Fátima me despierta temprano, debo prepararme para estar lista cuando don Pedro venga a buscarme. Mi vestido, de luto y sin escote me da un aspecto tétrico y triste, pero no lo lamento; vestir de color sería ofensivo. Sin embargo, no puedo evitar adornarme y para ello me pongo mi esmeralda y, tras pensarlo mucho, el viejo anillo que encontré en el arcón, aquel que indirectamente Madre mencionaba en su testamento. Cuando termino Fátima me observa y asiente, con orgullo.

-Es usted tan bella como lo fue su madre, niña.

-Gracias –respondo suavemente. Ella se marcha y yo me siento a esperar, pues no puedo bajar hasta oírle. Me siento ansiosa, deseo verle de nuevo y saber más de él, al menos poder intercambiar más que cuatro palabras. La puerta de mi alcoba ser abre y Catalina entra, aferrada a su muñeca de trapo.

-¿A dónde vas? –pregunta, al verme arreglada. Me agacho, poniéndome a su altura y sello sus labios con un dedo.

-Voy a encontrarme con don Pedro, mi prometido, pero ni tu padre ni tu madre deben saberlo todavía.

-¿Por qué?

-Porque se enojarán conmigo y me encerrarán en la alcoba como a la princesa del cuento, tú no quieres que me hagan eso, ¿verdad?

-No, tía. ¿Es apuesto tu prometido?

-Mucho.

-¿Tanto como Padre?

-Más aún. Ahora, ¿me harías un favor y me traerías algo de comer?

-¿Uvas?

-Un racimo –respondo -. Y gachas, un buen tazón.

Catalina se marcha no sin antes darme un beso; mi sobrina es muy cariñosa, me recuerda a Madre. Mientras espero no puedo evitar volver a cepillarme el pelo, por quinta o sexta vez, quiero estar radiante. Fátima vuelve con la pequeña de la mano, la anciana lleva el cuenco que a la niña le debe pesar. Como con avidez, recuperando el apetito que no sentía desde que Madre enfermó y me acaricio la esmeralda, recordándola. Estaría feliz por mí, tal como Fátima señaló anoche. Muy feliz, lo sé. Y Padre también. –Vuelve abajo, Fát… Inés –me corrijo a tiempo pues la niña está delante -. No quiero que salga Henry a recibirlo.

Cuando sale Catalina y yo nos sentamos junto a la ventana y reparto el racimo entre las dos. La pequeña sigue haciéndome preguntas entre uva y uva.

-¿Cuándo te casas?

-Aún no lo sé, pronto.

–Madre dice que va a hacerme un vestido –afirma, orgullosa -. Dice que lo estrenaré para tu boda.

Sonrío, dejando las uvas y empezando a cepillarle el pelo, tal como Madre hacía conmigo.

-Serás la invitada más hermosa –aseguro.

-¿Habrá nacido ya mi hermano para entonces?

-No lo sé, cariño.

-Quiero que mi vestido sea verde –me informa -. Y quiero llevar un lazo en el pelo, un precioso lazo dorado.

-Así será entonces –respondo para contentarla, pues no sé que habrá decidido su madre. Imagino que mi hermano querrá que su familia lleve sus mejores galas, pues raro es que un Grande de España tome por esposa a la hija de un hidalgo. De repente me veo envuelta en un mar de dudas relacionadas con la familia de mi futuro marido ¿Qué habrán visto en mí? ¿Qué espera mi prometido de este enlace?

-¿Tendréis muchos hijos?

Dejo de peinarla por segundo, ella se vuelve, esperando. Continúo, limitándome a responder con un débil "sí". ¿Y si no soy fértil? ¿Y si tengo un aborto tras otro? ¿Y si los niños no sobrevivieran y murieran como muchos lo hacen? ¿Me repudiará? ¿Soportaría el dolor de ver morir a mi hijo? Madre lo soportó y como ella miles de mujeres, pocas son las que no ven morir a uno o más hijos a lo largo de su vida. Miro a mi dulce sobrina y me pregunto si podría soportar perderla. Y si ella me duele tanto, ¿cuánto me dolería un hijo?

-¿Los querrás más que a mí? –pregunta, su voz chillona. Niego, dándole un beso en el pelo.

