Esa noche Belle regresó por el camino de piedra, con la mirada y el corazón distante. Nana Collins la miró bajarse del caballo, despedirse de los guardias, y darle el saludo nocturno a su padre, el Duque, con una brillante sonrisa en el rostro. Lady Belle se sentó esa noche junto a la ventana de su cuarto con un grueso libro que usó como pretexto para no tomar un baño y evitar cambiarse del vestido azul.
- Me temo mi señora, que aunque a usted no le sea molesto y su padre demasiado gentil para señalárselo, una dama no debe oler como un rebaño de cabras. – señalo severamente nana Collins, mientras preparaba sus ropas de fina seda y bordado en oro, sobre la cama. – ¡Y cada vez que pasa por esa casa, el olor, es insoportable señora! ¡Vestir como plebe no significa oler como tal mi señora!
- Dejaría todo esto, por la oportunidad de oler como cabra el resto de mis días, con él y Baelfire, nana.
- ¡Señora!
Ni siquiera la dura mirada de su nana, evitó que Belle se partiera en llanto. La mujer corrió junto a la joven, y en un abrazo, la sostuvo mientras su ama sacaba hasta la última lágrima que pudo de su pecho.
- Lo amo, nana.
- Mi niña, pero si apenas y se han visto.
- Y aún así lo sé, nana. Lo siento aquí, cada vez que lo veo, cada vez que lo escucho; mi cuerpo, mi todo, lo sabe. Lo amo.
Curiosamente no fue sorpresa para nana Collins escucharla pronunciar su confesión. Ella conocía esta verdad desde hacía mucho tiempo atrás. Lo supo desde el mismo instante en que por primera vez vio a su señora cruzar palabra con aquel hombre, aquel día en medio de uno de sus paseos por el mercado, cuando lo defendió de un linchamiento del pueblo. Supo con un escalofrío cuando la vio bajarse del caballo, y con caridad lo ayudó a levantarse del piso, sucio y lleno de inmundicia ajena, que ese hombre estaba destinado a su ama.
Desde ese momento, Collins solo pudo mirar con recelo las intenciones de Lady Belle al investigar la situación de aquél hombre. Del permiso que consiguió de su padre el duque, so pretexto de mejorar la vida de aquel desdichado a base de las letras y su protección como hija del gobernante de las tierras. Más la esperanza de que aquel escalofrío hubiera sido causado por una tontería de mujer, y no un vaticinio del instinto; le permitía la reserva de creer en la posibilidad de algún destino que gobernaba las vidas de los mortales y los necios.
Tantas veces tuvo que tranquilizarse a sí misma cuando su joven ama rechazaba su presencia, y entraba sola noche tras noche a la casa de ese viejo y cojo hilandero y su pequeño hijo. No había ningún peligro de su parte, y aún así, Collins no podía dejar de sentirse alterada con cada una de esas visitas. "¿Por qué una mujer de alta cuna y esmerada educación cedería su corazón al cobarde del pueblo?", se decía, una y otra vez, mientras miraba a su ama regresar a casa cada día, con una sonrisa más grande en su rostro; mientras escuchaba en su voz la alegría de un corazón que ya no era el de una noble niña, sino el de una mujer sencilla. Cuando observaba, en cada una de esas visitas, en las miradas de ambos, esa transparencia de la inocencia de aquel amor que se convierte en el único.
Esa misma noche cuando el Duque mando a llamar a Lady Belle para una reunión urgente pasada la cena; la joven se vio forzada quitarse el vestido de tela azul bajo promesa de que no sería enviado a lavar. Cubriéndose bajo perfumes y finas sedas, Collins la acompañó hasta el encuentro con su padre, el duque. Éste recibió a su amada hija en su estudio, con una sonrisa en el rostro y "una sorpresa venida desde lejos". Cuando colocó a su curiosa hija frente al misterioso objeto y con emoción reveló de debajo de una fina manta de terciopelo rojo, el retrato de un joven apuesto y distinguido con un traje de caballero azul; nana Collins quiso creer que su ama la perdonaría.
La juventud y su buen carácter – pensó - serían suficientes para curar su corazón con el tiempo. Ella aprendería amar a este hombre y lograría alcanzar lo más cercano a la felicidad que se puede obtener en sus circunstancias. Ella misma se encargaría de eso, lo juró en el instante en que miró a Lady Belle llenársele los ojos de lágrimas de desesperación; las que su padre, tonto y ajeno al corazón de su hija, interpretó como alegría de conocer, a quien sería su futuro esposo. Collins supo lo que tenía que hacer para proteger el corazón de su joven ama. Algún día, ella le agradecería haberle permitido la oportunidad de probar al mundo que el destino podía ser desafiado, y que el amor pude crecer incluso en un corazón que ya ha elegido a su dueño. Belle sería feliz y se lo agradecería. Era posible.
Esa noche, tras dejar dormida en cansancio de llanto a aquella pequeña que había criado como a una hija tras la muerte de la duquesa. Collins se dirigió con paso firme hacia el estudio del duque. Con la misma decisión, tocó tres veces a la puerta de su despacho, hasta que su pesada figura le abrió la puerta con un saludo.
Ella la perdonaría, quizás, algún día.
