Ira: Verde esmeralda.
El frasco que contenía cucarachas casi pega de lleno en el muchacho. Aunque la puerta se cerró detrás del chico, Severus tomó otro frasco completamente fuera de sí y lo arrojó, dándole al punto donde antes se encontraba su alumno.
Lo único en lo que podía pensar era en hacerle todo el daño que fuera posible. Hacer que sus entrañas se retorcieran, que llorara pidiendo clemencia. Que sintiera sólo un cuarto del dolor y la humillación que él sentía.
No le importara que fuera su alumno, no le importaban las estúpidas reglas. Aquel niño, arrogante y estúpido se tenía merecido desde un inicio todo su odio.
Siempre igual a él,siempre metiendo las narices donde no lo llamaban. ¿Por qué lo había dejado solo en el despacho? ¿Por qué no había puesto en un mejor lugar aquellos recuerdos?
Él lo había puesto de cabeza, frente a ella. El frasco que contenía los ojos de tritón se estrelló en el suelo. Lo había bañado en estiércol de dragón. Patas de rana y pus de bubotubérculo fueron a parar a un rincón. Lo había insultado, colocado apodos y humillado frente a todo el colegio… y frente a ella también. El veneno de anaconda se convirtió en ácido al mezclarse con pus. Se casó con ella. Ella lo eligió a él.
En un rapto de locura, guardada y comprimida durante tantos años, Severus destrozó cada frasco que encontró sobre las repisas mientras gemía como un hipogrifo herido.
Resbaló ante tantos líquidos esparcidos por el suelo. Quedó de rodillas sobre el charco de ácido, mientras su túnica se iba deshaciendo y la piel de sus manos y piernas se ampollaba.
Y ahora, su hijo se mofaría a costilla de él, sentado en la sala común de Gryffindor junto a sus amigos, como había hecho su padre tantos años antes.
Unas lágrimas aparecieron en sus ojos. Ni él sabía si eran por el dolor que le producían las ampollas o la rabia acumulada que sentía en aquel momento.
Se levantó con cuidado del suelo y, sin hacer caso a su despacho destrozado, se sentó en la silla de su escritorio con la mirada perdida.
Siempre era igual, aquel muchacho lograba sacar lo peor de él. Lograba que su sangre hirviera con sólo mirarlo.
El rostro del chico se dibujó en su mente. Tan igual a su padre. Excepto sus ojos… Tan iguales a los de Lily.
Las manos de Severus temblaron, igual que su labio inferior.
Y siempre su rabia acababa igual. Tal vez por eso cada día odiaba más al muchacho: una vez que recordaba que también era hijo de ella, lo hacía sentirse débil… más débil que nunca. Tan débil como no le convenía ser.
Sabía que estaba atrapado de por vida. Sabía que nunca podría dominar aquella contradicción interna que lo hacía sentir tan miserable, y que era la causante de toda la amargura que lo consumía día a día.
N.a: Antes de que comiencen a tirar tomates... NO, a mi tampoco me gustó cómo quedó. Pido disculpas a los fans de Severus. Yo también lo soy, y se que no le hice justicia para nada con esta historia… o por lo menos con la forma de contarla. En un futuro, cuando ande con algo de más tiempo, será la primera que vuelva a escribir. Ahora sí, se abre la temporada de tomates!
