Lo que nos queda por vivir – capítulo dos


La noche transcurre en esas: Zeke bromeando, la chica riendo, todos bebiendo, hasta que Zeke dice que es demasiado tarde y tiene que volver a casa. Eso es exactamente lo que le gustaría hacer a Tobias, largarse a casa y dormir la borrachera incipiente que se está agarrando; pero la cruda realidad es que tendrá que permanecer en el antro hasta que Amy decida que la fiesta se ha terminado para ella.

Por una vez agradece el volumen de la música del sitio, porque eso complica el intercambiar palabras y cuando lo hacen, los dos tienen que repetir la frase varias veces para que su voz se escuche por encima del estruendo musical. Está claro que si la cosa no funciona con más fluidez es porque ni él ni ella ponen mucho empeño en que lo haga. Así que siguen bebiendo una cerveza detrás de otra y de vez en cuando se miran y se fuerzan a sonreír.

Amy anuncia que quiere irse a casa a eso de las tres de la madrugada. Tobias calcula que entre ambos se deben de haber bebido la mitad de las reservas de cerveza del lugar. No es que esté como una cuba, pero se le traba bastante la lengua cuando le dice que va a acompañarla hasta Abnegación; omite la parte referente a sus pocas ganas de hacerlo.

Mientras caminan entre cuerpos que se mueven sudorosos al compás de la música, se percata de que probablemente él no sea el más ebrio del local y piensa que pocos de los clientes del sitio deben de tener un origen abnegado: a ellos no les educaron para entender el contacto físico como algo natural, y allí dentro hay mucho roce. Tiene que frenarse y volver la cabeza en busca de Amy, que de repente ha desaparecido de su lado. Se pone nervioso hasta que la encuentra, atrapada entre un grupo de chicos que han hecho un círculo alrededor de ella; empuja a uno con el hombro y agarra la fina y fría mano de la muchacha para que no se le escape otra vez.

Caminan en silencio hasta el sector de Abnegación. No les separan más de un par de manzanas de allí, aunque es cierto que para llegar es necesario pasar por algunas zonas que aún permanecen deshabitadas. Territorios que hace años pertenecieron a los Sin Facción y que ahora se encuentran en el proceso de ser rehabilitados.

"¿Recuerdas cuál es la dirección que te dio Johanna?", pregunta Tobias una vez que están inmersos entre bloques de abnegadas casas grises.

"Sí, claro", contesta ella, que no deja de acercar las manos a su boca para calentárselas con el aliento. "Vinimos por la tarde, pude dejar mis maletas allí. De hecho creo que sabría llegar perfectamente yo sola, así que puedes marcharte Cuatro".

Tobías vacila un poco, no sabe si irse o acompañarla hasta la puerta, y en esas está cuando cae en que ella le acaba de llamar Cuatro. Lo piensa por un segundo, pero rápidamente decide dejarlo estar. Habrá escuchado a Zeke decirlo en algún momento de la noche. Tal vez Zeke le había estado hablando de él y sus funciones como asesor de Johanna Reyes. Puede ser cualquier cosa.

"No. Voy contigo. No quiero meterme en problemas con Johanna", contesta secamente.

Ella rebusca algo en el interior de los bolsillos de su abrigo, y acaba sacando un juego de llaves. Las mantiene en su mano, moviéndolas con agilidad entre los dedos hasta que llegan a la puerta del domicilio en cuestión.

"Aquí es", dice intentando encajar la llave dentro de la cerradura con poco éxito. Le tiemblan las manos, él no sabe si porque está ebria y no atina, o por el frío.

"Déjame a mí", le dice Tobias. "Estas cerraduras se atascan fácilmente. Viví hace tiempo en una de estas casas". Le quita el juego de llaves de las manos y encaja una de ellas dentro de la ranura en la que se suponía que tenía que entrar. Necesita tirar del pomo con fuerza y girar varias veces la llave hasta que consigue abrir la puerta. Después la sostiene para que ella pase.

Amy atraviesa la puerta resoplando. "Estoy segura de que el Polo Norte es bastante más acogedor que este lugar", murmura entre dientes mientras palpa la pared en busca de un interruptor de la luz. Luego vuelve a acercarse las manos a la boca; su aliento forma nubes blancas sobre los nudillos ligeramente azulados.

Tobias suelta una ligera carcajada. "Sí, hace algo de fresco. ¿En el lugar del que vienes no había invierno o qué?.

"Sí que había invierno", responde ella con poca gentileza. "Y también calefacciones dentro de las casas".