-Ningún niño ocupa el lugar de otro.

-¿Seguirás viviendo con nosotros? –Y esta vez sólo puedo sacudir la cabeza tristemente; me asusta dejar mi casa, el único hogar que conozco, pero qué voy hacer, la casa de una mujer es la de su padre mientras es doncella y la de su marido cuando está casada. O un barco cuando te secuestran y te enamoras de tu captor, pienso en mi madre y su diario. Lo que leí ayer de sus recuerdos me trastorna. Madre pecó con ese hombre, no me cabe duda de ello, mas sigo sin comprender como después contrajo matrimonio con Padre. El diario espera escondido en el arcón, si Henry lo descubriese… no quiero ni pensarlo. De repente escucho la voz de Fátima desde abajo:

-Don Pedro –saluda. Rápidamente me levanto, dejando a la niña en la alcoba y bajo las escaleras justo a tiempo para oír a mi hermano

-Lo lamento, don Pedro, pero mi hermana se encuentra…

-Dichosa de poder pasear con usted –termino yo; Henry me traspasa con una mirada fría como el hielo, pero no me acobardo. Haciendo una perfecta reverencia tomo mi capa y salgo a la calle, ni siquiera noto el frío. Don Pedro le dice a mi hermano que me devolverá pronto y me ofrece su brazo. Fátima va a seguirnos, pero mi hermano la frena.

-Entra en la casa, Inés. ¡Elvira! –llama con un grito a nuestra criada, quien se asoma a la puerta, asustada ante su tono de voz.

-¿Señor?

-Acompaña a mi hermana y su prometido. Van a dar un paseo.

-¿Yo?

-Sí, tú, ¿es que tengo que repetirlo?

-No, señor, disculpe.

Fátima entra en la casa, no sin antes darme ánimos con un disimulado gesto. Elvira se queda detrás de nosotros, pero muy cerca. Una perfecta carabina. A él no parece preocuparle su presencia.

-Está muy hermosa, señorita, la luz del día os sienta bien.

-Llámeme Johanna, se lo ruego, don Pedro.

-En ese caso te pido que me llames Pedro. Podríamos caminar alrededor de la catedral, ¿te parece bien?

-Me gustaría –asiento -. ¿Te importaría si entro? Quisiera encender una vela por mi difunta madre, que Dios la tenga en su gloria.

-Vayamos pues –responde.

Caminamos en silencio, no sé qué decir y él parece no querer molestarme. Elvira parece una sombra, pegada a nosotros pero ajena a todo. Por ahora. Al llegar a la entrada de la catedral lo miro:

-Espérame aquí –le pido -. No tardaré.

Acepta, imaginando que esto necesito hacerlo sola, pero Elvira me sigue, reacia a quedarse con un hombre. En el templo hace frío, el agua bendita está helada; no puedo evitar tiritar y no deseo estar mucho tiempo aquí. La catedral me sobrecoge, prefiero la pequeña capilla de san Jorge a este monumento creado para la Gloria de Dios, pero tengo que hacer algo. Me acerco a las velas y tras dejar un par de monedas enciendo dos, alejándome para volver a santiguarme. Murmuro algo en voz muy baja, una sencilla oración, en su recuerdo y en el de mi padre. Al dirigirme a la salida, ella me dice:

-Dos velas por sus padres. No se preocupe, señorita Johanna, que Dios los tendrá juntos en el cielo.

Asiento y vuelvo junto al hombre que me está esperando. Pedro me ve tiritar y me frota los brazos, con ímpetu. Elvira se tapa la boca, horrorizada, antes de pegarse a mí. Él se retira discretamente; empezaba a entrar en calor, pienso antes de fulminar con la mirada a la criada.

-Vamos a sentarnos ahí –me dice él, señalando unos bancos de piedra. Acepto y lo sigo, no sin antes decirle a la muchacha que no vuelva a interrumpirnos.

-Para eso me han obligado a venir –responde.

-El señor está siendo muy amable –replico -. No seas grosera.

Me siento a su lado, con Elvira al otro, aunque por su ceño bien querría ella estar entre nosotros. Pedro parece pensativo.

-¿Estás bien?

-Sí. Sólo querría preguntarte… ¿estás de acuerdo con nuestro enlace, Johanna?

