Lamento mucho la tardanza, espero que quede alguien que se acuerde de esta historia. Gracias por leer.
Al bajar las escaleras no tengo tiempo de reaccionar antes de que una señora obesa y maloliente se eche a mis brazos y me asfixie. Trato de separarme, mareada por el abrazo y el olor, pero ella no cede. María se acerca, tosiendo, incómoda.
-Doña Ana, va a asfixiar a la niña.
Al fin se separa, toso, con los ojos llorosos, ya no recordaba lo desagradable que era tenerla tan cerca. La mujer toma mi rostro entre sus manos y me dedica una mirada compasiva.
-Pobre niña, no llores, sé que es por la emoción, una no va a altar todos los días… y menos aún con tan buen partido…
-Doña Ana… -María quiere hacerla callar, yo las miro a ambas, confusa.
-¿De qué habla?
-Vamos querida no intentes negarlo, en la ciudad no se habla de otra cosa.
-María, ¿de qué está hablando? –Pregunto, tensa. Doña Ana mira a mi cuñada, sorprendida.
-¿Es qué aún no sabe nada?
-No –responde ella fríamente, apretando los labios.
-¿Qué es lo que tengo que saber?
-Johanna, vamos a mi despacho, debo hablarte –Henry me toma del brazo con suavidad y dirige una mirada envenenada a la señora, quien dirige la vista al suelo, entumecida.
No puedo decir nada, siento que me ahogo, me falta el aire. Henry no puede hablar en serio, no puede hacerme esto. Parpadeo para evitar el llanto, no quiero parecer una niña asustada, aunque me sienta como tal. Él espera a que comente algo.
-Me gustaría ir a mi alcoba –murmuro; me tiembla el labio.
-¿No vas a decir nada?
Niego, las primeras lágrimas empiezan a salir, él se levanta, rodeando el escritorio y frota mis brazos, tratando de reconfortarme. –Es una gran oportunidad, hermana, serás la esposa de un León, tus hijos llevarán su apellido…
-Yo no… no quiero casarme –sollozo como una criatura.
-Tienes dieciocho años, tarde o temprano debías pensar en ello.
-Pero… Madre acaba de morir… estamos de luto… y yo no… no conozco a… ¡no lo conozco!
-Eso puede arreglarse, no estaba previsto un encuentro hasta dentro de al menos un mes… pero supongo que puedo hablar con don Alfonso para que…
-¡No quiero casarme con el hijo de ese hombre! –chillo. Sus facciones se endurecen, miro al suelo tal como había hecho doña Ana, arrepentida y temerosa.
-Ese hombre –dice con enojo –es uno de los nobles más acaudalados e importantes de Sevilla, posee infinidad de títulos, tierras, palacios por varias ciudades. Algún día su hijo lo heredará todo y tú disfrutarás de esa herencia. Emparentarnos con una familia así puede traernos grandes beneficios. Te casarás con él, porque es tu deber para con tu familia. No olvides nunca quien eres y de donde provienes.
-No me hagas esto Henry, por favor… -le ruego, pero él me mira con desdén.
-No hay nada más que decir, hablaré con don Alfonso para organizar un encuentro con tu prometido, supongo que querrás conocerlo.
No puedo responder a eso, no sin arriesgarme a que me vuelva a abofetear, sin poder soportarlo más salgo corriendo de allí, ignorando las llamadas de María y doña Ana y me dejo caer en mi cama, llorando. Matrimonio. Matrimonio con un hombre al que desconozco, nada se de él, sólo su nombre, Pedro. Una voz dulce me llama, unos brazos maternales me acarician con afecto, me ruega que me calme pero hoy ni la ternura de Fátima servirá para calmarme.
-Cálmese niña, se lo ruego, me desgarra verla así.
-No quiero casarme, ayúdame Fátima, por favor –me incorporo y la miro a los ojos, llorosa, suplicante. La anciana me responde con pena, mientras que limpia mis lágrimas con sus amorosas manos.
-¿Qué puede hacer esta vieja, niña? Sabe que nada de lo que yo piense tiene importancia en esta casa y mucho menos en la decisión que su padre tomó hace tantos años.
Me levanto de golpe, poseída por la rabia. ¿Mi padre? Mi padre murió hace cinco años y nunca nadie me dijo nada de matrimonio.