"Bienvenida a Abnegación, Amy Smith", exclama Tobias con algo de sorna. "Espero que disfrutes de tu estancia. Para cualquier cosa, vivo al otro lado del río, aunque supongo que no nos quedará otra que volver a vernos".

Normalmente no es de los que hacen bromas, ni disfruta de las desgracias ajenas. Pero reconoce que está bastante afectado por el alcohol, y que le chica no le ha caído demasiado bien. Parece altiva y tiene una mirada extraña y difícil de diseccionar. No deja ver mucho de ella, aparte de una especie de apatía hacia todo. No se fía de las personas a las que no puede leer fácilmente.

"Ha sido un placer, Cuatro", dice ella con sarcasmo. "Espero que todos por aquí sean tan agradables como tú. Ya nos vemos".

Tobias arruga la frente cuando vuelve a escuchar su antiguo apodo de osado. Puede consentir que se dirijan así a él sus amigos: Christina, Cara o Zeke, o cualquiera que le conociera antes de que las cosas cambiasen. Pero por fin se ha reconciliado con su propio nombre. Estuvo a punto de cambiar de apellido varias veces, ya que los nuevos catastros ofrecían esa posibilidad. Pero no lo hizo. Lo asumió de la misma forma que tuvo que asumir todo su pasado y aprender a vivir con él. En cualquier caso, no va a permitir que una desconocida le llame Cuatro, no importa como haya llegado a averiguar la palabra.

"No me llames así. Tengo aprecio por mi nombre".

"Como gustes Tobias… Eaton", pronuncia su nombre alargando las letras, mientras se envuelve a sí misma con los brazos para mitigar el frío. Vuelven salir ligeras nubes de vapor de su boca cuando habla. Eso hace que él se lo piense dos veces antes de marcharse.

"Vale. Voy a ayudarte a poner eso en marcha", afirma con poca determinación en la voz, señalando con la cabeza la chimenea que hay en la pared de la derecha. "No quiero que Johanna me culpe si palmas de hipotermia esta noche".

Ella se dedica a observar mientras él se dedica a preparar todo lo necesario para encender un fuego, lo cual le saca bastante de quicio.

"Si te movieras un poco se te pasaría el frío", comenta cabreado.

"Pues dime qué es lo que tengo que hacer", contesta la chica castañeando los dientes y frotándose los brazos con ambas manos.

"Para empezar, busca un mechero, o cerillas. Cualquiera de las dos cosas me sirve".

Ella da unas cuantas vueltas alrededor del salón, abriendo cajones, comprobando los escasos muebles. Después se dirige a la cocina, y por el ruido, Tobias sabe que continúa con la búsqueda. Cuando la escucha regresar, gira la cabeza para mirarla. Tiene el pelo muy largo y muy naranja, las cejas finas, los labios gruesos y con ligeros restos de carmín. "¿No ha habido suerte?".

"El frío me congela las ideas", dice ella con una suave sonrisa. Es la primera vez en toda la noche que encuentra algo suave en la muchacha. "Tiene que haber uno en mi bolso". Cuando se acerca para dárselo vuelve a comprobar lo gélida que resulta la piel de su mano.

Tobias está en cuclillas frente a la chimenea. Ha tenido que salir al exterior para recoger unos cuantos leños del cobertizo que sabe que hay en cada uno de los patios traseros de cada una de las viviendas de Abnegación. No le gusta pasar por ese sector. Siempre lo evita, en la medida de lo posible, y cuando se ve obligado a hacerlo, los recuerdos se le echan encima con la misma fuerza que una avalancha de rocas cae por la ladera inclinada de una colina. Por eso agradece tener los sentidos bastante nublados por el alcohol.

Ella se arrodilla a su lado mientras él prende el papel de un viejo periódico de Erudición que encontró por la casa. Nota la mirada de la chica clavada en sus manos, y eso le incomoda bastante. "Esperemos que encienda", dice tratando de aligerar el ambiente. "La madera está un poco húmeda".

Los dos se quedan observando la forma en que las llamas lentamente se abren camino en la chimenea. Los restos de la borrachera hacen que se queden algo atrapados mirándolas, y que resulten en cierto modo hipnóticas. Amy se frota las manos frente al fuego, tiene la piel clara, el pelo del mismo color que las llamas, algunas pecas en los alrededores de la nariz. Él aparta la vista en cuanto se da cuenta de que lo que contemplaba no era el fuego, sino a ella.

Carraspea un poco antes de hablar. "Bueno… ahora sí que me voy".

"Si fuera mi casa te ofrecería algo…".

"¿Algo de qué?"

