18/05/2021: He corregido este fic porque lo leí recientemente y noté varios errores que no me dejaron dormir. La esencia se mantiene porque su punto principal me sigue gustando mucho. Espero que los cambios -para quienes lo noten- sean apreciados.


¡Hola de nuevo! Aquí vuelvo con un one-shot algo extraño. ¿Por qué digo esto? Pues la verdad, pretendía que fuera un PWP (Porn Without Plot) pero como siempre, termino exagerando y yéndome al carajo con los monólogos.

Quizás las cosas carezcan de sentido para ustedes, de todas formas yo le he encontrado el mío y de momento, me siento satisfecha.

Advertencias:

-Lemon. Quizás no tan gráfico como esperaba pero tiene su porno.

-Vocabulario soez, como siempre. Yullen sin insultos no es Yullen

-Monólogos y más monólogos. Si sólo querían porno sin sentido entonces mejor ni lean.

-¿Ya dije que tenía porno?

Disclaimer: Nunca está demás decir que D. Gray Man y sus personajes pertenecen Hoshino Katsura.


De gustos y sabores

Capítulo Único

By Zahaki

Quien le conocía sabía perfectamente que Allen Walker tenía gustos muy particulares a pesar de que no sea precisamente una persona que se quejara con facilidad. Muchos sabían que el adolescente disfrutaba de los dulces más que cualquier otra cosa; sobre todo si éstos eran preparados cariñosamente por Jeryy.

El disfrutar las sustancias de diferentes texturas deslizarse por su lengua, llenando su paladar con sabores únicos, era una tarea en la que se esmeraba cada vez que tenía la oportunidad y si ninguna misión se oponía. Por eso, los degustaba con deleite como si fuesen los últimos.

El dulce alegraba su humor.

Si bien era alguien muy serio cuando el trabajo lo requería o incluso en las relaciones que establecía con las personas, lo cierto era que a la hora de comer revelaba efusividad sólo equiparable a la de un niño. Sus amigos sonreían ante estas reacciones sin poder hacer demasiado por reprimirlo, contagiados por la ternura que aquella imagen inspiraba.

El ver al joven inglés devorar los montones de comida con tal gusto era un espectáculo muy conocido por la comunidad de la Orden Oscura, espectáculo que pese a ser recurrente nunca dejaba de impresionar a quienes tenían la ocasión de contemplarlo. Sus modales a la hora de agradecer, las expresiones de alegría y la velocidad con la que vaciaba la mesa de las montañas de alimentos eran algunas de las tantas cosas por las que las personas no podían apartar la mirada de ese espacio en el comedor.

"Un muchacho muy enérgico" pensaban los de mayor edad mientras observaban a cierta distancia e imaginaban la visión que les brindaría un Allen adulto en un futuro al que quisieran llegar. Cubiertas de chocolate, sirope de fresa, mantecado o incluso un caramelo. Cualquiera o combinados. Buscadores, científicos y exorcistas por igual apostaban entre ellos qué preferiría el joven para ese día, mas todo aquello no generaba ni una pizca inquietud en el protagonista de tan ameno entretenimiento. No era exigente de cualquier modo.

O era lo que muchos pensarían.

Ahora, diferente al espectáculo que habían visto en el almuerzo, se encontraba estremeciéndose con punzantes caricias. En su lengua no quedaban rastros de aquellos numerosos dangos con los que acompañó su pollo y mucho menos ese delicioso pastel de fresa que Link no pudo terminar. Un sabor a verdura agridulce se frotó contra su aún inexperto músculo. Ése que, a pesar de los frecuentes encuentros furtivos, no se acostumbraba a la actividad a la que lo sometían.

No le agradaban demasiado las verduras y aunque quien ahora tomaba posesión de su cuerpo destilara un ligero olor a sudor y su boca aún conservara el sabor de una cena más balanceada que la propia, lo ignoró mientras se aferraba con fuerza a sus negros cabellos.

Aceptando todo lo que pudiera obtener de ese insondable ente.

Su boca era forzada a abrirse más de lo que su mandíbula podía permitirle haciendo que los quejidos murieran en la boca ajena. El otro movía la cabeza a cada lado, inspeccionado su cavidad, deslizando su lengua con exquisitez delirante apropiándose de cada rincón. A Allen le resultaba incómoda la posición en la que su estatura era una clara desventaja, pero también pasaba de ello y correspondía con todas las fuerzas que pudiera reunir, enroscando su lengua en la contraria sin poder -de nuevo- ganar la batalla.