Me tenso ante una pregunta tan directa; Elvira carraspea. Una pregunta correcta sería "sí", pero en su mirada veo que quiere que sea sincera.

-No voy a negarte que estoy… asustada y que no esperaba esto. Siempre pensé que podría escoger al hombre con el que me casaría. –Él me mira sorprendido, como si tal cosa fuera un disparate, que de hecho lo es, pero no me grita ni me ofende como lo hizo ayer mi cuñada.

-¿Y no soy un hombre al que escogerías? –pregunta con amabilidad.

-No te ofendas –le pido -. Eres… apuesto y tienes una buena posición. Hijo de un Grande de España…

-Tres veces Grande de España –me corrige, haciéndome reír. Elvira abre los ojos desmesuradamente, yo le dirijo una mirada de advertencia.

-Apenas te conozco –digo al final.

-Tendremos mucho tiempo para conocernos tras la boda –dice, suavemente -. En todos los sentidos.

Elvira traga saliva y se sonroja, pero dudo que su color pueda competir con el mío. Me abanico, de repente todo el frío traído de la catedral se ha esfumado. -¿Te encuentras bien?

-S…sí.

-¿Te he incomodado? –insiste, preocupado -. Lo lamento, querida niña.

-No soy una niña –replico tajantemente y Elvira se pone en pie.

-Señorita, deberíamos regresar –masculla. Me levanto y empiezo a caminar, pero él me detiene.

-Perdóname, Johanna, no quería ofenderte.

-Señorita… -Elvira insiste, yo le pido silencio con un gesto y espero, mis ojos puestos en los masculinos.

-Sé que no eres una niña, cualquier hombre que te viera diría que eres una hermosa mujer, pero vuestros ojos…

-¿Qué pasa con mis ojos?

-No esconden tu inocencia –susurra -. No pretendía incomodarte al hablarte sobre lo que ocurrirá tras la boda, lo lamento. –En un gesto de atrevimiento me acaricia la mejilla, cierro los ojos ante el contacto, su palma está caliente sobre mi piel. Elvira tose, fuerte y me obligo a apartarme.

-Debo volver a casa –digo, mirándome lo pies. Él suspira:

-Sólo deseo saber si me aceptas como esposo; no quiero que te lleven obligada al altar.

-Esta no es mi decisión –respondo sinceramente -. Mi padre decidió por mí y mi hermano sigue sus órdenes, yo nada puedo hacer.

-Yo puedo anular el compromiso, tu hermano aceptaría una compensación económica por las molestias –responde.

-¿Quieres anularlo?

-Nada me haría más feliz que tomarte por esposa y madre de mis hijos –dice -. Pero no quiero que para ti sea una condena.

Sus dulces y sinceras palabras me traspasan y al final tiendo mi mano. Él la toma, mirando a Elvira antes de darme un beso, tan casto como los de la noche anterior.

-No creo que pueda encontrar mejor esposo –digo y me sonríe en respuesta, ofreciéndome de nuevo el brazo para volver atrás. Elvira suspira, aliviada y nos sigue.

-Ha sido un placer pasear contigo –se despide junto a mi puerta.

-El placer ha sido mío.

-Espero verte pronto, querida Johanna –se marcha, después de mirar divertido a la muchacha, que ya parece agotada de hacer de carabina. Lo sigo con los ojos hasta que se pierde por las calles de Sevilla; Elvira entrecierra los ojos:

-Ese hombre es un atrevido –murmura.

-Ha sido muy correcto. Y eso es lo que le dirás al señor –añado, amenazante. Ella asiente con un "sí, señorita" y una inclinación antes de entrar en la casa. La sigo, sintiéndome bien, mis temores acerca de esta boda comienzan a desaparecer. Madre sería feliz.

En el interior Henry me espera de brazos cruzados, junto a la escalera. Lo sigo en silencio hasta su escritorio, esperando una buena regañina; me indica que cierre la puerta y se apoya sobre la mesa, esperando. -¿Y bien?

-Hemos hablado –me limito a decir. Suelta un bufido, mirándome con impaciencia.

-¿Te ha tocado?

-¡No! –Una caricia en la mejilla no es tocar…

-Bien. Mantente alejada de él, lo último que necesitamos es que te vean como una cualquiera.