-¿De qué hablas? ¿Qué tiene que ver mi padre con todo esto?
-Niña…
-¡Habla Fátima! –grito, furiosa. La anciana me mira asustada.
-Fuera de aquí, Inés –María entra en mi alcoba con los brazos cruzados, desafiante. La aludida se marcha, sin mirarme, dolida por mi actitud. Siento una pizca de culpa, pero mi cuñada parece tener mucho que decir y ahora no tengo tiempo de pensar en Fátima ni en nadie. –Deberías comportarte como una mujer, pareces una niña consentida, con tu actitud avergüenzas a tu hermano –dice con dureza. Aprieto los puños, con fuerza.
-¿Quién te crees que…
-La señora de esta casa –me corta -. Hoy nos has puesto en evidencia delante de doña Ana, hasta en la calle se oían tus gritos… ese comportamiento es intolerable.
-No te consiento que me hab… -vuelve a interrumpirme, pero esta vez con una bofetada. La miro, entre el horror y la sorpresa, frotándome la mejilla.
-Trato de defenderte delante de tu hermano, te aprecio mucho, cuñada, pero el buen nombre de esta familia está por encima de todo y yo como señora de la casa me encargaré de que siga ocupando el lugar que le corresponde.
-Sal de mi alcoba.
-Aún no he terminado –replica -. Sé que odias a tu hermano, pero estás siendo muy injusta, el acuerdo de tu matrimonio con Pedro de León fue idea de tu padre, él lo dispuso todo antes de su muerte. Entonces eras muy joven, pero ya eres una mujer adulta y cumplirás con tus obligaciones.
-Mi madre jamás consentiría ese acuerdo… ella me dejó una dote para que…
-Tu madre no sabía nada y aunque así hubiera sido, ella habría estado de acuerdo.
-Mi madre quería que yo decidiese con quien casarme –vocifero.
-¿Una niña eligiendo marido? No seas ingenua, Johanna, una decisión tan importante no se deja en manos de una muchacha. Tu madre te consentía demasiado, te dejó creer lo que tú querías creer, pero nada más. Ella sabía que cuando llegase el momento de casarte, serían otros los que decidieran por ti.
-¿Cómo hicieron contigo? –pregunto con frialdad. María me responde con indiferencia, girándose para salir.
-Naciste hembra y otros decidirán por ti, siempre. No lo olvides.
Cuando se marcha cierro la puerta empujándola con odio, la madera cruje, desearía salir de esa casa, recuperar el aire que me falta desde que sé la horrible noticia, pero Henry no me permitirá salir. ¿Cómo han podido ocultarme esto durante cinco años? ¿Cómo pudo mi hermano ocultárselo a Madre? No estoy preparada para el matrimonio, no aún.
Llorando con amargura me pregunto cómo pude ser tan estúpida. Debí saber que nunca me dejarían elegir, que jamás podría ser yo quien decidiera sobre mi vida, sobre mi marido… Durante un instante de locura pienso en coger los hábitos, cualquier cosa por tal de no calentar la cama de un desconocido, pero mi hermano ya ha decidido por mí y tal como me han recordado, romper el compromiso sería avergonzar a mi familia. Mi futuro ya está escrito y es horrible.
Es de noche cuando me decido y salgo de mi alcoba. En el piso de abajo escucho la voz entusiasta de mi hermano y la de un desconocido. Cuando pongo un pie en la escalera ambos hombres se vuelven hacia mí. Henry sonríe, parece satisfecho y me tiende la mano.
-Ven, querida –me dice, su voz amable. Lo miro sorprendida y temblorosa acepto, acercándome a ellos. Miro al suelo, no sé quién es ese hombre, ni quiero saberlo. Sólo sé que lleva ricas vestiduras y un cordón de oro con un hermoso medallón. Debe ser él. Y no quiero conocerlo. Debí quedarme en mi alcoba, llorando mi desgracia. –Johanna, te presento a Pedro de León. -Mi prometido, pienso sin dignarme a mirarlo. Henry murmura algo en voz muy baja antes de volverse hacia él –Ruego disculpe a mi hermana, es muy tímida.
¿Tímida? ¿Yo? Quizás por orgullo o simplemente para molestar levanto la cabeza y miro a los ojos de quien va a ser mi esposo. Unos ojos muy extraños. Uno verde; el otro, azul. Y son amables.