Gimió al sentirse chocar con la pared y rendido a la fuerza del otro se apoyó en la misma, obligándose a mantenerse de pie, reprimiendo el deseo de dejarse guiar como siempre. Con labios juntos y respiraciones agitadas, los jadeos se ahogaban en su garganta, siendo la única muestra sólo algunas ásperas exhalaciones en variados matices y diferentes reacciones cada vez que el asiático tocaba los puntos particularmente sensibles de su cuerpo.

Kanda se separó y contempló a Allen brevemente.

Los ojos plateados estaban nublados por la conmoción y eso le impidió definir la expresión de su homólogo, aunque bien sabía que ni siquiera se había agitado un poco sin tener la necesidad de distinguirlo. Siempre era así. Se mordió el labio inferior mientras buscaba la forma de recuperar un poco de control, entrecerrando los ojos y pegando por completo la cabeza a la pared para obtener algo de equilibrio.

Las manos fuertes e invadidas por callos del samurái se deslizaron por debajo de su camisa y el frío del contacto le hizo estremecerse. Le escuchó resoplar algo parecido a una risilla, sin embargo, no se atrevió a abrir los ojos. Prefería concentrarse en aquellas extremidades que firmemente contorneaban la mitad baja de su espalda para luego aferrarse sin consideración. Se quejó en silencio, como muchas veces anteriores lo había hecho. Las muecas de dolor hacía un tiempo que había aprendido a disfrazarlas con un velo de satisfacción, el cual parecía hacer que su acompañante pecador terminara siendo especialmente rudo en esas ocasiones.

¿O quizás eran ideas suyas?

Nunca comprendió a Kanda y dudaba que algún día pudiese llegar a hacerlo, pero tenía la certeza de que el otro se deleitaba prodigándole maltratos y él había aprendido a encontrarle el gusto a recibirlos.

Puede que muchos le tacharan de masoquista, aunque la verdad no sabía decir si era su caso, pues siempre se encontraba buscando más de ese juego sin recompensas a pesar del doloroso proceso que tenía que enfrentar consigo mismo al concluirse cada encuentro. Quizás los dedos de Kanda escudriñando y marcando su piel eran un factor determinante que siempre le hacía olvidar lo dolorosamente placentera que era su relación aun cuando en ese punto no sabía si debía catalogarla así.

No había nada qué decir, nada qué exigir; y a pesar de que en su cabeza hubiera miles preguntas que jamás serían contestadas, prefería formar parte de ese tablero en el cual la mayoría de sus piezas habían caído bajo la espada del implacable rey negro.

Jaló el cabello del otro sin motivo alguno. Kanda se separó un poco gruñendo algunos insultos mientras le veía furiosamente, pero suponía que era una simple costumbre, así era su forma de tratarse después de todo. Sonrió. Pese a sí mismo, a lo contrariado de sus pensamientos, a sus dudas y, sobre todo, a sus nostalgias, sonrió. Sonrió como el alegre arlequín que interpretaba, el que ahora mostraba un acto para ese rey.

Fue un idiota al creer que tendría alguna posibilidad de ser rival para el despiadado monarca. Un rey que ha sido degradado a bufón y que apuesta a la derrota no es más una diversión efímera a cambio de un sustento mental al conservar un título. No esperaba reconocimiento ni correspondencia, lo entendió antes de empezar.

—Estás muy distraído, Moyashi —dijo Kanda al tiempo que deslizaba los labios por el cuello de Allen.

Allen se estremeció emanando un suspiro necesitado. Concentrándose en la línea de besos depositados en su poca piel expuesta, en el cosquilleo que quedaba tras aquel contacto tan delicado como escaso en toda esa tosquedad que conformaba a Kanda. Una ambivalencia que le encantaba y aterraba a partes iguales.

¿Acaso valía la pena estar así? Puede que no, pero él cambiaría su existencia por alargar momentos como ése, momentos en los que se le otorgaba algo que al fin le pertenecía. Más de una vez se planteó en abandonar ese juego antes de quedarse sin peones, pero el sólo escuchar esa voz susurrando en su oído palabras inexpresables bajo otra situación le hacía perder la cordura. No podía abandonar el escenario sin terminar su acto.

Nunca obtendría un genuino beneficio y se esmeró en recordarlo muy bien. Lo que le proporcionaban no se acercaba a sus sentimientos, pero al menos, el odio y la lujuria de Kanda eran sólo suyos…

—Y tú demasiado conversador, BaKanda.

—Tsk.