"No sé… algo de beber. Es el tipo de cosas que hacemos en casa cuando tenemos invitados"

"Ya he bebido suficiente por hoy, pero gracias", contesta con desgana, pero no hace ningún intento de incorporarse.

"De nada. Me educaron para comportarme con cortesía con las visitas"

De repente, el aire se vuelve denso, caliente y pesado, y siente los efectos del alcohol regresar con fuerza a su sistema; nota como se apoderan de él. No entiende por qué pero le hace gracia eso de la cortesía con las visitas, y sonríe, y se deja caer sobre las rodillas, a la misma posición en la que está ella.

"¿Vas a tener que contarme por qué te llaman Cuatro, Tobias Eaton?", le susurra inclinándose ligeramente hacia él, arqueando las cejas. Dicho esto, comienza a bajar la cremallera su cazadora. Sus manos han perdido el tono azulado que tenían hace un rato. Tobias se deja hacer; la verdad es que la prenda comenzaba a molestarle y la temperatura del lugar se ha caldeado bastante en el poco rato que lleva el fuego encendido.

Todo empieza a suceder a cámara lenta, o tal vez demasiado rápido como para que a Tobias le dé tiempo a procesarlo. Amy se gira hacia él y le desliza la cazadora por los hombros. Piensa que va a besarle, que es muy posible que lo haga, pero ella solo le mira intensamente a los ojos. Los suyos siguen siendo fríos, en algún punto entre el azul verdoso y el gris.

Amy ya tenía su abrigo desabrochado, por lo que Tobías la imita y lo desliza por sus hombros. Recuerda de pronto los tatuajes que vio en su espalda mientras estaban en el bar, y piensa que si se están quitando ropa el uno al otro puede ser un buen momento para comprobar qué es lo que ponía en esas líneas. Agarra la parte de debajo de su jersey y tira de él hacia arriba; ella colabora elevando los brazos por encima de su cabeza. Cuando lo saca observa como su pelo vuelve a caer en cascada sobre sus hombros, blancos, pero no hasta el punto de resultar enfermizos. Luego tuerce ligeramente su cuerpo para poder ver su espalda; ella no pone ninguna objeción.

Aparta su pelo hacia un lado con la intención le leer más fácilmente las líneas de tinta negra. No se trata de un solo párrafo, ni de unas cuantas líneas. Toda la parte superior de su espalda está plagada de letras que forman frases. Se acerca un poco más a ella para poder verlas mejor. La luz de la hoguera las distorsiona y hace que parezca que están en movimiento, o tal vez pueda culpar a la borrachera de la falta de nitidez y sentido en las palabras. Pasa un dedo por encima, sin apenas rozarla, pensando que quizá el tacto le ayude a descifrar los que son. Ella tiembla un poco con el contacto, la piel se le pone de gallina y gira el cuerpo para estar mirándole otra vez.

"¿Qué es lo que pone?", pregunta Tobias. "No consigo leerlo".

"Es personal", responde ella. "Y está escrito en latín. No creo que conozcas ese idioma".

"¿Latín?".

"Una lengua muerta", explica Amy. "Seguramente nunca hayas escuchado hablar de ella. La hablaban en el otro extremo del mundo, hace muchísimo tiempo".

Tobías intenta descifrar sus palabras, pero entre el calor repentino de la habitación y la embriaguez no tiene la cabeza es su momento más lúcido. Cuando ella coloca las manos en sus costados y eleva la camiseta que lleva puesta con la intención de quitársela empieza a imaginarse a dónde les puede conducir la situación. La parte racional que le queda le advierte que el camino que están tomando los acontecimientos puede ser un error garrafal, pero su parte racional en esos momentos se encuentra reducida a la mínima expresión, es sólo una vocecilla en su cabeza, baja y distorsionada.

Amy no gira su cuerpo para poder ver la obra de arte que tiene dibujada en la espalda, pero se acerca más a él, mucho más, y se sienta a horcajadas sobre sus rodillas. La acción hace que su falda vaquera y ajustada ascienda más allá de sus muslos, dejando a la vista la mayor parte de sus prolongadas piernas, a las que cubre fina, oscura y levemente transparente tela de licra. No puede evitar colocar una mano sobre cada una de ellas y empujarla más hacia él al notar como la chica recorre el tatuaje en espiral que se enreda en su cuello con las yemas de un par de dedos. Luego siente la humedad cálida de una lengua sobre la piel, y tiene que cerrar los ojos.

Un pinchazo en la entrepierna le indica que han alcanzado un punto de no retorno. Sube las manos por la espalda de la muchacha hasta que llegan a su nuca y la atrae hacia sus labios, para besarla. Ella responde a su beso con ganas de más, mordiéndole el labio antes de separarse, cuando ya no les queda más aire en los pulmones.

