Lo que nos queda por vivir – capítulo V
Tiritando, porque el agua se ha quedado helada, y con la piel de un tono ligeramente azulado, Amy sale de la bañera, maldiciéndose por haberse quedado dormida allí dentro. Está arrugada como una uva pasa. Busca con la mirada algo parecido a una toalla en el austero cuarto de baño abnegado, pero no ve nada por allí que se le pueda parecer, ni nada que pueda hacer las veces de una. Su maleta sigue en la planta baja de la casa. Sale del baño y entra en la primera habitación que encuentra. Enciende la luz; no sabe qué hora es, pero la persiana está bajada. El cuarto sólo contiene una cama cubierta por una colcha de ganchillo gris, una estantería vacía y un armario. Por suerte la cama parece estar hecha. Se acerca a ella y busca debajo de la colcha. Bien: hay sábanas. Tira de una de ellas hasta sacarla y se la envuelve sobre el cuerpo desnudo, luego se sienta en la cama y se seca los pies con ella, con la intención de no resbalar al bajar por las escaleras.
Una vez abajo, constata que debe de ser alguna hora de la madrugada. Las cortinas de salón están corridas y la estancia aún conserva algo del calor del fuego de la noche anterior, el que encendió Tobias. Todavía andan por allí el mechero que le prestó para hacerlo y algunas páginas del viejo periódico erudito. Con la mirada encuentra el nicho de la pared en el que él dejó la leña sin usar. Decide intentarlo ella misma; total, encender una chimenea no tiene que ser tan complicado; y en menos de diez minutos está mirando embobada el crepitar de las llamas. Sin haberse molestado en vestirse, todavía envuelta en la blanca sábana de la habitación de arriba, se tumba en el sofá y se cubre con la colcha que usaron la noche anterior para taparse. En menos de cinco minutos está dormida otra vez.
"¿Te quedaste a dormir con la chica?", pregunta Zeke por cuarta vez en la última media hora. "¿En serio?... Creo que se te fue la pinza por completo, Cuatro. No habrá tías por ahí como para que se te antoje acostarte precisamente con la supervisora que nos envía el Gobierno. Cuando Johanna te pidió que te ocupases de ella, estoy seguro de que no se refería a algo así.
"Tampoco es que lo tuviera planeado", responde Cuatro encogiéndose de hombros. "Ya te lo he explicado: estábamos borrachos, le acompañé hasta su casa en Abnegación, encendimos un fuego en la chimenea y cuando quise darme cuenta nos estábamos desnudando el uno al otro. Casi ni tuve tiempo de reaccionar".
"¿Pero fue ella quien empezó el asunto, o fuiste tú?"
"Ella", dice Tobias rápidamente, aunque después se queda pensándolo por un segundo. "O tal vez yo… qué más dará, Zeke. Lo hecho, hecho está. Además, creo que eso no es lo más estúpido que he hecho en las últimas horas".
"¿Ah, no?", inquiere Zeke sorprendido. "Pues sorpréndeme. Porque tú no eres de los que hacen muchas estupideces, aunque francamente, te estás superando".
"Por la mañana la lleve a Osadía".
Zeke lo mira pasmado. Luego se pasa ambas manos por la cara y vuelve a preguntar: "¿A Osadía?... No sé si quiero que me digas para qué… Mejor vamos por partes. ¿Qué tal estuvo Amy? Lo cierto es que la chica tenía un aspecto bastante prometedor…
Cuatro empuja el hombro de su amigo mientras suelta una carcajada seca. "Eso no te lo voy a contar".
"Entonces cuéntame lo de Osadía", dice Zeke. "¿Para qué la llevaste? ¿Querías impresionar a la muchacha con tus habilidades lanzando cuchillos? ¿O sólo pretendías enseñarle las bonitas vistas que hay desde la barandilla del Pozo que da al Abismo?".
"Entro conmigo en el paisaje del miedo", contesta Tobías, ya sin restos de esa nota divertida que antes contenía su voz.
