Lo que nos queda por vivir - capítulo IV


Amy se desorienta unas cuantas veces en su intento de regresar a casa sola. La primera vez que estuvo allí llegó en un coche conducido por Johanna. La siguiente la había acompañado Tobias desde ese tugurio nocturno, aunque tiene que reconocer que ella tenía las facultades mentales ligeramente alteradas por el alcohol; y el camino de ida con dirección a el complejo de Osadía lo habían hecho en tren, pero no se atrevía a subirse en uno aleatoriamente y después saltar allí donde viera un barrio con edificios grises de aspecto familiar.

Tuvo la oportunidad de observar detenidamente la ciudad de Chicago a través de las cámaras que hay colocadas en las calles de casi toda la ciudad. A los de arriba no les gusta perder de vista los antiguos experimentos, y ella recibió la preparación necesaria antes de llegar allí. Le enseñaron mapas, le hablaron de gente importante con la que tendría que entablar relación, como Johanna Reyes; aunque nunca nadie mencionó la existencia de un tal Tobias Eaton, quien, al parecer, es su ayudante más influyente. Y casi mejor, porque piensa que se le fue la cabeza bastante la noche anterior, acostándose con él. Por suerte el alcohol es un elemento fácil de culpar.

Todavía se siente bastante desconcertada con lo sucedido por la mañana, y ese chico, Tobias, le genera una especie de curiosidad un poco insana. Procede de un experimento, igual que ella, aunque eso no es algo que él deba de saber. Y parece un tipo bastante obsesivo, torturado por el pasado, igual que ella, lo cual tampoco es algo que pueda compartir con él. Tal vez en un futuro, o con el tiempo… De todas maneras, si sus superiores se enterasen de lo que ha hecho, se cabrearían (y no sin razón), es probable que la apartasen del proyecto, y eso no es algo que ella vaya a permitir que suceda, así que lo mejor es apartar los pensamientos de su cabeza cuanto antes. Necesita estar allí, en Chicago, ya que es única forma que se le ocurre de seguir averiguando cosas sobre su propia vida ahora que todos los experimentos han sido desmantelados.

Cuando por fin atisba el sector de Abnegación, a lo lejos, fácilmente diferenciable por sus bloques cuadrados cubiertos de aburrida pintura gris, se da cuenta de que tendría que comprar algunas cosillas para su, de momento inhóspita, nueva morada: una cafetera y café estarían bien para empezar. Entonces recuerda que es domingo, y duda que en esa ciudad (un domingo) haya nada abierto. Cuatro le prometió un desayuno antes de pasearla por su pasaje del terror, pero cuando salieron de allí parecía haberlo olvidado. Se despidió de ella de forma bastante abrupta y le dijo que ya se verían el lunes, en el trabajo.

Amy nota que el estómago le ruge de hambre y decide dar una vuelta más por la ciudad, para ver si al menos encuentra algún sitio en el que poder comer algo. Después volverá a casa, se dará una ducha muy caliente (espera que los abnegados de Chicago incluyeran el agua caliente entre sus concesiones a las comodidades de la vida moderna) y se dedicará durante el resto del día a dormir. Su paso por Osadía no le ha producido otra cosa más que agobio, agotamiento y dolor de cabeza... bueno, puede que el agotamiento también tenga algo que ver con lo poco que durmió la noche anterior, y el dolor de cabeza con la incipiente resaca.


Tobías camina con dirección al piso de su madre, aún dándole vueltas en la cabeza al certero disparo de Amy en su paisaje del miedo. Tiene bastante claro que alguien sin algún tipo de entrenamiento con armas jamás habría sido capaz de disparar así. Y luego está el hecho de que ella haya podido recuperar el arma en sí. Estaban en una simulación, y el paisaje del miedo era el suyo, ni siquiera era el de ella. Sabe perfectamente que, para empezar, no tendría que haber llevado a esa chica allí. Y a toda esa confusión se suma su tristeza habitual al volver a ver a Tris; esa tristeza que lo consume, pero que no puede evitar querer volver a sentir. Es como una droga, que sabes que va a matarte, suave y lentamente, pero eres incapaz de dejar de tomar. Ni siquiera el hecho de que, por primera vez, Tris no acabase muerta en uno de sus miedos, le proporciona algún tipo de sosiego. Ella está muerta. Que no la haya visto morir esta vez no cambia la realidad de la situación.

