Cuando Rumplestiltskin entró por la puerta del pequeño establo; la luz dorada de la tarde se colaba por las ventanas junto al viento fresco. Él viejo hilandero había apurado todas sus actividades e incluso dejado en el mercado un buen hilo en un trato desventajoso, por la sola idea de regresar temprano a casa. Tras preparar la rueca para trabajar de noche y dejado a Baelfire para terminar de atender a los animales; Rumplestiltskin aún no había tenido el tiempo de arreglarse para ella. Apenas vio aparecer a la guardia real por el sendero, de inmediato entró a la casa para al menos lavarse el rostro y poner la tetera con leche a hervir.

Cuando el golpe seco llegó hasta su puerta, corrió de inmediato a quitar la tranca de madera. Saludó a los rostros de pocos amigos de los soldados, mientras uno de ellos ayudaba a Lady Belle a bajar de su corcel dorado. Rumplestiltskin inclinó la cabeza para agradecerle su bondad para con su humilde persona a la joven noble, y la invitó a pasar. Ambos se miraron un saludo, hasta que la nana interrumpió el momento para ofrecer su compañía con un tono de desconfianza, producto de años de deber al cuidar la pureza de su ama. Lady Belle rechazaría el ofrecimiento al no encontrar amenaza alguna para su decencia en un hombre manso y su pequeño hijo.

Cuando Rumplestiltskin cerró la puerta y colocó la tranca de nuevo, Lady Belle lo tomó en un abrazo desesperado. Sin tiempo para reaccionar y entender, tenerla tan cerca de repente le aceleró el pulso, mientras su corazón parecía haber alcanzado su garganta. Esto tenía que ser un sueño.

-Me voy a casar. - Ella le reveló en un susurro.

Al hilandero los colores se le cayeron del rostro y un frío helado lo llenó por todo el cuerpo. En un instante fue ella quien lo sostuvo de pie en su abrazo, cuando la respiración se le trabó en el pecho.

-¿Cuándo?

-Pronto.

-¿Lo amas?

-Nunca.

Ambos se sostuvieron en un abrazo profundo que detuvo el tiempo, la palabra y la razón. Se permitieron por un breve instante revelar el secreto tras estas visitas, que desde hace mucho no eran para aprender de las letras, sino de los gestos del otro. De las miradas y las sonrisas que les permitían amarse en el silencio y bajo el mutuo entendimiento, de que esta era la única manera de mantener a flote estos sentimientos entre una noble y un humilde hilandero.

Cuando Baelfire entró por la puerta de atrás, con el rostro lleno de leche seca compartida con algún cabrío, y vio la escena; con gran cuidado cerró la puerta y se metió a la cama para observarlos. Parecían tan lejanos a este sitio, uno en brazos del otro, pensó.

Unos momentos después, Belle se separó de Rumplestiltskin y apenas levantando la mirada, le sonrió. Eso bastó para devolverle el pulso y la respiración. Él no dijo nada, cuando ella lo tomó de la mano y lo jaló hacia el camastro.

-Vamos a sentarnos, tu pierna debe estar adolorida. – le dijo.

Belle era mucho más joven que Rumplestilskin; pero quizás su condición de nobleza le permitía tener don de mando, y él, en su condición de plebe, se permitía seguirla sin cuestionar. Cuando ella se quitó la capa y se sentó en el pequeño camastro, con la mano le mostró el sitio para estar a su lado y él se sentó a su lado como un cordero que es guiado por el pastor. Con una sonrisa tímida, ella dejó escapar una risilla, mientras de nuevo colocaba los brazos alrededor suyo, acomodando la cabeza para escuchar su corazón latir. Él se contentó con oler su cabello. Ella olía a perfumes de flores y aceites que la hacían suave, él olía a pobreza y trabajo que lo hacían áspero. Pero ambos producían calor que solo podía nacer de amor sincero y puro.

Cuando la tarde llegó a su fin, en la puerta se escuchó el golpe seco que anunciaba el final del sueño. Ninguno de los dos se separó. Parecía que los golpes en la puerta solo servían para hacer el abrazo y la renuencia a terminar este sueño, más fuerte.

Él tuvo que darle un beso en la frente, susurrando una promesa que no debía ser hecha, para distraerla lo suficiente y soltarse de su abrazo. Era el momento de despertar. De recordar el silencio incómodo que les permitía vivir en la realidad; donde este instante solo había sido un sueño, y no importaba cuanto lo desearan, no volvería a suceder; por que él era un viejo hilandero viudo, y ella, una joven noble que pronto sería esposa de algún príncipe.