Un ligero intercambio de palabras para que la ropa comenzara a salir de sus cuerpos, cediendo con soltura en el suyo y tomando la iniciativa de dejar al otro en iguales condiciones pese a no ser la costumbre. La mortecina luz de la luna a través del vitral los expuso a ambos, siendo el suyo dominado por el del moreno tanto por su ventajosa posición como por sus características morfológicas. Y como siempre, sus ojos se perdían en el cuerpo desnudo de Kanda.

Las acciones del oriental eran mucho más controladas de lo que recordaba. De esos febriles primeros encuentros en lo que el arrebato ganaba terreno y la imprudencia casi trae desastrosas consecuencias ya no quedaba nada. Su inexperiencia ya no era tan obvia; aun así había una ridícula timidez, casi infantil, en ciertas ocasiones y el japonés sabía aprovecharse de ella. Las primeras veces se obligaba a cerrar los ojos para no contemplar el rostro deformado de Kanda a causa del placer que le brindaba con su cuerpo, mas ahora se dedicaba a grabar todas las reacciones que provocaba. Atesorando lo poco que podía conseguir de esas batallas.

Se aferró a la nuca de Kanda mientras iniciaba un nuevo beso, uno menos intenso que el anterior; y mordiendo su labio aprovechó para valerse de su conocida flexibilidad para enroscar las piernas alrededor de la cintura del oriental que sorprendido y desconcertado le observó con ceja alzada ante la inesperada acción.

—¿No te gusta esta posición? —Preguntó con tono casual pese a que su vergüenza había avivado el color de sus mejillas— Tenía curiosidad por hacerlo de pie—agregó de manera insinuante mientras acercaba sus caderas encerrando entre ambos vientres su propio miembro.

Era tan cálido…

—Estás inusualmente cooperativo —respondió el otro recuperando sus facciones estoicas—. Quién diría que un enano idiota fuera tan lujurioso ¿No tienes un poco de vergüenza? —Inquirió entre la burla y la fingida sorpresa a pesar de que sus labios ligeramente torcidos indicaban que le gustaba ese Moyashi.

—¿Estamos para esas tonterías a estas alturas?

A Allen le pareció escucharle reír entre dientes

—Tienes razón. Es una tontería.

Volvió a sonreír, aunque no tenía motivos ni ganas para hacerlo. Era una situación en la que su cuerpo respondía en defensa arrojando sobre sus facciones un velo que cubría sus aflicciones. Reprimió el negar ante la anunciada ansiedad y sensación de vacío. Debía conformarse a pesar de añorar todo lo que sabía que no podría obtener. Su cuerpo disfrutaba ¿no? Y él ya se había desprendido desde el inicio de las piezas apostadas sabiéndose perdedor.

—Deja de reír. Es irritante —dijo Kanda tras un chasquido de dientes.

—Perdón por intentar disfrutar de tus buenos tratos.

—¿Insinúas que te cuesta disfrutarlo? Pues tus gemidos dicen lo contrario.

Por supuesto que lo disfrutaba, porque era Kanda…

—Por algo sigo viniendo ¿no? Así que siéntete libre de enaltecer aún más tu ego.

Sintió las manos del otro deslizarse por sus piernas con calma y él afirmó el enlace de sus piernas y a la acción se unieron sus brazos sujetándose al cuello del asiático. Kanda se abrió paso entre sus muslos acariciando cerca de la zona, ascendiendo y descendiendo sin demostrarse impaciente. Allen no supo cómo interpretarlo, pero apretó el abrazo tan sólo esperando y mostrándose ligeramente desconcertado.

Kanda siempre llevaba la delantera en las acciones y era allí cuando nuevas piezas pasaban a sus dominios. No obstante, la torre de sus resoluciones le cuidaba fielmente. No tenía derecho a quejarse, no tenía derecho a pedirle que le acariciara más, no podía pedir que le enterrara los dedos en sus cabellos mientras devoraba sus labios como estaba acostumbrado, que le masturbara; o que incluso cuando terminara, besara su frente y sus párpados colmados en humedad.

Reprimir todas esas necesidades siempre implicaba una lucha interna que amainaba con las convulsiones de un sexo cruel y desconsiderado, recordándole que no era merecedor de un gesto confidente. Su silencioso acuerdo no cubría nada de eso. Cerró los ojos con fuerza enterrando la cabeza en el hombro ajeno.

—Hoy tienes más tiempo ¿no?

Tardó más de lo normal en lograr que su cerebro hiciera sinapsis para entender la pregunta de Kanda. Alzó lentamente la mirada en petición de una explicación.

»Escuché que el Inspector bastardo no dormirá atendiendo al cabrón de Lvellie.