Zeke se frena en seco, parado en medio de la avenida que le conduce a su nuevo barrio en Chicago. "Cuatro… estás fatal. ¿Por qué coño hiciste algo así? Hay maneras mucho más fáciles de quitarse a una chavala de encima después de una noche de pasión y descontrol, no hacía falta que la asustases con tus miedos. Ella no es de aquí, no está familiarizada con lo que hacíamos cuando todavía teníamos las facciones, seguramente no sabrá nada de sueros, ni de simulaciones, ni de armas, ni…"
"Eso no lo tengo tan claro", replica él con sequedad. "Verás, al principio me sentí mal por dejar que entrase conmigo ahí adentro. Parecía angustiada mientras estábamos dentro de la caja de cristal, aunque ese miedo ya dura muy poco y conseguí sacarla enseguida. Lo raro llegó cuando estábamos en la oficina. Pensaba que todo sucedería igual que siempre y ella le limitaría a observar, pero no fue eso lo que pasó. Amy recogió el arma que había abandonado Tris, y disparó a David. Un disparo perfecto, entre ceja y ceja. Después se terminó la simulación".
"¿Encontró la forma de manipular la simulación? Pero si ni siquiera era ella quien estaba conectada al programa. No entiendo cómo…".
"Ni yo", afirma Cuatro. "Por eso te lo estoy contando. Además, la forma en que disparó…, desde luego no era la de alguien que nunca ha tocado un arma".
"Tal vez haya recibido algún tipo de entrenamiento", dice Zeke, quitándole importancia. "O quizá tenga un padre aficionado a las pistolas. A saber".
"He barajado esas posibilidades, pero tengo la impresión de que hay algo más. Algo que… no sabría explicarte. Algo que no me encaja con ella".
"Bueno, Cuatro. Tú y tu insistencia en considerar a todo el mundo sospechoso de algo me empiezan a cansar", le interrumpe Zeke. "Mi consejo es que lo dejes estar. Ya la has cagado lo suficiente. Si Johanna se entera de esto te exilia. A ver ahora cómo te las apañas para fingir normalidad con Amy en el trabajo. Porque no es que se vaya pasado mañana, va a quedarse el mes entero, así que vas a cruzarte con ella, y bastante. Eso en el mejor de los casos. Puede que Johanna haya planeado que trabajéis codo con codo, y desde luego, va a ser incómodo".
"¿Todo el mes?"
"Toooodo el mes", dice Zeke alargando las palabras. "Ya sé que anoche no os dedicasteis precisamente a hablar, pero ella lo comentó cuando yo aún estaba en el bar. Ha venido a evaluarnos y se queda todo el mes para poder hacerlo correctamente. Si las cosas van bien, enviará un informe positivo y el Gobierno no sólo nos dará más pasta para la rehabilitación, sino que habrá un poco más de libre albedrío para nosotros. Soltará un poco las riendas y permitirán que empecemos a tomar decisiones en temas importantes. Por eso era tan crucial para Johanna causarle a la chica buena impresión. Sólo espero que en la cama dejases el pabellón bien alto".
Tobías lo mira consternado, aunque murmura algo sobre que él siempre deja alto el pabellón, mientras Zeke sigue añadiendo puntos a su reprimenda… "Y tú vas, y no sólo te la tiras nada más conocerla, sino que después te la llevas a compartir tus chaladuras con tu paisaje del miedo. Bonita forma de empezar a causarle buena impresión".
Amy se despierta con el pitido de un coche en el exterior; la noche anterior olvidó poner la alarma en el móvil. Tiene el tiempo justo para vestirse con unos vaqueros, jersey de lana y botas, e intentar desenredar la maraña en la que se ha convertido su pelo a lo largo de la noche, todo esto estornudando sin parar. Teme haberse agarrado un buen catarro con la tontería de quedarse frita en la bañera, pero se encontraba tan cansada. Cierra con la llave que le entregó Johanna al salir de casa y se sube al coche negro de cristales tintados que la espera en la puerta, sin ni siquiera haberse puesto el abrigo. Vuelve a estar congelada, por lo que acerca las manos a la rendija de la calefacción antes de saludar al conductor del vehículo.
"Buenos días señorita Smith", dice un hombre de edad avanzada y pelo canoso. "Espero que la estancia en Chicago esté resultando de su agrado. Johanna le advirtió que vendría a recogerla, ¿verdad?".