Como apenas se conocen y no tienen mucho que decirse el uno al otro se dedican a devorarse la boca y a recorrer con las manos un cuerpo desconocido; a quitarse las prendas que les quedaban encima. Amy tiene la piel suave y con muchas pequeñas pecas diseminadas por todas partes; los labios apetecibles y dulces. Nota el frío en la espada cuando ella le empuja hacia atrás, contra el suelo, y decide que el único sofá de la habitación puede resultar un lugar bastante más cómodo si van a seguir adelante con eso. Ella opone un poco de resistencia, pero se deja conducir hasta allí y tiene la brillante idea de apagar la única luz que había encendida de camino.

La suave luz anaranjada que emiten las llamas hace que el cuerpo de la chica le parezca asombroso y deseable, una vez que la tiene de nuevo sentada sobre sus piernas. Lo transita a su gusto y ella emite suaves gemidos en respuesta, mientras siguen jugando con la lengua y con los labios en la boca del otro.

No es la primera vez que Tobias hace algo así, y sabe que probablemente no será la última. No se siente capaz de soportar la carga de una relación, pero suele dejarse llevar por la necesidad de contacto físico algunos ratos, algunas veces, si la otra persona merece la pena y tiene buena disposición. Y aunque sepa que probablemente con ella mañana será complicado, prefiere no pensar en mañana en esos momentos.


Lo despierta el aire frío de la mañana y la poca luz que se cuela a través de la tela gris de las cortinas de la habitación. Siente un martilleo insistente en ambas sienes que enseguida identifica como resaca, e inmediatamente después nota una mata de pelo hacerle cosquillas en el costado, y sobre el hombro. Tarda unos segundo en ponerse en situación, porque no todos los días se despierta con un cuerpo pegado al suyo en el salón de una casa abnegada. Están tapados por la colcha que anoche cubría el sofá, pero aún así resulta evidente que están desnudos, lo siente en toda la piel, en las palpitaciones de su entrepierna.

Mueve los ojos hacia las brasas todavía candentes de la chimenea en un intento de pensar con claridad, tratando de recordar cuál es el siguiente paso en estos casos: cuando te despiertas al lado de una desconocida y no recuerdas qué es lo que te ha llevado hasta allí. El problema es que él recuerda perfectamente la sucesión de acontecimientos de la noche anterior, así que tampoco encuentra excusas. Estaba borracho y una chica preciosa empezó a quitarle la ropa de manera inesperada. Lo demás ya es historia.

Ella se revuelve contra él y le pega un poco más a su cuerpo, probablemente debido a que la temperatura ha vuelto a bajar. Decide girarse un poco y pasar un brazo por encima de su espalda, con la intención de compartir su calor corporal, porque la chica tiene la piel congelada. Eso es lo que mejor recuerda de ella; su piel fría y suave, y sus labios cálidos. Vuelve a fijarse en su pelo, parece algo menos rojo que ayer, y utiliza la mano que ella no inmoviliza para apartarle unos cuantos mechones de la cara.

El movimiento la despierta. Ella abre los ojos ligeramente y parecen desubicados; siguen resultando de un tono difícil de descifrar, ayer eran más azules, mientras que con la luz de la mañana parecen más verdes. Por un segundo, Tobias teme tener que presenciar, o peor que eso, tener que formar parte de una escena de ternura mañanera. Pero gracias a Dios, Amy no es de ese tipo de chicas y se aparta de él en cuanto abre los ojos del todo. Sin embargo, ella no parece tener ningún problema con la desnudez. Se incorpora y tiene que saltar por encima de él para poder bajarse del sofá. Busca su ropa interior por las baldosas del suelo, y después se sienta de espaldas a él para ponerse las medias.

Tobias observa los tatuajes que bajan desde sus cervicales hasta más allá de la mitad de su espalda, llena de trazos de tinta formando palabras, en letra cursiva. Está a punto de volver a preguntarle por su significado, pero se abstiene. Aunque tenga curiosidad no quiere resultar insistente. Tiene que hacer un esfuerzo para incorporarse por culpa de las palpitaciones que todavía tiene en la cabeza. Ayer debió de beberse hasta el agua de los floreros.

"¿Tú no tienes resaca?, le pregunta sujetándose las sienes con las manos.

Ella se encoge de hombros. "No demasiado mala, la verdad. La cerveza no me deja mucha". Se recuesta contra el respaldo y eleva las caderas para acabar de subirse las medias. Tienen una carrera que llega desde el pié hasta el muslo, y eso le hace preguntarse si no fue demasiado delicado al quitárselas.