—Oh, Link —recordó ignorando el vocabulario—. Sí, algo me dijo, pero no entró en detalles. Así que no estoy realmente seguro —admitió casualmente dejando caer la cabeza de nuevo en el hombro ajeno, aprovechando la oportunidad de acurrucarse antes de unirse.

Sintió que le alzaron sutilmente por la barbilla y los labios de Kanda le acariciaron superficialmente antes de obligarle a abrir la boca con su lengua. Pocos instantes duró ese beso, y como todos los anteriores, tuvo que esforzarse en seguirlo. El contacto se rompió y, de nuevo, esa ansiedad le abordó queriendo como siempre más de esos gestos que sólo emulaban llenar fugazmente una necesidad que jamás sería satisfecha.

—Eres un idiota —le reprochó. Allen parpadeó un tanto atontado por el beso y por la incomprensión ante el reclamo—. Debes estar más atento a los horarios de tu niñera. Ahora será más difícil continuar con esto.

"Oh, claro. Era por 'esto'…" pensó encogiéndose de hombros.

Pronto un dedo de Kanda escudriñaba su entrada, aunque para ser más precisos estaba jugando con ella y la verdad, comenzaba a impacientarle. Le era vergonzoso como se deslizaba a lo largo de sus nalgas para luego volver a tocar de esa manera alrededor del orificio sin adentrarse.

Resopló sin poder evitarlo.

Mhn. ¿Impaciente por tenerla dentro? Estás hecho todo un pervertido, Moyashi.

Sintió el calor agolparse en sus mejillas en notable vergüenza. Nunca podría acostumbrarse al grotesco vocabulario de ese bastardo. No tardó en responderle con una mirada reprobatoria, sin embargo, sólo obtuvo como respuesta una sonrisa ladina dejando en claro que el acto era una diversión que no pensaba negarse por más que le reclamara el afectado.

—Deja de jugar ¿quieres?

Tsk. Y yo que pensaba ser amable hoy. No pones de tu parte, Moyashi.

—Te recuerdo que mi nombre es Allen. Y por si ser amable te refieres a burlarte de mí, créeme que prefiero lo de siempre.

—¿Tan acostumbrado a los golpes estás, enano masoquista?

—Míralo como quieras.

Le escuchó chasquear nuevamente, pero contrario a lo que usualmente vendría, Kanda le aprisionó contra la pared con fuerza haciéndole quejarse por el golpe. Se mordió el labio inferior y entrecerró los ojos por el dolor, pero en cuanto pudo enfocó de nuevo y sólo se encogió en la pared un poco temeroso por la seriedad repentina. Allen no supo descifrar esa expresión. No sabía si Kanda se había irritado o cansado de su actitud, pero supo sin esfuerzo que la brusquedad volvería. Y de hecho, prefería que así fuese. Volvió a sonreír haciendo que el otro se notara más irascible y se presionara contra su cuerpo anulando el poco oxígeno que podía retener.

—Ka-Kanda…

—Lo haremos a mi manera, Moyashi.

Volvió a parpadear perdiendo por completo la voluntad de alejarle. ¿Acaso no siempre era así? ¿Eso no era lo que había estado esperando? Que fuese brusco como de costumbre y que le recordara a su cuerpo que la única manera de estar juntos era mediante contactos carnales sin mayor sentido que el del puro e insano placer. Que le infringiera dolor y le recordara que eso era lo único que obtendría.

Abrió la boca para preguntar, pero las palabras fueron suprimidas con la sensación del dedo de Kanda en su interior. No dolió, de hecho, su cuerpo se estremeció por el agonizante desliz que le hizo olvidar por completo su línea de pensamientos.

No dolía…

No dolía.

¡¿Por qué no dolía?!

¡Debería doler! Debería recordarle a su cuerpo, recordarse a sí mismo, que el rey blanco cayó bajo la estrategia del rey negro.

¿Por qué? ¿Por qué Kanda le trataba así?

Dejó caer la cabeza hacia atrás perdiendo por completo la capacidad de hablar. De su garganta se escapaban quejidos roncos que se intensificaban cada vez que el dígito estimulaba sus paredes, abriéndose paso mientras sondeaba zonas sensibles, rasgaba y acariciaba en el proceso.

Se sentía caer en la desesperación.

Mhn…

Los nudillos de Kanda chocaban una y otra vez con el aro de su ano y más que doler sentía que pronto su cordura se iría muy lejos. Una humedad descendió desde su cuello hasta su pecho y envolvió una de sus tetillas en una succión inmediata que no le dio oportunidad más que de gemir con más volumen del deseado. Entreabrió los ojos sintiendo la calidez de sus lágrimas acumuladas deslizándose lentamente y pudo ver el rostro del otro paseándose seductoramente por su torso.

