Reto 31 fanfics de HaruMichi.
2
Una flor
Su flor favorita
Michiru
"Una vez escuché que la intimidad femenina es como una flor. Quizá por eso Georgia O'Keeffe dedicó toda una colección de pinturas a ello".
—¿Michiru? —Dijo la recatada y bien conservada mujer de 70 en el marco de la puerta. Su vestido victoriano de cuello alto la hacía parecer justo lo que era: una mujer anticuada, dura, e inflexible. Si había un personaje que se le pareciera, era probable que esa fuera la madrastra de Cenicienta.
La joven aguamarina bajó el violín de su hombro, apenas había encontrado tiempo para practicar cuando fue interrumpida por esa mujer a la que debía llamar "abuela".
—Es bien sabido que nuestra familia es conocida por tener la costumbre de tocar el piano —dijo la mujer—, es por eso que he contratado un instructor para ti.
La fúrica mirada de impotencia en el azul intenso de los ojos de la aguamarina tenía el mismo calibre que una 88, sin embargo; la profundidad de sus ojos nunca fue tan penetrante como el negro abismo de los de su abuela. Una frase de Nietzsche le venía a la mente cada vez que la enfrentaba, "cuanto más tiempo miras al abismo, el abismo te mira a ti". Y ahí estaba, perdiendo el duelo una vez más, dejándose arrastrar por la irrefrenable fuerza de gravedad de ese agujero negro.
—Sí abuela —dijo Michiru con una reverencia. La obediencia era un hábito de valor incalculable en las mujeres de su familia, desobedecer sólo acarrearía problemas innecesarios, y no se arriesgaría a eso.
Michiru bajó la mirada al instrumento. Amaba su violín, que para su abuela no fuera más que una fuente de estridentes chirridos no sólo la ponía mal, lo detestaba. "El violín es un instrumento para hombres", decía. Odiaba sus juicios no solicitados, a veces le repugnaban tanto, al punto de experimentar arcadas, así de grave era el dominio que ejercía la mujer sobre ella, al grado de influir en su reflejo del vómito. Sólo deseaba que lograra seguir tragándose el mal sabor hasta que la edad le diera la libertad para marcharse.
Sin más, Michiru dejó su instrumento y bajó la escalera, le pareció interminable. No sabía si quería que acabara pronto para enfocarse en lo relevante, o si quería que se extendiera al infinito para evitarlo.
En el gran salón la luz la cegó. El brillo del sol irradió en el ventanal. Pero, ¿era el sol? ¿O era que había pasado mucho tiempo en las sombras tratando de tocar su violín esperando no ser descubierta por su abuela? Como si pudiera evitar que la oyera.
Una silueta difuminada por el sol se hacía más clara con cada paso.
—El joven Tenoh será tu instructor a partir de ahora —dijo la mujer.
—Es un placer —dijo él inclinándose ante la más joven.
Michiru no salía de su asombro. Esperaba encontrarse con un vejete depravado, una ex nazi del holocausto, o un oportunista servil buscando colgarse de su nombre, cualquier cosa, excepto esto: un joven y atractivo rubio más cerca de su edad que de la de su abuela.
—Kaioh, Michiru —dijo la aguamarina con una reverencia.
La abuela sonrió complacida como si la reacción de su nieta hubiese sido anticipada y su plan estuviera yendo conforme lo esperado.
—Los dejaré solos —la mujer se dirigió a la salida y de frente a ellos, sujetó las puertas corredizas cerrándolas en un movimiento.
—¿Madame? —dijo la criada a diestra de la mujer—. ¿Está bien que deje sola a la señorita?
—Es una Kaioh —respondió—. Sabe defenderse. Pronto cumplirá la mayoría, es hora de que se interese en algo más que en su violín y busque un esposo. El Sr. Tenoh es buena apuesta. Y yo, siempre apuesto a la segura.
La criada asintió y con una inclinación, regresó a su labor.
