Gula: Dulces Tentaciones
Era una época especial. Se acercaba la Navidad, y Molly se encontraba demasiado ocupada reparando y embelleciendo una casa que se venía abajo, para la llegada de los parientes de su marido.
A su querido esposo se le había ocurrido la brillante idea de realizar una pequeña reunión familiar para aquella fecha. Pero, considerando la cantidad de Weasleys que había, Molly necesitaba una sala del tamaño de un campo de Quidditch, y un banquete como los de Hogwarts para alimentar a todos ellos.
A aquel caos había que sumarle que, una vez más, se encontraba con un vientre que ya casi alcanzaba los siete meses.
—¡Fred! —se quejó Molly— Digo, George… ¡Bájate de ahí y sal de la cocina!
Su hijo menor se había subido a una silla, para ver los dulces que su madre depositaba sobre la mesada de la cocina. Se tambaleaba peligrosamente.
—Uno —George no hizo caso, y señaló con convencimiento un bombón de licor—. Quiero.
—No, son para mañana —repuso su madre, y obligó al niño a bajarse de la silla—. Se un niño bueno y ve con Fred.
George hizo puchero, pero salió corriendo hacia la sala, con un ruido de pañales de plástico siguiéndolo.
Molly siguió preparando los postres. Decoró una torta de chocolate con nueces, puso un budín en el horno, y colocó los bombones de menta junto a los de licor. Estaba por rellenar unos pastelitos de calabaza, cuando sus sentidos se agudizaron.
—¡Aaaaahhhh!
Ese, sin dudarlo, había sido Percy. Oía su llanto desde allí. Cansada, y preguntándose qué le habría sucedido ahora, dejó lo que estaba haciendo y fue hacia la sala.
Percy se encontraba tirado en medio de la sala abarrotada de regalos, se había caído de rodillas y a la altura de las mismas tenía un tajo en sus pantalones. Una de sus piernas lucía un pequeño corte.
—¡Fu…fue Fred! ¡Pu…Puso los juguetes acá para que me cayera!—chilló el niño, con la cara bañada en lágrimas.
—¡No, mentidoso! —se defendió el niño con el poco vocabulario que poseía.
Estaba parado junto a su hermano mayor.
—¡Fue George entonces! —acusó Percy, entre sollozos.
Pero el pequeño George apareció, cargando un peluche. Miró a su hermano con la expresión de un bebé de ángel.
—¡Tonto! —exclamó el niño al ver a su hermano en el piso.
Percy lloró aún más fuerte.
—¡Váyanse, los dos! —Molly obligó a su hijo a pararse, y echó a los gemelos de la habitación.
No sabía qué había pasado, pero que los gemelos se la agarraran con su hermano mayor (y Bill y Charles también) era algo de todos los días. Dudaba de la inocencia de cualquiera de sus hijos cuando Percy aparecía asustado o llorando: era el chivo expiatorio. Pero aquel no era el momento de andar preguntando qué había sucedido.
Molly llevó a su hijo al cuarto, donde le curó la rodilla y le remendó el pantalón roto. Percy comenzaba a calmarse con los cuidados de su madre. Una vez que terminó, Molly advirtió:
—Quédate aquí, cielo. No hagas caso a Fred y George.
El niño asintió y se quedó en su cuarto, tal como había pedido su madre. Mientras bajaba, Molly pensaba en que al menos uno de sus hijos la obedecía.
—¡Por Merlín y todos los Fundadores! —exclamó, al entrar en la cocina que acababa de dejar.
Una silla volcada se hallaba junto a la mesada, y las bandejas con los bombones y las tortas habían desaparecido. Las mismas estaban en el suelo, con los postres desparramados.
A Molly no le fue difícil encontrar la causa de la destrucción del trabajo de toda una mañana: Fred y George estaban sentados en medio de aquel desastre, con sus ropas, manos y caras manchadas de chocolate, crema y frutillas. Ambos se chupaban los dedos.
Cuando notaron la presencia de su madre, levantaron las miradas hacia ellas.
—Fue un nomo —se apresuró a decir Fred.
—Un nomo gaaaande —intervino George, estirando sus manitos para mostrar el tamaño del supuesto gnomo.
Cuando el niño vio sus manos cubiertas de chocolate y babas, volvió a llevarse un dedo a la boca. Fred había vuelto al ataque con los bombones, pero George seguía mirando a su madre con gesto de inocencia.
Molly suspiró y se resignó. Tendría que volver a preparar todos los postres, pero lo haría cuando sus hijos durmieran: no fuera a ser que volvieran a distraerla provocando a Percy.
Aquella vez Molly no castigó a sus hijos. Consideró que el mejor escarmiento para ellos iba a ser el dolor de panza que se les generaría en unas horas. Pero, como es sabido, Fred y George no escarmentaban cuando de conseguir lo que querían se trataba, y menos cuando había comida de por medio.