"Oh, mira esto", exclama ella desde atrás después de unos minutos de silencio. Ayer no me fije en que estaba ahí".

Tobias gira ligeramente la cabeza para verla observando atentamente su espalda, luego vuelve la mirada al frente, a las brasas de la hoguera. Instantes después empieza a notar los fríos dedos de Amy rozando su espalda.

"¿Qué significa todo esto, Cuatro?", le pregunta.

"Es personal", responde él, repitiendo sus palabras de la noche anterior.

"Sé que son vuestras antiguas facciones", dice Amy, todavía repasando su espalda, perfilando los círculos que envuelven el símbolo de cada facción. Por la altura a la que la siente, sabe que se encuentra en Verdad. "¿Pero por qué te dibujaste todos ellos? ¿Nadie te dijo que los tatuajes son para toda la vida?".

A Tobias no le apetece contestar a esa pregunta, ni quiere darle explicaciones a una extraña. Vuelve a mirarla, aunque ella le ignora. Se ha colocado de rodillas por detrás de él y parece fascinada con los tatuajes, sigue tocándole con mucha suavidad. La sensación no es del todo desagradable.

Ella no tiene claro que es lo que más le llama la atención de él, si la tinta esparcida por toda la piel, o la forma en que sus músculos se contraen levemente cada vez que lo toca, como si temiera que pudiera hacerle daño. Observándole, entiende la razón por la que anoche no se pudo resistir; el chico es…, es un borde, eso sobre todo. Pero además es atractivo y misterioso, y de todas formas ella tampoco es demasiado simpática. La vida le ha enseñado a no serlo. En cualquier caso, no ha ido a Chicago para hacer amigos, ni para encontrar amantes, ni ninguna estupidez por el estilo. Tiene cosas mucho más importantes en las que pensar. Lo de anoche fue un lapsus que no debería de repetirse. Podría culpar al alcohol, al frío helador, y a que no le apetecía pasar su primera noche en esa horrible casa a solas, pero se culpa a sí misma, porque eso es lo que le enseñaron a hacer.

Cuando ha mirado suficiente rato la piel de Tobias, y ha comprobado que los emblemas son básicamente iguales a los que había en su ciudad, es incapaz de reprimir la pregunta durante más rato. "¿Por qué te llaman Cuatro?".

Él estaba inmerso en sus propios pensamientos, y su voz le sobresalta. La situación, la casa abnegada, la muchacha recorriendo su espalda con los dedos, han llevado a su cabeza una avalancha de recuerdos que en ese momento no quiere tener. Endereza la espalda y vuelve a ponerla igual de rígida que si tuviera un barra de hierro por columna vertebral.

"¿De verdad quieres saberlo?".

"Sí, claro", responde ella. "No tiene que ser tan difícil de explicar. La verdad es que en el lugar del que vengo no solemos usar números para referirnos a las personas".

"Pues termina de vestirte y puedes acompañarme, si quieres".

Ha pronunciado esas palabras sin detenerse demasiado a pensar en ellas. Comprueba cómo ella le sigue mirando mientras él busca por el suelo la camiseta que le quitó ayer. Cuando intercepta sus ojos, Amy baja la mirada y empieza a quitarse las medias que se había puesto hace un momento. "¿Entonces no quieres venir?", pregunta, deseando que la respuesta pueda ser no.

"Voy a vestirme con otra cosa", aclara ella, y señala la carrera que le recorre la pierna. "Había olvidado que tengo una maleta aquí".

Amy se viste con unos vaqueros ajustados, la misma camiseta negra de tirantes que llevaba ayer y un enorme jersey de lana de color gris oscuro, tan grande que cae sobre uno de sus hombros, dejándolo al aire. Después se pone sus botas granate y empieza a dar vueltas por la casa con un cepillo de dientes en la mano.

"¿Qué buscas?", pregunta Tobias.

"¿Un baño? ¿O aquí tampoco usabais esas cosas?".

Él señala una puerta con la mano, y ella al menos tiene la decencia de darle las gracias. "Si quieres un espejo tendrás que subir al piso de arriba", le grita al escuchar el agua del grifo del lavabo.

"No lo necesito, Gracias", dice ella en respuesta.

Tiene que reconocer que agradece que Amy no sea lo que se dice muy habladora. Él tampoco lo es.


a/n: ¿alguien me da una opinión sobre esto?

Sweet, ya sé que tu lo harás. Buenos días princesa.