Lo que nos queda por vivir – capítulo tres.
Antes de de salir, Amy se desespera buscando algo con lo que prepararse un café en la casa abnegada, sin resultado aparente. Tobias promete que pararán en algún sitio del camino para que pueda tomarlo. Pasan de nuevo por el sector sin facción; de día es más fácil apreciar los cambios que se han ido produciendo también en esa zona. Aún quedan algunos boquetes en las aceras y las nuevas farolas todavía no se encienden por la noche, pero los edificios, aunque continúen deshabitados, ya cuentan con cristales en las ventanas y se han rellenado las grietas que antes los atravesaban de pared a pared. En poco tiempo, el lugar estará listo para que más habitantes de la frontera vivan allí.
Tobias piensa en las posibles rutas para dirigirse a Osadía desde el sector de Abnegación, y todas le resultan demasiado largas. La mejor opción, y lo sabe, es ir en tren. Ahora todo el mundo usa ese medio de transporte; es efectivo, poco contaminante, y está regulado: cuenta con paradas regladas por toda la ciudad. Por supuesto, ya no es necesario subir o bajar de ellos mientras están en marcha; aunque Tobias echa de menos poder hacerlo. Pensó que no lo haría, pero echa de menos el subidón constante de adrenalina que suponía la vida osada. Aunque por otra parte, él siempre camina por un lado de la acera, dejando sitio para que pasen los demás, haciendo un simple asentimiento de cabeza a modo de saludo cuando se cruza con alguien, tal y como le enseñaron a hacer en Abnegación. Por eso le pone negro que Amy vaya haciendo eses y cada vez aparezca a un lado diferente de la acera, o que haga equilibrismos sobre el bordillo. Se plantea seriamente haber cometido un error de cálculo cuando estimó que tendría la misma edad que él.
Se sientan a esperar que llegue el tren en una parada de la Avenida Michigan. No tarda ni cinco minutos en hacerlo. No ha dejado de ser extraño para él subir los tres escalones que se despliegan desde el interior para montar en ellos, o una vez dentro, disponer de asientos para sentarse y no tener que hacerlo en el suelo. Aunque lo que más le descoloca de todo es el hilo musical. Se acostumbró a que fuera el murmullo del viento lo que lo acompañaba en cada trayecto, le gustaba que fuera así.
Por suerte, el sector de Osadía no cuenta con parada. Todavía se están pensando qué hacer con esa parte de la ciudad: se ha planteado construir en su interior un inmenso centro comercial, con cines, restaurantes, zonas de ocio y todo eso. La idea consigue que a Tobias se le revuelvan las tripas. Pasó la mitad del tiempo que estuvo allí queriendo marcharse, pero si derrumban el sitio, ¿a dónde irá para seguir viendo a Tris?.
"Vamos", le dice a Amy. "Tenemos que bajarnos".
Ella le sigue hasta una de las dos puertas que hay en el vagón y no dice nada, ni se asusta al ver cómo presiona el botón verde que las abre. Tampoco le pregunta si es un loco suicida cuando ve la forma en que se asoma al vacio agarrándose con ambas manos a los dos extremos de las puertas, dejando que la mayor parte de su cuerpo caiga hacia el exterior para notar como el aire le sacude la cara. Eso hace que se sienta libre; que se sienta vivo. Nunca ha dejado de ser así.
"El tren no para aquí, si quieres venir vas a tener que saltar", informa Tobias mientras se empuja de nuevo hacia dentro, gritando para que Amy pueda escucharle por encima del viento.
Ella no se inmuta demasiado con la información; se limita a encogerse de hombros y a decir: "No va muy rápido. Puedo hacerlo", y a ponerle una sonrisita de suficiencia.
"Entonces, las damas primero".
Amy lo aparta de la puerta y se coloca en la misma posición en la estaba él, disfrutando de la forma en que el viento choca contra su cara y le revuelve el pelo. Inspira un segundo y se deja caer; en el aire ya tiene todos los músculos en tensión para aprovechar el impulso en lugar de darse de bruces contra la grava. Al tocar el suelo con un pie, flexiona levemente las rodillas y cuando pisa con el otro es para dar la siguiente zancada.
Al observarla, Tobias tiene la certeza de que no es la primera vez que la chica salta desde un vehículo en movimiento. Él usa casi la misma técnica que ella para bajar: elegante, con gracia, sin un solo traspiés o indicio de desequilibrio. Es un ejercicio de control y coordinación entre el cuerpo y la mente que él continúa disfrutando cada vez.
