el piso de abajo interrumpe mi lectura y suspirando dejo el cuaderno, bajando. Henry, María y Catalina están sentados a la mesa, esperándome. Murmuro unas disculpas y me siento en junto a mi sobrina, oyendo la oración y dejando que Elvira nos sirva. El almuerzo consiste en un guiso de verduras y un poco de pan. Fátima nos trae una jarra de vino y nos sirve a los cuatro, llenando el vaso de la pequeña hasta poco más de la mitad, evitando que vuelva a tirarlo al suelo. Comemos en silencio, cuando de repente María jadea y lleva ambas manos hasta su vientre. Todos la miramos, preocupados, salvo la niña, que sigue comiendo. Fátima se acerca, solícita.

-¿Qué le ocurre, señora?

-El niño lleva inquieto todo el día, no es nada –responde ella, aunque parece dolorida.

-Quizás debería descansar –sugiere Elvira. María niega con la cabeza, pero mi hermano le ordena que suba arriba y descanse.

-Doña Ana vendrá en un rato, sería una grosería no recibirla –protesta.

-Johanna atenderá a doña Ana, tú ve a descansar, no quiero perder más hijos –dice con frialdad. María palidece y asiente en silencio, parece culpable. Nadie dice nada más, aunque siento lástima por ella. Es sabido que cualquier mujer se culpa a sí misma cuando tiene un aborto, siendo a menudo objeto de reproches por parte de su marido. No entiendo yo que culpa tendrá la mujer cuando es Dios quien decide si el niño debe llegar al mundo o no, pero nunca hablo sobre ello, la opinión de una mujer no interesa a nadie.

Al terminar el almuerzo le ordeno a Fátima que suba a descansar. Esta quiere protestar, pero como buena esclava no desobedecerá jamás las ordenes de su ama. Me acompaña hasta mi alcoba y alisa la colcha, yo no puedo evitar reírme.

-No te he traído aquí para que trabajes –la regaño, con cariño.

-No, me ha traído aquí para que siga hablando sobre su madre y el pirata –responde ella. Me encojo de hombros.

-Tú necesitas descansar y yo quiero saber más.

-Ay niña, esto al final no le hará ningún bien –suspira.

-Quiero saber, Fát…

-Inés –me recuerda.

-Inés –cedo a regañadientes -. Necesito saber más sobre mi Madre, sobre aquello, creo que sólo así podré conocerla realmente.

-¿Y si no le gusta lo que va a conocer?

-Estoy dispuesta a arriesgarme –aseguro. Ella me observa unos segundos, como si fuera una niña que no sabe lo que dice, pero asiente y se sienta en la silla cercana a la ventana.

-¿Qué más quiere saber?

-Madre menciona en su diario algo sobre una historia de esa ramera, algo que ella le cuenta cuando está en el calabozo –Fátima asiente -. Háblame de ella.

-Como usted quiera, niña –responde con poco entusiasmo -. Katherine miraba con recelo y miedo a la mala mujer, pero esta no parecía querer hacerle daño. Cogió la pecadora un cuscurro de pan que llevaba entre sus ropas y se lo ofreció. La joven no pudo rechazarlo, pues tenía hambre y además, no quería ofender a esa mujer, si lo hacía dudaba que pudiera salir de aquel espantoso lugar. Observó la ramera como la muchacha comía con avidez y sonrió.

-Sí que tienes hambre.

No contestó a sus burlas y terminó el pan, mirando después a otro lado. Claudia la miró y se acercó a ella, tomando un mechón d sus cabellos.

-Ya no hueles también como antes, ahora hueles a mar.

Se apartó ella con asco, mirándola airada, pero la ramera no se molestó, al contrario se echó a reír.

-¿Te doy miedo, dulce niña? ¿Crees que esta puta va a hacerte algo malo?

-Sólo eres una vulgar pecadora –replicó.

Claudia asintió, conforme.

-Cierto es, niña.

-Arderás en el mismo infierno.

-Al menos allí no pasaré frío –se rio -. Ni tampoco mis niños –añadió con cierta ternura. Katherine la miró sorprendida.

-¿Tus niños?

-Mis hijos –aclaró -. James, Rose y Anna.

-Pero… no entiendo cómo…

-¿Cómo tengo hijos? Cuando trabajas abriéndote de piernas para que te la meta cualquiera, acabas abriéndolas para parir –dijo ella con desdén.

-¿Dónde están?

-Viven con mi hermana, menos James, ese trabaja en casa del herrero.

-Deberían estar con su madre –le reprochó fríamente.

-El capitán paga bien y mis hijos no comen del amor de una madre, comen con dinero, como todo el mundo. Cuando volvamos iré a verlos y les llevaré mis ganancias, así podrán tomar mucha leche y carne. Mi pobre Rose es tan pequeñita, necesita comida para crecer. Y mi Anna, mi pobre Anna, tiene los pies llenos de llagas por el horrible frío, espero poder ganar bastante para comprarle unos zapatos. Para James no, él tendrá que conformarse con lo que le el herrero.

-Es horrible –susurró.

-El mundo es horrible –replicó ella -. Al menos para los pobres, para las señoritas ricas como tú, debe ser maravilloso.

No respondió Katherine a aquello, se limitó a mirar al suelo, pero la ramera no parecía querer dejarla en paz.

-También yo soñaba con vestidos bonitos y un buen marido al que calentar con buenos guisos y abrazos. Pero no quiso mi padre que cumpliera yo tal destino. Ya ni me acuerdo cuantos años tenía cuando me llevó a casa del panadero y me dijo que me quedara allí a pasar la noche, pero segura estoy de que no serían más de diez. A la mañana siguiente tenía yo un dolor horrible entre las piernas pero al menos dos hogazas de pan recién hechas. Eso valía yo en mi casa, dos hogazas de pan.

-No sigas por favor –suplicó.

-¿Duele oír las desgracia de otros? ¿O es que ya no es tan fácil juzgar a una sucia ramera? –se rio con amargura-. Encontré marido, ¿sabes? Un muchacho alto y guapo, muy buen mozo, pero cuando la noche de bodas vio que estaba abierta me cruzó la cara de un bofetón y me llevó a rastras hasta la casa de mi padre. "Toma a tu vulgar ramera, que no quiero nada usado" le dijo. Mi padre no iba a aguantar la vergüenza de tener en casa una hija repudiada y me echó a patadas de allí.

-Calla, calla, no quiero saber nada más.

-No hay más que decir, niña. Me encontré sola por las horribles y frías calles de Londres, encontré a un hombre que quería calor y se lo ofrecí. Me pagó bien y así seguí, viviendo de la calle y pariendo. Pero así no se alimenta a tres niños y cuando el capitán me encontró me ofreció mucho dinero a cambio de partir con él en su navío.

-No quiero oír nada más –grito, horrorizada. Fátima no responde, se limita a darme un beso en la frente y se marcha, dirigiéndome una mirada de compasión -. Que horrible historia –susurro. Pero no tengo tiempo de pensar en ello porque la voz estridente de doña Ana se oye desde la calle.

-¡Donde está la novia! ¡Tengo que verla! –La sangre se me hiela al oír eso. ¿De qué novia habla?