"Pues obviamente", casi escupe ella. Suele despertarse de muy mal humor, y congelada de frío y sin un café la cosa se agrava. "No acostumbro a subirme a coches con completos desconocidos si no sé a dónde voy".
Sus malas maneras callan al conductor del vehículo durante todo el trayecto hasta el edificio en el que se encuentra la sede del Consejo de la ciudad. Ya lo había visitado, un par de días antes, junto a Johanna, así que al menos es un sitio que le resulta ligeramente familiar. Odia empezar con un trabajo los lunes, lo cual es extraño, dado que siempre suelen empezar los lunes.
Los lunes tampoco le gustan a Tobías. Desde que funcionan sin facciones en la ciudad, ha aprendido a apreciar el tiempo libre, y el fin de semana le resulta demasiado corto. Siempre comienza la semana pensando en cuantas horas faltan para que llegue el viernes, y eso le hace preguntarse a su vez si tal vez su trabajo no le apasione de la forma en que se supone que debería de apasionarle. Todo el mundo dice que tiene mucho potencial para la política, que la gente le sigue, le escucha, y no sabe por qué el no acaba de ver las cosas de esa misma forma.
Por suerte, Johanna no le obliga a ir trajeado al trabajo, ni cosas así. Y el trabajo con ella suele ser distendido y sin demasiada presión. A Johanna le gusta funcionar tal y como lo hacían en Cordialidad. Todo se decide mediante consenso, las opiniones de todos los miembros del Consejo son tenidas en cuenta. En él se encuentran representadas las cinco facciones que antes articulaban la ciudad, y también el antiguo grupo de los Abandonados. Nunca se planificó que las cosas salieran así, porque recordaba demasiado a la etapa anterior, pero cuando se formaron los grupos de representación fue lo que sucedió. Tobias supone que se necesitarán más años para que el poso que dejaron las facciones termine de desaparecer. Entre la gente más joven la cosa fluye fácilmente y se han acostumbrado a vivir en una ciudad en la que todos caminan en la dirección, pero los más mayores, sobre todo aquellos que no participaron directamente en la Guerra ni sufrieron sus consecuencias, aún no lo han hecho. Todavía ven más diferencias que similitudes entre las personas y todavía les quedan resquicios de desconfianza y rencor.
Piensa en todo eso mientras espera a que se llene su vaso del asqueroso café que suelta la máquina situada en uno de los pasillos de la tercera planta del edificio a cambio de cincuenta centavos. Es tan malo que al principio tenía que tragarlo intentando no saborear, pero ya se ha acostumbrado e incluso piensa que tiene una ligera adicción a él, aunque parezca que para elaborarlo hubieran usado un calcetín sucio en lugar de café. El cuerpo se acostumbra y se adapta a casi todo.
Está a punto de dejar que caiga al suelo el rebosante vaso de líquido marrón al notar una mano posarse sobre su hombro. Esta mañana se ha levantado con una extraña inquietud corriéndole por la venas, como si intuyera que algo está pasando o va a pasar, que hay un cambio inminente fraguándose a su alrededor.
"Una mano en el hombro no debería darte un susto de muerte. Tendrías de hacértelo mirar, Cuatro", le dice Christina con una sonrisa y los ojos somnolientos. "Y dejar de tomar ese brebaje asqueroso. En un consejo. La cafeína no te va nada bien".
"La cafeína me despeja", replica el, y nota lo cansada que suena su propia voz. "Y esta noche apenas he conseguido dormir. La necesito".
Christina le mira con preocupación. Ella se pasa la vida preocupándose por él, como si su bienestar, o su salud mental fueran una responsabilidad asumido de por vida en el momento que impidió que se reiniciara con el suero de la memoria. La mayoría de las veces Tobias le está inmensamente agradecido por eso. La mayoría del tiempo odia la idea de haber deseado olvidar quien es, o haber querido olvidar a Tris. Pero hay momentos, breves, como pequeños instantes que se desvanecen rápidamente en su pensamiento, en los que piensa que debería de haberlo hecho. Si lo hubiera hecho no seguiría sintiéndose así, después de todo el tiempo que ha pasado.