"¿Habías saltado antes desde muchos trenes en marcha?", le pregunta Tobias mientras la conduce hasta el túnel de entrada al Pozo.
"Trenes nunca, camiones un montón", responde ella
"¿Y eso?".
"Cuando era adolescente el transporte público era un lujo que no me podía permitir, así que mis amigos y yo nos escondíamos en camiones que transportaban mercancías por la ciudad para llegar antes a cualquier parte. Saltábamos de ellos cuando todavía estaban en marcha; era la forma más segura de que no nos pillasen".
"¿De dónde vienes, Amy?", vuelve a preguntar él.
"Una ciudad pequeña del medio oeste, a un montón de Kilómetros de aquí. No creo ni que te suene el nombre", afirma ella. Luego se apresura a preguntar por el prometido café.
No sabe exactamente por qué, pero Tobías piensa que ella miente, aunque tampoco tenga claras las razones que pueda tener para hacerlo.
Cuando llegan al Pozo, Amy tiene los ojos extremadamente abiertos, tal vez para adaptarse a la escasez de luz. Los faroles azules que iluminaban la caverna se han ido fundiendo con los años y ahora quedan más bien pocos. Eso hace que el sitio parezca un poco más tétrico de lo que ya era antes; eso, y la ausencia de cualquier sonido que no sea el del agua golpeando las afiladas rocas del abismo.
"¿Me has traído a la Bat-cueva, Cuatro?", pregunta ella con bastante retintín en la voz. "Bonito lugar para una segunda cita. Seguro que así las conquistas a todas".
Tobias se queda un poco descolocado con el comentario. No tiene ni idea de lo qué le está hablando y sus sarcasmos le resultan un tanto irritantes. "Es la antigua sede de Osadía", le aclara. "El complejo es básicamente subterráneo, a excepción de ese edificio", dice señalando el techo de cristal que hay por encima del Pozo. Empieza a abrirse camino a través del estrecho sendero de piedra en dirección al lugar que acaba de señalar. "Ten cuidado, la piedra está mojada y resbala y…".
"Y no hay barandilla a la que agarrarse, ya lo veo", termina ella por él, aunque no puede decir que parezca asustada.
"Exacto".
"Y entonces, ¿vas a explicarme a dónde vamos?", comenta ella mientras le sigue unos cuantos pasos por detrás.
Tobias se frena y da media vuelta para poder verla, después continúa avanzando, dando unos cuantos pasos hacia atrás. "Ya lo verás".
Aún no entiende la razón por la que ha decidido llevarla hasta allí. No es un tipo de impulso racional y premeditado, eso está claro. No es algo que pueda explicar o explicarse a sí mismo. Pero ella no es nadie, se marchará en pocos días de la ciudad, y ayer compartieron unas cuantas horas bastante intensas. Y la cuestión es que esta mañana en concreto, no le apetece pasar sólo a través de sus miedos. Necesita una opinión neutral. Necesita que alguien le diga objetivamente lo que él ya sabe de sobra; lo que le repite Zeke cada vez que se entera de que ha estado allí: que está chalado, que debería de olvidarlo y dejarlo marchar, que obligarse a pasar por eso una y otra vez es algo enfermo.
Llegan a la habitación acristalada después de haber subido unas cuantas escaleras de metal. Los dos se detienen frente a paredes diferentes para contemplar las vistas: los edificios medio derruidos que rodean el sitio. Tobias sabe que en algún momento del futuro ese paisaje va a cambiar, pero todavía no se siente preparado para que lo haga. Es por eso que en cada reunión del consejo en la que se toca el tema él habla de la urgencia de ocuparse de otros lugares en primer lugar: quiere conservar intacto cada uno de los sitios en los que estuvo con ella, y le consta que también es una idea enferma, aparte de descabellada, ya que es imposible frenar el paso del tiempo, pero no le importa.
"¿Estás lista?", pregunta sin dejar de mirar al exterior.
"¿Lista para qué?".
"Pensaba que querías saber la razón por la que me llamaban Cuatro. Voy a darte la oportunidad de averiguarlo por ti misma", dice girándose y caminando hacia la puerta que hay al fondo de la sala acristalada.
Ella lo observa, pero no se mueve de su sitio. "No sé en qué medida debería de fiarme de ti, Cuatro".
