Ya llevaba Ron quince minutos en un testarudo silencio, con los brazos cruzados y la enfurruñada mirada perdida en el paisaje, cuando su amigo se dignó a abrir la boca:

–Francamente, no entiendo por qué estás enojado.

– ¿Por qué no? –Respondió con agresividad, como si hubiera esperado por una provocación.

–Porque tú dijiste algo ofensivo, Ron, no Hermione.

– ¡E-es… lo que dije es verdad!

– ¡No puedes seguir diciendo esas cosas sólo por mantener tu orgullo! ¡De verdad, es de las peores cosas que le has dicho! Además, no seas hipócrita con migo; yo también estaba allí en la Mansión de los Malfoy, escuchando como la llamabas a los gritos…

Las pupilas de Ron se contrajeron, y su expresión pasó de la desesperada rabia de defensa a la angustia en un segundo. Conociéndolo, Harry supo que debía esperar unos minutos más para asestar el segundo golpe y obligarlo a disculparse con Hermione.