Pereza: El escarmiento.
—¿Alguien puede decirme de dónde proviene ese olor?
Los alumnos de la clase de transformaciones se encontraban agolpados en un rincón del aula. La respuesta a la pregunta de la profesora McGonagall era fácil, ya que la fuente del olor nauseabundo –una mezcla de excremento de dragón, pies sucios y baño público- provenía de un simple alumno, que se hallaba en el extremo opuesto al de sus compañeros.
Ron Weasley, ruborizado de vergüenza desde la punta del cabello hasta la punta de los pies, se encontraba agazapado en el rincón, sin poder pronunciar palabra. Ningún compañero estaba dispuesto a acercársele para ayudarlo, ni siquiera su amigo Harry, quien no podía contener las arcadas de asco. Ni mucho menos Hermione, que era quien sabía qué le estaba ocurriendo al chico.
—¡No!
—¡Sólo UNA, Hermione!
—Comienzas con una respuesta y terminas copiando todo, Ronald.
—Esta vez no, lo prometo.
Otra vez se producía la misma discusión. Nadie en la sala común les prestaba atención. Ya era rutina para todos.
—¿Cuándo aprenderás? —preguntó Hermione, cansada, alejando su trabajo de las manos ansiosas de Ron.
—¿A ser tan injusta como tú? —escupió el chico, con rabia.
Debían entregar a McGonagall un ensayo de cinco metros sobre la transformación humana. La profesora les había pedido aquel trabajo con un mes de anticipación, algo que Hermione consideró tiempo suficiente, como le había recordado a Ron.
Harry ingresó en aquel momento a la sala común, completamente agotado por el castigo que Snape le había colocado por "contestar a Mafloy de manera grosera".
—¿Injusta? —Hermione entrecerró los ojos peligrosamente, y se irguió en su silla.
Harry dejó sus cosas sobre la mesa, al lado de sus amigos. Ninguno notó su presencia, aunque él si se percató del peligro en la mirada de Hermione. Si Ron no hubiera estado tan empecinado en conseguir lo que quería, habría notado lo mismo.
—¿Injusta yo? —preguntó de nuevo la chica, enrollando el pergamino y metiéndolo en la mochila con cara de pocos amigos—. Injusto eres tú, Ronald, siempre dejando las cosas para último momento y nunca agradeciendo mi ayuda.
—No sabía que querías que te enviara flores, perdóname —le dijo con sarcasmo Ron, enfurruñado—. Eres cruel, y desaprobaré por tu culpa.
Harry abrió su libro de pociones, deseando que Ron se callara. No sólo no tenía razón, sino que estaba haciendo enojar a Hermione con eso. Y era sabido que la chica se encontraba bajo estrés (como siempre que se acercaban los exámenes). Harry no quería escucharla rechinar los dientes por lo bajo las próximas semanas.
—¡Tú eres el perezosos y soy yo la mala de la historia! —chilló Hermione con lágrimas en los ojos.
El mal ya estaba hecho, no había nada por hacer.
Hermione se puso la mochila al hombro con brusquedad y salió corriendo escaleras arriba.
Ron tomó su pergamino de mala gana y lo contempló con los ojos vidriosos.
—McGonagall va a matarme.
—Si, lo hará —sentenció Harry, levantando la cabeza del libro.
Ron gimió y dejó caer la cabeza sobre la mesa. La levantó tan rápidamente que Harry pensó que ésta había rebotado sobre la superficie.
—¡Harry! —Ron miró a su amigo como si lo encontrara bajo una luz reveladora— ¡Tú lo terminaste anoche!
Harry lo miró con una ceja levantada. Efectivamente, era como decía Ron.
—¿Cómo no lo recordé antes? —preguntó Ron, sonriendo.
A Harry le hubiera gustado decirle que se lo había recordado aquella mañana, que le había ofrecido sus pergaminos durante el desayuno, pero que había estado demasiado ocupado comentando unas jugadas de quidditch con Seamus como para escucharlo de verdad. Tal vez Hermione estaba en los cierto al decir que Ron siempre tenía una excusa para no cumplir con sus deberes a tiempo. Sabía que era mejor no mencionar eso en aquel momento.
Ron pasó toda la noche copiando los deberes de Harry, con una sonrisa triunfal en el rostro.
—McGonagall no va a desaprobarme después de todo —comentó, bien entrada la noche—. Me encantará ver la vara de Hermione cuando vea que terminé sin ella.
Harry no respondió, ya que hacía rato se había dormido sobre los libros de pociones.
—Weasley, ¿Qué ocurre?
Ron abría y cerraba la boca como un pez fuera del agua. Apenas había traspasado la puerta del aula de transformaciones, comenzó a despedir un olor putrefacto. Era ya tarde cuando comprendió que la putrefacción provenía de su mochila. Intentó sacarla de su hombro, pero no pudo: estaba pegada a su cuerpo. En el momento que intentó huir, el olor se volvió aún más hediondo.
McGonagall evacuó la clase entera (que se encontraba estupefacta) y ayudó a Ron a quitar lo que fuera que se estuviera pudriendo en su mochila. Con horror, el chico observó cómo la profesora quitaba del interior los pergaminos que tanto trabajo le habían costado copiar.
—Debo decir, señorita Granger —comentó McGonagall, cuando la clase terminó después de haber comenzado con semejante traspié—, que fue original el hechizo que colocó en los deberes de Weasley.
Hermione quedó de piedra al oír aquellas palabras. Se ruborizó ligeramente, al ser descubierta.
—Bueno… yo… ¡Estoy harta que robe mis trabajos o los de otros! —se defendió— ¡Si no es por las malas, jamás aprenderá!
Para sorpresa de Hermione, McGonagall sonrió.
—Descuide, me pareció una idea original —sostuvo la sonrisa ante la mirada estupefacta de la alumna—. Deberes que se descomponen según el grado de deshonestidad con el que hayan sido hechos. Es una buena idea para emplearlo en los exámenes también.
Hermione le devolvió la sonrisa. No esperaba que a la profesora le gustara aquella idea que había tenido para castigar a Ron por su holgazanería.