"¿Te he dado alguna razón para que no lo hagas?", pregunta mientras se agacha para recoger la cajita negra que hay junto a la puerta. Siempre la deja preparada para la siguiente vez; siempre hay varias jeringuillas llenas de suero naranja, por si un paisaje no le resulta lo bastante doloroso para un solo día.
"La verdad es que no sé qué contestar a eso", dice ella. "La Bat-cueva tiene tramos que cualquiera podría considerar ligeramente peligrosos, y me has hecho saltar desde un tren en marcha…". Camina los pasos que le separan de él. "Pero supongo que ya que estoy aquí…".
Tobias saca una de las jeringuillas de la caja y ella inmediatamente da un paso hacia atrás.
"Ah, no. Por eso sí que no paso".
Él mira la jeringuilla que tiene en la mano y sonríe. "¿No me digas que te dan miedo?. Es sólo un pinchacito de nada".
Ella niega con la cabeza repetidamente, parece que no pueda parar de hacerlo. "No es miedo, es sólo que no me hacen gracia las agujas", le dice.
"Muy bien. Entonces entraré yo solo. No te muevas de aquí hasta que salga. No encontrarías la salida".
"¿Entrar a dónde? ¿Y qué leches es lo que esconde esa habitación, si puede saberse?".
Tobias abre la puerta para que ella pueda echar un vistazo a su interior: se trata de una habitación larga y estrecha. La luz que se cuela a través de la puerta permite adivinar que tiene las paredes de ladrillo resquebrajado y el suelo de cemento. No parece haber nada más, aparte de algunos graffitis en los muros laterales y unas cuantas tuberías sin cubrir. Como el resto de lo que ha visto de Chicago, no resulta un lugar de lo más acogedor. Además, apesta a humedad.
"¿Qué es esto?", pregunta al apartarse.
"Lo llamaban el Paisaje del Miedo", afirma Tobias. "Formaba parte del proceso de iniciación en Osadía. De hecho, era la prueba más importante por la que había que pasar para llegar a formar parte de la facción".
"Y el líquido naranja, ¿para qué sirve?".
Tobias inspira antes de contestar. Pensó que las explicaciones de ese tipo se habían acabado junto con sus días de instructor. "Es un suero. Contiene transmisores conectados a un programa de ordenador. Lo usábamos para evaluar los miedos de los aspirantes".
Amy conoce bien los sueros y recuerda nítidamente lo que se sentía con cada pinchazo en el cuello. Formó parte de uno de los experimentos, tuvo que pasar por eso unas cuantas veces antes de conseguir escapar. Luego volvieron a usarlos con ella cuando la encontraron: el suero de Cordialidad para calmarla, el de Verdad para hacerla hablar; el suero de la memoria para intentar que lo olvidase todo y volver a meterla en el maldito experimento. Pensó que terminarían usando también el suero de la muerte, pero entonces se les ocurrió que podía serles más útil viva que muerta, e hicieron de ella lo que es ahora. Todavía no acaba de entender la razón por la que ese chico la ha llevado hasta allí, pero va a tener que seguirle la corriente, al menos de momento. El problema es que con el suero de Osadía, el del miedo, nunca tuvo la ocasión de experimentar. Y la asusta; ese la asusta más que ningún otro.
"Creo que no me interesa averiguar nada acerca de mis miedos", dice a Tobias. "Los tengo bien localizados, no necesito ni quiero más información acerca de ellos".
"Las agujas son uno, intuyo", comenta Tobías, tratando de bromear con el tema, ya que ella se ha puesto muy tensa y seria de repente.
"Puede".
"Pues si te enfrentas a ese, no tendrás que preocuparte de nada más. El suero te conecta al programa, pero es el programa quien determina el paisaje que atraviesas y está configurado para que sea el mío. La última vez que pasé por aquí no había ni rastro de agujas ahí dentro".
"¿Vienes muy a menudo?", pregunta ella.
"Bastante".