¡Quería moverse, maldita sea! Quería tomar ese rostro con fuerza entre sus manos y besarle hasta el desfallecimiento. Ésa era una de las tantas necesidades que se obligaba a reprimir de vez en cuando. Llevó las manos a la extensión de cabellos y tomó algunas hebras acariciándolas con sus dedos para satisfacerse al menos en eso y no perderse por completo en el turbulento placer que Kanda le ofrecía.

Negó con la cabeza al no poder tener el control total de su cuerpo mientras Kanda seguía estimulando con los dedos en su interior y con sus labios ahora su pecho semi arqueado. Los gemidos comenzaban a hacerse más fuertes y se obligó a llevar una mano a su boca para amortiguarlos, pero Kanda de inmediato la sostuvo de vuelta y la besó. Allen volvió a ignorarlo decidiendo solamente concentrarse en la desbordada lujuria a la que su cuerpo respondía.

—Escúchate —le susurró al oído cuando se incorporó—. Esto también te gusta ¿verdad?

¡¿Que si le gustaba?! Y aunque sabía que no había sido una pregunta, sus cuerdas vocales habían perdido la necesidad de articular frases coherentes y sólo gimió roncamente en respuesta. Su garganta se secó por los continuos jadeos.

»No eres del todo un masoquista.

Allen negó con fuerza negándose a escucharlo, rechazando lo obvio, temiendo la dirección de ese hilo de pensamientos cuyo destino involucraba fallarse a sí mismo. Con sus piernas rodeando aún al oriental, le acercó más para luego ir sobre su boca en una acción desesperada, necesitaba enmudecerlo. Kanda le recibió y comenzó a responder de inmediato mientras que con movimientos prolongados se daba el tiempo de salir y volver a entrar con sus dedos.

Sentía su recto húmedo y pegajoso, respondiendo perfectamente al tacto. Kanda no mostraba intenciones de dejarle ir tan fácilmente. Se estremeció y se obligó a separarse para gemir con fuerza cuando el otro tocaba ese delirante punto en su interior. Negó de nuevo, con ímpetu, sabiendo que si seguía así terminaría muy pronto.

Se agitó con fuerza ante la insistencia de los dedos de Kanda haciendo tortuoso el proceso por la frecuencia con la que lo rozaba en su lugar sensible. Su cabeza se siguió moviendo frenéticamente en una rotunda negación, oponiéndose a acabar así. Era un frote delirante que le hizo buscar apoyo clavando las uñas con fuerza en la espalda del otro. Le escuchó gruñir, pero no por eso dejó de estimularle de esa manera tan desquiciante.

—Ba-basta… —logró articular preso del éxtasis.

—¿Por qué? Se nota que lo disfrutas.

No quiso responder a lo obvio porque sabía que Kanda jugaba con él. Claro que lo disfrutaba, pero eso no era lo que quería en ese momento.

—¡Deja de jugar y mételo de una maldita vez! —exigió sorprendiendo a ambos por el tono empleado.

El japonés le miró con rostro indescifrable, era una seriedad que no correspondía a sus anteriores expresiones. Se quedaron en silencio por unos instantes y de inmediato comenzó a reprenderse por esa tontería, no ponía en duda que había apagado los ánimos. Deshizo un poco el agarre de sus piernas con la intención de bajarse, pero contrario a lo que había interpretado, Kanda le haló por el flequillo delantero de su cabello para alzarle la cabeza.

Se quejó en voz baja viendo al otro con sólo un ojo por la ligera molestia sin poder aún comprender su expresión y responder como debía. No sabía si estaba molesto aunque eso sería lo natural, sin embargo eso dejó de importarle ahora que su cabello peligraba, se lo terminaría arrancando si seguía alzándole de esa manera tan brusca. Abrió la boca para defenderse, pero Kanda fue a su cuello subiendo lentamente con su lengua hasta sus labios, los cuales delineó con desesperante calma. Allen suspiró cerrando de nuevo los ojos y olvidando el reclamo.

Maldito fetiche masoquista que se había apoderado de él.

—Como jodes, maldito enano.

Sonrió al no sentir reproche en aquellas palabras por lo que prefirió quedarse quieto y no comentar más de lo necesario. De cualquier forma, ese día había roto varias cláusulas del silencioso contrato.