-No he hecho nada malo –protesto.

-Mantente. Alejada. De. Él. –repite en voz muy baja y se marcha. Indignada vuelvo a mi dormitorio, ignorando a mi cuñada que me dedica una mueca de reprobación y también a Elvira que se encoge cuando paso por su lado. Pedro me toca y la cualquiera soy yo, no es justo. Estoy enfadada con Henry, me ha destrozado la mañana. Sin molestarme siquiera en cerrar la puerta rebusco en el arcón y cojo el diario de madre. Necesito su consuelo y sus recuerdos son lo único que me queda de ella.

Llevábamos seis días de travesía, madre y el capitán ni me miraba. Durante esos días me había mantenido al margen de todo, limitándome a observar, quería conocer a mis captores, saber a qué debía atenerme. Así, poco a poco comencé a conocer a los miembros de la tripulación de la Lady Martha. Ya le he hablado de Lanie, la que había sido esclava, pero no le he dicho como era. Aquella mujer me sorprendía, pues a pesar de su pasado como propiedad, se daba muchos aires e incluso se permitía dar lecciones y gritar a los hombres. Pude ver como ella era la única, además del capitán, que se atrevía a enfrentarse al Vasco, el hombre cruel que me golpeó nada más llegar. Odiaba a ese pirata, madre, que cada vez que me veía hacía gestos obscenos y murmuraba cosas que ninguna señorita de bien debería repetir. Mas como le digo él no ofendía a Lanie ni tampoco era cruel con ella y durante el viaje comprendí que había algo romántico entre ambos, pero ya le hablaré de ello después.

Ya le he dicho que había un cirujano que atendió mis heridas, Joshua, un hombre alto y de pelo oscuro, muy apuesto aunque a diferencia del capitán él no despertó en mí ni el menor deseo. Sí sentí algo tierno, pues me parecía un buen hombre y creo que puedo decir que trabé amistad con él, aunque no se me escaparan las miradas que me dedicaba. No sé si es demasiado presuntuoso decir que se enamoró de mí, madre, mas creo que así fue. Pobre hombre, como lloré cuando murió a causa de unas heridas que él había curado en tantos otros y que no pudo tratarse a sí mismo.

Cachorro era de entre todos mi preferido. Ese niño de ojos vivos y boca desdentada era mi perdición. Me tomó como su protegida en medio de tantos sanguinarios y salvo cuando el capitán le ordenaba limpiar la cubierta o ayudar en la cocina se mantenía siempre cerca de mí, dispuesto a ladrarle a cualquiera que se me acercara, excepto al Vasco, al que temía tanto como yo. Los hombres por su parte tenían una actitud ambigua respecto a él: algunos lo trataban con aprecio, como si fuera uno más y otros le hacían burlas y decían bien alto para que él los oyera que algún día tirarían al mocoso por la borda. Entonces el pobre crío corría a esconderse a la bodega y se mostraba huraño, rechazando cualquier muestra de cariño que yo intentara darle. Como quise a ese crío, madre y que importante fue para mí.

No voy a volver hablarle de la ramera, que ya la conoce bien y poco más hay que decir de ella. Más de una vez oír decir al capitán que Claudia era después de él la más importante de toda la tripulación, pues era ella quien tenía a los hombres tranquilos gracias a sus artes y que si no fuera por ella habría habido más de un motín. Por aquel entonces yo no sabía que los hombres se volvían mansos ante un trozo de carne y dudaba de las palabras del capitán, a quien tomaba por loco. Ahora, cuando la experiencia le ha dado la razón y me ha hecho comprender, me doy cuenta de que Claudia mantenía a flote aquel barco tanto o incluso más que el capitán.

Quisiera hablarle de alguien a quien todavía no he mencionado y cuya presencia en ese nido de herejes me sorprendía más que ninguna. Se llamaba Ryan y tal como me contó en el quintó día de la travesía era irlandés y católico.

-¿Qué hacía un irlandés en un barco pirata inglés? –murmuró, confusa.

-Niña, su cuñada la llama –Fátima entra sin llamar y me regaña: -¿Aún con eso?

-¿Qué te dijo Madre sobre Ryan?

-¿El irlandés?