Amy adelanta un paso hacia el frente; la separan pocos centímetros de Tobias. Él le aparta la rojiza melena hacia un lado y nota su respiración cerca de la oreja. Puede que no tanto como él, pero la chica es alta. En otras circunstancias la sensación le habría incomodado, pero su aliento ya le resulta familiar. Ella inclina levemente la cabeza hacia un lado para permitir que hunda la jeringuilla en el punto correcto de su cuello y aprieta los ojos al notar el pinchazo. Siente como el frio líquido va entrando poco a poco en su torrente sanguíneo, muy lentamente y está a punto de decirle que empuje el embolo con fuerza y termine cuanto antes, pero en vez de eso, lo que hace es colocar ambas manos en sus caderas, para evitar marearse, o caerse o alguna cosa de esas. Cuando han terminado levanta la cabeza, aunque no mueve las manos. Él se separa y hace lo mismo con la otra inyección en su propio cuello. Lo sencilla que le resulta la acción le dice a Amy que en efecto, Cuatro ha debido de pasar mil y una veces a través de esa habitación.
Antes de entrar Tobias se plantea por un momento la posibilidad de agarrar su mano, pero el pensamiento no dura más de un segundo, que es lo que tarda en desecharlo de su cabeza.
"Vamos", le dice. "Tú primero".
Amy cruza la puerta. Tobias entra y la cierra detrás de él. Nota el corazón palpitándole en el pecho. Al principio nunca es desagradable, es adrenalina y le gusta sentirla, le gusta sentir como cada terminación nerviosa de su cuerpo se pone alerta, le gusta sentir esa especie de electricidad correr por sus venas, intentar predecir cuál será la prueba esta vez. En cuanto escucha el sonido de un tren lo sabe; es el recuerdo de su primera demostración de valor como osado: tiene que saltar desde el techo de un tren en marcha y aterrizar en un tejado. No es un gran salto, pero les separan más de treinta metros del suelo.
Busca a Amy con la mirada. Ella se ha agachado para mantener mejor el equilibrio, tiene ambas manos tocando la cubierta metálica del tren. El viento hace su maraña de pelo cubra toda su cara, así que es imposible saber si está asustada o no. El pánico de Tobias es mucho menor de lo que solía ser. Este miedo persiste, pero ha empezado a saber controlarlo y además, estar en un tren le ayuda, le resulta familiar.
"Vamos, incorpórate. Tenemos que saltar". Necesita chillar para hacerse oír por encima del estruendo que forman aire y velocidad. "Hay que saltar otra vez desde un vehículo en movimiento", repite aún más alto. "Esto sabes hacerlo, ¿no?".
Ella le mira. No hay temor en sus ojos, siguen siendo fríos como el témpano. Usa una de sus manos para retirarse el pelo de la cara, aunque al segundo vuelve a tenerlo en el mismo lugar, y con esa misma mano agarra la que Tobias le ofrece y se pone de pie. Ambos avanzan hasta el vértice del vehículo a pequeños pasos. Lo bueno de que sea una simulación es que el momento oportuno para saltar se prolonga más que si se tratase de una situación real. Tobias sólo tiene que tratar de no pensar en la distancia que lo separará del suelo cuando se encuentre en el aire. Sólo eso, no pensar.
Amy tan solo necesita ser consciente de que todo eso no es real, que haga lo que haga, no va a caer al vacío y a acabar hecha puré contra el pavimento de la carretera que hay debajo. Ese pensamiento le da la fuerza necesaria para soltar la mano de Tobias. Prefiere hacer las cosas por sí misma, si puede elegir. Se prepara mentalmente, cuenta hasta tres en su cabeza y antes de que llegue a tres está suspendida en el aire. El instante de ingravidez parece dilatarse lo suficiente como para pensar la forma en la que le gustaría aterrizar. Está claro que la altura o el vértigo no son uno de sus miedos. Es más, no cree que tenga ningún problema para enfrentarse a ellos. Sin haber cerrado los ojos, se siente caer de pié sobre un suelo de guijarros redondeados. Mira a su alrededor en busca de Tobias y lo encuentra a su lado, inspirando profundamente, en un claro intento de controlar su respiración. El rugido del viento sigue haciendo complicada la comunicación entre ellos.
"¿Esto es todo?", le pregunta a gritos.
Él la observa. Estar centrado en lo que hacía ella ha hecho su miedo más fácil. Ha logrado que se olvidara de sí mismo y se centrara en si ella necesitaba algún tipo de ayuda. Una vez estirado, siempre estirado, piensa, recordando todo lo que de pequeño le inculcaron en Abnegación.
"No. Todavía queda alguno más", contesta intentando esbozar una sonrisa. Ella le devuelve una mucho más ancha y despreocupada mientras empieza a sacudirse la ropa, lo cual no sería necesario, porque ha caído completamente de pié. Ni siquiera sus manos han requerido rozar el suelo. Ese gesto le golpea… le recuerda tanto a Tris que tiene que dejar de mirarla y volver la cabeza hacia otro lado. Por suerte, en cuanto lo hace, el escenario cambia súbitamente.