Su espalda comenzó a tensarse y sus piernas se estiraron a todo lo sus músculos permitieron al sentir la repentina intromisión. Era una costumbre que había adquirido a pesar de que el dolor ya lo había olvidado hacía mucho. Abrió de nuevo la boca para atrapar más oxígeno mientras Kanda se aferraba a su cintura para sostenerle y entrar con firmeza.

Definitivamente los dedos no se comparaban y aunque hicieran el trabajo más sencillo, prefería esto. El sentir su cuerpo recibiendo a Kanda le otorgaba una satisfacción que jamás comprendería. El temblor de sus extremidades y las ligeras convulsiones para él siempre era algo que sólo podía recibir gustoso de ese malnacido. Arqueó la espalda echando la parte superior hacia atrás, apoyando sólo los hombros y la nuca contra la pared, dejando que su miembro erecto cayera pesadamente sobre su vientre manchándole de líquido preeyaculatorio y así, facilitando la tarea de unirse completamente.

Para su satisfacción, lo escuchó sisear. Esos eran los detalles de los que tanto se enaltecía, el saberse provocador de un Kanda que sólo él conocía. Su rostro era algo de lo que Allen ahora no podía apartar la mirada. Veía embelesado como el mayor apretaba con fuerza la mandíbula, sus facciones se endurecían y se tensaban las venas de su cuerpo ligeramente. Le observó cerrar los ojos con fuerza como si necesitara mucha concentración. Allen no lo entendió, pero el pensamiento le hizo reír.

—No te rías, maldita sea.

—¿Te da cosquillas en el pene BaKanda? —preguntó enarcando una ceja con gesto divertido.

—Cállate —dijo el otro dando una fuerte embestida

Arg. Idiota… —susurró estremeciéndose prolongadamente— Eso duele…

Tsk. Creí que te gustaba el dolor.

Frunció el ceño y desvió la mirada algo indignado. Pese a lo que su compañero dijera, desde un principio esperaba algo de dolor y por un momento se había olvidado de eso. Se reprendió internamente al darse cuenta de que, nuevamente, su debilidad salía a flote en esos instantes.

Ese era el efecto del maldito idiota, le hacía olvidarse de todo.

Sin previo aviso, Kanda había comenzado a moverse con lentitud y él correspondió siguiéndole. Sus piernas ya no estaban enroscadas pero sus brazos al cuello del otro sí, por lo que afirmando el agarre comenzó a mover sus caderas acoplándose al ritmo tranquilo con el que su compañero había comenzado. Ascendió y descendió lentamente sin que pudiera evitar jadear por la fricción tanto en su interior como el de ambos vientres sobre su miembro.

Kanda no emitió sonido alguno, pero sus expresiones eran totalmente fascinantes y desearía realmente ser el único que pudiera verlas. No obstante, no estaba seguro de que eso fuese cierto o de que incluso, duraría por más tiempo. Se aferró con más fuerza e inconscientemente aumentó el ritmo obligando al otro a seguirle pese a que no se opuso demasiado.

Se mordió el labio sintiendo el miembro del otro rozar su lugar sensible, sin detenerse a analizar qué ocurría dentro de sí y conformándose sólo con el hecho de experimentar tanto el cielo como el infierno cada vez que ocurría. Le escuchó resoplar algo parecido a una risilla y supo que fue de satisfacción al encontrar el punto. No sabía si ese idiota le gustaba complacerlo, pero a veces sus expresiones le confundían lo suficiente como para tenerle días perdidos en sus pensamientos repitiendo una y otra vez la escena en su cabeza sin llegar a entenderla. Por eso, decidió ignorar cualquier indicio de condescendencia si quería continuar con los encuentros.

Pronto no pudo continuar con sus movimientos ya que el asiático había tomado todo el control deslizándose hacia afuera casi por completo para volver a entrar con una estocada fuerte y firme. Repitió la acción de forma implacable, arrancándole gemidos más sonoros con cada embestida. Sus extremidades dejaron de responderle y se limitó a dejar que el otro se agitara una y otra vez contra su cuerpo haciendo que su espalda se deslizara de arriba abajo por la fría pared.

Su cuerpo se convulsionó anunciando el clímax, mas el moreno no se lo permitió. Emitió un sonido de decepción cuando Kanda salió de él sin aviso y mucho menos delicadeza, lo que hizo que Allen lo buscara con la mirada denotando desconcierto.

—Pe-pero si aún no-

Tsk. ¿Acaso crees que me dejarás así? —dijo el otro mostrándole su erección sin pudor haciéndole sonrojarse estúpidamente— No en esta vida, Moyashi.

