-Me dijeron que era usted muy hermosa –murmura -. Pero nadie me advirtió de que caería rendido a sus pies. Es un placer conocerla, señorita Johanna.
Su voz es profunda, clara, distinguida, reflejo de la buena educación que le han dado. Se inclina para coger la mano que yo inconscientemente le tiendo. Me da un casto beso, aunque presiona sus labios más de lo que sugieren las leyes de la decencia. Un beso, en la mano y sin embargo siento algo extraño, algo que no había sentido nunca. Asustada y confusa me suelto, bruscamente; Henry suelta un gruñido que sólo yo oigo. Ignorándole me dedico a mirar con atención a mi prometido, intentando salir del hechizo en el que sus ojos me tienen atrapada. Jamás había visto a nadie con un ojo de cada color, sé que algunos podrían incluso decir que es cosa del diablo, pero no es un rasgo feo, sino hermoso. Verde, como la esmeralda que llevo en mi pecho, regalo de mi madre al nacer; azul, como el mismo cielo. Y su hechura… es alto, más que mi hermano o que mi madre, que para ser mujer medía igual que mi padre; me sorprende que sea tan musculoso, quien lo diría de un noble, ¿dónde está esa barriga que dejan tantos banquetes y fiestas? Pero no, él es fuerte y robusto. Y su pelo… que hermoso color, castaño pero muy claro, casi rubio. Don Pedro me sonríe y puedo notar que no le falta ningún diente, y que no están demasiado amarillentos. Me estoy ruborizando…
-¡Johanna! –Sobresaltada miro hacia atrás; María se acerca a pasos agigantados. Hace una sutil reverencia ante mi prometido antes de volverse a su esposo. –Creo que deberíamos guardar a la niña, ha sido suficiente. –La niña soy yo, pienso con amargura.
-Pero… -trato de decir, pero don Pedro asiente, sonriendo tranquilo a mi cuñada.
-Tiene usted razón, señora; lamento las horas, mas no quería perder más tiempo en conocer a tan bella señorita.
-Me alegro de que haya sido de su agrado –dice Henry, sin ocultar su satisfacción; yo intento no torcer el gesto, no me gusta nada que hablen de mí como si fuera una yegua.
-Tiene una hermana encantadora –Pero si no he hablado, no he tenido tiempo, protestó mentalmente -. Quizás podría verla mañana, con la luz del día. Podríamos pasear por los alrededores.
-Pues… -Henry mira a su mujer, dubitativo; antes de que ella pueda decir nada me adelanto:
-Será un placer –María y mi hermano me miran con el ceño fruncido; atino a ruborizarme, cumpliendo a la perfección el papel de doncella vergonzosa: -Lo lamento, don Pedro, creerá que soy una descarada, mas me gustaría mucho conocerle mejor ahora que nuestro enlace es un hecho.
-Lo mismo pienso, señorita. Si su hermano no pone impedimento, podría venir a buscarla a las nueve.
-Supongo que no hay ningún problema –responde, aunque el entusiasmo ahora brilla por su ausencia. María suspira, se acaricia el abultado vientre, como suele hacer cuando está nerviosa y me mira:
-Haz que Inés os acompañe. Elvira se las arreglará sola con la casa.
-Estupendo –Don Pedro me mira complacido, su mirada se posa un momento en mis ojos antes de bajar a mis labios; esta vez vuelvo a sonrojarme, sin necesidad de fingirlo. ¿Qué me está haciendo este hombre? Su mirada es tan intensa… -Hasta mañana entonces, señorita. –Le tiendo la mano, ahora con decisión y me recorre un escalofrío cuando me la besa. Luego imita el gesto con María, pero estoy segura que con ella no se detiene tanto tiempo; una inclinación hacia mi hermano en su despedida antes de marcharse.
Suspirando me dejo caer sentada en las escaleras; María y Henry me miran con cara de pocos amigos. -¿Qué ocurre?
-¿Qué ocurre? –repite él. -¿Has visto cómo te miraba?
-No te entiendo.
-Ese hombre quería llevarte a tu alcoba y despojarte de tu vestido –aclara María, para sorpresa mía y de mi hermano, que pocas veces la oye hablar así -. Será mejor que hasta la boda te mantengas alejada de él.