Su segundo miedo ha ido puliéndose con los años. Aprendió a soportar el tener que estar encerrado en cajones o armarios de madera sin que apareciera un ataque de pánico; aprendió a mantener las pulsaciones a raya cuando el encierro sucedía de golpe, pero todavía no sabe cómo hacerlo cuando el encierro no es inminente. Empieza en un campo abierto, no hay ni un árbol que se interponga entre él y el horizonte… Mira a su derecha y ve a Amy, con cara de asombro. Vale, con ella contaba. No hay nada más allí a parte de ellos dos.
Para cuando quiere reaccionar el cubo de vidrio que lo rodea no tiene más de un metro cuadrado. Es rápido, repentino; Amy y él tienen que agacharse apresuradamente para que no les golpee en la cabeza el cristal superior.
"¿Y esto?", cuestiona ella mientras se hace una pelota y apoya la espalda en una pared lateral del cajón.
"Espero que lleves bien el estar en espacios reducidos", responde él, imitándola; sentándose en el suelo y apretando las rodillas tanto como puede contra su cuerpo.
"¿Cuánto va a durar?", pregunta ella de nuevo.
"Hasta que mi corazón se calme. El programa mide mis pulsaciones".
"Pues que lo haga cuanto antes. No me gustaría quedarme sin aire", dice Amy en tono bajo, como si no quisiera desperdiciar su propio oxígeno.
Tobias sigue viendo la línea divisoria entre el cielo y el suelo desde la prisión de cristal. No sabe qué es peor, si eso, o la oscuridad profunda anterior a que el miedo evolucionara. Amy comienza a agobiarse y a limpiarse el sudor de las manos contra la tela de sus pantalones vaqueros. Es un gesto que Tobias aborrece que haga Caleb, y le mata ver a esa chica hacer lo mismo, dentro de ese cubículo de cristal. El pulso se le acelera, pero no de pánico, sino por la ira que siente hacia sí mismo en esos momentos. ¿En qué hora se le ocurrió meterla allí con él?. ¿Es posible que Zeke y Cara tengan razón y esté completamente pirado?.
Los muros enfrentados en los que apoyan sus espaldas se deslizan lentamente hacia delante, reduciendo el espacio. Una de las piernas de Amy se encaja entre las de Tobias mientras él se obliga a pensar en otras cosas. Ella apoya la frente contra su rodilla, cierra los ojos e intenta respirar profundamente. Parece que esto la asuste tanto como a él, pero reprime el miedo de manera efectiva, no tiembla, no pierde el control.
"¿Estás bien?", pregunta él.
"Sigue sin parecerme la cita ideal", murmura ella y su voz suena entre ahogada y cabreada, pero busca la mano de Tobias y la envuelve con la suya por encima del apretado puño que él había formado. "Tal vez necesite que me eches una cable, ya que me has metido aquí dentro".
Él abre su mano y entrelaza los dedos con los de ella; está helada, igual que siempre que la toca. El impuso abnegado de ayudar al otro vuelve a ganar y empieza a dejar de sentir angustia, solo siente la necesidad de sacarla de allí. De pronto el cristal estalla en pedazos.
Tobias enseguida suelta su mano y se pone de pie, sin embargo ella permanece en esa especie de posición fetal, tratando de acompasar su respiración, sin querer abrir los ojos.
De repente, se enciende una luz. Está en el piso superior de su casa abnegada, frente al único espejo que la facción les permitía tener. Amy no aparece por ninguna parte. Tobias camina hacia su cuarto para ver si la encuentra; la habitación sigue igual que siempre: hay una pila de libros sobre el escritorio, una colcha gris sobre el colchón y la escultura de cristal azul que le regaló su madre en la repisa de la estantería que hay detrás de la cama. No tarda en comprender que a esa parte de la simulación tendrá que enfrentarse él solo, por lo que vuelve frente al cristal del pasillo.
