Soberbia: Vanidad de una veela.
El espejo le devolvió la imagen de un bello rostro. Sobre sus mejillas había muy poco rubor, ya que no era necesario llenar de maquillaje unas facciones naturalmente hermosas. Su cabello rubio platinado se encontraba sujeto de una manera muy prolija. Aún faltaba la tiara que coronaría su peinado y apariencia.
La puerta de la habitación se abrió de golpe, y Fleur dio un salto horrorizada. Pronto se calmó al ver que quienes entraban eran su hermana y Ginny, y no su amado Bill. Ambas llevaban su vestimenta para la ocasión en tonos dorados.
Gabrielle chilló emocionada al ver a su hermana.
—¡Estás bellísima! —exclamó, dirigiéndose a Fleur en un perfecto francés.
Ambas hermanas se abrazaron con cuidado para no desarmar el peinado de la otra.
—Igual tú, hermana —respondió Fleur igualmente en francés, olvidando a su cuñada, quien se sentó con cara de pocos amigos en el borde de una silla.
Gabrielle profirió una risita y giró para mostrarle todos los ángulos de su vestimenta a Fleur.
—Hermosa, como siempre —corroboró la mujer que estaba por casarse.
—¿Puedes decir que me queda mejor a mi, no? —Gabrielle revoleó el cabello, mostrando una amplia sonrisa, y su mirada se posó brevemente en Ginny—. Por suerte no parezco ningún pájaro prendiéndome fuego, francamente, yo hubiera hecho algo con ese cabello…
Fleur rió. A veces su hermana podía pecar de vanidosa: momentos como aquel eran especiales para que ambas hermanas con un cuarto de sangre veela desplegaran todo lo que pensaban sobre ellas mismas.
Ginny se cruzó de brazos y levantó una ceja, mirando a las dos hermanas que hablaban en francés como si ella no estuviera allí. Odiaba que hicieran eso.
—No seas cruel, Gabrielle —reprendió Fleur a su hermana, cuando paró de reír—. Está preciosa también. Ambas lo están—. Lo decía enserio.
—¡Baahh! —Gabrielle volvió a revolear el cabello.
Ginny no soportó más. No sabía francés, pero no era idiota. Aunque las dos personas que se encontraban con ella al parecer se llevaban todos los premios. Suspiró indignada y se puso de pie. Miró asesinamente a la pequeña de los Delacour e imaginó cómo le caería sin querer sobre su precioso atuendo una buena cantidad de excremento de gnomo salido de la nada, en medio de la fiesta.
Revoleó los ojos y salió de la habitación resoplando.
—¡Ay!
Chocó con Hermione en el pasillo.
—¡Ooohh… estás…! —La chica iba a lanzarle un cumplido.
—¡Cállate! —espetó, de mal humor.
En inglés, en francés, o en cualquier otro idioma, podía notar la vanidad de una veela. Y aquello la ponía de mal humor.