-Pero mañana vamos a…
-Mañana cuando él venga, Inés le dirá que estás indispuesta. –me interrumpe-. Dios sabe que ocurriría si te desflorase antes de tiempo –murmura y Henry hace un gesto de horror.
-¿Puedo retirarme? Estoy cansada –En realidad estoy muerta de vergüenza, no puedo creer que mi cuñada hable de este tema delante de mi hermano. Él asiente en silencio y huyo escaleras arriba, hasta la protección de mi alcoba.
Fátima está allí, recupero la compostura y me doy la vuelta, ella me ayuda a desvestirme; está muy silenciosa, demasiado silenciosa. Cuando me entrega el camisón veo un brillo en sus ojos; resoplo:
-¿Qué?
-Veo que ya ha conocido a su prometido – su voz me sorprende, parece… ¿traviesa?
-Sí, así es.
-¿Y qué le ha parecido?
Basta, basta de ponerme roja. Miro a otro lado y pregunto si la cama ya está caliente. Ella inclina la cabeza y me arropa, alisando la colcha. Luego se sienta en el borde de la cama, observándome como si me hubiera convertido en un interesante cuadro. Al final no puedo evitar reírme:
-No sé cómo explicártelo, Fátima, pero es tan…
-¿Apuesto?
-Y no sólo eso, me habla como si de verdad yo le importase; y es muy educado; y sus ojos, oh Fátima tiene unos ojos tan hermosos… uno azul y otro verde, ¿habías visto algo así antes?
-Nunca, niña –responde -. ¿Qué va a hacer mañana?
-Si has oído a mi hermano y mi cuñada, como sé que has hecho, fingiré estar enferma.
-No seré yo quien se atreva a contradecir a los amos… –empieza.
-¿Pero?
-Pero debería aceptar su propuesta y pasear con él. ¿No quiere saber más sobre su futuro esposo?
-Pero no puedo desobedecer a mi hermano… Henry está convencido de que don Pedro quiere aprovecharse de mí.
-Su hermano es un hombre y piensa como tal. Es usted una joven hermosa, sin experiencia, demasiado inocente como para dejarla bajo el cuidado de un hombre como su prometido. Le preocupa su honra, mi niña.
-Mi honra está bien guardada. Don Pedro sólo quiere hablar conmigo, conocerme mejor –replico, obstinada.
-¿Entonces? ¿Irá o no?
-¡Por supuesto que iré! –contesto y ella sonríe, encogiéndose de hombros.
-Tendrá que enfrentarse a su hermano después.
-No te comprendo, Fátima, primero me dices que debo ir y ahora que tema a mi hermano.
-Esta vieja sólo intenta hacerle comprender que cada acto tiene su consecuencia, niña. Incluso un acto inocente y sin ninguna mala intención como este.
-¿Crees que mi madre vería bien que desobedeciera a Henry? –pregunto en voz baja; el dolor me golpea de repente; apenas hace unas horas que la hemos enterrado y ya la he olvidado. ¿Qué clase de hija soy? Fátima me coge la mano y me la acaricia, dulcemente.
-Su madre era una mujer especial, querida niña. Ella sólo hubiera temido que os sintierais mal al veros casada con un hombre que no aprobaseis. El ama estará muy feliz en el Paraíso sabiendo que su hija ve con buenos ojos al hombre con el que compartirá vida e intimidad.
-Ojalá estuviera aquí, quisiera hacerle tantas preguntas…
-¿Sobre vuestra vida conyugal? –adivina. Asiento, mirando hacia abajo.
-No es algo que deba preocuparos ahora, niña, aún queda para la boda. Ahora descansad.
-Fátima… -tanteo; ella espera -. ¿Mi madre yació con aquel pirata?
Me tiende mi rosario en silencio y se aparta, caminando hacia la puerta. Allí queda quieta, se vuelve, triste: -No me pidáis que os hable de eso, si queréis respuestas leed el diario, mas no me preguntéis a mí, os lo ruego. –Se marcha y comprendo que la respuesta es "sí". ¿Cómo pudo casarse entonces con un noble habiendo perdido la honra? No lo comprendo. Acaricio las cuentas del rosario, inquieta y sin poder evitarlo salgo de la cama y cojo el diario. Acerco una vela lo suficiente como para poder ver en medio de la oscuridad y paso las páginas, dejando la historia de la desgraciada Claudia atrás.