Sobre el aparador que lo sostiene encuentra las tijeras. Se concentra en el tacto frío del metal al contemplar su reflejo: es él, con unos cuantos años más. Son pocos, al principio. Corta con cuidado el rizo que siempre le sale por encima de la oreja cuando permite que le crezca el pelo. El peso de los años se desploma como una losa sobre su cabeza. Cierra los ojos y los vuelve a abrir. Su reflejo cada vez muestra menos diferencias con su padre. Sigue siendo alto, pero sus hombros han menguado y están más caídos. Mechones de pelo blanco empiezan a aparecer en ambas sienes. Tobias le frunce el ceño al espejo y comprueba la mueca que Marcus forma con sus facciones en la imagen que está frente a él. Se lleva las manos a la cara y se frota el rostro violentamente, pero cuando las retira Marcus sigue allí, frente a él, mirándole con esos ojos de un profundo azul oscuro; ojos manipuladores…. Ojos idénticos a los suyos.
Se desespera y lo único que quiere es despedazar el cristal que le refleja; quiere que la imagen se rompa en mil pedazos y olvidarla, olvidar la posibilidad de llegar a parecerse a él. Es un miedo aterrador, y odia, odia de todas las maneras posibles, de formas inimaginables, el simple hecho de que exista.
No debes perder el control, se recuerda a sí mismo. Y lo repite como si fuera un mantra mientras sigue recortándose el cabello; mientras siente los mechones caerle sobre los hombros. Cuando termina, el miedo también se ha terminado.
Espera inmóvil a que la simulación le conduzca a otro lugar. Uno que conoce de sobra aunque solamente haya estado allí una vez, debido a que aparece en cada una de sus pesadillas. Ese miedo es el peor de todos, porque sabe que nunca va a desaparecer. No hay forma de que lo haga; y lo que es peor: él no quiere que desaparezca.
Aparece cerca del Laboratorio de Armas de la Oficina, en un pasillo, y Amy vuelve a estar a su lado.
"¿Dónde te habías metido?", le pregunta, escaneando el lugar con la mirada. "¿Y dónde se supone que estamos ahora?".
"Estaba en mi casa abnegada… y ahora nos encontramos en la Oficina para el Bienestar Genético, más allá de la frontera de Chicago", responde él. Necesita tragar saliva antes decir lo último. Nota la forma en que Amy se tensa con las últimas palabras, igual que si le hubiese atravesado un rayo. No le pregunta nada más, aunque reprime un jadeo. Está nerviosa, o asustada. ¿Habrá escuchado antes hablar del lugar?.
En realidad él nunca vivió la escena, así que su cerebro la reproduce en la simulación como le viene en gana, siguiendo las pautas que le han contado. Tris lleva el traje impermeable repleto de explosivos que Cara y Matthew diseñaron para Caleb. Sigue teniendo el pelo rubio un poco por debajo de la orejas, la mirada decidida, con determinación, aunque le tiembla el brazo con el que sujeta el arma. Le tiembla tanto que apenas lo consigue sostener.
Nota la gélida mano de Amy posarse sobre su hombro unos pocos segundos después. "¿Quién es ella?", le pregunta.
"Sígueme", dice Tobias. Odia que su voz ya suene deshecha cuando ni siquiera ha empezado. Él camina detrás de ella, de Tris; y ella, Amy, camina detrás de él.
Se maldice mentalmente, como siempre, por no haber estado allí. Sabe que aquello debió de ocurrir de otra forma; más rápido probablemente, con balas formando estruendo al chocar contra las paredes o generando gritos al chocar contra la piel. Sin embargo, en su miedo todo sucede en silencio, y sólo puede ver a Tris. La observa lanzar los explosivos contra la doble puerta de metal y pegar la espalda a una pared lateral para esquivar la explosión; la observa caer, aturdida por el ruido, cubriéndose la cabeza para evitar que la golpeen los pedazos del metal. No intenta detenerla esta vez cuando ve como se incorpora y sigue adelante; se dirige al vestíbulo. Gira el cuerpo para comprobar que Amy sigue detrás y cuando lo hace, nota el difusor rociándoles con el suero de la muerte. Siempre es igual.
A él le empieza a costar respirar y tiene que apoyar las manos sobre las rodillas y repetirse que se trata de una simulación para mantener la consciencia. Sin embargo, lo siente real. Cada una de las veces lo siente más que real. Amy se detiene a su lado. El suero no le afecta, seguramente debido a que desconoce el tipo de suero que es. Tris sin embargo, se deja caer sobre las rodillas, tratando de mantener los ojos abiertos, intentándolo con todas sus fuerzas.