Tobias también odia cuando se instala esa especie de aire tétrico entre los dos, cuando parece que todo remite a los recuerdos. Ella le ha ayudado más que nadie a seguir adelante, ha sido quien más ha estado presente para él, y se siente fatal cuando le fallan los mecanismos de defensa y muestra su debilidad tan abiertamente. Si hay alguien en el mundo a quien no quiere decepcionar es a Christina. Por eso se apresura a cambiar de tema.
"¿Dónde te has estado metida todo el fin de semana? ¿No se te ha visto el pelo por ahí?".
"Ah", dice ella, y vuelve a sonreír. "El sábado lo pasé con Shauna y Lisa, fuera de la ciudad. Fue increíble. Sé que no te gustan las alturas, pero tienes que animarte a venir alguna vez. Y ayer, iba a llamarte, pero estaba francamente agotada, me quedé en el apartamento de Matthew para no hacer nada en todo el día".
"Ya, sin hacer nada", murmura él. "Esa parte no me la termino de creer. "¿No será para no hacer nada que implicase la necesidad de llevar ropa puesta?".
Christina se ríe bajito y antes de dar media vuelta para largarse le dice: "Piensa lo que quieras, Cuatro".
"Eso intento", responde él.
Han programado una reunión con Johanna y su equipo a primera hora de la mañana. Johanna ha sido extremadamente amable con ella desde el momento en que llegó, facilitándole todo tipo de comodidades que estuvieran al alcance de su mano. El domingo por la tarde le escribió varios mensajes de texto a su teléfono móvil para ver si necesitaba algo. Amy contesto escuetamente al primero, diciendo que todo estaba bien y que estaba dedicando el día a explorar un poco la ciudad. No se molestó en responder ninguno más. Nunca le ha gustado sentirse controlada y a veces la línea que separa el interés del control se torna demasiado fina.
La persona que se encuentra en la recepción del edificio le indica el lugar al que tiene que ir para encontrarse con Johanna Reyes, en la tercera planta. Mientras sube esos tres pisos en ascensor le da tiempo a hacerse una coleta alta con la mata de pelo naranja desmarañado. Se arrepiente de no haberse puesto al menos una pequeña capa de maquillaje, pero no había tiempo. También se pone un poco de brillo labial, y le dice a su yo del espejo que así está mucho mejor.
Llama a la puerta de la sala de reuniones mientras se descarna con los dientes el labio inferior. Otra mala costumbre que debería intentar corregir, otra de tantas, como la de fumar, o la de morderse la uñas con fiereza cuando se pone nerviosa con el fin de evitar desgarrarse el labio y hacerse sangre. Enseguida escucha la voz tranquila de Johanna pidiéndola que pase. Dentro de la habitación se encuentra ella, Tobias Eaton, a quien ya conoce bastante bien, y varias personas más, entre ellas una mujer que debe de andar en la segunda mitad de los cuarenta y tiene el color de piel un par de tonos más altos que el de Tobias, pero exactamente su misma nariz. No cabe duda de que como mínimo son familia cercana.
Johanna sonríe abiertamente y la pide que se siente en una de las sillas que se encuentran vacías en torno a una mesa alargada en la que se sientan los demás. "Os presento a Amy Smith", dice con su pausada y dulce voz. "Amy trabajará con nosotros durante las próximas semanas. Es nuestra labor enseñarle lo mejor de Chicago para que ella reporte buenos informes sobre nosotros al Gobierno". Todos clavan los ojos en ella, excepto Tobias, muy interesado en el folio en blanco que tiene sobre la mesa. Amy les regala una bonita sonrisa de presentación.
Mientras Johanna continúa hablando, y Amy ojea el dosier que ésta le ha entregado, Tobias se dedica a mirarla. Cuando ella levanta la cabeza para hacer alguna observación sobre el texto, él hace descender la suya de inmediato a su folio, que ahora tiene algunas líneas escritas a boli en la parte superior. No sé molesta en aportar nada en el tiempo que dura la reunión, tiene la cabeza en otra parte y los ojos fijos en la separación de los incisivos centrales de la chica, lo cual da un aspecto infantil a su cara en el que no había reparado la noche que pasó con ella, ni tampoco la mañana posterior. También ve todas esas pecas naranjas que le rodean la pequeña nariz, y los enormes ojos verde brillante a la luz de la mañana. Cuando piensa que prefiere el aspecto que tiene con la melena suelta advierte que no debería estar prestando tanta atención a su aspecto, y sí a lo que está diciendo acerca de los varemos que usará para hacer su evaluación.