Evelyn estuvo viviendo con él durante un tiempo después de regresar a la ciudad. Lo hizo cerca de un año, y luego se buscó un pisito de soltera cerca de la sede del Consejo, donde enseguida encontró trabajo. A Tobias no le importa trabajar codo con codo con su madre, ya que le da la oportunidad de recuperar el tiempo perdido, y la confianza. Como era de esperar, y más teniendo en cuenta que ella vivió un par de años fuera de Chicago después de que se desbaratase el experimento, a Evelyn no le costó demasiado acostumbrarse a la vida sin facciones. Al fin y al cabo, ella siempre las había odiado. Ahora su madre comparte apartamento con un hombre bastante más joven que ella: Jordan, un tipo alto, de piel morena, ojos oscuros y ascendencia italiana. Lo cierto es que a Tobias le cae bastante bien; excepto cuando intenta hacer de padre con él. Jordan tendrá tan sólo algún año más que Tobías, y esa actitud paternalista le hace sentir tremendamente incómodo.

Cuando llega al bloque pisos de Evelyn, pica el interfono exterior y espera respuesta con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros. Es verdad que están siendo días fríos, y con la agitación de la mañana olvidó ponerse cualquier tipo de abrigo. Una voz masculina no tarda en contestar a través del altavoz.

"Ábreme, Jordan. Soy yo".

"¿Tobías?", pregunta la voz. "No te esperábamos tan pronto", le dice mientras presiona el botón que abre la puerta exterior del edificio.

Cuatro no se molesta en contestar. Empuja la puerta con el hombro y se dirige a las escaleras. Si no es estrictamente necesario, pasa de subir en ascensor. Da igual que su paisaje del miedo diga que tiene superado su problemilla con las alturas, en la vida real prefiere evitar meterse en un cubículo metálico al que sujeta un solo cable. Tampoco es que le guste exactamente tener que subir diez plantas de escaleras a pie. Esa es la razón principal por la que él vive en un primero, para ahorrarse las escaleras y de paso, ahorrarse el ascensor.

Por suerte, todavía conserva la buena forma física que adquirió en Osadía. Suele hacer deporte, mucho deporte, porque contribuye a mitigar la ansiedad. A veces sale a correr al poco de haber despuntado el alba, antes de acudir al trabajo, cuando las calles están completamente vacías. Otras veces vuelve al recinto de Osadía para usar los sacos de boxeo una vez ha terminado su jornada laboral. Ahora la ciudad cuenta con Gimnasios privados, en los que por una cuota mensual puedes usar un montón de máquinas para tonificar la musculatura. Pero eso no desgasta su adrenalina como lo hace una buena carrera o dejarse los nudillos a puñetazos contra los sacos. Rara vez lanza cuchillos o dispara armas... ahora las armas le provocan un cierto repelús, aunque si nota demasiada ira concentrada en las venas, también lo hace, y tiene que reconocer que eso le calma. No se siente orgulloso por ello, pero es la verdad.

Una vez arriba puede ver que la puerta de la casa de su madre está entreabierta, no va a ser necesario volver a llamar. Cuando la atraviesa lo primero que ve es a su madre, en la salita de estar, sentada en una butaca cerca del ventanal que abarca casi toda la pared derecha de la habitación, y con un periódico entre las manos. La puerta de la cocina deja entrever a un Jordan muy entretenido entre los fogones, que se gira al escucharle cerrar y le hace un amistoso gesto de saludo con la mano.

"Espero que te guste la lasaña", le comenta amablemente.

"¿Conoces a alguien a quien no le guste la lasaña?", responde Tobias, y él le devuelve una sonrisa complacida. Jordan es un buen tipo, y tiene que admitir, además, que prepara las mejores lasañas del mundo, o al menos las mejores de Chicago. Su madre tuvo suerte de encontrarse con él, entre otras cosas debido a que él besa el suelo por el que Evelyn pisa. Es un sentimiento que a Tobias no le resulta del todo extraño: es más o menos lo que el sentía respecto a Tris. Aunque lo suyo tuviera más que ver con el amor que con esa especie de veneración que Jordan parece sentir hacia su madre, a la que le es imposible llevar la contraria. Mientras que él y Tris discutían con una relativa facilidad, aunque siempre…

Sacude la cabeza exasperado. Tiene que encontrar la manera de dejar de pensar en Tris a todas horas, de encontrar motivos para tenerla en su cabeza en cualquier cosa.

Evelyn se levanta de su asiento en cuanto lo ve, le revuelve un poco el pelo y le da un suave beso en la mejilla. Se ha vuelto una persona mucho más cariñosa con el tiempo, sobre todo después de convivir con él. Y Tobías, por su parte, ha aprendido a perdonarla sus errores del pasado; como el hecho de que se largara de Abnegación, abandonándole con el monstruo de su padre. Todavía no consigue entender la razón por la que no lo llevo con ella, pero ahora sabe que en la vida se cometen errores, nadie es inmune a eso y hay que aprender a perdonar. Sobre todo si la otra persona es importante para ti.

