Avaricia: El primer clavo del ataúd.

Aquello que lo había consumido en su juventud, y por lo que había dejado de lado lo que más importaba en la vida, se hallaba finalmente frente a él, escondido en el rincón más mugroso de la miserable casucha.

Por fin había reunido todas las piezas. ¿Quién diría que lo conseguiría a tan avanzada edad?

Se agachó junto al pequeño hueco que pudo crear con su varita. Los sortilegios puestos por Lord Voldemort eran fuertes, pero no impedirían que pudiera alzarse con el preciado objeto.

Luego de murmurar hechizos, maldiciones, contra maldiciones y de tener que salir corriendo de la casa en tres oportunidades, pudo quitar los embrujos que obstaculizaban su camino.

Aquella noche, Albus Dumbledore rescató de entre los escombros de la casa de los Gaunt un trozo del alma del mago que aterrorizaba Gran Bretaña. Sin embargo, mientras volvía al Castillo, el anciano no pensaba en el avance que aquello suponía en la guerra contra las Artes Oscuras… No… Su mente se encontraba ocupada en la vieja piedra que decoraba el anillo.


Estimado Albus:

Nuestra búsqueda no será en vano. Podrán decirnos que pecamos de avaricia, de necedad y hasta de locura, pero tarde o temprano nos alzaremos con ellas, y el mundo se arrodillará ante nosotros.

Gellert.

En la mente del anciano mago daban vueltas las palabras de su antiguo amigo. Aquel, había sido el sueño de dos jóvenes prometedores y bastante tontos. Después de tanto tiempo podía verlo, analizar los hechos como si hubieran sido parte de la vida de otra persona. Ahora se daba cuenta de los errores cometidos.

Y sin embargo, pese a saber que en su juventud había cometido los más grandes descuidos que un mago puede cometer, durante la vejez volvía a presentársele la oportunidad que había hecho brillar a sus ojos de añoranzas y falsos sueños tantos años atrás.

Había pasado mucho tiempo desde que su amigo cayó por la codicia que desataba en su interior la idea de conquistar a la Muerte. Y ahora, ahora… ahora era él quien había caído.

Contempló su mano, ennegrecida por la maldición que contenía el anillo convertido en horcrux. Con pesar había destruido la piedra, no sin antes caer en la tentación de ver cómo quedaba aquella joya en su dedo.

Gran error.

Uno más, en su vida. Uno más, del cual sentirse avergonzado. Pero… ¿Acaso las tentaciones no acabaron con grandes magos y muggles a lo largo de los siglos? No era el primero, no sería el último.

Sus días estaban contados. Y tal vez era un castigo divino o una broma del destino, que aquello que casi lo había destruido una vez, fuera lo que pusiera el primer clavo en su ataúd.