—Señorita —dijo el joven en el salón señalando el banquillo frente al piano.
Media sonrisa se dibujó en el rostro de Michiru, cerrando los ojos tomó aire y echó su cabello atrás.
"Ya qué."
Pensó encaminándose a la radiante luz del ventanal.
. . .
"Sus manos..."
Los largos dedos del demasiado experimentado pianista para su edad; danzaban ágiles sobre las teclas del piano. Sus manos iban y venían, subían y bajaban, Michiru apenas atendía a lo que decía, estaba absorta admirando su destreza, y quizá, algo más.
La forma de sus manos era delicada, su piel nívea y tersa. Sentada a su lado podía percibir su aromática esencia, no estaba segura de lo que era. ¿Rosas? Y de su aliento, sutiles notas de menta. Michiru siempre fue sensible a los aromas.
El corazón de la aguamarina de repente tomó relevancia, antes apenas se percataba de su existencia, mantenía su sistema circulatorio en funcionamiento, pero nada más, y ahora, se hacía presente acelerando su pulso. Sintió calor en el rostro. ¿Era así como se sentía un sonrojo? Lo sintió hasta las orejas.
Michiru nunca tuvo atracción hacia un hombre, pero le gustaba jugar. Seducirlos para obtener algo sin dar nada a cambio le resultaba fácil. Jamás se había interesado en alguien en realidad, hasta ahora. ¿Es esta la reacción normal?
"Hormonas."
El joven tomó la mano de la aguamarina colocando las yemas de sus dedos sobre las teclas. Las terminaciones nerviosas de Michiru se activaron erizando su piel. Su tacto era grácil y respetuoso, la hizo sentir tan frágil como el cristal.
Sus dedos se entrelazaron por accidente. Michiru suspiró. Él corrigió de inmediato. Oteando hacia él lo miró hablar, la forma en que su cabello caía sobre su frente, la forma de su patilla, el vello en su mejilla como el de la piel de un durazno. Sus delgados y curvilíneos labios rosa pálido, el largo de su cuello, esa pequeña onda en su clavícula.
Una gota de sudor atravesó la hendidura. Michiru siguió el rastro de humedad hasta que se perdió bajo su camisa entreabierta en dirección a sus pechos.
"Pechos..."
Eso lo explicaba todo.
"Dicen que la intimidad de una mujer es como una flor..."
Gemidos ahogados intentaban ser acallados en la oscuridad de la alcoba.
"Sus manos..."
Los dedos hábiles de Haruka digitaban con presteza las teclas del piano.
Michiru exclamó a lo alto, acariciando entre sus pétalos, sus pechos se erizaron.
"Sus nudillos..."
Con la mano entre las piernas se penetró a sí misma. Sus dedos se deslizaron con precisión, sumergidos en sus propios fluidos produjeron un sonido obsceno. Su espalda se arqueó contrayéndose.
Con las piernas enredadas en las sábanas Michiru gimió y se sacudió.
"Su clavícula..."
Los pechos desnudos de Michiru oscilaban conforme se tocaba. Sus nudillos pulsaron puntos específicos haciéndola gritar. Ya le era imposible contenerse, su cuerpo sólo respondía al placer.
Convulsiones involuntarias sacudían su torso y la llenaban de escalofríos tensando sus pies.
Imaginando las manos del "señor" Tenoh colándose en su cuerpo su espalda se curvó en éxtasis alzándola de la cama. Con los pezones elevándose a los cielos sus senos temblaron al ritmo apresurado de su respiración. Dejándose caer en la cama su cabello formó un halo en torno a su rostro.
Enrojecida y retomando el control, observó la humedad en su mano. Acababa de tomar su propia virginidad. ¿Se habrá desflorado? Eso habría pensado su abuela. Sonrió.
"Si la intimidad de una mujer es como una flor...
Yo seré...
Su flor favorita."