Ambos se sientan en las butacas que hay cerca de la ventana y desde las que se puede contemplar la ciudad. A Tobías no le importa contemplarla a través del cristal, sabiendo que éste se interpone entre él y el vacío.

"¿Ha pasado algo interesante desde el viernes?", pregunta, viendo como su madre ha vuelto a agarrar el periódico con ambas manos.

"La verdad es que no en Chicago", contesta Evelyn con una especie de tono decepcionado en la voz. "Aquí parece que nunca más vaya a suceder nada de interés. Sin embargo, el resto del mundo, está patas arriba".

El resto del mundo, otro concepto nuevo al que Tobias se tendría que haber acostumbrado a esas alturas, pero que aún no ha llegado a calar del todo en él. La avalancha de información que les dieron cuando llegaron a la Oficina fue como una sucesión interminable de bofetadas en la cara. En aquel momento el tema del daño genético le afecto de un modo que hizo que todo lo demás quedase diluido en su cabeza. Se obsesionó con demostrar que no era peor que el resto. La noticia provocó que todo su mundo se tambalease de tal manera que no había forma de prestarle atención a nada más. Su vida giraba en torno a encontrar la forma de demostrarse a sí mismo que nada había cambiado en él. También giraba en torno a sus padres, que continuaban planeando una guerra en el interior del experimento; y como no, en torno a Tris, y a lo que había entre ellos o dejaba de haber.

No fue hasta que superó la punzada de dolor agudo que le atravesaba el pecho tras la muerte de Tris, ese dolor insoportable del principio, que se dio el auténtico porrazo con la realidad: realmente había un mundo más allá de la alambrada que cercaba Chicago, más allá de la Oficina y de su extrarradio. Y él lo desconocía todo de él. No sabía cuál sería su extensión, ni qué tipo de gente lo poblaba, ni las circunstancias en las que se encontraba… no sabía nada. Tuvo que ir asimilando poco a poco cuestiones relativas a continentes y países, aprendiendo cuál era su propio país, las características de su gobierno. Todo se le hacía demasiado grande; esa fue una de las razones por las que permaneció en la ciudad. Aunque se diga mil veces a sí mismo que se queda para ayudar a arreglar las cosas, lo cierto es que le da bastante vértigo el exterior, el mismo que si estuviera en el vértice de la azotea de un rascacielos de cien pisos, con los talones anclados al suelo pero los brazos oscilando en el aire.

No obstante, en el fondo tiene perfectamente claro a lo que se refiere su madre al decir que el mundo se encuentra patas arriba: guerras, guerras por el control y el poder. Puedes centrarte en una pequeña área, o intentar abarcar un espectro más amplio, que aquello siempre va de lo mismo: el control económico, el control miliar, el control del miedo… siempre, absolutamente siempre, es igual.

Piensa ese tipo de cosas mientras observa cómo un nubarrón de lluvia gris se coloca por encima de buena parte de la ciudad, ensombreciendo el rosto de su madre. "Ayer no pasaste a verme, como me habías dicho", le comenta ésta.

"Estuve con Zeke", explica Tobias, "haciendo algunas cosas por ahí. Luego fuimos a tomar una cervezas y coincidimos con Johanna en el garito".

"¿Johanna... Johanna Reyes en un bar?. Eso es bastante raro", exclama Evelyn con extrañeza. "Ella suele preferir practicar la meditación en un parque y ese tipo de cosas".

"No te creas", replica Tobias. "Apareció acompañada. Por dos de esos individuos que el Gobierno envía de vez en cuando. Ya sabes, para comprobar que por aquí todo sigue yendo bien".

"Tipos trajeados con caras largas", dice ella. "Espero que dejen pronto de hacerlo y comiencen a confiar en nosotros de verdad".

"En realidad eran un hombre y una chica bastante más joven que él", objeta Tobias, "aunque no menos seca. Al parecer es ella quien se va a quedar para controlarnos y mandar un informe al Gobierno después. Johanna la presentó como Amy Smith".

"Vaya", dice su madre. "Así que Smith. Había leído en alguna parte que iba a venir. No imaginaba que sería una mujer joven. Pensaba que se pasarían la vida mandando a carcamales sexistas y anticuados con la intención de que nos miren con recelo a Johanna y a mí por el simple hecho de ser mujeres".