Y aunque hubiera deseado una explicación más sutil, Kanda era una persona que no escatimaba en los detalles al respecto y a veces se preguntaba cómo no se le había quemado el rostro con todas esas obscenidades a la hora de hablar y actuar. No obstante, tuvo que verse obligado a desechar el pensamiento cuando sintió que lo giraban teniendo que apoyarse en la pared.

—¡¿Pero qué-?!

Iba a reclamar y a golpearle si era preciso, pero rápidamente se olvidó de su molestia. Kanda se recargó contra su espalda. Podía sentir sus músculos bien formados acoplándose a la curvatura que esa odiosa posición le confería. La temperatura volvió a incinerar su sistema, aletargando su raciocinio. El sudor de ambos entremezclándose le dio una sensación placentera que le hizo removerse buscando el tacto, pero nada de eso se comparaba a la profunda voz acariciando el hélix de su oreja cuando le susurraba. Se estremeció de nuevo y se reprendió por su maldita debilidad a esas acciones.

—Aprietas delicioso cuando tienes más control de tu cuerpo.

Más que indignarse por el comentario, se sintió absurdamente halagado sin evitar avergonzarse por sus pensamientos. ¡¿Y cómo no hacerlo?! Eso era más de lo que podía esperar de un asocial temperamental como ese idiota. Quiso mirar sobre su hombro buscando al japonés, pero éste sólo esparció besos en su espalda sin orden aparente antes de alejarse para dejar descansar una mano pesadamente, obligándole a inclinarse de forma pronunciada. De no haber tenido una pared, hubiera tocado el suelo, eso era seguro. No le gustaba esa posición, se suponía que le gustaba ver a Kanda y así tenía nulas posibilidades de hacerlo.

Hizo un ruido ronco con la garganta por la pronta penetración, Kanda no había esperado para moverse rápidamente. Recargó la cabeza contra la pared sintiendo los golpes de la pelvis de Kanda chocar estridentemente contra su trasero. Su respiración se agitó rápidamente sin ser capaz de recuperar oxígeno entre cada embestida.

Nunca se había esperado eso. Las corrientes que recorrían su espina dorsal no se comparaban a las que le brindaban las demás posiciones. Aquello era mucho más profundo. Sus piernas comenzaron a temblar y temeroso de no soportarlo, clavó las uñas en la pared para sostenerse y se mordió los labios con fuerza. El cabello de Kanda aleteaba en su espalda con cada choque, agregándole más espasmos y sensaciones a su cuerpo. Sentía las uñas del otro traspasando la piel de sus caderas y más que reclamarle, quería más; haciendo que cada gemido pareciera una súplica. Su interior comenzó a contraerse involuntariamente.

Uhm… Moyashi.

Apretó los ojos con mucha fuerza. No quería que le llamaran de esa manera, aunque, más que eso, no quería que lo llamara con ese tono tan suave, un tono que desplegaba un abanico de pensamientos complejos y sin posibilidades de resolución. Negó una y otra vez, y aun cuando Kanda no volvió a llamarle, sentía que ya de su tablero no quedaba absolutamente nada más que disponer a las filas negras.

Había caído su ejército y la guillotina estaba frente a él.

Jaque Mate

De un fuerte espasmo que casi le hizo caerse de bruces, dejó que su semilla saliera salpicando su vientre y la pared mientras que Kanda se abrazaba con fuerza desmedida a su espalda y no pasó mucho tiempo para sentir la ya conocida sensación del cálido líquido invadirle hasta derramarse y escurrirse por sus muslos. Incapaz de sostenerse, se dejó caer, pero el otro le sostuvo y así ambos se deslizaron lentamente hasta el suelo aún aferrados. Uno a un cuerpo más menudo y el otro a unos brazos que lo envolvían en un intento de acopio.

O al menos con ese pensamiento solía consolarse.

Allen quiso ignorar ese posesivo abrazo, abstrayendo su mente de la fantasía que creaban sus anhelos obligándose a no malinterpretar cada mínimo gesto. Sabía que no significaba nada. Bajó la cabeza y se apretó aún más en el abrazo de Kanda, apegando sus mejillas deshechas en lágrimas secas a los brazos que aún se mantenían a su alrededor. Un pequeño capricho no debía alterar las reglas del juego. Se permitió respirar a profundidad, acompasando su respiración y sintiendo la del oriental acariciar su cuello mientras éste apoyaba la frente contra la parte posterior de su cabeza.