Siente el hilo de vida y energía que los conecta, a Tris y a él. Lo siente como cada vez, como cada día que atraviesa ese lugar para presenciar su muerte. Pero ella es fuerte, así que él también lo es, por ella. Los dos se cuelan por la rendija que ha quedado entre las puertas de metal. Entonces aparece David.
Observa como ella mueve los labios mientras David la apunta con una pistola; él también habla. No puede entender lo que se dicen, porque no estuvo allí, pero sabe que Tris abandonó su pistola en algún lugar y en ese momento estaba desarmada. Ella se lanza contra el teclado de un dispositivo que está incrustado en la pared, presiona los números con las manos temblorosas.
Como de costumbre, Tobias no sabe qué hacer, si protegerla con su cuerpo, que está débil y se retuerce por la acción del suero, o si lanzarse contra David e intentar arrebatarle el arma de las manos. Aunque de pronto recuerda que todo acabará antes si simplemente la permite morir. Por eso se queda parado, intentando mantener una postura rígida, erguida, y pensando en cómo va a lidiar con el dolor los instantes de después. No deja de mirar a Tris, a la espera de ver el rojo brillante de la sangre derramarse a través de su cuello.
Pero eso no es lo que sucede esta vez.
El silbido de la bala es nítido cuando atraviesa la habitación; proviene de la puerta. Gira la cabeza hacia ambos lados; ve a David, luego ve a Tris, luego otra vez a David, derrumbarse desde su silla de ruedas, con un agujero de bala perforando el espacio libre entre sus cejas. Seguidamente gira el cuerpo, y a quién se encuentra es a Amy, junto a los restos de las puertas de entrada y empuñando un arma con ambas manos, en una posición equilibrada, casi perfecta. Intenta volver a mirar a Tris, pero la visión se le nubla en un primer momento, y las luces del techo se encienden ni un segundo después.
Necesita parpadear unas cuentas veces para acostumbrarse a la claridad de los fluorescentes. De nuevo, no sabe por qué ha salido, ya que su respiración continúa acelerada. Coloca el pulgar de su mano derecha sobre un punto de su muñeca izquierda y comprueba que el corazón le palpita descontroladamente. Nota el latido en cada poro de la piel, le retumba en los oídos, en la garganta, en las sienes. No entiende qué es lo que hace fuera si todavía está así.
Tuerce el cuerpo y verifica que Amy sigue presente. Ella tiene las piernas ligeramente separadas y los brazos estirados, elevados a la altura del pecho, como si aún sostuviera una pistola que jamás fue real; ¿de dónde la ha sacado? ¿Quién la ha enseñado a disparar tan bien?. Los hace descender en cuanto siente que él la está mirando, y junta las piernas; luego en su cara se forma una mueca de disgusto, o de ira, o de a saber el qué.
"¿Hemos acabado?", le pregunta.
Tobías asiente con la cabeza. "Ahora sí".
"Entonces sácame cuanto antes de aquí. El pasaje del terror es todo tuyo, Cuatro".
Él se acerca e intenta agarrar su brazo. Va a preguntarle acerca del disparo, y de su buena puntería, pero el brusco tirón que ella utiliza para soltarse lo detiene.
"Es paisaje del miedo, no pasaje del terror", la corrige él.
"Bueno, para el caso", contesta ella. "Por cierto", añade mientras empieza a salir de la habitación. "Que sepas que necesitas ayuda médica. Y con carácter de urgencia, Tobias Eaton".
a/n: regalito de año nuevo (¿se puede llamar a esto regalo?).
Me hacen tremenda ilusión vuestros reviews, son pocos pero selectos.
Sweet; Amy sabe más de lo que dice. Eso tenlo claro.
Amanda; me pueden los personajes a los que la vida ha dejado tocados. Me gusta indagar en los claroscuros de las personas; y a Tobias no lo veía dedicado en exclusiva a la política. Aquí voy a darle otras cosas en las que pensar. Contaba contigo para que lo leyeras. Me haces feliz.
Orev Carrasco; qué alegría volver a verte. ¿Quieres saber lo que me hizo sentir a mí el final de Allegiant? Una tristeza horrible, más por Tobias que por Tris. Espero que el capítulo te haya despertado lo bastante la curiosidad como para que continúes con los siguientes.
Gracias por dejarme saber lo que pensáis, y gracias a quienes habéis pinchado en el botón de favoritos y a los que queréis seguir leyendo.
No os puedo decir cuando actualizaré; para mí también es una incógnita.
Muchos cientos de abrazos y FELIZ AÑO a todo el mundo.