La reunión termina y él aún está buscando la forma de aportar algo que merezca la pena a la conversación. Johanna sale de la sala. El resto del Consejo también sale de la sala y su madre y Amy mantienen una pequeña charla en la puerta. Se acerca a ellas algo dubitativo.
"Tobias", dice su madre. "¿Te sucede algo esta mañana? Has estado muy callado durante la reunión y tú eres de los que siempre tiene algún punto interesante que señalar".
"Es lunes, no me siento muy centrado", responde él.
"Los lunes tampoco son lo mío", dice Amy. "Tal vez necesites tanto como yo un café. ¿Serías tan amable de indicarme dónde puedo conseguir uno?".
Su madre hace un gesto con la cabeza para que acompañe a la chica hasta la máquina que hay al final del pasillo. "Ve", le dice. "Al fin y al cabo eres tú quién trabajará con ella las próximas semana, será mejor que empecéis a conoceros y a llevaros bien".
Tobias levanta una ceja a su madre. Ella sabe perfectamente que ya ha tenido el gusto de conocer a Amy. Le contó la borrachera que ella se agarró el sábado por la noche, cuando Johanna la dejó a su cargo, y que tuvo que acompañarla a su casa de Abnegación. Pero si Evelyn ha decidido ocultarlo será por alguna razón, así que no menciona nada al respecto, y dice: "Sí, por su puesto, Amy Smith. Ven por aquí", girando el cuerpo para retroceder por el pasillo.
"Es tu madre, ¿verdad?", comenta la chica mientras avanzan hacia la máquina del café infernal.
"Muy perspicaz", contesta Tobías.
"Si bueno. Os parecéis mucho, excepto en los ojos".
"Esos son todos de mi padre", responde él.
"Marcus Eaton", apunta Amy. "He coincidido con él alguna vez".
Tobias frena en seco para mirarla. Tiene una pinta bastante desarreglada para ser una representante del Gobierno: con vaqueros, jersey de lana gruesa y esas botas militares color granate. Está claro que no ha dedicado mucho rato a arreglarse el pelo, y tampoco lleva nada de maquillaje, a excepción de un poco de brillo labial que acentúa el color de sus labios, muy rosas ya de por sí, y oh, también lleva las uñas pintadas de un tono tan naranja como el de una calabaza. Otra cosa en la que no había reparado el día anterior. "¿Conoces a Marcus?".
"Posiblemente tú lo conozcas mejor; es tu padre. Pero sí, ya te he dicho que hemos coincidido alguna vez. Ambos trabajamos para el Gobierno y al final te acabas cruzando".
"No tenía ni idea de que Marcus trabajase para el Gobierno", dice Tobías frunciendo el ceño. "Llevo bastantes años sin saber nada de él. No mantenemos el contacto. Nuestra relación padre-hijo no es lo que se dice ideal". Hace una pausa para no seguir hablando, pero no puede evitar la pregunta que surge a continuación: "¿Lo asociaste conmigo nada más verme, lo has hecho ahora, o es que alguien te lo ha dicho?".
"¿Qué eres hijo de tu padre?", pregunta Amy. "Acabo de darme cuenta, la verdad. No tienes de que preocuparte. Al margen de los ojos, no sois para nada iguales. Lo que pasa es que yo soy muy observadora".
El suspiro de alivio de Tobias aparece sin proponérselo, suerte que ya estaban caminando hacía la cafetera de nuevo y ella no debe de haberse percatado.
a/n: siento que de momento esto avance lentamente.
Sobre uno de los reviews que me habéis dejado: os aseguro que a mí también me gustaban Tobias y Tris, pero esta historia transcurre después de Allegiant y ella, obviamente, no podía estar. Dadle a Amy una oportunidad. Creo que puede ser un personaje interesante.
Miles de gracias para quien se moleste en leerme y hasta pronto.