No dijeron nada más hasta que Kanda mucho más recuperado salió de él con cuidado y le dejó en el piso. Allen le buscó con la mirada un poco aletargado por lo ocurrido, pero sólo le vio recogiendo las prendas abandonadas. Unos instantes después, se levantó con algo dificultad y aunque siempre quedaba con ese malestar con un poco de movimiento ya ni se notaría su actividad clandestina.

Al compás de un suspiro ubicó sus prendas, colocándoselas una a una con paciencia sin poder ignorar del todo la mirada de Kanda sobre él.

—¿Ya te vas?

Allen no pudo reprimir el gesto de confusión y lo denotó parpadeando un par de veces.

—¿Quieres que me quede? ¿No será que perdiste tu osito de peluche y pretendes que lo reemplace?

—Eso sería más digno de ti y créeme que más de uno piensa que tienes uno.

— ¡¿Qué?!

Tsk. Tú empezaste —dijo el otro dejándose caer pesadamente en la cama—. Lo decía por tu niñera.

—Preferiría estar en el dormitorio cuando Link vuelva.

—Haz lo que quieras.

Volvió a parpadear ahora viendo como el otro se giraba dándole la espalda. No entendía qué quería decir con eso, pero sabía desde el inicio que debía evadir cualquier cosa que pudiera ocasionar algún tipo de esperanza. Una vez más reprimió sus ansias de disfrutar un sueño refugiado en los otros brazos y siguió vistiéndose en silencio.

Kanda no se había dignado a verle más.

Se acercó para despedirse, pero el espadachín yacía con los ojos cerrados y la respiración pausada. Siempre era lo mismo. Kanda se quedaba dormido antes de irse haciéndole recordar las costumbres madrugadoras por la que era bastante conocido y Allen ni siquiera pudo sentirse culpable por interrumpir su descanso nocturno con las jornadas pecaminosas. Sonrió un poco satisfecho con su descubrimiento y apoyando su rodilla en la cama besó aquella comisura con un toque superficial pero no menos necesitado.

—Kanda, te…—se mordió el labio cohibiendo el continuar con todas sus fuerzas. Jamás debía pronunciarlo y aunque ya era un perdedor, era preciso respetar los acuerdos. —Buenas noches, BaKanda.

Ya había perdido el juego y hoy, de nuevo, debía irse con tan sólo la satisfacción de haberse unido al huraño Yû Kanda. La nostalgia emergió a modo de una triste sonrisa mientras hacía su derrotada salida en el mismo silencio en el que sabía que moriría todo aquello.

Allen Walker jamás lo entendería.

Había escuchado demasiados conceptos del amor a lo largo de sus 16 años; variadas si incluía la opinión de su mentor, pero la mayoría de las personas concordaban en que era dulce y sublime. Innumerables veces se imaginó que le daría la misma satisfacción que sus deliciosos aperitivos y aunque adoraba los dulces, terminó delirando por las más amargas de las caricias.

Abrió los ojos lentamente tras escuchar la puerta cerrarse suavemente.

Fingió quedarse dormido y no entendía el porqué de esa extraña costumbre. Tras varios encuentros supo que algo no estaría bien, había sucumbido por el cuerpo del niñito pero ahora la necesidad era creciente e intolerable. Un cúmulo de sensaciones nuevas e inentendibles anidaban en sí, su raciocinio no era el mismo y su autocontrol ahora pendía de un delgado hilo cuando del pequeño imbécil se trataba.

Ese día como veces anteriores, fingió dormir mientras le escuchaba vestirse, quejarse a voz baja por el dolor e incluso alguno que otro hipido que, sin quererlo, seguramente él provocaba. Apretó los dientes y tensó su cuerpo en la cama buscando la forma de encontrar una posición que le obligara a mantenerse en su lugar en vez de ir en pos de quien invadía sus veladas con placeres e incertidumbres.

Al final sólo consiguió colocar el antebrazo sobre sus ojos como un velo protector de sus propias emociones.

Tsk. Maldito idiota.


Datos:

-El final realmente era hasta el POV de Allen, pero tuve un incontrolable impulso de cerrar con Kanda.

-Como dije al inicio, esto pretendía ser un PWP, pero cuando comencé a escribir comenzaron a salir párrafos cada vez más emocionales y en un punto todo se fue en rumbo al suffering de Allen.

-Como último dato, no me siento tan a gusto escribiendo lemon, pero realmente necesitaba hacer algo para calmar mis ansias y posiblemente eso haya sido el detonante para esta barbaridad escrita.

Bueno, a pesar de todo, espero que haya sido de su agrado. Comentarios, críticas y otros, estaré encantada de recibirlos.

¡Hasta la próxima!