Cuanto dolor madre, para una pobre mujer cuyo único sueño era casar y tener una familia a la que amar y cuidar. Cuanta crueldad para una pobre criatura cuyo único pecado fue cometido por su padre y no por ella. ¿Quién castigaría a aquel hombre por vender así la honra de su hija? Nadie, mas la vergüenza y el desprecio sí la golpearon a ella y a sus hijos, que según me contó esa pobre infeliz eran llamados por las gentes como "los hijos de la puta Claudia".
Tenía aún los ojos llenos de lágrimas, habiéndose ido ya la ramera, cuando alguien bajó y abrió la reja; me encogí, temerosa de que fuera aquel horrible hombre al que llamaban el Vasco, pero no era él; era Richard, el capitán el que me miraba. En silencio me tendió la mano, la cual yo tomé, temblorosa por el frío y el miedo. Ya me había castigado condenándome al calabozo, ¿qué más podría hacerme? Le juro madre que temí que me ordenasen azotar o algo peor, mas nada de esto ocurrió. El capitán me arrastró fuera de la jaula y cubrió mis hombros helados con una capa; no era muy agradable al tacto, pero alejaba un poco el frío y lo miré agradecida, perdiéndome en sus ojos azules. Que hermosos eran, madre.
-No tantos como los de don Pedro –dudo, antes de continuar leyendo.
-¿Tenéis hambre o frío? –me preguntó y yo asentí, pues no quería mentir, ni vi la necesidad de hacerlo. Me llevó cogida de su mano hasta su camarote y me indicó que me acomodase en su catre; tomó un cuenco con lentejas calientes y me lo entregó: -Esto os saciará y entrareis en calor –me dijo.
-Gracias –murmuré. Las lentejas tenían un sabor horrible, en nada se parecían a los deliciosos guisos y potajes que nos prepara nuestra buena Fátima, mas tal como él señaló, me hicieron entrar en calor así que las apuré con prisas. Él se rio y levanté la cabeza del cuenco, sorprendida ante la ternura que aquella risa desprendía. Se reirá de mí, madre, pero le aseguro que aquel hombre bravo y fiero reía como un niño.
-¿Queréis más? –preguntó cuando terminé; negué y el capitán se sentó a mi lado. –El cirujano estaba enojado –comentó -. He tenido que amordazarlo para que dejase de sermonearme sobre usted. Le preocupa que su herida no reciba las debidas atenciones. ¿Es así? –inquirió.
-N… no. Dígale que estoy bien, que ya apenas duele –dije, aunque en realidad aún sentía pinchazos al caminar, pero no quería dar muestra alguna de debilidad.
-Eso no lo calmará –respondió.
-Le aseguro que esto… -No me dejó terminar madre. Tomándome por sorpresa deshizo el lazo de mi vestido y sin darme oportunidad de quejarme o defenderme me lo bajó hasta la cintura. Me obligó a echarme sobre el catre y con aquellas ásperas manos rozó la herida, sin tener en cuenta mi desnudez o mi vergüenza. No dijo nada, sólo asintió con aprobación y se incorporó de nuevo; yo apenas podía respirar, me sentía tan acalorada por el toque de ese hombre. Y entonces, tapando mi boca para callar mi grito posó su varonil mano sobre mi pecho y dios, madre, como reaccioné. Mi cuerpo cobró vida propia y mis pechos se sintieron llenos pesados; mis pezones se endurecieron cual dos piedras y mi vientre… ¿cómo explicaros el calor que sentí entre mis piernas, la humedad que corrió allí? Gemí, deseando más caricias de aquellos endiablados dedos, pero él se apartó de repente, como si hubiera despertado de un sueño. Mi pecho aún bajaba y subía desbocado cuando se marchó del camarote, cerrando con un portazo, dejándome allí, sola, confusa y, Dios me perdone, muerta de deseo.
-Señor… -susurro.