-Ese mismo, ¿por qué formaba parte de la tripulación?

-Una historia muy larga que narrar, niña y la señora la espera.

-¿Tienes muchos quehaceres esta tarde?

-No, niña.

-Bien. Vas a acompañarme a Triana.

-¡Niña! –protesta.

-Tengo que cumplir la voluntad de Madre. Ella quería que llevase… –Me levanto y abro su joyero, que he guardado en mi arcón. Entre sus joyas encuentro el guardapelo de plata, con sus iniciales bellamente grabadas -… este guardapelo a la ermita de Santa María del Mar.

-Puede llevarlo su hermano…

-Iré yo, puedes acompañarme o puedo ir sola.

-¡Ni se piense que va a ir sola a Triana! -replica.

-¿Entonces?

-La acompañaré –dice a regañadientes -. Pero que su hermano no entere –añade en voz baja.

-No lo hará –aseguro, triunfante -. Iremos después de la comida.

-Como desees, niña, ahora vaya a ver a su cuñada antes de que se ponga histérica.

Obedezco con poco entusiasmo, ahora mismo lo último que quiero es que María me dé un sermón sobre lo que una muchacha inocente no debe hacer y menos en público.

La encuentro tumbada en la cama, parece dolorida. Olvidando el enfado me acerco, preocupada. Haciendo una mueca me tiende la mano.

-¿Le ocurre algo al niño?

-Está intranquilo –murmura -. Catalina también era revoltosa, no es algo que me preocupe.

-¿Querías verme? –Me siento a su lado, aún preocupada.

-Quiero hablarte sobre tu boda.

-Henry ya me ha dado el sermón, no volveré a acercarme a Pedro hasta el enlace.

-¿Pedro? –Arquea las cejas, con una sonrisita. Me ruborizo y miro hacia otro lado. -¿Te atrae?

-Sí. ¿Está mal? –Replico, ahora desafiante.

-¿Sentirse atraída por tu esposo? No. ¿Reconocerlo? Sí. Tienes que aprender a disimular, querida. La atracción que sientes por tu esposo es algo que debes dejar salir sólo en la intimidad.

-¿Cómo haces tú? –replico, recordando aquellos gemidos de la otra noche. Ella ni finge no comprenderme, se acaricia el vientre, con dulzura.

-Amo a tu hermano, en todos los sentidos, más de lo que mi confesor me permitiría, pero eso no es algo que nadie tenga porque saber. Ante el mundo debes mostrarle tu respeto y tu sumisión, la atracción o el amor es algo que sólo os atañe a vosotros dos.

-¿Y mi hermano te corresponde de la misma manera?

-Él me quiere, me cuida; no podría tener mejor marido ni mejor padre para mis hijos, sé que lo ves como un ser cruel e insensible, pero no es así.

-Sólo lo veo como él se muestra.

-Ningún hombre bueno se mostrará tal como es delante de otros. ¿Qué hombre respetaría a aquel que muestra dulzura a su esposa?

-Yo no soy un hombre al que tenga que impresionar, soy su hermana.

-Y pronto serás la esposa de un hombre muy poderoso.

-Pedro no es como esos hombres de los que me hablas –murmuro.

-¿Acaso lo conoces bien? Apenas has intercambiado dos palabras con él, querida. Yo conozco a tu hermano desde hace años, ¿cuál de las dos puede decir cómo es su hombre?

-¿Qué intentas decirme, María?

-Que seas cauta, niña. No te muestres tal cómo eres ante un hombre al que aún no conoces; disimula, conócelo primero y después déjate ver, pero sólo ante él. Que nadie sepa que sientes o disfrutas, pues no lo verán con buenos ojos.

-¿Has terminado?

-Sí –suspira -. Espero que al menos pienses en lo que te he dicho.

-Te veré en la comida –respondo, volviéndome.

-Una cosa más, niña. –Respiro hondo, antes de enfrentarla. La paciencia nunca ha sido mi mejor virtud.

-¿Sí?

-De ti depende ser la compañera de tu esposo o ser su propiedad.


En el próximo capítulo: Fátima nos contará la historia de Ryan y Johanna cumplirá la voluntad de su madre. ¿Qué descubrirá allí? Gracia por leer.