"Pues Smith ayer se agarró una tremenda borrachera a cerveza", añade él poniendo una sonrisa de medio lado. "Johanna me pidió que me quedase con ella, y tuve que acompañarla hasta el alojamiento que le han asignado, en el sector de Abnegación. Y gracias a que lo hice, porque ni siquiera era capaz de abrir la puerta; no había manera de que atinase con las llaves...".

El chico cierra la boca en cuanto se percata de que le está dando a su madre un exceso de información; se apresura a cambiar de tema, dándole gracias al tiempo por ser siempre tan socorrido.

"Parece que va a llover, ¿no?".

Evelyn levanta la vista hacia la ventana, asiente con la cabeza y renuncia a preguntar a Tobias nada de lo que él no quiera hablar. Conoce a su hijo lo suficiente como para ni siquiera intentarlo.


Después de haber recorrido la ciudad al menos un par de veces (esa es la impresión que le da a ella, aunque lo cierto es que se ha dedicado a dar algunas vueltas en círculo a una misma manzana), Amy consigue encontrar un establecimiento en el que parece que sirven comida medio decente. El local no tiene aspecto ni de cochambroso ni de improvisado, como lo tenían el resto de sitios por los que ha pasado. Lo regenta una familia que a todas luces es de fuera de la ciudad, lo sabe por su marcado acento sureño. Termina comiendo una hamburguesa de tofú con chile muy picante, acompañada de varias tazas de café, aunque ni la comida ni la cafeína consiguen que la resaca o el sueño desaparezcan por completo. En cualquier caso da lo mismo, no pretendía hacer otra cosa durante la tarde que no fuera ducharse y dormir. Cuando abandona el restaurante casi va dando tumbos por la calle, intentando trazar un mapa mental de cómo ha llegado hasta allí. Una lluvia fina pero incesante logra que la ropa se le empape por completo, pegándosele a la piel, y que el pelo le caiga lánguido como una cortina naranja por encima de sus ojos a medio cerrar.

Al intentar abrir la puerta de su triste y recien estrenada residencia, se da cuenta de que las manos la tiemblan del frío y apenas tiene sensibilidad en los dedos, se le resbalan por encima del metal. Desea con todas sus fuerzas que haya agua caliente en ese lugar y que éste aparezca simplemente con abrir el grifo correspondiente; que no exista ningún complicado mecanismo que haya que activar, o alguna llave desconocida en algún sitio inaccesible de la casa. Tobias le explicó algunas cosas sobre el que va a ser su hogar por la mañana, pero lo cierto es que tampoco le había prestado mucha atención. No es que no se la prestara a él, porque el chico es atractivo y resulta difícil dejar de mirarle, pero no hizo mucho caso a las palabras que decía o a los sitios que señalaba.

Tarda un buen rato en estar dentro, y sin pensarlo mucho más, se dirige al cuarto de baño de la planta de arriba. Abre el grifo del agua caliente hasta el tope y contiene la respiración unos segundos, hasta que empiezan a formarse las nubes de vapor que indican que no tendrá que darse la ducha con agua helada. Sin más dilación, comienza a desnudarse. El jersey largo y gris que se puso por la mañana se ha convertido en una manta húmeda y pesada que se adhiere a su cuerpo. Lo tira contra el suelo y piensa que ya se tomará la molestia de escurrirlo después. Los pantalones, que ya de por sí eran ajustados, ahora parecen una segunda piel, lo mismo que la camiseta de tirantes que lleva debajo. Está completamente desnuda, pero ha dejado de sentir frío. Hay un denso vaho en toda la habitación que empaña los azulejos de la pared, no empaña ningún un espejo, porque obviamente en abnegación no disponían de esos artilugios. Le resulta hasta extraño que la casa posea una bañera, que ésta no fuera considerada un útil para el disfrute personal, y por lo tanto innecesario.

Cuando intenta meter un pie dentro del agua, está hirviendo. Tiene que tantear con los grifos para encontrar el del agua fría y regularlo, ya que la densa neblina no le permite ver nada, e incluso dificulta respirar. Una vez que está dentro de la bañera, siente que se relaja cada músculo de su cuerpo. Piensa en que ni siquiera se ha molestado en localizar una toalla, pero francamente, le da igual. Deja caer la cabeza hacia atrás y en menos de un minuto, se queda dormida.


a/n: siento haber tardado tanto en actualizar. Lo cierto es que estaba esperando a que Leal, el tercer libro de la trilogía, fuera publicado en castellano (su traducción oficial), para ver si la gente se animaba a leer el fic.

La estructura del fic será más o menos así, en tercera persona y con los puntos de vista principales de Amy y Tobias (aunque podría haber más). Si habeis leido hasta aquí y os apetece comentar algo sería genial. Muchas gracias a quienes lo habeis hecho ya.